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ROBINGRANDSON CRUSOE
por Anselmo Vega Junquera

Tiempo estimado de lectura: 1 min 49 seg

KELLEPICS, Pixabay License

Los motores de la nave galáctica comenzaron a fallar. Primero fue un zap-zap y luego ya un fiú-fiú, o como quiera que suene un motor hiperatómico al griparse, pero lo cierto es que el Comandante gritó:

—¡Caemos! ¡Sálvese quien pueda!

Ro, como lo llamaban sus compañeros para abreviar, oyó el aviso cuando ya el vehículo espacial escoraba indecorosamente y el sistema antigravedad a duras penas lo mantenía. Pero... ¿Caer? ¿Hacia dónde caían? Ro miró a su pantalla de navegante y allí no vio ningún sol ni planeta cercano. La única referencia del desastre que se avecinaba era aquel ruido de los motores que iba en aumento.

Sin pensárselo dos veces, se enfundó el traje espacial que a tal efecto todos los tripulantes tenían cerca, comprobó su estanqueidad y se dirigió al bote salvavidas más cercano. Este era un artefacto para una persona, incrustado en el casco de la nave espacial. Sólo había que pulsar un código de cuatro cifras en el teclado situado junto a la portilla y esperar a que se abriera el óculo para entrar dentro. Luego, cerrarlo, sellarlo y confiar que se desprendiera automáticamente de la nave, cómo si fuera... A Ro le hizo gracia pensar cómo.

—Como las crías de un batracio, que salen de su espalda.

Al poco, sintió un temblor que sacudió toda la nave y que se trocó en un crujido de vigas quebradas, paneles desguazados, ventanales rotos y mercancía desperdigada... Eso era todo lo que quedaba de la inmensa nave estelar de transporte. Pero ya él estaba lejos, muy lejos y apenas le afectó la onda expansiva.

Ro miró por el tragaluz de la cápsula, pero no vio a nadie más. Puede que los restos del vehículo espacial hubieran alcanzado y destrozado el resto de vehículos de salvamento. De todas formas, solo eran nueve tripulantes —además del capitán— para los tres turnos de mantenimiento. Pues aun en el espacio se regían por períodos de veinticuatro horas, divididos en tres periodos: uno para trabajar, otro para dormir y el tercero para sus ocios.

Pasaron dos, tres días... y nada. Ni el vehículo de un compañero, ni una estrella, planeta, satélite o simple meteorito aparecía en sus visores ni en sus detectores de masa. Bueno, al menos tenía raciones de supervivencia para treinta días. Seguro que antes aparecería algo.

En este tiempo de obligado ocio, Ro rememoró a su antepasado Robinsón Crusoe que, según se contaba, le había pasado algo parecido. Fue el único superviviente de un naufragio y pasó unos años en una isla desierta, hasta que al final lo encontraron. Mientras tanto, dispuso de una cabaña, diversos útiles, pesca abundante y, sobre todo, de Viernes, un salvaje que rescató de los caníbales y al que educó en la más estricta ortodoxia cristiana.

Pasaron dos semanas y Ro empezó a preocuparse. Las subsistencias deshidratadas habían bajado a la mitad. Estaba cansado de oír siempre la misma música y leer los mismos cyber libros. Ni siquiera un Viernes tenía, aunque hubiera preferido una Viernes. O una los Sábados....

—¡Jo! Tres semanas ya y sin vender una escoba!— se dijo a los pocos días. El tiempo pasaba inexorablemente y aunque disminuyera las raciones alimenticias estaba el problema del oxígeno.

Aun sabiendo que nadie le escucharía, agarró el micrófono, puso el volumen al máximo y se dedicó a casi gritar:

—¡My Day! ¡My Day! Aquí Robingrandson, perdido en el espacio... ¡Socorro! ¡Help! ¡Ayuda! Por favor....

Tres días más. Ro tuvo que dejarlo, porque había quedado ronco y no había pastillas juanola entre las provisiones. Además, había gastado más oxigeno de la cuenta, según le indicaba el medidor de días.

—¡Dios mío, ayúdame!— murmuró, por lo bajo.

A los cuatro días, sin comida, sin oxígeno y sin Viernes, expiró. Su cuerpo, incorrupto dentro de la cápsula, vagó años, siglos, eones... encerrado en aquel compartimento a modo de ataúd.

La historia, aunque parezca lo contrario, no se repite. Al menos, no con exactitud.

© Anselmo Vega Junquera,
(657 palabras) Créditos Créditos
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