
Mi aspecto no es, ni mucho menos, el del típico matón que todos imaginaríais. No soy robusto, ni fuerte; mi figura semidesnuda parece más bien endeble, unos huesos cubiertos con la carne justa para no parecer enfermo. Me resulta cómico, teniendo en cuenta mi oficio, el mejor asesino del país, verme frente al espejo del armario poniéndome torpemente los pantalones del traje. Sin embargo con la camisa tengo mucho más cuidado. Me abrocho lentamente los botones, dejo caer mis pantalones, y los subo y abrocho con cuidado de no doblarla demasiado. Es la única blanca que tengo, y la imagen en el trabajo es importante. Después me coloco el cinturón y la corbata, ambos negros como el traje, y por ultimo la chaqueta. Me arreglo y peino durante un rato, mientras mi reflejo cambia frente a mí. Ahora sí. ¡Ahora me gusto! Estoy elegante, excitado, mi imagen se vuelve más fría y calculadora, sonrío, incluso me encuentro atractivo, tal vez lo suficiente como para tener suerte esa noche. Después del trabajo probaré. Siempre que trabajo pasa igual. Quizás es la adrenalina la culpable de mi estado jubiloso, o simplemente el saber que en un rato la vida de varios hombres, hombres importantes, mucho más importantes que yo, dependerá de mí, de mi inexistente piedad. Tendré a mi entera merced sus últimos alientos. Miro mis manos y me estremezco. La sensación de poseer un gran poder es increíble, y cual hay mayor que dominar la muerte de un hombre, ahogar sus postreros segundos de vida entre mis dedos. Adoro este trabajo. Puede que no me entendáis, pero es la hostia.
Antes de marcharme solo me queda una cosa por hacer. He de desconectar mi chip, el último juguetito del gobierno puede darme problemas. Chip de Identidad y protección, el chip que cada humano del mundo tendría que estar orgulloso de llevar,
rezaba el anuncio cuando aún era voluntaria su implantación. Por supuesto el mío es pirata, un regalo de mis nuevos jefes. La información personal que contiene es falsa, y además puedo cambiarla de un modo muy cómodo. Aún así, la localización y demás funciones del chip sí se mantienen activas, ha de parecer totalmente normal si un estúpido policía me quiere identificar en algún control. Pero esta noche es diferente. Nunca antes he tenido que matar a gente tan importante, es un trabajo muy delicado. Tengo que correr el riesgo de cruzar media ciudad con el chip desconectado, pero la perspectiva de que alguna patrulla esté sobre aviso, que alguien haya hablado y puedan seguirme mediante el chip es mucho peor. Abro un cajón de la cómoda y saco el otro gran regalo de mis jefes, del tamaño y forma de una caja de cerillas. Pulso un botón lateral y lo acerco a mi nuca. Un leve espasmo recorre todo mi cuerpo desde el cuello extendiéndose en décimas de segundos, anunciando que el chip se está reiniciando. Eso no me dará tiempo suficiente para hacer el trabajo, pero sí para llegar al sitio fijado sin levantar sospechas. Después no habrá peligro.
Finalmente agarro el maletín con el equipo y salgo del apartamento. Ando con paso tranquilo pero ligero, no quiero pasar mucho tiempo en la calle. Llego al Paseo de la Castellana, y espero a que pase el primer taxi libre, tan solo unos minutos. A la calle Tomas Redondo, por favor. Le indicaré cuando estemos cerca
. Hay poco tráfico a estas horas de la noche y llegamos en unos quince minutos. Indico al taxista hasta parar en frente de un antiguo complejo de siete plantas y le pago antes de salir.
La fachada es casi en su totalidad de cristal, pero se hace evidente que el edificio está en desuso desde hace tiempo. Parece no haber nadie en kilómetros a la redonda, solo el taxista sabe que estoy aquí. Después me ocuparé de eso.
Cuando el coche se aleja lo suficiente, me coloco unos guantes de piel y empiezo a andar hacia una puerta lateral. Corro una verja sin cerrar y subo por una rampa que hace años debió estar destinada a la entrada de vehículos. Llego a un parking interno, totalmente vacío y sumamente oscuro, sólo alumbrado por la poca luz nocturna que entra por los sucios cristales que forman la pared exterior. Entro en un pasillo que se abre a mi derecha y camino unos metros hasta una puerta. Esta sí esta cerrada. Sin duda éste es el lugar. Saco una llave del maletín, la introduzco en la cerradura, y pulso en un panel lateral la secuencia de números que mis jefes me han proporcionado. Se abre unos segundos después de que un escandaloso ruido producido por el sistema mecánico que bloqueaba la puerta cese. Una luz ilumina el cuarto que se encuentra tras la puerta. Todo parece estar en orden; mi equipo esta aquí, como se había acordado.
Mis jefes han sido bastante claros. La hora de los asesinatos tiene que ser exacta, y también la supuesta causa del fallecimiento. No puedo fallar. Mi propia vida estará en peligro si así sucede. De momento todo está saliendo según lo calculado. Pocas cosas pueden salir ya mal.
Me acerco a un equipo informático y lo enciendo. Al día siguiente nada quedará en esta habitación, todo será destruido, pero aún así procuro no dejar ninguna prueba de mi visita. Saco un disco digital del maletín y lo coloco en la unidad lectora. El ordenador empieza a cargar el sistema. Una base de datos se abre en la pantalla ante mis ojos. Primero busco al taxista a través de la matrícula del coche, no necesito testigos. Después a los tres hombres que me encargaron asesinar. No es nada difícil encontrar sus fichas, mis jefes me han conseguido acceso total a los sistemas del gobierno. Tengo las claves y las herramientas necesarias para no dejar pistas en sus servers. De alguna manera me excita esta parte del trabajo, me recuerda mí pasado ya lejano y borroso, un pasado entre bits, un pasado que sólo vuelve a mí en este tipo de noches. La maldita orden judicial que desde hace cuatro años me prohibe tocar un ordenador con conexión a la red importa poco ahora, sobre todo a los hombres para los que trabajo.
Aún tengo algo de tiempo, y lo uso recreándome con sus fichas, leyendo todos los aspectos públicos y privados de sus ya caducas vidas. Un juez del supremo, un par de policías anticorrupción y por supuesto el taxista, todos ellos morirán esta noche, sin remedio. Es increíble la capacidad de control que concede el chip. Puedo saber dónde están mis víctimas, si están solos, tengo acceso a bases de datos sobre sus aficiones y rutinas, cuentas bancarias, si pagan o no sus impuestos, y todo esto es lo de menos. Como es normal con algo nuevo y desconocido los rumores crecen en torno a las aplicaciones del chip. Leer el pensamiento o alterar la voluntad de decisión son algunas de las patrañas que circulan por las redes sociales, por no hablar de los que aseguran que el gobierno ha sido obligado a implantarlo en toda la población por una raza de alienígenas venidos de otro mundo. La gente y los medios tienden a inventar historias, y el gobierno las deja crecer libremente para distraerles de sus verdaderas motivaciones. Lejos de la protección o el orden que nos prometieron, más parece que el chip es un poderoso medio de represión y control en las manos adecuadas. De hecho no sólo lo parece, pero como asesino no puedo negar una cosa; el chip ha revolucionado mí trabajo. Siento de nuevo ese incómodo espasmo, esta vez más agudo. El chip ha terminado de reiniciarse y funciona de nuevo.
Es el momento, la una treinta y cinco. No siento ningún tipo de remordimiento por lo que voy a hacer. No conozco a esos hombres, lo que sé de ellos no me causa empatía, y el taxista… es parte de mí trabajo. Introduzco varios comandos y aparece en la pantalla el mensaje esperado. ¿Ejecutar protocolo E. 576 del Chip de Identidad y protección?
Pulso OK sin pensar en ello, sin miedo, como si solo estuviera borrando datos de un ordenador. Pero ya está hecho, así de fácil es matar a un hombre, así de sencillo es enviar órdenes a su sistema nervioso y freir
su cerebro. No había posibilidad de testigos, era perfecto. Mañana las noticias ni siquiera hablarán de lo sucedido, quizás sólo en el caso del juez, y dirán que desafortunadamente un infarto cerebral ha acabado con su vida. Puedo suspirar tranquilo por un trabajo bien hecho. Miro en mi bolsillo, tengo unos trescientos euros del dinero que me adelantaron. Conozco un chalet cercano donde por esa cantidad tendré suerte
con alguna joven.
Sonrío nervioso, algo va mal. Mis manos acuden raudas a mis sienes, la cabeza parece que me va a explotar. Por un segundo entiendo la exigencia de puntualidad. Cabrones,
pienso, yo no iba a hablar
. Lo último que veo antes de desplomarme en el suelo es la ficha del taxista en el ordenador. Una palabra en rojo cruza ahora la pantalla. Fallecido.