Para Ángel Torres Quesada, con cuyas obras me
sumergí en el fabuloso universo de la ciencia-ficción.
El pasado lunes, 28 de diciembre, los miembros de la lista de correo ghwhite fuimos víctimas de una inocentada. Uno de los miembros nos envió la falsa noticia de que una importante productora de televisión norteamericana había adquirido los derechos de la saga de El Orden Estelar, con la intención de convertirla en una serie con personajes reales y extraordinarios efectos especiales. Uno, que no siente especial simpatía por determinado tipo de celebraciones, y en consecuencia pasa por alto idioteces tales como el día de los inocentes, ha de reconocer que se tragó la bola, al menos durante el primer minuto; pasado el cual, y una vez que reparé en la dichosa fecha, no pude evitar una mezcla de ira y desánimo al descubrir que se trataba de una inocentada, dotada, sin duda, de cierta gracia; pero maldita la que me hizo en aquel momento.
A pesar de ello, como todo suele tener su lado bueno en esta vida, la bromita de marras puso en marcha los circuitos de mi cacumen, y la pregunta que encabeza este artículo apareció en mi mente con grandes caracteres fosforescentes. De acuerdo; había sido una broma pesada, pero, ¿por qué no podía ser verdad?
La cuestión me pareció sumamente interesante. Las series televisivas de ciencia-ficción, tanto las clásicas como las mas recientes, han procedido siempre del ámbito anglosajón, más concretamente de EE. UU. e Inglaterra, naciones mucho más avanzadas que la vieja España, dotadas de una poderosa industria audiovisual y una gran tradición literaria en lo que a la ciencia-ficción se refiere. Esto ha sido así desde siempre. Mas nosotros también tenemos una tradición ciencificciónera digna de consideración, aunque no sea tan vasta y universal como la anglosajona. Ahí está, sin ir más lejos, La Saga de los Aznar, de Pascual Enguídanos, que a pesar de haber sido publicada inicialmente en formato de bolsilibro, deja en mantillas (por no decir en ridículo) a las obras de bastantes autores ingleses o yanquis, mucho más conocidos internacionalmente. El miniciclo de novelas que Luis García Lecha dedicó al robot humaniforme Kabé, ¿no podría emplearse como base para una serie de televisión? No veo por qué no. Luis García Lecha, al igual que la mayoría de sus colegas de la Edad de Oro de la novela de a duro, era tan buen escritor como cualquier súbdito de su Graciosa o ciudadano de la república del Tío Sam. Y, naturalmente, tenemos, así mismo, al citado Torres Quesada, nombre señero de la ciencia-ficción nacional y creador de una de las series literarias más interesantes y sugestivas del género. Así pues, ¿por qué no podrían hacerse aceptables series de ciencia-ficción para la televisión española?
A éste interrogante podemos darle dos respuestas. Primera: el marcado desinterés demostrado por las productoras cinematográficas y televisivas de nuestro país, que siempre han ninguneado a la ciencia-ficción; segunda: los elevados costes de producción de una serie de este tipo. La primera respuesta es difícil de rebatir, dado que, efectivamente, nuestro género ha sido despreciado olímpicamente por las televisiones, y eso no parece tener visos de cambiar; si las cadenas se muestran reticentes a programar ciencia-ficción producida en otros países, ¿cómo podemos esperar que se avengan a realizar ellas mismas una serie de tal temática? Las productoras privadas tampoco se animan a hacerlo, pues antes de emprender un proyecto de tal envergadura necesitan saber que tienen mercado para el mismo; es decir, cadenas de televisión dispuestas a comprarlo y emitirlo. Visto lo anterior, resulta hasta cierto punto comprensible que la industria audiovisual española no se muestre demasiado proclive a crear una teleserie de ciencia-ficción española.
Pero la segunda respuesta puede rebatirse con más facilidad. Es cierto que los costes de producción de una serie de ciencia-ficción suelen ser elevados, mucho más si se pretende que el producto sea de gran calidad. Pero hoy día, gracias a la informática, esos costes pueden verse notablemente reducidos, pues ya no es imprescindible crear costosas maquetas y decorados para ambientar la acción. El ejemplo más notable lo tenemos en Babylon 5, en la que todas las naves estelares, las escenas de batallas espaciales y no pocas criaturas alienígenas fueron generadas mediante técnicas infográficas. Y otro tanto puede decirse de Enterprise, la última saga televisiva Trek. Con todo, fueron realizaciones costosísimas, según los baremos de las productoras españolas. Mas tengo el convencimiento de que en nuestro país podría rodarse una buena serie de ciencia-ficción, siempre y cuando hubiera voluntad para ello.
A principios de los años 70, TVE acarició el proyecto de realizar una serie de acción real basada en el personaje de Diego Valor, cien por cien pura ciencia-ficción española, que había arrasado en su versión radiofónica. La idea no cuajó debido no sólo a la falta de financiación, si no también a las carencias técnicas de la televisión de entonces, que imposibilitaban el dotar a la producción de los efectos especiales mínimos para hacerla creíble. Hoy eso ya no representa un problema. Tomemos el caso de la saga de El Orden, puesto que este trabajo ha sido inspirado por una inocentada relacionada con ella. Con los actuales avances en infografía, sería relativamente sencillo recrear el vasto universo futurista imaginado por Thorkent. Se requeriría, obviamente, una inversión económica alta, pero no tanto como, por ejemplo, las que se comen engendros tales como Cuéntame cómo pasó o Amar en tiempos revueltos, por citar dos de las producciones más caras y lastimosas de la televisión pública. Un ejemplo de que lo que afirmo es posible nos lo da Star Trek: The News Voyages, la serie amateur rodada en EE. UU. directamente para Internet por un puñado de trekkies entusiastas. Cuando vi el primer episodio me quedé literalmente con la boca abierta. Gracias a las nuevas tecnologías, unos fans de TOS se pusieron a rodar nuevos episodios de su serie favorita. Lo hicieron en su tiempo libre, gastando su propio dinero y sin obtener ningún beneficio económico a cambio. El éxito de esta revolucionaria producción de la Red fue apoteósico, a pesar de que no está considerada como oficial dentro del vastísimo universo Trek. Tal fue su aceptación, que muchos de los antiguos colaboradores de Gene Roddenberry aceptaron participar en el proyecto, por supuesto desinteresadamente; entre ellos, la legendaria guionista DC Fontana y los actores Walter Koenig y William Windom. Pero lo más fascinante fueron los impactantes efectos especiales, generados por ordenador, que permitieron presentar no sólo una Enterprise más realista que la de la serie clásica, si no también una larga serie de vehículos espaciales a cada cual más espectacular. Gracias a las infografías, pudimos presenciar batallas espaciales sólo superadas por las de las entregas fílmicas de la saga; disfrutamos de las clásicas lanzaderas cúbicas de TOS convenientemente remozadas, e incluso pudimos admirar una máquina del día del juicio final
muchísimo más lograda que la aparecida en el episodio homónimo de la serie original. Que todo esto pudieran hacerlo unos cuantos trekkies con la ayuda de equipos informáticos que están al alcance de cualquier productora televisiva, o de cualquier particular con posibles
, demuestra que también en España, si se quisiera, se podría hacer buena ciencia-ficción para televisión. Con los mismos medios que emplearon James Crowley y sus amigos, nosotros podríamos llevar a la pequeña pantalla, o a los monitores de los ordenadores, que tanto da, las aventuras de Alice Cooper y Adán Villagrán. Si Crowley y los suyos fueron capaces de recrear no sólo la Enterprise, si no también toda clase de naves federales o alienígenas, no existe razón para que no pudiera hacerse otro tanto con la Hermes y la Silente. Lo ideal sería que alguna cadena de televisión apostara por el proyecto, aunque también resultaría interesante que fueran los propios fans los que lo hicieran para la Red. Huelga decir que en la actual coyuntura económica, con una crisis galopante de la que vamos a tardar en salir, el panorama no invita precisamente a especular con sueños como éste. Pero algún día saldremos del hoyo, y llegado ese momento, sería cuestión de plantearse seriamente la idea, ¿no os parece?