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PROBLEMAS DE LOGUEO
Felipe Bochatay

Tiempo estimado de lectura: 9 min 38 seg

geralt, Pixabay License

1

Cuando los mareos y las fuertes jaquecas se hicieron recurrentes comencé a sospechar que algo andaba mal. La noche previa al día en que me diagnosticaron el tumor cerebral soñé que me observaba al espejo y la mitad de mi cabeza simplemente no estaba. Tal vez me expreso mal, no estaba en la imagen que se veía en el espejo. Al llevar mi mano a la cabeza la materialidad de mi cráneo era palpable: el cabello, largo, negro, sedoso; el cuero cabelludo que al presionar contra el hueso se deslizaba un poco a los costados dando sensación de consistencia. Estaba todo ahí sólo que en el espejo, no.

Al llegar a mi casa con esa realidad incómoda, muy incómoda, me estaba muriendo. Hice lo que nuestro cerebro, qué ironía, puede hacer, que es negar esa situación apremiante, culpar a otros, maldecir bíblicamente, llorar, desear que todo fuera una pesadilla.

Ese nuevo panorama me llevó a la depresión, luego a la ira, la desesperación, y así llegué a la aceptación en muy poco tiempo. Sin embargo, siempre hay un pero, la aceptación pasiva y sin más fue dando lugar, lentamente, a una pulsión por vivir que nunca sospeché que tenía dentro de mí.

El sombrío presente sin futuro que se avecinaba me llevó a buscar soluciones radicales. Mi médico oncólogo hizo una interconsulta con un neurólogo en la que evaluamos algunas alternativas pero todas fueron descartadas de plano. Las conclusiones a las que arribaron eran lapidarias, quizás seis meses de sobrevida aunque ese plazo se iba a acortar a la mitad ya que de un momento a otro iba a perder la conciencia o entraría en un estado de delirio del que no saldría. En síntesis: el carcinoma no era removible y estaba por afectar áreas que comprometían mi percepción de la realidad y que, por lo tanto, me inhabilitarían para todo tipo de actividad. Casi puedo decir que se expandía, buscaba su lugar dentro de mi cráneo, como un nuevo ser que reclamaba su territorio. Visto así, me sentía como en un programa del National Geographic donde se da la clásica lucha entre animales o especies de una forma muy darwinista.

A los pocos días recibí un llamado del médico neurólogo. No era mi médico de cabecera y lo que podía interpretarse como una falta de ética lo dejé pasar dado mi estado de desesperación.

2

—No será doloroso —fue lo primero que dijo el médico por video conferencia. Supuse que era un médico pues se presentaba como doctor y llevaba puesta una chaqueta blanca abierta. Luego entendí que era un ingeniero electrónico o algo por el estilo.

—Pero ¿yo que voy a hacer ahí?

—Lo que usted desee —dijo enarcando las cejas, como si anhelara estar en mi posición—, no hay límites.

—¿No desarrollará algún tipo de rechazo? ¿Hay algo que se pierde en el camino? Usted me entiende.

—Es muy claro en sus interrogantes. Créame que con mi equipo de desarrolladores estamos en etapas muy avanzadas. El tratamiento ya es muy seguro. De hecho, usted no se dará cuenta. Cuando se duerma...

—Cuando muera —interrumpí.

—Sí, es una forma de expresión. En verdad su cuerpo muere y en ese preciso instante su mente es transferida a la computadora cuántica. No hay prácticamente pérdida de información. No hay ni un segundo de su vida que se quede fuera. Casi al instante usted se transformará en un ser, un organismo digital, que le permitirá vivir en nuestro entorno digital, El Enjambre.

Asentí frente al monitor y corté la comunicación. Mi novia estaba llorando a mi lado. Para ella imagino que iba a ser muy difícil. A fin de cuentas, si me transfiero a ese lugar ella va a quedar acá, sin poder tocarme o abrazarme. Pero qué más da, quiero vivir como sea y en donde sea.

—No muero, bueno sí, moriré, pero antes de eso tengamos en cuenta que me estoy muriendo ahora mismo —dije en tono airado pues era mi vida la que se iba—. No me queda mucho y la transferencia de mi mente a ese entorno virtual, El Enjambre, le dicen, es la única solución para que pueda seguir viviendo.

La cuestión quedó zanjada cuando le propuse matrimonio. Ese fin de semana nos íbamos a casar en una ceremonia muy sencilla pero cargada de emotividad. Sin embargo, en los días previos sufrí un desvanecimiento y quedé en un estado de coma inducido por casi dos meses.

Cuando desperté la decisión estaba tomada. Al parecer, mientras estuve internado, tuve pensamientos muy fuertes y vívidos. Quizás fueron pesadillas. Hay un universo sin explorar dentro de la mente, como una caja de Pandora.

En definitiva, me puse en contacto con el instituto tecnológico y me casé con mi novia. Esto último no era lo que realmente deseaba, ni estaba en mis planes, había hecho un all-in a la transferencia y nada ni nadie me iba a mover de esa idea. Y si bien el matrimonio entorpecía mis decisiones ella se mantuvo junto a mí desde el comienzo y debía retribuirle por lo menos con una ayuda económica, una pensión, pues todavía no acababa de hacerse a la idea que, como dicen los científicos que trabajan en El Enjambre, cuando muera y sea transferido al entorno virtual mi situación física y jurídica cambiaría por completo y ella debía comprenderlo, aunque creo que se negaba a aceptarlo.

Los mareos se hicieron más intensos y prolongados. Los momentos de lucidez comenzaron a disminuir. En cierta forma no sé si lo soñaba o lo anhelaba tan intensamente que lo imaginaba; ya me veía en ese nuevo mundo. El viaje no requeriría escafandra ni traje espacial, solo uno de esos batines casi transparentes para las operaciones que dejan el trasero al descubierto.

Antes de perder por completo el conocimiento, y cuando me di cuenta que la situación comenzaba a agravarse como en un espiral descendente, firmé el Consentimiento Informado que estaba detallado en una carpeta de más de quinientos folios que no leí.

Finalmente, un día convulsioné y entré en un coma profundo. Lo último que pude ver fue la copa del árbol del frente de mi casa desde el cómodo sillón en el que me había instalado mi esposa.

3

Desperté y me encontré en un lugar muy iluminado. Mis ojos tardaron unos momentos en acostumbrarse a una luz blanca e invasiva que dominaba la sala. Estaba en una cama que no era la de mi casa. Sin pensarlo descorrí unas sábanas satinadas y apoyé los pies sobre un piso de relucientes líneas plateadas. Ese piso no se sentía frío pero tampoco caliente y las sábanas me hicieron cosquillear las yemas de los dedos. Me tambaleé, pues de pronto recordé que al desvanecerme estaba en silla de ruedas por el avance de mi enfermedad; sin embargo, mis piernas soportaron el peso y me trasladaron por la estancia. Por la única ventana pude divisar el exterior. Una enorme autopista lumínica se encontraba a quizás unos cien metros desde donde observaba. Un haz de luz tras otro transitaba por allí, pero eran tan rápidos que no pude distinguir otro detalle de ellos.

Regresé a la cama y me senté. Conté hasta diez con lentitud y de forma regresiva. Respiré profundamente. Con la última bocanada de aire pude recomponer mis ideas. Había sido transferido, mi yo de carne y hueso habría fallecido o estaría en dicho proceso, según los Protocolos de actuación que había leído muy descuidadamente.

Una oleada de sensaciones raras me colmó. Cómo explicarlo: estaba vivo, pero a la vez había muerto allá, en lo que sería ahora para mí ya la otra realidad. No, existencia debe haber una sola. Solo estoy en otro lugar, en otro ámbito. Pensé en mi esposa unos instantes y, pese a que mi relación con ella obedecía más a la gratitud que al amor, no dejaba de ser una persona que sentía algo por mí y que no podría volver a sentir mi presencia física en su vida. Por otro lado, caí en la cuenta que nada me ataba a ese mundo que ya comenzaba a sonar como una música lejana y apagada por una ráfaga persistente de viento que la llevaba en sentido contrario. Empero, cuando un dejo de melancolía amenazaba con tomarme y envolverme con sus fantasmas, un golpe o timbre apagado me sacó de mis pensamientos. Caminé hacia donde provenía el ruido. Del otro lado de una pared, que se hizo transparente, estaba un hombre, el ingeniero con el que me había entrevistado la primera vez.

—No tema, soy un avatar, vengo a auscultarlo. —Y sin que así lo ordenara nadie, la puerta, mejor dicho, la pared, se abrió y el ingeniero entró a la habitación—. ¿Cómo se siente? —me interrogó.

—Un poco mareado. ¿Estoy en El Enjambre, no? ¿Ya estoy logueado?

—Así es, al acceder al sistema es como si hubiera nacido en este universo, y sí, está en El Enjambre, el nuevo barrio en el que vivirá eternamente, si así lo quiere. Este entorno le facilitará todas las comodidades que desee y necesite. Ya debe haber leído el protocolo, igualmente le dejo una copia en formato de libro para que le sea más amigable la lectura hasta que se ambiente a este nuevo entorno —dijo extendiendo un volumen que sacó de su maletín.

Lo tomé y comencé a realizar un rápido repaso sobre su forma y peso, la textura del papel, los ángulos, todo lo que hace que un libro sea un libro me llenaron de tranquilidad. Mientras, como hipnotizado, lo mantenía en mis manos, el ingeniero siguió hablando.

—Se preguntará que hago acá; no, no estoy muerto, soy una IA réplica del ingeniero. Estoy para asistirlo en su proceso de adaptación. Como el entorno todavía está muy poco poblado lo hemos llenado, si así puede decirse, con algunas IA que interactuarán con los habitantes reales, como usted, hasta que este lugar se nutra de nuevos vecinos...

Cuando levanté la vista del grueso libro de tapas de cuero marrón y letras negras, el ingeniero había desaparecido.

Sin nada mejor que hacer y ante mi absoluto desconcierto apoyé mi dedo índice sobre el primer renglón, sobre la primera letra, la sensación era de estar tocando un libro de papel, de esas hojas baratas que desprenden algunas pelusas y comencé a sentir cómo mi garganta se movía lentamente al pronunciar en voz baja las palabras que leía. Las primeras páginas del libro explicaban la historia del proyecto, los avances y retrocesos, su filosofía. Luego se enfocaba en como nutrir mi espacio vital —así denomina la que sería mi casa—, de las cosas que desee. Entonces, como un dios en decadencia, me di a la tarea de generar muebles y ambientes para mi nuevo hogar.

4

Cuando abrí los ojos estaba en una habitación de un hospital. Un catéter pinchaba mi muñeca y unos cables de colores surcaban mi torso. Supuse que eran de los que transfieren datos a una máquina. Una fuerte sensación de opresión en la cabeza, que me importunaba, no me dejaba mover el cuello y algo me aprisionaba el cuerpo.

Giré la vista hacia el monitor y distinguí unas luces rojas que comenzaban a parpadear. Nunca vi en las películas que las luces rojas sean señal de cosas buenas. Intenté gritar, pero la boca solo emitió unos sonidos guturales, apagados.

Llegaron a la sala enfermeros o médicos, o ambos. Luego me desvanecí.

—¡Qué ha pasado acá! —alcancé a oír.

Cuando volví en mí unas personas me observaban en silencio mientras tomaban apuntes en libretas electrónicas. Uno se incorporó al ver que abría los ojos; me controló las pupilas con una potente linterna.

—Bienvenido nuevamente —dijo mientras dirigía su mirada a un monitor.

—¿Esta es la realidad virtual? —atiné a decir al tiempo que concluía que si ese era el nuevo mundo se parecía demasiado al real.

—Deseo que lo tome con serenidad, no estamos en la realidad virtual a la que usted hace referencia.

—¿Entonces todavía no se ha hecho? ¿Algo salió mal?

—No precisamente. Si me deja explicarle —titubeó—. En el proceso de transferencia de los datos de su cerebro a El Enjambre, momentos antes de que fallezca, ocurrió un evento que me cuesta reconocerlo, un milagro. Convengamos algo... —tomó aire para expresar lo parecía prefería callar—, la ciencia médica no lo puede explicar. Cuando aguardábamos a que sus signos vitales cayeran a cero, es decir, cuando se produjera el cese irreversible de la función cardiorrespiratoria y de la función cerebral, en particular esta última, dado que para intervenir en la transferencia la actividad del cerebro debe ser muy baja o nula, usted no murió, no solo que no murió sino que comenzó un proceso de recuperación inusual, el tumor al cabo de unos días se redujo considerablemente, y aunque tememos que haya una recidiva, algo no extraño pues la reaparición de una enfermedad algún tiempo después de padecida es común y no la descartamos en su caso, por lo pronto lo que podemos concluir, mis colegas y yo, es que está en proceso de una franca mejoría.

—¿Entonces el proceso de transferencia no se hizo?

—Sobre eso tenemos que hablar también. El proceso se completó. Una copia suya se encuentra en El Enjambre y podemos decir que también goza de buena salud.

La humorada, si es que lo era, no causó el efecto esperado ni en mí ni en el resto de los presentes. Cerré los ojos en señal de disgusto, la cabeza me dolía horrores.

—¿Y con esa copia que van a hacer? Estoy acá, borramos el logueado y listo.

—Así es, se encuentra acá y con una larga perspectiva de vida. Pero tenemos un inconveniente, su otro yo, el virtual podremos decir, también está vivo, goza de un status casi similar al suyo; de hecho, si recuerda cuando firmó las carpetas, al momento de completarse el logueo no hay forma de regresar atrás, con esto quiero decir que no podemos borrarlo o destruirlo, es un ser independiente que vive en ese entorno. El Protocolo de Berlín sobre IA y Computación Cuántica nos impide ejecutar ese tipo de borrados.

—Por supuesto no recuerdo nada, ni siquiera lo leí —respondí airado—, ¿o usted se cree que alguien lee esos contratos?

—Pues debió haberlo hecho.

—¡Y ahora que hacemos!

—Por lo pronto, le sugiero que descanse. Su operación está cicatrizando bien, pero necesita reposo.

Me dejaron solo por un rato, la cabeza me latía con fuerza. Quería matar a alguien, aunque bien no entendía por qué. De hecho, ¿qué debía hacer con mi otro? Sin pensarlo me surgió de la nada un rechazo visceral a decir mi-otro-yo, pues yo soy solo yo, un único yo.

Se me ocurrieron planes para eliminarlo, de hecho, ¿debo matarlo? ¿O anularlo o deletearlo? ¿Cómo sería? Al matarlo me estoy matando un poco yo. ¿Me dolerá si lo hago?

5

Los desarrolladores me pidieron que lleve una bitácora de mis primeros días acá. Así que cada mañana, al despertar, me tomo unos minutos para escribir lo primero que me viene a la mente. Mis primeras apreciaciones fueron hacia mi esposa, desearía poder comunicarme con ella, pero como este lugar es un barrio cerrado —como suelen comentar los desarrolladores— no se puede. Por otro lado, todavía me cuesta distinguir las IA de los organismos digitales reales, pero ¿qué digo? en cierto sentido, todos gozamos de un especial estado de realidad en lo que veo todavía como un pueblo fantasma.

No quieren que esto sea un zoológico de personitas digitales expuestas en una jaula de silicio. Tuve una pesadilla en la que me encontraba con mi otro yo de allá fuera, pero era anciano, muy anciano y decrépito, me observaba con odio o resentimiento a través del vidrio de una pecera.

Es extraño, si bien no preciso dormir lo hago por pura costumbre. Los sueños son más vívidos, en colores y desde hace un tiempo hasta puedo percibir los olores de mis delirios oníricos, como si la trasferencia cognitiva desde este lugar hacia el fondo de mi psiquis fuera mucho más rápida y con mejores canales de comunicación.

6

El proceso de rehabilitación fue lento y doloroso. Durante los meses posteriores los dolores de cabeza, náuseas y mareos fueron recurrentes y muy sugestivos. Con todo, pude notar que al cabo de cinco o seis meses los malestares remitían, se hacían cada vez más leves hasta que un día desaparecieron por completo y me dieron el alta definitiva. Lo primero a lo que atiné fue a conectarme con El Enjambre, como observador, dada la situación excepcional en que me encontraba.

Los ingenieros fueron muy pacientes conmigo y mi estado de irritación y desconfianza hacia ellos fue menguando al cabo de unos días. Mi otro yo estaba ahí. Hacía sus cosas, o las mías. Visto desde afuera soy un tipo bastante aburrido. Era casi como mirarme a través de uno de esos espejos que deforman la imagen. Pero, sin embargo, ese también soy yo, en cierto sentido.

7

He notado algo que no me cuadra. Me tengo miedo, es decir, mi yo de carne y hueso me da miedo. Sé que me está observando. Temo que quiera eliminarme. Pero sería como matarse a sí mismo. El ingeniero me lo ha negado, y yo lo sé porque leí el libro de los Protocolos. Gozo de un status similar a un ser humano de carne y hueso. Pero su sombra apremiante me persigue. Es cierto, soy yo persiguiéndome, pero puedo llegar a entenderlo. ¿No haría lo mismo?

Por otro lado, este lugar comienza a interesarme y el hecho de sentirme observado ha pasado a un segundo plano, tengo toda la eternidad por delante.

8

Creo que puedo llegar a odiarlo, él puede hacer muchas más cosas que yo con mi cuerpo deteriorado no puedo. Odio mi cuerpo marchito, miro mis manos grises y sólo veo las venas azules y verdes que las surcan como meandros, entre las manchas de sol y la pura e incipiente decrepitud.

Antes el pensamiento acerca de la muerte me resultaba soportable debido a la influencia en mí de la religión, y en algún sentido, luego, por algún artilugio casi infantil de creer que mi doble me aseguraría una segunda vida. Ahora me siento amenazado por esa idea, mi doble vive junto a mí, en este mismo universo, y si bien ya dejé ese concepto de negar la muerte como algo artificial, como algo mágico que no puede suceder en la realidad, el solo hecho de pensar en que otro yo habita este universo sin que mi cuerpo haya fenecido me retrotrae al principio de todo. Y entonces vuelvo a preguntarme, qué haré yo cuando mi otro yo, el que iba a vivir después de mí, esté frente a mí.

9

Hoy tuve la oportunidad de comunicarme conmigo. Sin embargo, no lo hice, no me animé, momentos después de iniciar la teleconferencia con El Enjambre y a punto de loguearme como visitante me desconecté.

El equipo de psicólogos del Instituto Tecnológico sigue trabajando conmigo. Temo que creen que los voy a demandar por mala praxis, cosa que pasó por mi mente en algún momento. Quizá esa carta pueda jugar a mi favor.

10

Ha pasado un año desde que mi otro yo está logueado en el sistema. Los médicos me han dado buenas perspectivas de sobrevida, según ellos el cáncer ha remitido y me quedan cincuenta, tal vez cuarenta años de vida. Con suerte pueda llegar a los ochenta.

Con el Instituto Tecnológico he llegado a un arreglo. Van a intentar, y esta vez espero que todo salga bien, loguearme cuando muera, esta vez espero hacerlo. Asimismo leí toda la letra chica del Consentimiento Informado.

Por el momento se goza de total privacidad dado que el Instituto considera a El Enjambre como una subcultura y yo los veo como si fueran unos negros del Bronx, pero entiendo la idea. Los seres de carne no estamos preparados para un salto generacional tan importante.

Por otro lado, también pienso que bien podría ignorarlo y seguir adelante con los años que me queden, pero vuelvo siempre a lo mismo, a lo que me quita el sueño cada noche cuando miro mis manos temblorosas frente al espejo de mi habitación y recorro todo mi cuerpo visible reflejado en ese vidrio maldito. A fin de cuentas, al verme al espejo entiendo que ahora somos tres en el universo. Y eso vuelve a... bueno, basta.

¿Tendré que hacerme amigo de mi yo y prepararme para un futuro logueo? Tal vez podamos convivir en el mismo barrio y ser amigos, pero esto último lo dudo, acabo de caer en la cuenta que me resulta aterrador vivir para siempre, casi tanto como ver a mi otro yo tan cerca de mí y, me imagino, que yo de él, como una sombra acechante dentro de un espejo. Me queda tiempo para meditarlo.

© Felipe Bochatay,
(3.469 palabras) Créditos
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