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EL ENANO QUE CAÍA HACIA EL HORIZONTE
Francisco Javier Sánchez Donate

Tiempo estimado de lectura: 4 min 12 seg

TheDigitalArtist, Pixabay License

El horizonte nunca se acababa para él; allá donde cayese siempre había una línea del horizonte que se divisaba detrás de los edificios, o de las montañas, o de la gigantesca Tundra.

—Eso es lo malo —se quejó una vez—, el horizonte es infinito.

La primera vez que le vi fue en mi bar. Consiguió parar gracias a una pared imposible de esquivar. Se había pegado un buen golpe y sangraba por la nariz. Entró en el bar y era difícil no mirarle: olía mal, sangraba e iba vestido con esas enormes ropas que le hacían parecer un barril... Ah, y encima era enano. Dijo que era enano por cuestiones genéticas; pero un día, aprovechando que le habíamos atado a un sofá para que se echase la siesta sin caer por la ventana, mi hija levantó su largo y despeinado pelo y descubrió que sus orejas eran puntiagudas.

—Es un enano de verdad, papá —me dijo señalándome uno de esos libros de fantasía donde aparecen Gnomos, Elfos y demás rarezas de la imaginación.

Aquello no tenía ninguna lógica, claro; pero si uno miraba bien la ilustración, se daba cuenta de que «parecía» el enano: Misma constitución; esos pies tan grandes, con sus botas, que suelen dejar todo lleno de barro solidificado; la barba y el pelo y la sensación de que está formado, que su constitución es como «debería ser» y no un fallo genético como los enanos que conocemos.

El enano entró por primera vez en mi bar un día de verano, todos teníamos calor y él mas, pero... ¿Por qué llevaba toda esa ropa?

De vez en cuando parecía que trastabillaba, pero todo era que iniciaba de nuevo la caída hacia el horizonte. Impedía su nueva marcha agarrándose a las sillas, mesas, hombros de los que tuviese cerca. Todo valía. Engarfió una mano callosa y de uñas rotas en la barra.

Cuando le pregunté qué quería me pidió un café con leche y un casco. Pensé que me estaba tomando el pelo y le respondí que se me habían acabado los cascos por culpa de una excursión de ingleses en la que querían «todos» un casco.

—¡Qué desgracia! he iniciado la caída sin el casco. Me caí desde las alcantarillas de Moscú mientras miraba qué día hacia. En Rusia llueve y va a nevar.

Abrió parte de sus grandes ropas y luego sacó un enorme mapamundi, arrugado, doblado y lleno de flechitas. Me pidió que le indicase dónde estaba. Puse un dedo sobre donde creía que estaba mi pueblo. Bizqueó sobre el mapa.

—España, ¿eh...? Andalucía —guardó el mapa y se bebió el café de golpe. Entornó los ojos y dijo— he caído en buen sitio.

En ese momento sonó el teléfono.

En cuanto me di la vuelta para contestar, noté movimiento en la barra. Giré sobre mí mismo y vi que el enano no estaba y a todos los clientes con cara de asombro. Estallé de furia, ¿Por qué no me habían avisado de que se iba sin pagar?

—Se cayó —balbuceó uno de ellos.

—¿De la barra al suelo?

—No —contestó— desde la barra al horizonte.

Le partí los dientes de un puñetazo. ¡Sería Imbécil!

El tiempo pasó y olvidé aquel incidente; al fin y al cabo, ¿Qué es un café sin pagar? (os lo diré: Dinero Perdido) Entonces, un lluvioso día de abril, la puerta se abrió y entró de nuevo el enano. A sus estrafalarias pintas había añadido un impermeable amarillo chillón con un enorme cartel a la espalda: «DisneyLand. Florida». Su aspecto era más bien patético. Antes que le pudiese decir nada, se acercó a la barra y dejó un billete de dólar sobre la mesa.

—Esto es por el café.

—¿No tiene euros?

—Lo siento, cuando me caí hacia el huracán sólo llevaba moneda americana... ¿tiene una toalla?

—¿No se irá antes de que la traiga?

Dejó ver una cuerda, que sacó desde debajo de su horrible impermeable, y se ató a una silla:

—Ya no.

Así que fui a por la toalla. El billete estaba empapado; recordé lo que había dicho: que había caído hacia un huracán.

—¿Cómo se cayó hacia un huracán? —le pregunté.

—Se interponía entre el horizonte y yo—secaba sus largos cabellos y su frondosa barba con fuerza, dejándome el suelo hecho un asco— Por lo menos me bañé en profundidad... ¡No sabe la de porquería que hay en las alcantarillas de Estados Unidos! ¡Las ratas son como cocodrilos! — separó sus manos todo lo que pudo.

Este fue el principio de la amistad que existe entre el enano y yo. Me contó que su vida estaba condicionada por un hecho tan molesto como extraño: La caída hacia el horizonte. Enano nunca me ha dicho la razón... Tal vez lo haga con el tiempo.

La dirección de sus viajes es aleatoria, puede que caiga hacia el sur y a la media hora cambie hacia el noroeste. La cuestión es que nunca deja de caer; como no hay mal que por bien no venga, conoce todos los países del mundo y, con el paso del tiempo, se defiende en un montón de idiomas. Hasta, dice, ha descubierto lugares aun no explorados por el hombre. Vive en las alcantarillas, por eso huele tan mal. Pero, como él dice: «No hay quien mantenga tantas casas. Además, es más fácil encontrar una alcantarilla limpia que un buen hotel».

Resulta triste verle caer hacia el horizonte, intentando esquivar farolas y doblar esquinas. Una vez me dijo que tenía todos los dientes postizos porque había perdido los originales a causa de aterrizajes más bien desastrosos. Y supongo que ya sabréis la razón de sus ropas acolchadas; para amortiguar los golpes. Mi mujer tiene miedo de él, no sólo porque siempre mire a nuestros perros y gatos como quien ve futuros comestibles que llevarse para el viaje, sino porque también es un completo impresentable en su forma de comer. Yo le digo a mi mujer que cuando uno se pasa la vida cayendo no hay forma de aprender modales.

Desde que mi hija sospecha que es un enano de verdad no deja de acosarle a preguntas: ¿Son guapos los Elfos? ¿Caes por culpa de las Hadas? ¿Has peleado con Trolls? Mi hija dice que Enano hizo algo malo hace mucho tiempo y que las Hadas le condenaron a caer como castigo. Pero si Enano fuese de verdad lo que dice mi hija, significaría que hay más seres fantásticos, como él, viviendo a nuestro alrededor. Prefiero no pensar nada de esto: soy un hombre práctico y dejo los sueños para los demás.

Mi mujer, que también es muy práctica, le sugirió que se buscase un empleo de mensajero, de los que llevan paquetes de un lado a otro; así se sacaba un dinero. Enano se carcajeó descaradamente ante esta sugerencia:

—¿Y si me hacen transportar un jodido piano? ¿O un elefante? —y luego volvió a reír.

Mi mujer le odia. Dice que es maleducado, que huele mal, que cualquier día se comerá a uno de nuestros animales y que no la respeta.

Pero a mi hija y a mí nos fascina, por eso viene a casa y al bar cada vez que la caída le hace aparecer cerca de aquí.

Y resulta tan hermoso verle caer hacia el atardecer.

—No me parece tan hermoso —dijo cuando se lo comenté—. No hay quien duerma cuando cae hacia un atardecer.

Un día mi hija tuvo una pesadilla y despertó llorando. Al principio no quiso decir por qué se había despertado, pero a base de ruegos y amenazas acabo contándomelo: Había soñado que el horizonte de los hombres se expandía, que los astronautas y las exploraciones espaciales hacían que el Sol cayese para los hombres más allá de Marte y de Júpiter. En su sueño, Enano caía hacia el horizonte sobre nosotros y nunca mas volvía, se perdía en el espacio y moría de soledad y frío.

Hasta ahora nunca le conté esto a nadie.

¿La razón? Enano no ha vuelto desde hace dos meses y dicen que los americanos han abierto la primera colonia en la Luna.

Una de las primeras imágenes que recibimos fue la de un grupo de colonos mirando hacia el atardecer lunar. Los niños siempre descubren todo más rápido que los adultos, están más familiarizados con lo anormal y por esto piensan en ello, y espero que mi hija no haya descubierto una gran verdad.

Quizás Enano haya iniciado una caída hacia el horizonte lunar y luego, desde allí, haya continuado hacia el horizonte de otros planetas; o puede que haya dejado de caer y ahora viva tranquilamente en una alcantarilla.

Cuando reza por las noches, mi hija siempre pide que las Hadas hayan perdonado a Enano y que se haya reunido con su gente.

Siempre me acordaré de su sonrisa y de su «allá vamos» cuando volvía a dejarse caer hacia el horizonte.

—El horizonte es eterno —dijo una vez—. Nunca acaba ni lo hará. Eso es lo hermoso y lo terrible de la situación.

Puede que se diese cuenta de que estaba siendo profundo, porque soltó una carcajada.

© Francisco Javier Sánchez Donate, (1.516 palabras) Créditos
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