
Germán buscó en el bolsillo de su saco y encontró las llaves del automóvil. La Luna todavía era una sombra y el Sol no se dejaba ver, empero un color naranja comenzaba a iluminar el horizonte. De lunes a sábado todos los días comienzan para él de la misma forma.
Jugó con ellas dentro del bolsillo, les dio mil vueltas, las amasó con los dedos; las yemas, por alguna razón que no podía explicar, le picaban y el roce con los desniveles, con los dientes de las lleves, le colmaban de una tenue tranquilidad, como un chupete a un bebé. Finalmente se decidió, las sacó del bolsillo y las hizo girar en su dedo mientras se dirigió al garaje.
El interior de su casa es acogedor, como el seno de una madre, y el afuera es un mundo de misterios que no sabe a ciencia cierta si quiere enfrentar. En definitiva, como todos los días, con las llaves en la mano, se dirigió hasta su vehículo y le dio arranque. Ha comenzado el día, piensa.
El motor rugió con la primera acelerada, él lo siente como su gran nave pura sangre. Pese a ello pone primera marcha y sale despacio como si un pistón le pidiera permiso al otro para subir o bajar. No desea molestar a los vecinos en horas tan tempranas.
Tomó por la avenida principal. Durante las primeras horas del día es un infierno circular por la misma pero a las cinco de la madrugada apenas se puede uno topar con un somnoliento automovilista, un taxi perdido o un colectivo que comienza su recorrido.
Germán es uno de ellos, tan solo que la gran diferencia es que su falta de sueño es tan antigua y trillada como los autos que circulan por esa avenida. Su insomnio es recurrente, pese a ello circula con precaución, a la velocidad mínima permitida en la avenida, no hay apuros en conducir hacia el trabajo. Cinco o diez minutos de diferencia no hacen a la cuestión. Tarde o temprano es el destino el que nos alcanza, dice en un breve murmullo casi como un tímido monólogo mientras sintoniza la radio.
La radio da muestras de estar desconectada del mundo, sólo música, como le gusta, pues hay días en que no soporta la realidad como es presentada por los programas matutinos. Tararea la melodía con distracción, casi abstraído de lo que ocurre a su alrededor, mientras calcula mentalmente los saldos de su tarjeta de crédito y el dinero que le queda en la cuenta. El difícil oficio de equilibrista de las finanzas familiares.
Cuando abandona la avenida para ingresar a la ruta el sol ya ha asomado por el horizonte que, de un pálido naranja, ha tornado a un amarillo más intenso y brillante. Ahora acelera y llega a la velocidad máxima permitida en escasos segundos. El sonido monótono del motor, silencioso como pocos, lo arrulla, lo tranquiliza, lo contiene. Los kilómetros son devorados con rutinaria velocidad mientras esa somnolencia de viajante lo invade de a ratos, como ráfagas de viento cálidas y aisladas que lo arrullan y luego de unos minutos lo devuelven a la realidad y así por turnos se adormece y luego cobra plena conciencia. Los kilómetros se hacen largos, eternos, rutinarios.
Sin embargo, en su adormecida marcha algo lo saca de ese letargo. La ruta de pronto se transforma en un camino de tierra y el automóvil comienza a dar saltos y sacudones, los amortiguadores sufren, se aferra al volante, suelta el acelerador, pone en punto muerto la palanca de cambios, se despierta como los borrachos frente a un gran susto, frena con suavidad y lo controla hasta detenerlo sobre un costado del camino. Sólo un minúsculo desnivel hacia afuera permite diferenciar el camino de la cuneta o calzada. Con los nudillos de las manos blancos por la presión que ejerce sobre el volante comienza a respirar en forma profunda para tranquilizarse. El susto ha sido mayúsculo.
* * *
No puede dar crédito a lo que ve. Frente a él se extiende un largo camino de tierra con arbustos ralos a los costados, ellos son la única naturaleza que se yergue ante sus ojos.
No puedo haber tomado un camino rural si el recorrido es derecho, por la misma ruta, como todos los días, no pueden los de Vialidad haber destruido toda la ruta en unas horas, si ayer pasé de regreso a la tarde y hoy de mañana ya está así de intervenida
, piensa Germán.
En verdad está a punto de enloquecer, habla entre dientes solo.
Desciende de su coche y camina unos pasos hacia adelante, regresa, se saca el saco y lo arroja dentro del auto. El viento, que silva de una forma extraña, como si penetrara en sus oídos y le dijera cosas ininteligibles, arrastra una tierra colorada que tiñe todo el ambiente haciendo todo más opresiva su sensación de encierro pese a encontrarse a cielo abierto. Mira hacia atrás, por donde venía, y el mismo camino de tierra se pierde en el otro horizonte, el de detrás. El GPS del vehículo ha dejado de funcionar, no hay señal ni Internet. Toma la botella de agua que está en el asiento del acompañante y bebe un sorbo largo, como para romper el hechizo. Sin embargo, al tapar la botella, todo sigue tan imperturbable como cuando descendió del coche.
Alza la vista luego de cerrar los ojos con fuerza y mira de costado, como con miedo a recibir una cachetada. Hacia atrás el camino de tierra se extiende hasta perderse a lo lejos donde se pueden divisar unas lomadas suaves y pintorescas si no fuera por el viento que aúlla con fuerza mientras arrastra partículas de tierra colorada opacando su visión. No se divisan casas en una rápida mirada de trescientos sesenta grados y a los costados del camino no hay más que algunas piedras extrañas por sus formas, como si hubieran sido talladas por escultores principiantes y algunos arbustos ralos como mal podados. El sol, sin comprender bien, ya se encuentra en su cenit. Todo es como en un desierto común y ordinario pero algo no encaja en la cabeza de Germán.
A lo lejos, como continuando el camino, alcanza a divisar la única construcción que parece humana, un gran tótem u obelisco que se eleva imponente. Intenta darle arranque al coche, pero este se niega a responder. Está muerto. Desciende del vehículo y comienza a sentir el calor de ese medio día sin nubes. El viento que se ha tornado caliente y violento lo abraza y la boca se le llena de tierra. Imposible quedarse dentro, sin aire acondicionado morirá deshidratado en pocos minutos. Consulta su teléfono celular y también está muerto.
El sol, que hace un minuto era de un color naranja un tanto pálido es ahora más grande que lo normal y se yergue desde su cenit. Largas lenguas de fuego se alcanzan a divisar a simple vista como si fuera una estrella convulsionando y un par de estrellas titilantes se dejan ver cada una a un costado de ese extraño sol. Si supiera de astronomía se daría cuenta que ese cielo no pertenece al de nuestra vía láctea. El tótem no deja de llenarlo de curiosidad, sin nada mejor que hacer decide dirigir sus pasos hacia esa formación como si un canto de sirenas lo dirigiera hacia los acantilados.
El camino es llano pero el sol cae a plomo sobre sus hombros. Cuenta los pasos como una forma de mantenerse aferrado a la cordura, pero a los seiscientos o setecientos se confunde y abandona la tarea. Finalmente logra alcanzarlo, no sin antes haber agotado su botella y tragar tierra en grandes cantidades a causa del viento que sopla sin pausa y sin orden. El obelisco, o lo que sea, es mucho más alto de lo que se podía apreciar a lo lejos, debe tener unos quince metros de diámetro y tal vez más de cien metros de alto. De forma cónica, hace punta en lo alto.
Mira hacia atrás y su automóvil ya no se puede divisar por la ondulación del camino que no pudo percibir mientras arrastró sus pies hasta este lugar. Al acercarse apoya una mano sobre la construcción. Es de un material que no acierta a definir. Puede ser piedra como también un metal desconocido. Está fría como el hielo y las inscripciones en el tótem, al parecer gravadas sobre el material pues al tacto se siente el relieve interior, están en un idioma que no alcanza a comprender, quizás un griego antiguo mezclado con ideogramas chinos.
Con no disimulada sorpresa recorre el perímetro del obelisco mientras su mano se apoya sobre los ideogramas. Así consigue dar una vuelta. Da otra tratando de descifrar tan sólo de qué se trata todo esto. Cuando comienza una nueva vuelta ahora con la otra mano sobre los dibujos de la pared un soplo de aire escapa de una exclusa que se abre. Dentro hay luces parpadeantes y como en las películas de ciencia-ficción baratas un humo o vapor comienza a manar de la nave y lo baña por completo. Sin comprender sus actos Germán, siente voces interiores que le dicen que se aleje, decide ingresar dando un saltito hacia lo que sería un escalón. Sus zapatos pisan una superficie dura y fría que se transmite a través del cuero de la suela de su calzado.
Ya dentro la temperatura ambiente es mucho más agradable. Una voz robótica emite sonidos pero no alcanza a comprender lo que dice, el sonido aumenta de decibeles pero sigue sin comprender, hace gestos con las manos pero la comunicación es imposible. Intenta tocar lo que parece ser un tablero de control pero es como un niño que ha descubierto una máquina de escribir y aporrea las teclas sin saber cómo funciona.
De imprevisto una fuerza invisible lo expulsa del interior como si una mano gigantesca golpeara en forma violenta su pecho. Un fuerte golpe en la nuca es lo último que siente.
Al despertar se encuentra a los pies de su automóvil, a un costado de la ruta, consulta su reloj y advierte que apenas son las 6:30 horas de la mañana, el sol está rompiendo el horizonte. Un suave murmullo le da vueltas en la cabeza, palabras que no alcanza a comprender. El dolor en la nuca comienza a ceder al masajearse con las manos. Ya todo es un recuerdo o una pesadilla.
Repuesto, se sacude de sus pantalones las finas hierbas que se le han adherido, bebe algo de agua de su botella y da marcha a su automóvil. Este da unas tosidas y saltan todas las alertas electrónicas pero, al instante, en el segundo intento, consigue su cometido. Se incorpora a la ruta y avanza sin percatarse que a un costado el césped se encuentra quemado en un círculo perfecto.
