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EL HOMBRE CON ALAS
Mauricio Del Castillo

Tiempo estimado de lectura: 5 min 14 seg

Artie_Navarre, Pixabay License

Apoyado en sus suspensores hidráulicos, Antón se encontraba erguido en el receptáculo de entrada. Cuando se dispuso a regresar al interior del cuartel, observó un nítido punto en el cielo. Se trataba de una aeronave, una maciza lágrima negra, tan aerodinámica como un colibrí programado. Antón parpadeó, asombrado. Poco después la extraña nave regresó al mismo punto donde se hallaba el cuartel hasta descender con suavidad en la plataforma.

Antón corrió hacía el rectángulo de concreto que se extendía abajo. Pateó rocas, retiró vainas y se desembarazó de las enredaderas que aprensaban sus pies a medida que arribaba a la plataforma. Al llegar ahí, pudo presenciar la nave en toda su extensión. Descansaba tranquila, suspendida en sus soportes. Nadie había descendido de ella todavía. Podía tratarse de una nave no tripulada.

Una escotilla se abrió. Antón se acercó con cierta precaución. Miró el interior de la nave, pero no había nadie en ella.

Después de aclararse la voz, anunció.

—Yills Antón, encargado del cuartel de avanzada, planeta Falcora. Sean bienvenidos.

No hubo respuesta. Inclinó la cabeza en señal de desconcierto y, más animado, se internó en la cabina. Sus ojos recorrieron el tablero atiborrado de indicadores, comandos y pantallas de tacto. Hizo una pausa y aguzó el oído. Las turbinas de la nave comenzaron a retumbar y sacudir el suelo. Una voz con timbre mecánico aclaró la garganta y dijo.

—An... ¿Antón?

El único habitante del planeta Falcora resopló.

—Eh... Sí, soy yo.

—Antón... Yills Antón —volvió a repetir la voz.

—Teniente Antón reportándose y listo para volver a casa —extendió la mano en la oscuridad, con la intención de palpar el tablero y hacer notar su presencia. Debía tratarse de algún truco, una prueba que pudiera confirmar su posición.

La voz intentó hablar de nuevo, pero esta vez emitió un ruido estático. Después de unos segundos, alcanzó a decir.

—Casa no, Antón. Reporte. Muestre su reporte.

—No lo tengo conmigo. Se encuentra en el cuartel. Aunque no creo que haya algo importante: no ha sucedido nada en los últimos treinta años.

Los indicadores de la nave ni siquiera oscilaron.

—¿Eres una máquina? —preguntó Antón—. ¿O estoy en comunicación con alguien?

—Es muy difícil de explicar —respondió la voz.

—Muchas cosas han cambiado desde que salí del Sistema Solar, ¿verdad?

—Muchos cambios.

—Y bien... ¿ganamos la guerra?

La voz dentro de la nave se sumió en silencio. Luego de varios segundos, retomó la conversación con Antón.

—Teniente, es mi deber informarle que la guerra ha terminado. Para todos. Y los resultados no fueron positivos.

—¿Qué tratas de decirme?

—La Tierra —explicó la voz— ha sufrido una devastación. Hubo algunos sobrevivientes, pero...

Antón colocó una mano en la superficie de la nave a fin de no desvanecerse de la impresión. Agachó la cabeza y comenzó a jadear con fuerza. No podía negar que eso ocurriría, pero el simple hecho de saber tan terrible destino no dejaba de asombrarlo. La ausencia de llamadas y el nulo tráfico de naves que lograba captar desde el cuartel lo justificaban.

La voz informó con frialdad.

—La Delegación Solar del coronel Rubirosa borró del mapa a casi toda Asia mediante una ofensiva teledirigida. Europa también ha desaparecido. La mayor parte de América quedó inhabitable. Algunos se salvaguardaron y huyeron a otros planetas del Sistema Solar. Los ataques cesaron porque no había más que destruir.

Antón apretó los nudillos de sus manos.

—Yo tenía un amigo. Él y yo nos alistamos juntos. Defendimos la Torre del Vigía cuando el general Ling lanzó una contraofensiva para apoderarse de la Luna. Me salvó una vez la vida. Se encontraba a las órdenes del coronel Rubirosa. Su nombre era Francis Domm. Tuvo un puesto importante en Ciencia Aplicada. Me gustaría saber qué sucedió con él.

La voz volvió a guardar silencio. Antón se exasperó al saber que una mente artificial tan avanzada tardara tanto en responder.

—Bueno... di algo —apuró Antón—. ¡Habla de una buena vez!

—Teniente Antón —comenzó la voz, esta vez más reconocible—. Yills, escúchame... Yo soy Domm.

Antón parpadeó repetidas veces ante el tablero de control. Enseguida se llevó una mano a la boca a fin de reprimir un suspiro. Se alejó de aquel artefacto, pero alcanzó a trastabillar a pesar de la acción de los suspensores. Con un exceso de furia, comenzó a golpear la superficie de la acabada plataforma al mismo tiempo que exclamaba.

—¡No! ¡No! ¡No!

—Antón, por favor, tranquilízate —dijo la voz de la nave—. Tienes que hacerte a la idea de lo que estoy diciendo.

—No puedes serlo. Es imposible. ¡Tú no puedes ser Domm!

—Soy lo que tenía que ser —dijo la transmisión mecanizada de Domm—. No fue decisión mía, si eso te conforta. Tuve la fortuna de sobrevivir al igual que muchos, aunque no en mi cuerpo. No podía ver, escuchar o sentir. Pero a través de señales eléctricas estimularon mi cerebro y me hicieron saber el plan. Yo encajaba a la perfección. Lo acepté; no tenía más remedio. El despertar fue doloroso, pero una vez que me acoplé a las dimensiones y a la nueva transmisión comencé a pensar de modo diferente.

Antón no podía dejar de escuchar a la máquina. En un arranque de ira exclamó.

—¡Cierra la boca! ¡No digas más!

—Todos mis nervios fueron conectados a los electrodos que controlan las funciones de la nave. Cada uno de mis sentidos se ha potencializado al máximo.

—Te han convertido en un dispositivo de control —señaló Antón presa de la desesperación—. ¡Ya no eres humano!

—Piensa en la guerra que vamos a ganar. La guerra que Ling y sus malnacidos no habrán querido desatar. —La voz de Domm ganaba intensidad por primera vez desde su mejoramiento—. El general Rubirosa pensó que éramos una obra de arte, la primera reconstrucción de soldados caídos. Unos cuantos miles de mujeres y hombres reconstruidos bajo la aplicación de la tecnología aeroespacial. No más naves tripuladas, no más vacilaciones a la hora de llevar a cabo un ataque.

Antón dirigió una veloz mirada de súplica a la aeronave.

—¿Qué garantiza que no suceda lo mismo en otros planetas? —preguntó—. Anda, no te quedes callado y explícamelo de una buena vez.

—No hay más que salir y explorar —respondió el cerebro de Domm—. Buscar voluntarios. La galaxia es una morgue donde siempre se encuentra en pleno funcionamiento algunos cuantos fragmentos de cerebro. Nadie se opondrá.

Antón oprimió los puños y sus dientes. La voz de Doom continuó.

—Sé lo que estás pensando. Crees que esto es una aberración. Según tú, esto se trata de un experimento incontrolado. ¿Puedes pensar lo mismo cuando todos y cada uno de nosotros no tengamos límites de ir a donde ningún otro ser ha ido? Y lo mejor de todo es que tenemos tiempo de sobra. Encontraremos la verdadera razón de la existencia del hombre. ¿No es maravilloso?

La mano derecha de Antón tanteó los comandos del otro antebrazo.

—No sé muy bien cómo funcionan estas cosas —dijo—, pero supongo que basta con apretar cualquiera de los botones para hacer desaparecer la plataforma. Tú y yo incluidos. Te sugiero te largues de aquí. Ya no son tus dominios.

—Los dominios del hombre no tiene límites.

—Esto es una locura —balbuceó Antón, sin apartar los ojos del comando—. ¿Esperas que nos lancemos a una guerra, sabiendo que destruiremos todo?

—No tenemos otra opción. —Una línea de luz fulguró en el tablero—. La situación nos obligó a luchar. Cuando la tensión desaparezca, todo volverá a la normalidad. Nos restauraremos desde nuestros cimientos.

Las lágrimas humedecieron los ojos de Antón. La luz del alba comenzó a caer, no sin antes reflejar un último destello que iluminó la alta y serena frente de Antón. Sólo la fosforescencia proveniente de la plataforma alumbraba sus labios, que aun inmóviles reflejaban tristeza. La salvaje naturaleza del hombre había llegado a su hogar.

—No estoy dispuesto a servirles —dijo.

—Antón, aguarda. Piénsalo bien —insistió la nave—. Aún somos amigos.

—¡Tú no eres mi amigo! ¡No pienso irme de aquí! Lárgate y díselos. Escupo a Rubirosa, escupo a Ling, escupo a la gente que te diseñó. ¡Te escupo a ti, Domm!

Sintió una repentina punzada en el pecho. Sus brazos se tornaron rígidos. La nave humana midió los pulsos cardiacos del único habitante del planeta, hasta que presentaron una considerable caída. El dolor, cada vez más fuerte, lo demolía por dentro. Sus fuerzas acabaron por extinguirse. Se derrumbó en la plataforma a causa de un paro cardiaco.

Domm llamó a la nave-destructor que se encontraba en la órbita de Falcora para realizar el traslado correspondiente.

* * *

Ya en el Sistema Solar, después de un largo viaje, Antón despertó. Escuchó extraños susurros. Observó a cientos de diminutas personas, vestidos de blanco, siendo testigos de un nuevo milagro de la tecnología aeronáutica.

Una voz anunció.

—Todo despejado. Den un paso hacia atrás. En poco iniciaremos el modo automático. Ahora bien, escuchen. Si damos por sentado que el cerebro es la sede de la conciencia y de la inteligencia, y que ninguna otra parte del cuerpo afecta gran cosa a la personalidad, entonces es posible mantener con vida el cerebro como una personalidad, una encarnación de la conciencia. Podremos combinar el cerebro humano con toda una serie de sensores y proyectores artificiales.

Por alguna extraña razón, Antón sentía el cuerpo demasiado tenso, como si se tratara de algún cambio hormonal o anatómico. Un gélido aire se percibía en el ambiente. Intentó mover un brazo, pero fue imposible. Tenía bastante sed y lo más extraño es que no sentía su boca ni su lengua.

Los técnicos casi habían terminado de desmontar el sistema reflejo de la nave y se preparaban a empaquetarlo. Faltaba reemplazar el programa por el nuevo elemento esencial, el nuevo centro de la nave.

El hombre encargado de mantenerlo con vida se adelantó hacía él, alzó el rostro y dijo.

—Teniente Antón, ¿se encuentra ahí?

Antón intentó hablar, pero en su lugar prorrumpió una serie de luces y sonidos electrónicos.

—No use el sistema binario. En fonético, por favor.

Lo intentó de nuevo. Esta vez el tono de su voz sonaba distinto.

—¿Dónde estoy? —preguntó Antón—. ¿Qué ha sucedido?

Al momento sus proporciones de espacio cambiaron. Dentro de su mente todo ocurría con normalidad. En el mundo exterior todo había cambiado.

—Este es un laboratorio oculto en la Antártida —explicó el director del proyecto—, el único lugar donde se está a salvo de los efectos de la radiación. Bienvenido a casa, teniente.

Una gran sección del fuselaje se estremeció mientras Antón trataba de juntar las piezas sueltas. Las paredes metálicas se tornaron de color rojo y enseguida en azul. Continuó su lenta transformación en una masa multicolor hasta desaparecer por completo. De forma vaga se dio cuenta de lo que había sucedido.

—¡Mi cuerpo! ¿Qué han hecho conmigo?

—¡Perfecto! —exclamó el director del proyecto, ignorando la angustiante pregunta de Antón. Se dirigió a todo el equipo—: La guerra nos ha empujado a intentarlo todo. Valdrá la pena sacrificar una vida a cambio de la paz. Estas naves pueden ser la clave. Una flota más y habrá terminado la guerra.

Antón intentó protestar, pero fue demasiado tarde: salió disparado a todo lo largo de la iluminada pista convertido ahora en una nave espacial. La prueba de vuelo sobre la devastada superficie de la Tierra fue todo un éxito.

FIN.

© Mauricio Del Castillo, (1.889 palabras) Créditos
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