
Era el 20 de diciembre del año 2012, cuando aquel parado, u hombre sin trabajo, se detuvo a contemplar el número dorado situado en la parte superior del portal 7, en la calle Bacilá, de Madrid.
El viejo, sentado en una silla plegable, justo en la parte posterior del quiosco, le miraba sonriente. Lucía una larga cabellera canosa y una camiseta desgastada de los AC/DC.
Picio miró al viejo e inmediatamente le cayó simpático. Le habría comprado el Marca, pero no tenía ni un céntimo de euro en el bolsillo en esos momentos. Volvió la mirada al portal y se dispuso a entrar.
—Suerte, colega —le dijo el anciano.
Picio, a modo de respuesta, hizo el gesto que creía debía hacer ante un hombre así. Alzó la mano con el índice y el meñique extendidos. El viejo rió y Picio abrió la puerta.
El aire acondicionado le golpeó de lleno en el rostro. Le vino bien. Afuera el calor era insoportable. Al fondo del níveo pasillo estaba la recepcionista. Ni siquiera levantó la mirada cuando Picio quiso mostrarle el pequeño papel.
—Tercer piso, letra A. Entre sin llamar –dijo.
—Pero...
—Tercer... piso... letra... A —repitió la recepcionista, remarcando secamente las palabras, sin levantar ni por un momento la mirada.
—¿El trabajo bien? —le espetó Picio, dejando que se notase el tono de reproche.
La mujer levantó por primera vez la vista. Sus ojos se encontraron. La dura mirada se suavizó.
—Perdone. Mi trabajo consiste en mandar a los que lleguen al tercer piso, letra A. Siempre es lo mismo y no puedo decirle de que se trata... en realidad, no tengo ni idea.
Picio sonrió comprensivo. La vida no es fácil para nadie.
* * *
Entró sin llamar. El sonido reconocible de murmullos le llegó desde detrás de una puerta al final del pasillo. Allí se dirigió, papel en mano, intentando mostrar algo de aplomo. La apariencia de seguridad en uno mismo puede ser buena a la hora de ser juzgado por aquellos que dan trabajo.
Era un aula. Tenía sillas, de esas con uno de los brazos en forma de tabla, una pizarra y hasta una mesa de profesor con un globo terráqueo encima. Las sillas estaban casi todas ocupadas por personas de diversa índole física. Hombres y mujeres de varias edades le miraron. En los brazos pupitre de algunas sillas descansaba el mismo papel que había llevado a Picio hasta aquel lugar. Eligió un sitio vacío y se sentó.
Pasaron un par de minutos antes de que el hombre de la silla de al lado se atreviera a dirigirle la palabra.
—Oye —dijo—. ¿Tú sabes de qué va esto?
Miró al hombre. Era un cincuentón canoso y algo grueso. Un trabajador más que se había visto sorprendido a esas edades por el paro. Tenía extendida una de sus manos, portando el pequeño papel, mostrándolo a Picio. Era una mano grande y callosa.
—Estoy como tú —admitió Picio, exhibiendo el dichoso papelito—. No tengo ni repajolera idea de qué va esto.
El hombre asintió levemente y volvió la mirada al frente. Picio se fijó de nuevo en el texto impreso.
GRAN OPORTUNIDAD DE TRABAJO. BIEN REMUNERADO. PARA PERSONAS SIN EMPLEO QUE DESEEN TRABAJAR.
SI DESEA TRABAJAR, PRESENTESE EN LA CALLE BACILÁ, 7, EL DÍA 20 A LAS 19:30.
Era un texto sencillo. Tal vez por ello se había dejado convencer, esperanzado, ante la posibilidad de que no fuera el engaña bobos típico, de esos que te prometen trabajo y acabas soltando dinero por un curso. De tan simple que era parecía sincero.
Miró de nuevo a su alrededor. Aparte del hombre canoso había también una joven, de no más de veinte años, una señora de unos cuarenta, un par de jóvenes encorbatados y hasta una docena más de ejemplos anodinos de personas de a pie.
Por fin llegó la hora, las 19:30.
Un tipo sonriente apareció por la puerta, llevando consigo un manojo de hojas de papel. Saludó y empezó a repartir los folios entre los presentes, colocándolos boca abajo en cada uno de los brazos-pupitre de cada silla. Parecía tener mucha prisa.
—No lo volteen hasta que de la señal —dijo—, enseguida les explico.
—¿Es para trabajar? —preguntó la señora cuarentona.
—Es para trabajar —respondió el sonriente tipo.
Sonriente terminó de repartir los folios, se colocó delante de la mesa de profesor y alzó las manos levemente para acallar los murmullos que empezaban a formarse.
—No es necesario dar explicaciones concretas —comenzó—, sobre la naturaleza del trabajo. La persona elegida será informada de todo al finalizar el examen.
Una mujer, vestida con una bata blanca, irrumpió en la estancia, seguida por un joven, también embatado. Portaba un maletín médico que colocó con cuidado sobre la mesa y que abrió sin ceremonia, sacando un puñado de pequeños objetos. Los introdujo en uno de los bolsillos de la bata.
—Ahora —continuó Sonriente— vamos a proceder a extraerles un poquito de sangre...
—¿Qué? —exclamaron al unísono uno de los jóvenes y el señor canoso.
—El tiempo apremia —dijo Sonriente, alzando la voz—, solo será un pequeño pinchazo. La naturaleza del trabajo requiere una comprobación sanguínea.
—¡A la mierda! —exclamó Canoso y comenzó a levantarse, sin duda con la intención de salir de allí.
Entonces ocurrió.
Sonriente se sacó una pistola de la chaqueta y disparó una vez al aire. Se organizó un revuelo y un par de tipos vestidos de caqui se posicionaron ante la única vía de escape posible, la puerta.
—Todo acabará enseguida si colaboran. Por favor, permanezcan sentados y remánguense para que podamos extraer la sangre... No tenemos tiempo.
Como un rayo, Canoso, corrió hasta la salida, intentado pasar entre los dos uniformados, pero un certero culatazo lo tumbó en el suelo.
Los cetmes apuntaban directamente al conjunto de parados.
Picio, a todo esto, había permanecido sentado y con el escroto encogido, sin atreverse a mover un solo músculo ni articular palabra. Ni un pensamiento coherente se produjo en su cerebro. Tan solo observaba los acontecimientos, los ojos desorbitados, la expresión marmórea.
—Ahora —dijo Sonriente, aunque ya no sonreía— permanezcan sentados y tranquilos. Les sacaremos sangre mientras realizan el examen.
Uno de los muchachos encorbatados comenzó a sollozar.
—Les aseguro que, en el mismo instante en que terminen el examen y analicemos la sangre, podrán marcharse. Den la vuelta a los folios.
Nadie se movió.
—¡He dicho, que den la vuelta a los putos folios! —Ladró Sonriente, muy serio, y para remarcar la frase volvió a efectuar un disparo al aire. Nubecillas de yeso y pintura cayeron sobre la joven veinteañera.
La mujer de bata blanca se situó al lado del primer parado, un tipo con coleta, el más cercano a la puerta, y le ordenó que se remangara. Extrajo apresuradamente una muestra de sangre y se la entregó a su ayudante. Este le colocó una pegatina y la metió en uno de sus bolsillos. Cuando iban a pasar al siguiente se preocupó de voltear el mismo el folio del pobre y aterrorizado tipo de la coleta, e hizo un gesto de premura a los demás.
Picio volteó su folio.
Una única frase aparecía en la parte superior del mismo:
Escriba números, tantos como pueda.
—Hagan lo que pone en el examen, ¡rápido! ¡No hay tiempo!
La pistola apuntaba a los parados. Los cetmes apuntaban a los parados.
Picio agarró el bolígrafo y empezó a escribir números al azar, sin pensar, automáticamente.
314159265358979323846264338327950288419716939937510...
Los demás también escribían, enloquecidos, apremiados por las armas. Tan solo el señor canoso permaneció quieto, en su sitio, negándose cabezonamente a coger siquiera el bolígrafo.
Picio escribía números.
...8566923460348610454326648213393607260249141273724587006...
Pronto le llegó el momento de entregar su sangre. Embatada, rápida y profesionalmente, introdujo la aguja en la vena del brazo izquierdo de Picio, que con la mano derecha seguía escribiendo. La mujer echó un rápido vistazo a los números y lanzó una mirada a Sonriente. Este se acercó y le arrebató el folio de forma violenta.
—Este... rápido, ¡que analicen a este!
Entregó el folio y el pequeño botecito a Ayudante, que salió apresuradamente de la habitación.
Exactamente veinte segundos después, regresó. Señaló directamente a Picio.
—Él —dijo.
Embatada dejó de extraer sangre. Sonriente agarró el brazo de Picio y tiró de él, levantándolo bruscamente de la silla. Esta se le quedo enganchada. La arrastró varios metros antes de que pudiera deshacerse de ella. El hombre canoso intentó cogerle, sin duda para evitar que se lo llevaran, pero todavía estaba aturdido por el golpe recibido y casi ni pudo llegar a engancharle la camisa.
Avanzaron por el pasillo hasta el ascensor, que les esperaba abierto gracias a que un tipo uniformado sujetaba la puerta. Justo un segundo después de cerrarse, se escuchó el sonido tableteante de los cetmes, de muchos cetmes disparando, y gritos, los gritos de aquellos que habían sido sus compañeros de aula apenas cuarenta segundos antes.
Una versión del ¡Hey! de julio Iglesias sonaba en el interior del ascensor.
Tal vez fue por la música, o tal vez porque Sonriente guardó su arma, que Picio comenzó a preguntarse sobre la situación que acababa de experimentar. Salía del aturdimiento a medida que el ascensor ascendía y notó que las piernas le temblaban descontroladamente. En un momento dado perdió el equilibrio. Sonriente le sujetó firmemente.
—No te me derrumbes ahora, hombre, que lo estás haciendo muy bien.
Llegaron al final del recorrido y salieron a un descansillo, con unas escaleras ascendentes. Subieron por ellas. En ningún momento Sonriente soltó el brazo de Picio.
Emergieron a la azotea. Un helicóptero de la DGT, rodeado por varios hombres uniformados, les esperaba con el rotor en funcionamiento. Sonriente empujó a Picio dentro del aparato y, cuando intentó subir él, una gran mano se lo impidió. La mano enorme pertenecía a un hombre enorme, de aspecto goriláceo y vestido con traje a medida, que agitó la cabeza negativamente. Sonriente soltó por fin a Picio y obedientemente cerró la puerta del helicóptero, quedándose en tierra mientras el aparato se elevaba.
Picio, que nunca había estado en un helicóptero, se asomó para ver como el edificio se iba haciendo cada vez más pequeño y se derrumbaba sobre sí mismo, desapareciendo en una densa nube de polvo. Volvió la mirada hacia el interior para encontrarse con los fríos ojos de Gorila. Este le miraba imperturbable, con una leve sonrisa irónica.
Con pensamientos temblorosos recordó al viejo roquero del quiosco, la recepcionista antipática, los parados del aula, la mujer embatada, su ayudante, los soldados y el tipo sonriente. Todos estaban muertos.
Empezaba a darse cuenta de que algo muy jodido estaba ocurriendo y que él estaba justo en el centro de los acontecimientos. Le rebasaba de tal modo el miedo, que durante un segundo se vio tentado a abrir la puerta del helicóptero y saltar. Gorila, sin duda adivinando lo que Picio pensaba, meneó la cabeza un par de veces, se llevo la mano a la chaqueta y dejo entrever la pistola que ocultaba. Con eso bastó. Si intentaba saltar, el tipo le dispararía. Con el absurdo de ese pensamiento en su cabeza, Picio permaneció quieto.
Al lado de Gorila había un hombrecillo con gafas de culo de botella. Era un tipo menudo, como encogido sobre sí mismo, con un cráneo grande y calvo. Vestía un arrugado traje de pana con coderas y fumaba un cigarrillo. Sacó un paquete de Ducados y se lo ofreció.
—¡¿Fuma?!
Picio no hizo el más leve movimiento.
—¡Bueno, señor...!
El sonido del motor del helicóptero lo llenaba todo. El hombrecillo alzó la voz.
—¡¿Cómo se llama usted, señor?!
No contestó.
Entonces, Gorila, le arreó una bofetada. Picio, ante la muestra de apremio, respondió.
—Me... me llamo Picio.
—¡Más alto!
—¡Qué me llamo Picio!
—¡Qué nombre tan curioso tiene usted, señor! —gritó el hombrecillo y a continuación dio una profunda calada a su Ducados.
—¡Aceptaré el cigarrillo... si no le importa! —dijo Picio.
—¡¿Qué?!
Se llevó el índice y el anular a los labios.
—¡Ah! ¡Claro hombre... tome! —le tendió de nuevo el arrugado paquete.
Picio se colocó el cigarrillo en los labios y dejó que se lo encendiera.
—¡Por supuesto, se estará preguntando qué diantres está ocurriendo, ¿verdad?!
El humo del Ducados penetró en sus pulmones, pero no le tranquilizó lo más mínimo.
—¡Verá! —Continuó el hombrecillo—. ¡Usted es el Sujeto Alfa!
Picio no dijo nada.
—¡Es usted la persona más importante del Universo... ni siquiera del mundo... del Universo, le digo!
Fumaba. Cerró los ojos. Sin duda soñaba. Era la pesadilla más vívida y jodidamente real que jamás hubiera tenido, pero no era más que eso, una pesadilla que terminaría en algún momento con un sobresalto. Su mujer estaría a su lado y los niños a varios metros, durmiendo en sus habitaciones.
—¡Ahora nos dirigimos a Barajas! —Gritó el hombrecillo—. ¡Allí nos espera un reactor! ¡Entonces podremos hablar!
Una pesadilla, sin duda. Una estúpida, absurda, jodida, cabrona y puta pesadilla.
Aterrizaron. Gorila arrastraba a Picio, del mismo modo que unos minutos antes había hecho Sonriente, pero con una fuerza mayor. Se vio tentado a dejarse caer, solo para comprobar que el brazo de Gorila no decaería ni un milímetro y seguiría transportándole a pesar de su dejadez. No lo hizo. Se limitó a dejarse llevar, esforzándose por mantenerse al paso de aquella mala bestia.
Entraron en el reactor, que comenzó a moverse sin siquiera esperar a que las puertas se cerrasen. Unos cuantos militares, sentados en los sillones de lujo, les observaban. El trío fue a colocarse en la parte anterior, donde les aguardaba un tipo de uniforme, con estrellas en los hombros y gordo, muy gordo.
—¿Este es? —preguntó el engalanado sujeto.
—Este es —respondió el tipejo de gafas gruesas.
El avión despegó. A lo lejos y a través de la ventanilla, Picio observó la densa nube de polvo que había sido el edificio con el portal número 7. De nuevo, la imagen del viejo heavy del quiosco le vino a la cabeza, riendo ante la ocurrencia de hacerle cuernos para despedirse. Entonces necesitó otro cigarrillo y volvió la mirada hacia Gafas Gruesas. Hizo un gesto con los dedos índice y anular. El tipo comprendió. Le arrojó el paquete de Ducados y un mechero. En menos de treinta segundos estaban fumando los cuatro.
—Podrían..., si no es molestia..., explicarme... —dijo entonces Picio.
Gafas gruesas dio una profunda calada a su cigarrillo.
—Dios es un cabrón —soltó de pronto.
—Yo —respondió Picio— no soy muy creyente... pero...
—¡No! Escuche lo que le voy a decir —interrumpió Gafas Gruesas—. Hace pocos meses nos llegó la información trascendental de que todo lo que conocemos, la Tierra, el Sol y la Luna, los planetas y demás cuerpos celestes del Sistema Solar, se hallan dentro de una cúpula cristalina.
Picio, se tranquilizó un poco más. No cabía la menor duda, estaba soñando.
—La Tierra es plana, amigo mío —prosiguió Gafas Gruesas—. Los cuerpos celestes de los que le hablo se mueven, de algún modo, pegados a esa cúpula y toda la información que nos ha llegado durante siglos es falsa. Nunca se llegó a la Luna. Ninguna sonda ha llegado más lejos de lo que la cúpula permite. Todo, repito, ¡todo lo relacionado con la astronomía es un bulo! No existen los astrónomos. Solo son actores que mienten a las masas. Engañar a gentes poco interesadas por estos temas no es complicado. Cualquier aficionado a la astronomía, que no pertenezca a esta elite de actores ancestrales, se engaña a sí mismo cuando mira a través de su telescopio, ¿entiende?
—Pues..., no —Picio se repanchingó en su sillón.
—Verá —Gafas gruesas alzó las manos, poniéndolas delante de su cara, como si quisiera explicar con ello el todo. Temblaba—. Desde hace milenios, la consideración de que el mundo era una especie de plataforma creada por un Dios o dioses, ha predominado en la mente colectiva. Siempre fue así... hasta que Gutenberg inventó la imprenta. Cuando esto ocurrió, la cultura se extendió como la pólvora entre la gente... y el conocimiento se adaptó a la nueva grandeza colectiva. La Tierra dejó de ser plana y el Universo se hizo inmenso, como única forma de adaptación a la grandeza... ¿entiende ahora?
Picio sonrió, agitó levemente la cabeza en señal de negación y le dio otra calada al Ducados.
—¿Le hace gracia? —preguntó el tipo engalanado.
Picio, entonces, rió. Rió tanto que se atragantó con el humo. Tanto rió que llegó a pensar que la pesadilla llegaba a su fin en ese mismo momento. Creyó que iba a despertarse tosiendo. Creyó que su mujer le reprocharía con un codazo el haberla despertado. Creyó, que cuando esto ocurriera, se le echaría encima y le haría el amor como nunca se lo había hecho.
—Sí, ya veo que le hace gracia —dijo Engalanado al tiempo que enrojecía de rabia.
Picio dejó de reír, aunque continuó tosiendo.
—Esta mañana —prosiguió Engalanado— he matado a toda mi familia. Mi mujer y mis cuatro hijos están muertos porque tú, malnacido, no aparecías ¿Te hace gracia eso, hijo de puta?
Sintió que la risa afloraba de nuevo. Intentó impedirlo, pero esta irrumpió a través de sus apretados labios.
—¡Serás cabrón! —gritó Engalanado, al tiempo que se desabrochaba el cinturón de seguridad y echaba mano de su pistola reglamentaria.
Lo que ocurrió a continuación, a Picio, le pareció que transcurría a cámara lenta.
Engalanado desabrochaba la pistolera, sacaba su arma, apuntaba directamente a su cabeza mientras, Gorila, extendía su brazo izquierdo, le arrebataba el arma, estrechaba ese mismo brazo alrededor de su cuello y se lo rompía con un enérgico movimiento de contracción.
El sonido de las vértebras al quebrarse llegó a los oídos de Picio. Dejó de reír.
Gafas gruesas ni se inmutó. Dio una calada a su cigarrillo y exhaló el humo.
—Como le iba diciendo —continuó—; hace unos meses fuimos informados de esta nueva concepción de la realidad. Al principio, como es lógico, no lo creímos. La organización que guarda este antiguo secreto de la humanidad mantiene poderes ocultos desde antes del descubrimiento del fuego... mucho antes.
El cuerpo de Engalanado cayó hacia delante, dando con la cabeza en el suelo.
—El caso es que tienen un súper computador, que extrae su potencia de análisis de millones de ordenadores de todo el mundo... ¿Sabe lo que es el proyecto SETI?
Picio negó con la cabeza.
—Bueno, da igual. El computador extrajo una serie de variaciones matemáticas que permitirían encontrar al Sujeto Alfa..., usted... ¿Sabe qué es el número PI?
Volvió a negar.
—De acuerdo..., digamos que en su sangre, en sus genes, está la respuesta al enigma. Últimamente se han producido varios desastres naturales..., demasiados, como habrá podido leer en la prensa... Bueno, al final quedaron unos cuantos miles de individuos, repartidos por todo el mundo, que podían poseer la carga genética correcta.
—Yo solo quería trabajar, para pagar la hipoteca y...
—Ya, ya —interrumpió Gafas gruesas—. Encontrarle ha sido una gran suerte. Según los cálculos al mundo no le queda mucho. Verá, antiguamente, esta sociedad de la que le hablo, lo tenía más fácil para encontrar al Sujeto Alfa. Tenían métodos. Actualmente estos métodos serían considerados como brujería. Además, hay demasiada gente, así que han tenido que echar mano de la ciencia y la tecnología para poder encontrarle.
—¿Y que se supone que debo hacer?
—No lo tenemos claro. Hay que ir al Polo Norte. Allí, justo en el centro de la plataforma mundial, hay una puerta que solo usted puede abrir. Cuando la habrá, entraremos y conoceremos el secreto. No sabemos casi nada, solo que está relacionado con la antigua leyenda de Atlas.
—¿Atlas?
—¿No sabe quien era Atlas?
—No.
—Pues era un gigante que... no importa. A lo largo de los siglos se han producido leyendas de todo tipo, y parece ser que muchas son correctas.
Picio se inquietaba por momentos. El rato de tranquilidad, después de la muerte de Engalanado a manos de Gorila, no presagiaba un despertar inmediato. El avión surcaba los aires a gran velocidad y la noche se les echaba encima de forma artificialmente rápida. Cogió otro cigarrillo, tomó el mechero y se lo encendió. Acto seguido se aplicó la llama en el anverso de la mano. Tal vez el dolor le obligaría a despertarse de una maldita vez.
—¿Pero qué hace, hombre?
Apartó la mano cuando no pudo seguir soportando la quemazón. El sueño era persistente. Gorila, Gafas gruesas y el cadáver de Engalanado seguían allí. Él seguía allí. Todo, seguía allí.
—¡Quisiera despertarme de una puta vez, maldito enano de mierda!
Gafas gruesas no se perturbó ante el exabrupto de Picio. Tan solo se limitó a responderle.
—Amigo, yo también quisiera despertarme, se lo aseguro.
Gorila le miraba con su pequeña mueca cínica.
Aterrizaron en una pista, en algún punto distante, rodeada de nieve y enormes arboles. Salieron y esperaron fuera. Gorila tardó unos minutos en salir, cosa que hizo después de escucharse unos cuantos disparos en el interior del avión.
Picio miró a Gafas gruesas con una interrogación grabada en su rostro.
—No debe quedar nadie que recuerde lo que estamos haciendo —dijo—, por si acaso salen bien las cosas y el mundo continúa existiendo mañana.
—¿No debe quedar nadie? ¿Ni siquiera nosotros?
—Son las reglas, dicen, y no, ni siquiera deberemos quedar nosotros. Pero no se apure hombre, lo más probable es que usted sobreviva.
—Pues para ser un hombre que está a punto de morir se le ve muy entero.
Gafas Gruesas sonrió con tristeza.
—Dejé de ser un hombre entero en el momento que me enteré..., más bien, me convencí, de la veracidad de lo que le estado contando en el avión... ¿Qué quiere que le diga? El mundo está en un bote sobre una mesa. Nada tiene importancia ya, excepto cumplir las órdenes, supongo.
Un gran vehículo con ruedas de oruga se acercó a ellos. El frió era intenso. Subieron. Uno de los soldados preguntó por Engalanado, pero nadie le respondió. Se agarró a su cetme y permaneció en silencio a medida que el vehículo se aproximaba a lo que parecía ser un hangar.
Dentro del hangar les esperaba otro helicóptero, de esos de doble hélice. Gafas Gruesas le explicaba.
—Cuando se mira por un telescopio potente, se puede ver a Dios ¿Sabe? Yo mismo lo he visto.
Subieron al aparato.
—Dios es un muchacho que no aparenta tener más de quince años. El tiempo parece transcurrir de manera diferente a esas escalas macroscópicas ¿sabe? Desde hace siglos se le puede ver acercando el rostro a la cúpula cristalina, como asomándose para ver cómo va la cosa en su pequeño Universo de sobre mesa.
—No puedo evitar no dejar de preguntarme qué narices tiene que ver esto conmigo...
—¡Todo! —Gritó Gafas Gruesas—. ¡Esto tiene que ver con usted absolutamente todo!
El helicóptero despegó con un ruido infernal. Esta vez, aparte de Gorila y Gafas Gruesas les acompañaba una mujer vestida con un uniforme que Picio no reconocía. Era bastante joven y atractiva, aunque la frialdad de su mirada hubiera podido hacer retroceder al más pintado de los casanovas. Picio se fijó en sus pechos. Eran enormes, incluso bajo el tres cuartos blanco que llevaba puesto. Alargó una mano para tocárselos. Ella respondió con una sonora bofetada, que en la helada cara de Picio sonó como si un látigo restallara.
—¿Perro que le pasa a este imbécil? —exclamó la mujer, con un exagerado acento ruso.
—Cree que está soñando —respondió Gafas Gruesas—, y no me extraña, dadas las circunstancias.
Gorila y Gafas gruesas se habían sentado enfrente. La mujer estaba a su lado. Se alejó medio metro.
—Pues si no quiere despertarse en la copa de un pino, serrá mejorr que se esté quietito.
Picio sonreía.
Se repartieron unos cascos para facilitar la comunicación.
—Señor Picio, más le vale empezar a aceptar su situación. No va a despertarse porqué no está soñando. Esto está ocurriendo, por muy inverosímil que le parezca.
—Ya —dijo Picio mirando a Gafas Gruesas—, de todos modos me apetecía tocárselas.
El helicóptero avanzaba a través de un aire gélido y no había ventanas por la que Picio pudiera comprobar si el complejo del que acababan de salir había desaparecido en una nube de humo negro. Empezó a sentirse cansado, terriblemente cansado. Se durmió, a pesar de que jamás en su vida se había dormido dentro de una pesadilla.
Extraños sueños le asaltaron.
Desde el mismo día que nació, Picio supo que estaba destinado a algo importante, aunque nunca hizo nada por llevarlo a cabo. No estudió, ni hizo nada por montar una empresa. Nada. Picio nunca hizo nada. Aun así, siempre supo que algún día sostendría sobre sus hombros una gran responsabilidad.
De algún modo, siempre lo supo.
Estaba de pie sobre una planicie y el cielo se encontraba a unos centímetros sobre su cabeza. Hasta donde su vista podía llegar, solo había blancura. Su cuerpo no proyectaba sombra alguna.
Un punto negro se movía a lo lejos, muy, muy lejos, y se acercaba a él. Sintió miedo, pero era incapaz de escapar. Además, quería saber quien se acercaba. Tenía que saberlo. Quiso hacerle señas con las manos, pero estas golpeaban contra el cielo impidiéndole hacerse más visible. Intentó gritar para que le oyese, pero el aire era demasiado denso y las ondas sonoras apenas llegaban a medio metro. Las podía ver, saliendo de su boca y cayendo al suelo.
El punto negro cobró forma humana y se acercó rápidamente. Era Gafas Gruesas y le traía algo. Picio vio lo que era. Una pequeña cúpula cristalina en la que flotaba un globo terráqueo azul, salpicado por nubes blancas, como en los cientos de fotografías falsas que habían tomado a lo largo de los años aquellos satélites que no existían.
—Tenga —dijo Gafas Gruesas, acercando a Picio la pequeña cúpula de cristal—, y ahora, jódase.
Picio tomaba la cúpula entre sus manos y miraba a Gafas Gruesas, pero ya no era Gafas Gruesas quien le miraba a él, sino el viejo roquero del quiosco, con su camiseta de AC/DC que dejaba adivinar dos enormes pechos que él deseaba tener entre sus manos. Soltaba la preciada cúpula y alargaba las manos hacia esas tetas tan deseables. Entonces el viejo le largaba una bofetada...
Despertó bruscamente. La rusa de uniforme le zarandeaba. Le dolía la cara.
—¿Perro es que no vas a dejar de meterme mano desgraciado?
—Vamos —dijo Gafas Gruesas—. Nos esperan.
La mujer rusa tiró de él con energía y le arrojó a la cara un tres cuartos blanco.
—Póngase esto —le gritó Tetona.
Salieron al inconcebible frió ártico. Lucía un sol tan irrealmente luminoso que Picio no pudo hacer otra cosa que cerrar los ojos y dejar que le guiasen. Trastabillando y estúpidamente desorientado, sintió que el frió desaparecía y el ambiente se transformaba. Ya no estaban en el exterior, lo que hizo que pudiera abrir los ojos en su totalidad.
Muchos rostros curiosos le observaban.
Mirando hacia arriba, comprendió que estaban en una enorme tienda de campaña militar, calentada artificialmente. Se estaba bien allí. Un tipo de uniforme, que Picio creyó norteamericano, le preguntó algo en inglés. Gafas Gruesas respondió por él y enseguida comenzaron a caminar hacia el centro de la tienda.
Justo en medio de la carpa había una losa de piedra circular, de unos diez metros de diámetro. Era lisa y del centro de la misma salía un poste cristalino que se perdía más allá del techo a través de un agujero. Todo aquello estaba rodeado por maquinas y pantallas, como de película de ciencia—ficción. En ellas, gráficos incomprensibles parpadeaban, mostrando escalas y colores. Cuando Picio se acercó a la losa los gráficos se volvieron locos y los colores estallaron en infinidad de formas tridimensionales. Una locura.
—¡La puerta vibra! —dijo alguien.
—Sin duda, este es el Sujeto Alfa —se escuchó por ahí.
Le empujaron hasta situarle justo al pie de la losa. Algunas de las maquinas chisporrotearon y se apagaron. Se respiraba expectación.
El tipo norteamericano dijo algo en inglés. Gafas Gruesas tradujo.
—Vamos, haga algo.
Picio se encogió de hombros.
—¿No siente nada extrraño? — le preguntó Tetona.
—Qué quiere que le diga..., llevo sin comer nada desde esta mañana... Lo que tengo es un hambre canina.
La emoción general se fue desvaneciendo a medida que los que sabían español iban traduciendo las palabras de Picio. Algunos se pusieron a revisar los monitores y maquinas que se habían quemado y otros siguieron con lo que estaban haciendo. Le pusieron cables en la cabeza y lo sentaron en una silla. Después trajeron una mesa y le abrieron una caja de campaña con latas de color verde militar. Comió aquellas porquerías sin quejarse. Gafas Gruesas se le acercó.
—Buen aprovecho.
—Gracias, si gusta...
—No, ya he comido en el helicóptero, mientras usted dormía —se puso solemne—. Estamos esperando a un Cuidador.
—¿Un qué...?
—Un Cuidador del Secreto Milenario. Está a punto de llegar. Ahora pueden darse a conocer, ya que el Sujeto Alfa ha aparecido. Él nos dirá como tiene que hacer usted para abrir la puerta.
—Estupendo.
—Le veo muy tranquilo.
—Si, ¿verdad? Ni yo mismo me lo creo.
—¿Cree que sigue soñando?
—Sí.
—Entiendo... Bueno, puede que sea mejor así, al menos se mantiene manejable.
—Gracias.
Gafas Gruesas agitó un par de veces la cabeza e hizo ademán de levantarse.
—Espere.
—¿Sí?
—No le quedará algún... —hizo el gesto inconfundible del fumador que pide tabaco.
—No, pero enseguida le consigo uno, no se apure.
—Bien.
Un minuto después estaban fumando unos cigarrillos rusos muy fuertes, incluso para el gusto de Picio.
—Esa puerta —Picio señaló la losa circular— es de piedra ¿no?
—Sí, es de piedra.
—Y digo yo... ¿No podrían dinamitarla, o algo?
Gafas Gruesas le miró espantado.
—Vamos, no sé —prosiguió— para abrirla digo... si solo me necesitan para eso...
—¡No diga estupideces! ¿Cree que no hemos pensado en ello?
—Hombre, supongo que sí, lo que no entiendo es por qué, aparte de pensar en ello, no lo han hecho.
—Bueno, verá, ocurre algo curioso cuando se intenta, siquiera, tocar ese poste central de cristal.
—¿Sí? Vaya ¿Y qué ocurre?
El hombrecillo se le acercó mucho.
—Que el mundo tiembla.
—Hale, que chungo, oiga.
—No se burle. ¿Ve esa pegatina roja que está pegada en el poste?
—¿Cuál?
—Abajo, casi en el suelo.
—Ah, ya, sí.
—Hace unos meses, cuando se montó esta tienda y empezó el asunto, estaba treinta centímetros por encima.
—¿Y eso que significa?
—Cada vez que se ha intentado tocar el poste, incluyendo el día que le pusieron esa pegatina, se ha hundido un poquito más en la losa y cada vez que esto ha ocurrido, algún lugar de la Tierra ha temblado.
—Buff.
—Se han elaborado muchas teorías sobre lo que puede ser ese poste. Algunos dicen que es una especie de ensartador en el que desembocan las placas tectónicas. Otros dicen que es el nervio central de Gaia... de la Tierra y que al tocarlo le provocamos dolor... A saber. Pero una cosa sí es cierta.
Picio entrecerró los ojos.
—¿Qué es?
Gafas Gruesas se le acercó un poco más y en un susurro, le dijo.
—Que conecta, directamente, con la cúpula cristalina. Yo creo que la sujeta.
—¿Sabe una cosa? —murmuró entonces Picio, abriendo mucho los ojos, como si estuviera asombrado por todo lo que el hombrecillo le estaba contando.
—Dígame usted.
—Me estoy meando.
—¡Váyase a la mierda, buen señor! —gritó indignado Gafas Gruesas y se levantó, dejando a Picio con una divertida expresión en la cara.
Una cosa común en los sueños, por lo que sabía Picio, es que cuando se sienten ganas de orinar es porque se tienen en realidad. Le había pasado muchas veces. Por mucho que orinase en un sueño era como si no se quedara vacío y al final despertaba con unas ganas horrorosas de ir al baño. Eso intentaba en el servicio al que le habían conducido para que se aliviara. Fue para él desesperanzador comprobar que orinaba todo el contenido de su vejiga hasta quedarse plenamente satisfecho.
Alguien llamó a la puerta.
—¡Salga ya! ¡El Cuidador ha llegado!
El cuidador era un fantoche. Iba ataviado con una túnica negra y mantenía una postura gacha que impedía que se le viera el rostro bajo la capucha.
—¿Y sale así a comprar el pan? —preguntó Picio.
—Sssh, acérquese.
Picio se aproximó al fantoche. Este levantó un poco la cabeza, pero no lo suficiente como para llegar a verle el rostro. Se llevó las enguantadas manos a la capucha de forma teatral.
—Y ahora —empezó a decir Picio— el misterioso tipejo encapuchado es...
Era un lagarto.
Picio gritó, junto con algunos de los presentes. Sin duda, el sueño estaba llegando a extremos delirantes, incluso para una pesadilla.
—Esto es el colmo —dijo Picio—. No puedo seguir con esto... ¿Pero es que no me voy a despertar...?
—¡Silencio! —gritó Lagarto.
Y, verdaderamente, se hizo el silencio. Lagarto levantó un dedo, señalando a Picio.
—¡Te hemos estado buscando, y es ahora cuando apareces! ¡Solo tú puedes proporcionar al mundo otros mil años! ¡Solo tú puedes proporcionar al mundo... otros mil años!
«Si esto fuera una película habría soñado un ¡chan! Pero no es una película, es un sueño» Pensó Picio.
Gafas Gruesas se adelantó, ante el desconcierto y la parálisis reinante.
—Señor, el momento ha llegado.
Lagarto miró a Gafas Gruesas, como un cocodrilo miraría a una oveja que se acerca a beber al río.
—Ha llegado, sin duda, pero no hay tiempo. El mundo se derrumba sobre sí mismo. Tenemos que proceder ya.
—¿Qué debemos hacer? —preguntó Gafas Gruesas.
Lagarto señaló de nuevo con aquel dedo largo y enguantado, pero esta vez el objeto señalado era la puerta y el poste.
—Debemos bajar.
Picio sintió entonces que todas las miradas confluían en su persona, incluso la mirada fría del reptil humano. Se encogió de hombros.
—¡Es la sangre del Elegido la única llave que puede abrir la puerta!
—¡Ah no! —Gritó Picio, levantando la manos y mostrando las palmas—. Mi sangre ni tocarla. Otra vez no...
Con la velocidad del rayo, Lagarto, sacó una daga de algún rincón de su túnica y cortó una de las palmas de Picio, expuestas a modo de defensa.
Sintió el corte, rápido, preciso y se miró la palma. No parecía tener nada, hasta que una fina línea roja apareció, señalando el lugar exacto donde Lagarto había cortado.
—¡La Gran Zorra de su Puta Madre!
—Colocarás la llave en el lugar justo, y la puerta se abrirá, Elegido.
—¡No entiendo una mierda de lo que dice este engendro! ¿Pero es que no me voy a despertar nunca?
Gafas Gruesas agarró a Picio del brazo.
—Haga lo que dice el Cuidador. Ponga la mano en la puerta.
Las lágrimas brotaron de sus ojos, pero se dejó llevar por el hombrecillo hasta el borde mismo de la losa.
Lagarto bramó.
—¡El Elegido sabrá dónde colocar la mano!
—Venga —apremió Gafas Gruesas— elija un lugar y ponga la mano encima.
—¡Qué no, hostias!
Lagarto se giró hacia los soldados.
—Amenacen al Elegido con sus armas.
De todos los armados presentes, que se quedaron perplejos ante la orden de Lagarto, tan solo Gorila respondió inmediatamente, sacando su pistola. En ningún momento gesticuló, tan solo apuntó, con el dedo en el gatillo, dispuesto a disparar. Un par de segundos después los soldados hicieron lo mismo.
Picio miraba a los ojos de Gorila. Ya le había visto actuar y sabía que no dudaría un momento en disparar si se retrasaba.
—La sangre del Elegido servirá para abrir la puerta, esté vivo o muerto —dijo Lagarto.
Picio se arrodilló y puso la mano en un punto cualquiera, sin dejar de mirar a Gorila.
La puerta desapareció, sin más, y el sonido del aire llenando el hueco que la gruesa losa había dejado resonó, no solo en la tienda, también en el pozo que apareció ante la vista de todos. Picio, perdiendo el apoyo, cayó dentro.
Rodó por unas escaleras de piedra, hasta que la mitad inferior de su cuerpo quedó colgando en el vacío. Se aferró como pudo a los peldaños para no caer.
«Ahora sí que parece una pesadilla» Pensó, pero no por ello dejó a de agarrarse con fuerza.
Algunas manos le ayudaron a subir y volvieron a dejarle al borde del, ahora, pozo. Pudo ver una escalera que bajaba hasta perderse en la oscuridad. El poste de cristal seguía en su sitio. Lagarto habló.
—Ahora, debemos bajar todos.
Y bajaron todos.
Un grupo de unos diez soldados, armados hasta los dientes, con Lagarto a la cabeza, abría la marcha. Picio, Gafas Gruesas, Gorila y Tetona iban en medio. Otro grupo de soldados y científicos cerraban la improvisada marcha.
Los peldaños eran estrechos y descendían circunvalando el pozo, a modo de escaleras de caracol. En las paredes empezaron a observarse agujeros. El olor era insoportable, como a podredumbre ancestral, o algo así.
Una hora y media de descenso después, en la que nadie abrió la boca, ocurrió algo.
Escucharon un grito ahogado a sus espaldas, y alguien efectuó un disparo. Miraron atrás sobresaltados.
—¿Qué ha ocurrido? —gritó Gafas Gruesas.
—Señor —respondió un soldado—. Algo ha arrastrado dentro de ese agujero a Tomás.
—Los Vigilantes —dijo entonces Lagarto— se cobran su tributo de sangre. Que nadie dispare a los Vigilantes.
Volvieron a ponerse en marcha, aceptando que, de vez en cuando, unos brazos de color blanco surgirían de alguno de los agujeros arrastrando a alguien al interior. El, de principio, numeroso grupo, empezó a volverse exiguo, y nadie disparó ni una sola vez su arma para evitarlo. Aquella patriótica manera de morir le resultaba a Picio de lo más anormal, y no consiguió que la sensación de estar soñando lo abandonara.
Siguieron bajando. Al mirar arriba, el punto luminoso, tranquilizadora muestra de que existía un mundo, había desaparecido. Al mirar abajo, solo se veía oscuridad. Las luces de algunas linternas alumbraban los siguientes escalones que debían pisar. Entonces algo agarró a Tetona, a espaldas de Picio. Esta gritó. Picio pudo verla desaparecer dentro de uno de los agujeros, hasta que solo quedaron visibles las piernas. Sin pensarlo, aferró los pies de Tetona y tiró con fuerza, pero aquello que apresaba a la bella mujer era más fuerte y Picio se vio arrastrado al interior.
—¡No, a la tetona no! —gritó, a lo que fuera que hubiese dentro del agujero.
Sintió que alguien le cogía de las piernas. Esto pareció detener a la cosa, que empezó a tirar con más ímpetu. Él sujetaba los pies de Tetona, que no cesaba de gritar aterrorizada, y por nada del mundo dejó de hacerlo. Siguieron arrastrándoles hacía dentro. Las paredes eran húmedas y parecían estar cubiertas de alguna sustancia gomosa y cálida, aparte de apestosa. Se detuvieron de nuevo. Picio sintió que aquellos que tiraban de él y Tetona superaban la fuerza de la cosa del interior de agujero. Comenzaron a retroceder. Tetona dejó de gritar. La cosa soltó entonces a la mujer, provocando con ello un acelerado retroceso hacía la salida. Les sacaron. Picio escuchó el grito de algún infeliz que caía al abismo, sin duda por el violento efecto del tirón efectuado.
—¡¿Pero que hace, desgraciado?! —exclamó Gafas Gruesas.
—¡Joder, se la llevaban! —acertó a decir Picio.
—El tributo de sangre es para los Vigilantes —dijo Lagarto, solemne.
—¡Tú vete a la mierda, engendro! —gritó Picio.
Tetona estaba tirada en uno de los escalones. Tenía la cara destrozada. Lo que quiera que fuese que la había atrapado tenía unas garras afiladísimas.
—Lo siento bonita, lo siento mucho —dijo Picio, casi en un sollozo.
Tetona abrió el ojo que le quedaba entero. Picio sintió que el corazón le daba un vuelco.
—¡Estás viva!
Ella le miró, con su único ojo.
—¿A la tetona no? —dijo, y a pesar de que un borbotón de sangre surgió con aquellas palabras, Picio, no pudo evitar intuir un malhumorado tono de reproche.
Después, le dio una bofetada y murió.
—Eras lo único bueno de este sueño de mierda.
Continuaron bajando y bajando. Cada vez eran menos. Picio se frotaba las manos, manchadas con la sangre de Tetona y la suya propia, que no dejaba de manar de la herida abierta.
Y bajaron. Y bajaron más. Y hacía calor. Y siguieron bajando.
En un momento dado el abismo se ensanchó y lo que hasta ese momento había sido un estrecho pozo se convirtió en una bóveda gigantesca. Por suerte, la piedra que la conformaba brillaba con luz fosforescente. Las linternas dejaron de ser necesarias y las escaleras finalizaron. Del numeroso grupo inicial, tan solo quedaban Lagarto, Gafas Gruesas, Gorila y Picio. Todos los demás se habían convertido en tributo para los Vigilantes.
En el suelo, Justo en el centro de la bóveda, brillaba algo.
El grupo se aproximó. Un murmullo, producido por infinidad de antinaturales gargantas, surgía de los agujeros practicados en las paredes de la bóveda y cosas de aspecto innombrable empezaron a salir de los mismos. Gafas Gruesas habló.
—Parece ser que hemos llegado.
Picio adelantó a sus compañeros hasta la cosa brillante. A medida que se aproximaba, vio que el poste transparente confluía directamente en ella.
Sobre un pedestal, un viejo de larga y blanca barba sujetaba sobre sus espaldas una esfera brillante, de nívea luz. Sobre esta estaba el poste. Pero el viejo parecía cansado y estaba muy encorvado. Una de sus piernas permanecía arrodillada. La otra, temblorosa, estaba doblada. La cabeza gacha, las manos hacia arriba, sujetando la esfera. Picio sintió algo dentro de sí. Algo urgente. Algo que no había sentido nunca de aquella manera, tan apremiante. Se agachó lo suficiente como para que sus ojos se encontraran con los del anciano. Este, al verle, pronunció unas palabras. Picio no entendió. Parecían estar dichas en un idioma antiguo, aunque por la entonación creyó entender que el anciano le decía algo así como: «Ya era hora». Sintió el deseo de ayudarle a liberarse de su carga, y así lo hizo. Se agachó, situándose detrás del viejo, y fue apartándole con la presión de su cuerpo a medida que él mismo se afianzaba a la esfera. Sus músculos se tensaron, volviéndose de acero, y entonces empujó hacia arriba. Todo tembló, a medida que Picio se enderezaba y elevaba el Universo. Quedó en pie. Se sintió bien. Ese era su destino. Lo había sido siempre. Ahora, por fin, se había cumplido. La voz de Lagarto le llegó desde alguna parte.
—El mundo existirá por otros mil años. Hemos cumplido bien.
El anciano había rodado, cayendo del pedestal. Intentó ponerse en pie, pero en vez de eso se deshizo, quedando convertido en un montoncito palpitante de retículas. El trío, formado por Lagarto, Gafas Gruesas y Gorila se vio rodeado por los Vigilantes. Estos parecían ser de la misma raza que Lagarto, aunque su color era completamente blanco. El reptil humano se despojó de la túnica y se mostró a sus congéneres, completamente desnudo y verde. Avanzó hasta ellos. Le saltaron encima y lo destrozaron en un segundo. Estaba claro que la carne era el tributo deseado por aquellas criaturas obscenas. En medio de todo el jaleo, gafas Gruesas miró a Gorila y le dijo algo, para después colocarse de espaldas a él. Miró a Picio.
—¿Qué te parece? —Dijo en voz alta—. Me pregunto qué pensaría Rand de todo esto. Aunque, supongo que usted no sabrá quién era, ¿verdad? No importa. Ya está hecho.
Gorila sacó su arma, apuntó a la nuca de Gafas Gruesas y disparó. Su cuerpo quedó tendido en el suelo. Los lagartos albinos siguieron avanzando. Algunos se entretuvieron con el cadáver de Gafas Gruesas, pero el resto se dispuso a saltar sobre Gorila que, rápidamente, se colocó el arma en la boca, apuntando hacia arriba, a su frío cerebro de asesino, y disparó. Pedazos de sesos y gotas de sangre se elevaron, para caer después sobre la blanca masa de hambrientos lagartos que cubrían el cuerpo del matón.
Pasó un minuto. Pasaron dos. Picio volvió en sí. Observó la escena de aquellas alimañas disputándose la carne y se dio cuenta de que había estado inmerso en un delirante ensueño de grandeza. Ahora era consciente de la realidad. Sus genes le habían engañado. Quiso soltar la esfera, pero su cuerpo estaba solidificado. Imposibilitado para moverse, observó a una de las criaturas aproximarse a él. Llevaba algo en las garras. Le abrió la boca e introdujo dentro algo mohoso, que Picio escupió. El lagarto albino hizo un ruido sibilante de disgusto, al estilo de los lagartos albinos, recogió aquella cosa roñosa y volvió a introducírsela en la boca. Le obligó a tragársela. Estaba claro que no iban a dejarle morir de hambre.
Después pasó otro minuto, y otro más, y después pasó una hora, y otra.
Contemplando los restos de sangre que habían quedado de sus compañeros, Picio empezó a preocuparse.
—Creo que debería despertarme... ¡Ya!
Le respondió la quietud.
—¿Hola? ¿Hay alguien?
El silencio.
—Desde luego —dijo— cada vez está peor el mundo laboral.
Algo parecido a una desquiciada risa, proveniente de alguno de los agujeros, le respondió.
Después, de nuevo el silencio. Ese silencio milenario...
