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FRAXINUS EXCELSIO
Rocío Sala Espiell

Tiempo estimado de lectura: 5 min 30 seg

khfalk, Pixabay License

Me dijo que me amaba y me entregó. Nunca supe qué significa el amor. Era algo sobre lo que no se hablaba en mi familia. Digo familia por no decir otra cosa, la verdad es que quienes me rodean no pueden ser considerados mi familia, mejor llamémoslos creadores. Mis creadores nunca me dijeron nada sobre el amor. Y ahí estaba, entregando todo, como un idiota: educándome en una lengua desconocida, consiguiendo un trabajo de ocho horas en lo que mejor se hacer y dejándome amar. Me dejaba amar; nunca supe hacerlo, y eso que me esforcé. Imité cada una de sus formas, de sus caricias, de esos sonidos extraños que la hacían ponerse tan eufórica, pero nada. Quería hacerlo, deseaba amar, sentir eso que tanto motiva, eso por lo que tanta gente muere. No entiendo por qué esas ansias de sentir pasión, pero pasé a desearlo tanto como ellos. Sé que no existe tal cosa, son solo mecanismos de un cuerpo que responde ante cierto estímulo, pero se dejan llevar con tantas ganas, con tantas ansias desean dejarse llevar que dije: ¡Yo quiero! Pero esos mecanismos no funcionan en mí.

Las estadísticas son fáciles, basta con mirar números, porcentajes, hacer algunas cuentas y listo, daba por resultado el lugar donde sentarme a esperar. Para mi sorpresa era al aire libre, nunca lo hubiera creído, justo debajo de esa estrella hirviendo que los lastima hasta consumirlos y dejarlos marchitos: una plaza, a las cuatro de la tarde, bajo el sol. Una vez ahí agarré un libro sobre psicología infantil y esperé. Esperar es fácil, el problema principal era semejar estar leyendo un libro que en realidad ya había terminado de leer. En una tarde lo leí aproximadamente diez veces: entre mis creadores el procesamiento de información a tal velocidad es normal, poco después entendí que no lo era para todos.

—¿Qué edad tiene el tuyo? —Dijo una señorita, sin anillo de casamiento, de metro sesenta, vestida de pollera y camisa, que se sentó al lado mío obviando el primer paso del proceso comunicativo: decir su nombre y apellido.

Miré donde apuntaban sus ojos: mi entrepierna. Supuse por su iniciativa visual que estaba solicitando un encuentro sexual, por lo que moví el libro para despejarle la visión, pero sus ojos lo siguieron. Volví a fijarme y noté que su interés era puramente literario.

—Tiene tres años de edad —contesté, sabiendo que durante esa edad el pequeño humano aún es tierno, pero su ansiedad por conocer el mundo todavía no resulta insostenible—. Mi nombre es Fraxinus Excelsio— levanté la mano y la estiré en dirección a ella, en un ángulo de noventa grados, apenas separando los dedos unos de otro en señal de relajación.

—Un gusto Francinus —emitió una risotada y me agarró la mano—. Mi nombre es Sofía.

—Fraxinus —refuté, tenía que hacerlo. Uno se esmera tanto en encontrar un nombre con un significado que te represente, para que el otro no lo sepa pronunciar—. Fraxinus —repetí, sabiendo que la redundancia es usada al hablar con personas de bajo intelecto para asegurar la recepción correcta del mensaje.

Estaba convencido de que había entendido. No fue necesario explicarle que estaba pronunciando una c donde en realidad había una x, ni tampoco preguntarle de donde había sacado la primer n, que en realidad era segunda si se contaba la única n real que posee mi nombre: Fraxinus.

—La mía tiene siete —contestó y dirigió su cuerpo hacia el frente.

Intentó semejar desinterés, pero como ya dije, cada uno de esos factores que intentan generar un proceso en el interior, conmigo no funcionan. Me hubiese gustado que funcionen. Si iba a funcionar con alguien, mejor que fuese con Sabiduría. Pero no funcionaron. Agarré el libro, lo volví a abrir en la página 74 y me dispuse a leer el primer párrafo por décimo primera vez. No intenté semejar desinterés, realmente no me importaba si esa mujer se paraba y se iba, porque antes de que cayera el sol iría a aparecer otra. Las páginas fueron pasando y la señorita sentada a mi lado no se movió de su lugar.

—¿Está por acá? —Preguntó después de escasos nueve minutos y medio de espera.

Admito que me confundí, estaba seguro de que se iba a parar a dar una vuelta y saludar a su hija que estaba en el mismo tobogán, bajando y subiendo, bajando y subiendo, en una pérdida de tiempo irrecuperable.

—No —me limité a contestar, sin levantar la vista.

—¿Cómo se llama?

El hecho de que hiciera dos preguntas, una seguida a la otra, aunque la primera respuesta haya sido un monosílabo, demostraba interés. El trabajo estaba hecho. Faltaba sostener el interés con preguntas que demostrasen un tanto de cuidado por la privacidad y otro poco de soltura innata. Fácil: contesté una a una sus preguntas, a veces con otra pregunta, otras con monosílabos y otras con oraciones complejas. A los pocos minutos esa diminuta bomba del tiempo vino corriendo con sus zapatillas sucias, directo a los brazos de su madre, se le tiró en la falda y la llenó de besos y abrazos. Me presenté, estiré la mano y lo único que recibí a cambio fue que me levantara ambos hombros al mismo tiempo en que subía las cejas. Entré en pánico, en total desconcierto. No estaba preparado para establecer una relación con un humano todavía en proceso. Dejé mi tarjeta de ingeniero aero-espacial en la página 80 y apoyé el libro sobre el banco, justo donde había estado sentado hasta hacía unos momentos.

—Un gusto señorita —imité su saludo, levanté ambos hombros al compás de las cejas, y enseguida estiré la mano en dirección a la madre—. Un gusto conocerlas, Sofía.

Caminé hasta salir de la plaza, crucé la calle, seguí caminando y puse el celular en sonido, por si me llamaba. Sabía que lo iba a hacer al día siguiente: necesariamente hay que esperar uno, o en su defecto dos días, para no demostrar desesperación. Pero otra vez ahí estaba, rompiendo con mi cálculo, mandándome un audio-llamada para avisarme que había dejado el libro, pero por suerte tenía el celular adentro y así iba a poder devolvérmelo mientras tomábamos un café. Café: prefería tomar aceite hirviendo antes de café. Si supieran de qué está hecho hoy en día la población dejaría de tomar ese veneno.

Les mentí. No es fácil la espera cuando uno tiene que dejar que el día se convierta en noche y de nuevo en día, y así unas cuatro o cinco veces más. Podría haberlo hecho girar más rápido, es cuestión de cálculos, pero dejé que el mundo siguiese con su rutina hasta llegar al tan prometido café. Me puse un protector estomacal, de tal forma que una vez que terminase de tomarlo, lo único que tenía que hacer extirpar esa especie de bolsa de mi garganta y tirarla a la basura. El problema es que no tuve tiempo. Tardé tanto que los ácidos digirieron el protector y todo quedó adentro mío. Todavía no entiendo cómo funcionan esos ácidos, lo hicieron más rápido de lo previsto.

Me senté y se acercó una persona con un menú, a preguntarme si esperaba a alguien. Afirmé con la cabeza y se fue. Pasaron los quince minutos de retraso, veinte, no llegaba. Se suponía que teníamos que encontrarnos en ese bar, del lado de la ventana, a las cuatro. Se hicieron las cuatro y treinta y seis minutos y la vi atravesar la puerta. Se había puesto un vestido suelto con tirantes, con los brazos al aire y el pecho al descubierto, tenía tacos y no estaba acompañada. El proyecto iba a la perfección. Me paré para correrle la silla, le ofrecí el menú y llamé al mozo para pedir. Un café, otro, algo de comida y mi protector estomacal disuelto. Se hicieron las siete y seguíamos ahí. Puse en pausa nuestra conversación sobre la naturaleza, sobre nuestros nombres, oficios y familiares, y me acerqué a la barra a pagar.

—Tengo que irme —le dije, al volver a la mesa.

No tenía a donde ir, qué hacer, pero si me quedaba iba a dar una imagen incorrecta de lo que era, o me había dispuesto a ser. Se paró de un salto, sin levantar la silla, dejando que hiciera un ruido chillón que casi me hace explotar por dentro.

—¿Puedo ir con vos?

—¿Qué? —No supe qué contestar, qué quería decir, qué significaba eso.

Los tres pasos: encuentro, cita en un lugar neutral, cita en una vivienda. Dos pasos no son suficientes, necesitaba el tercero. Me quedé mirándola fijo, pero no podía esperar: se iba a dar cuenta qué había detrás de esas pupilas, qué guardan mis ojos, qué hay en vez de cerebro. No podía.

—Sí —refuté mi anterior respuesta lo más rápido que pude y le cedí mi mano, para que me siguiera.

Me siguió, caminamos a la par y algo la detuvo. Se acercó, pegó su cuerpo contra el mío, pude sentir sus pechos pegados contra mi pecho, su cintura contra la mía y los pies uno y uno. Había estudiado sobre eso, pero en aquél momento no parecía posible: puso su cara justo frente a mi cara y subió la pera, enfrentando sus labios a los míos. Los abrió mínimamente y los pegó, me rozó y acarició. Dejó salir la lengua, apenas, y la chocó contra la mía, se movía de un lado al otro, se suponía que la imitase, lo estaba haciendo. La imitaba, tenía que imitarla, pero no lograba entender la necesidad de hacer llegar su lengua tan lejos y sus manos tan cerca, pegadas a mi cuerpo.

La cama, las sábanas, la planta en la esquina de la habitación. La ropa colgada, el ropero cerrado, la mesa levantada y el living ordenado. Estaba listo para todo pero no para esa situación. Leí libros, revistas, investigaciones, leí sobre todo lo que tenía que saber, hacer, decir, gritar. Sabía el ritmo adecuado, los movimientos justos, conocía cada una de las partes anatómicas que tenía que tocar y cuales solo rozar. Al sentir ese cuerpo desnudo sobre mi cuerpo nuevo: esas partes, tan reales, tan sensibles a las caricias hasta el punto en que un mimo le hizo erizar la piel. Humanos: qué debilidad. La tenía tirada a mi merced, podía hacer lo que quisiera, conquistar el mundo uno a la vez. Elegí sumergirme en ella un día y otro día, y las semanas fueron pasando en la cama, de una sábana a la otra, de un departamento al otro.

Me estaba humanizando: conocí a sus amigos, me reía en grupo, veíamos películas, comíamos chatarra y cuidábamos a su hija. Tuve que empezar a llamar a mi hijo una vez al día a ver como estaba. Programé mi computadora para que atendiera el teléfono y después tuve que hacer que mantuvieran una conversación con ella. Era parte de construir la confianza. Tu hijo es perfecto, dijo Sofía y me devolvió el celular. Me despedí, lo mandé a dormir e hice algunos sonidos parecidos al cariño paternal. Después no sé qué pasó. Todavía recuerdo esas palabras saliendo de su boca es perfecto. Me dio un beso en la frente y no volvió. Le pregunté por qué se iba, pero no tuve respuesta. Habíamos pasado la noche juntos, me había llamado a la cama diciendo mi amor. Humanos...

Esperé sentado al lado del teléfono alguna respuesta. Tenía que llamar, no hacerlo no era educado. No sé cuándo empezó a ser tan difícil esperar. Pasó un día antes de que llegaran a la puerta de mi departamento quince uniformados, sabía que detrás de alguna de todas esas máscaras estaba ella. Grité su nombre, pero no me contestó. Entre dos me obligaron a ponerme el brazalete metálico para diferenciarme de ellos. Me lo conectaron alrededor de la muñeca y lo prendieron: Fraxinus Excelsio volvió a ser un número más.

© Rocío Sala Espiell, (1.981 palabras) Créditos
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