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SEARCHING EVA
por Ignacio Regalado

Tiempo estimado de lectura: 11 min 37 seg

Comfreak, Pixabay License

Cuando era pequeño, en una parada de metro junto a su madre, la vio. Su madre tenía rostro cansino, cargaba con las bolsas de la compra. La mano libre apresaba la suya. No podía correr ni jugar. Solo giraba la cabeza para ver el mundo que le rodeaba. Y la vio.

Un panel publicitario luminoso, allí estaba. En mitad de la fétida parada subterránea, que ni los yonkis usaban ya para dormir, brillaba con luz propia. Eva. Él no podía comprender el significado de aquel pijo letrero en francés. Una colonia, un perfume, qué más da lo que anunciara. Él entendió Eva, porque veía a Eva. Ella vestía un fino vestido blanco, que dejaba adivinar cada una de sus curvas. Su expresión indescriptible, pero de una profunda belleza. Unos suaves labios, unos ojos de color irrecordable y una intensa melena negra que volaba con el viento. Su piel: tan pura y blanca como la nieve. El fondo daba igual, aunque sugería un mundo que ni él, ni ningún habitante del Madrid del siglo XXI vería nunca: una hermosa pradera verde que se perdía en el horizonte, soleada como ninguna e inundada por un imperecedero cielo azul, donde se bañaban las nubes más hermosas.

—Tengo que buscar a Eva— dijo Alex al mundo.

* * *

Habían pasado 18 años y aún no la había encontrado. Vivía solo.

No tenía familia y no estaba por la labor de buscarla. Era un hacker retirado. Había penetrado en las redes de decenas de estados y nunca había salido de su ciudad. Conocía más que ningún otro y había visto menos que cualquiera.

Su barrio tardaba en despertar. Sin embargo, mientras las gentes aún dormían, profundas palpitaciones surgían de los túneles del metro prediciendo el bullicio del amanecer. Esperando en la estación el primer tren, predecía el tiempo; aquel día haría sol y sería despejado, sin nubes.

Cazadora, botas y vaqueros... Siempre parecía llevar la misma ropa. En el bolsillo guardaba una especie de amuleto, unas gafas que nunca se ponía. Unas gafas especulares montura de titanio, regalo por parte de un amigo de profesión que se hacía llamar Desvirgador.

El entorno metálico estaba viejo y oxidado, pero tenía su encanto, cómo siempre recordaba Alex a sus amigos. Los primeros rayos del sol inundaban la estación haciendo brillar intensamente el marrón-naranja de viguetas desnudas, planchas, raíles... Una mañana silenciosa y encantadora, dentro de una urbe de 20 millones de almas.

* * *

—¿Se puede saber por qué hemos tenido que venir?

—Calla ya, coño. —Miguel ya estaba harto de oír los quejidos de su amigo—. ¿No es hoy su cumpleaños?

—¿Y qué tiene eso que ver?

—Joder, pues una sorpresa.

—Pero si no le hemos hecho ningún regalo— replicó Fernando.

Siguieron caminando entre el amasijo de desperdicios. Piedras, hierros, cartones... Estaban en un polígono industrial abandonado, a las afueras.

—¿Seguro que es aquí? —volvió a preguntar Fernando.

—Sí... Ya he venido antes aquí.

Se aproximaban a un almacén cuyas paredes eran de hojalata, una especie de hangar en desuso. En ese momento oyeron una explosión, un disparo. Inmediatamente se echaron a tierra, cubriéndose la cabeza con las manos.

—¡Joder tío! —exclamó Fernando—. No sabía que aquí hubiera polis.

—Creo que viene de dentro.

Más disparos. Todo indicaba que dentro acontecía un tiroteo.

—Se está armando la de Dios ahí.

Una explosión.

—No comprendo cómo no ha reventado nada.

—A lo mejor es uno de sus juegos. —Miguel no sabía si creer sus palabras—. ¿Crees que deberíamos entrar?

* * *

Se sintieron como tontos. Dentro del recinto lo único que había eran dos grandes computadoras, un sistema de baffles conectados a las mismas y Alex, con una ametralladora saltando y corriendo de un lado para otro. Un simulador virtual. Pero los sonidos parecían si no reales, al menos atronadores.

—¡¡Yeeee!! —chilló Miguel, tratando de llamar su atención.

Alex dejó de disparar al oír el grito de su amigo, al que no podía ver. De pronto un último y ensordecedor disparo, una recortada.

—¡Aahhh! —se quejó Alex, retorciéndose sobre si mismo con una mueca de dolor—. ¡Mierda!

Se quitó el casco negro ajustable.

—2-2, apagar programa. —la estática de los baffles desapareció.

Estaba sudando, y con cara de enojo.

—Acaban de volarme la cabeza con una recortada.

—Pues... te jodes —dijo Miguel.

—¿Es nuevo? —preguntó Fernando.

Alex posó la ametralladora sobre la mesa, dejando el casco a su lado. Llevaba un mono elástico negro que le confería un aspecto ridículo. Tecleo un par de ordenes que terminaron por apagar los ordenadores.

—Special Ops. Necesita unos 100 metros cuadrados mínimo para ser jugable. El sistema realiza un escáner completo al recinto elegido por el jugador. Después el programa lo reinterpreta y configura para convertirlo en un campo de batalla virtual. Se eligen las opciones correspondientes al nivel de juego: ello implica número de contrincantes, aliados, armas, complejidad de arquitectura... Te pones casco y traje y se lleva a cabo un reconocimiento físico del jugador. Selecciones el arma física, —señala la ametralladora—, que conecta al software, lo que permite registrar toda la información pertinente, cómo el número de balas, trayectoria de las mismas, aunque eso es una mezcla entre escáner de recinto y arma... Iba ganando, pero un terrorista me ha disparado en la cabeza cuando habéis entrado.

—Eh... ¿Puedes volver a explicarlo? —preguntó Miguel.

—¿No le has entendido? —Fernando aprovechó para ridiculizar a su compañero, negado para cualquier materia informática—. El casco no te permite vernos, ¿verdad?

—El casco es opaco. Solo es una pantalla ajustable que traduce el escenario virtual al participante. Creía que ya habías jugado a estas cosas.

—Joder, eso lo sabía hasta yo, genio. —dijo Miguel, dando rienda suelta a su enojo con Fernando.

—En aquella habitación de allá hay una ducha. Dadme cinco minutos.

Miguel y Fernando se quedaron solos.

El casco no te permite vernos, ¿verdad? pareces una niña.

—Déjame en paz, comemocos.

* * *

Los tres volvieron juntos en el tren. Lo que Alex más disfrutaba de Madrid no era la lujosa Castellana, o los parques del centro, sino el trayecto de la línea K. Era el más tranquilo viaje que se pudiera imaginar, con unas vistas muy diferentes a las de una guía turística, pero a su modo de ver reconfortantes.

Vivía en un piso cerca de la parada, donde la comunidad de vecinos eran él y cuatro más. Era un barrio frecuentado por gente de dudosa reputación, personajes vulgares la mayoría que alquilaban habitaciones para desaparecer, en un decrépito y anodino barrio donde no ocurría nunca nada, abandonado por el ayuntamiento desde hace un lustro. La gente que malvivía en el polígono Garzón no pagaba siquiera impuestos.

* * *

Alex pasó una tarjeta magnética por el codificador, a continuación un reconocimiento dactilar, y finalmente una cerradura de cuatro pestillos que debía abrirse con una rudimentaria llave.

—Joder... Vives en este sitio y la puerta es como la de un puto fuerte.

—No me gustan mis vecinos —redujo Alex.

—Con la pasta que debes tener podrías permitirte algo mejor. —dejó caer Miguel.

—¿Has leído lo del Hedonista? Dicen que intentó hacerse con los códigos de acceso al suministro de aguas de Londres.

—Ya no me dedico a eso —respondió Alex—. Solo estoy con los videojuegos.

En efecto, había abandonado la piratería informática. Con el paso del tiempo seguía en contacto con algunos colegas del gremio, pero estaba limpio.

—Una vez traté con el Hedonista, pero no es pirata. Es más bien un mecenas en la sombra que exige recados a sus artistas.

—¿Qué? —inquirió Fernando sin entender.

—Que ni siquiera es asaltador de programas, contrata gente para que le hagan los trabajos.

* * *

El piso no era grande, pero sí cómodo para las necesidades de un soltero. Un salón, plagado de cables, transistores y monitores desperdigados; dos cuartos, un baño y la cocina. Los amigos de Alejandro sentían una enorme curiosidad por uno de los cuartos, donde no tenían permiso para entrar y siempre permanecía misteriosamente cerrado.

Miguel curioseaba entre los equipos informáticos del salón, mientras que Fernando, tras sacar un estuche de su mochila, se dirigió al cuarto de Alex.

—En mi cuarto no, Fernando —dijo Alex desde el baño mientras se lavaba la cara—. Eso lo haces en la tuya o en la de Martín.

—¡Venga, tío! ¿No sabes lo que es esto?

—No.

Miguel seguía enredando entre los aparatos, recogiendo CDs tirados.

—¿En que estás trabajando ahora?

Alex salió del baño y allí estaba Fernando, que esperaba con sus argumentaciones.

—¿Ves esto? ¿lo ves? 250 créditos internacionales. Lo encontré en un bazar virtual turco. ¿Sabes lo que es? Es una copia auténtica, en DVD, de la película pornográfica más grande de todos los tiempos, ¡Thumb Raider!

—La respuesta sigue siendo no.

—Es una joya descatalogada en todas partes. Está protagonizada por la diosa—, Fernando señalaba con ahínco la carátula plateada— ¡Briana Banks! ¡La jodida reina del sexo húmedo! Esta mujer es.

—Una sucia puta, como todas —dijo una voz desde la entrada, donde la puerta seguía abierta.

—Buenos días, Martín —dijo Alex, sin sorprenderse de la aparición imprevista de su amigo.

—Es la una de la tarde —anunció Martín—. Acabo de salir de trabajar. Vengo a recogeros a las nueve.

La indiferenciable presencia de Martín se marchó por donde había venido.

—¡Mira a ver si hablas un poco más la próxima vez, capullo! —gritó Miguel.

Fernando seguía contándole a Alex lo importante que era Briana Banks.

—¡Te la presto si quieres! Mi lector está jodido. Solo quiero ver trozos, nada más.

Hay cada escena... Cuando el hombre yeti la empotra contra el iglú, el capítulo de las amazonas.

Alex le miró por última vez y ni siquiera sintió la necesidad de repetir el no. Marchó hacia el salón.

—¿En qué trabajas ahora?

—Capcom me ha pedido que revise el apartado de usuario personalizado del nuevo Street Fighter.

—El Street Fighter es una mierda. Yo gano siempre —fanfarroneó Miguel.

—Este es diferente. ¿Ves la plataforma circular de la esquina con esas almohadillas?

—Creía que era un gimnasio.

—Es un sistema de medidas con un registro para más de quinientas variedades de movimiento.

—Eso ya se ha hecho.

—La diferencia, —continuó Alex— reside en ese sistema de medidas. Mide la intensidad real de los golpes con los sensores de los sacos. Aquí el usuario tiene la opción de configurar la intensidad de puñetazos, patadas, etc... que desee. Y digo tiene, porque lo que este aparato hace es registrar la fuerza auténtica del usuario. Se supone que eso te convierte en un auténtico Street Fighter. Lo meterán en los salones recreativos.

—¿Tengo que ir a una video galería para usar ese chisme?

—Tú vas, grabas un CD con los datos y después lo cargas en el Street Fighter de tu casa.

—Yo siempre peleo en bolas —dijo Fernando.

—No es algo que me sorprenda oír —replicó Alex. Fue a la cocina y regresó con dos latas. Una se la lanzó a Miguel.

—Tú pilla lo que quieras.

—Vale... —rechistó Fernando con resignación, al ver que no le había traído nada.

—Hay algo muy serio en lo que estoy trabajando. De hecho hay compañías que luchan por los derechos y ni siquiera está terminado. De momento le he puesto por nombre BattleCraft, y se basa en el ajedrez.

—Ajedrez... —empezó Fernando tras salir de cocina—. ¿y eso vende?

—Este... es el juego de batallas definitivo. Una partida puede durar desde un cuarto de hora hasta cinco años. Desde juego rápido a campaña global. Es el juego de combate mejor estructurado que existe.

—Modestia aparte.

—Puedes controlar desde las 8 piezas de un ajedrez corriente hasta las 100.000 unidades de una flota. Tierra, mar, aire, no hay limites. Los terrenos configurables se dividen en las clásicas casillas, 8x8. Desde unidad por casilla hasta 256 kilómetros cuadrados. Tienes la opción de comandar desde un batallón de mierda hasta dirigir el ejercito entero. Puedes incluso ser un simple soldado dentro de un batallón.

»Dispones de toda clase de diagramas, mapas, relieves en 3D, advertencias... como apoyo estratégico-táctico.

»El sistema clásico será el más común, basado en el ajedrez: Rey, Reina, caballo, peón, etc... Mismos movimientos pero con mucha variedad opcional. Si un caballo quiere jalarse un peón, éste puede defenderse, desgastando la efectividad del caballo o incluso neutralizándolo. Se encuentran ambas figuras, escuadras, batallones, regimientos en una casilla y eso puede convertirse en un combate. La figura del Rey, por ejemplo, queda más bien como una fortaleza o base de operaciones, aunque la capacidad ofensiva/defensiva de las piezas queda a disposición de cambio por parte del usuario: peones más fuertes, torres con capacidades defensivas.

»Y el usuario en todo momento ejerce el control, pudiendo acceder siempre que lo desee a cualquier lugar del terreno para seguir la acción. Existe la posibilidad de hacer partidas rápidas que exijan más la estrategia de una campaña militar que la semejante a una partida normal de ajedrez: movimientos combinatorios, bonos de refuerzos, etc.

»Opcionalidad de escoger entre épocas incluso, desde el paleolítico hasta la era atómica. Ambientación temporal a gusto del jugador. De hecho, junto con otro equipo vamos a crear una expansión, HistoryCraft, que permitirá al usuario descargarse batallas y campañas reales o de películas: combates estelares de La Guerra de las Galaxias, la batalla naval de Trafalgar, el desembarco de Normandía, cosas así... Ahora mismo está en desarrollo. Estoy trabajando con 270 empleados bajo mi supervisión. Todos los derechos de autor son míos.

—Sin dinero —ironizó Miguel.

—Es mi inversión de futuro. —finalizó Alex.

—¿Eso... es real? —preguntó Fernando.

—Vámonos a comer.

Sus dos amigos todavía no acababan de creérselo. Tras medio minuto de silencio Miguel secundó la proposición.

—Sí, vamos.

* * *

A las 8:59 Martín paró el motor del coche. Estaba estacionado justo enfrente del portal. Sus amigos aún no habían salido. Un tipo de abrigo oscuro que caminaba por la acera se detuvo un segundo. Cruzaron una mirada de sospecha y desprecio mutuo y dobló en la esquina. Cinco minutos después, los colegas bajaron y entraron en el coche.

—En marcha —dijo Fernando.

Martín se giró le miro con expresión amenazante.

—Nunca sabes cuando cerrar el puto pico —se quejó Miguel dándole un golpe en el hombro.

—¿Tanto llevas esperando? —preguntó Alex.

Pero Martín no contestó. Arrancó el motor.

Martín no era grande, pero sí de aspecto imponente. Llevaba ya un par de años como miembro de la brigada urbana de fuerzas especiales. Llevaba el pelo rapado y una barba inmutable de cuatro días. Vestía una camiseta de algodón de manga larga color sangre, que apenas podía evitar marcar los músculos, pantalones negros de nailon y botas de montaña.

Cenaron en el centro. Sobre las doce pusieron rumbo a Leganés.

* * *

Sin explicación aparente, una serie de locales hicieron fortuna en su día y con el tiempo Leganés se convirtió en zona de salida nocturna, plagado de pubs y discotecas. No era lugar demasiado elitista ni tampoco para colegiales. Solían rondar por allí veinteañeros universitarios.

* * *

No tardaron mucho en llegar. Salieron los cuatro y marcharon para el Cáfuo. Miguel conocía a uno de los seguratas y pasaron sin problemas. El Cáfuo era una discoteca donde permitían la entrada a un hombre por cada cuatro mujeres.

El recinto era espacioso, completamente desnudo. En una esquina los servicios y en un lado contra la pared el bar. La pista de baile era el resto. El techo, cinco metros arriba, era un juego de focos que provocaba toda clase de efectos psicodélicos. Las paredes eran chapas de frío metal.

Los cuatro estaban de acuerdo: si merecía la pena ir a un lugar de marcha, ese era el Cafuo.

La música tecno atronaba y la cincuentena de mujeres (la inmensa mayoría macizas, pues la entrada estaba también restringida para feas y gordas) bailaba sin parar. Tanto movimiento se volvía contagioso.

Fernando y Miguel estaban ya bailando cuando sus compañeros aún seguían bajo el marco de la entrada.

—Feliz cumpleaños —dijo Martín, poniendo una mano sobre el hombro de Alex.

—¿Puedo saber a quién se le ocurrió que este día fuera mi cumpleaños?

—Teníamos que elegir un día.

* * *

A los ojos de Alex, ellas se movían a cámara lenta. La música seguía en sus oídos al mismo ritmo, incesante, pero todas las mujeres parecían ralentizadas. Sinuosos movimientos, sinuosas curvas... Buscaba a Eva entre tantos rostros, pero no aparecía. Eva no estaba. Mirar a aquellas chicas bailar solo le hacía darse cuenta de lo vacío, solo y desamparado que se sentía.

—Ahora vuelvo —dijo Martín.

Alex era el mejor amigo que tenía Martín, el único al que merecía la pena respetar.

Estaba Martín al borde de la calzada, distraído. Un enorme autobús a toda velocidad, camuflado su rugido entre el tumulto del tráfico. El conductor lo hubiera visto demasiado tarde. Y Alex, que casualmente pasaba por allí, le salvó, saltando espectacularmente sobre él y evitando el choque. Así se conocieron. Desde entonces Martín tenía una deuda de sangre.

Iba hacia el servicio, con la única intención de mojarse la cabeza. Una chica, con su camiseta de tirantes empapada en sudor, se cruzó en su camino. Intercambiaron la mirada. Era tan bella de semblante como de cuerpo. Martín se olvidó de mojarse la cabeza. Después de cerrarse la puerta del servicio de señoras, él la volvió a abrir para meterse dentro. Saldrían un cuarto de hora después.

* * *

Solo después de que Miguel y Fernando consiguieran sendos números de dos chicas se marcharon. A las dos de la madrugada acabaron en el Pub Sereno. La chica que había estado con Martín también le había dado su teléfono, pero era poco probable que él la llamara. Alex no se había movido de su sitio en toda la noche. Los vodkas con lima no sirvieron de mucho para animarle.

El pub era un lugar cálido y pequeño, poco frecuentado. Los cuatro estaban sentados a una mesa.

Fernando trató de ligar con una chica que trabajaba en el ayuntamiento. La sentó a la mesa con ellos y a los veinte minutos se marchó. Miguel comentó de pasada que Alex vivía en el desafortunado Garzón, y aunque éste último la ignorase por completo ella se sentía intimidada por su silencio, como si de una señal de protesta se tratara. Alex no hablaba con nadie.

Pero el qué hablaba con ella era Martín, que trabajaba en el BUFE y conocía toda la mierda de la ciudad. La puso a caldo.

A nadie le gustaba la chusma política de los ayuntamientos.

* * *

Cinco minutos antes de que la alcaldesa se esfumara, Alex se había levantado. Había visto una chica en la barra, bebiendo sola. Se aproximó y se puso justo a su lado, rozándola.

—No me interesa —dijo ella.

—En ese caso a mi tampoco.

La mujer, muy joven, iba muy maquillada, y llevaba un par de mechas teñidas de un escandaloso tono rojo. Arqueó una ceja.

—¿Por?

—Porque no estás interesada. —Alex siguió allí en la barra, junto a ella. Miró a sus compañeros: Martín seguía metiéndose con ella, Fernando seguía sonriendo como un bobo mientras le miraba las tetas y Miguel le hacía un gesto a Alex moviendo la mano y la boca, en ademán de que su nueva amiga le hiciera una mamada. —Es una lástima, —dijo por fin Alex— al menos lo he intentado.

—Espera —dijo ella.

Le agarró de la mano y le llevó al servicio. Cerró la puerta y le empujó contra la pared bruscamente. Se besaron y sobaron impulsivamente, sin descanso. Diez segundos después Alex notó algo extraño y la agarró violentamente del cuello, apretándole la garganta.

—¿Eso era lo que querías, no hay interés? —dijo Alex.

La mano de la chica sostenía su cartera.

—Vale... espero que no estés decepcionado —replicó ella sin mostrarse arrepentida. Le devolvió la cartera.

—Joder, ¿a esto te dedicas? ¿le robas a la gente?

—Vete a la mierda, ¿qué coño esperabas, que me rindiera en tus brazos? —ahora se mostraba realmente enojada—. ¿De qué va a comer una tía con estudios de grado B?

—¿Ni siquiera podías intentar pasar solo un buen rato? —preguntó Alex, que ya le había quitado la mano de la garganta. Se guardó de nuevo la cartera en el bolsillo de atrás.

—No estoy aquí para eso.

Se produjo un incómodo silencio. Sus rostros todavía seguían muy cerca, intercambiando miradas, notando la respiración del otro. Finalmente se acercaron y se besaron, pero ella acabó apartándolo.

—Basta. La jugada nos ha salido mal a los dos. Adiós y muy buenas.

—No, por favor, espera... —dijo él.

Ella se dio la vuelta, sujetaba el pomo de la puerta con la intención de salir por ella.

—Vas a decirme que cuidarás de mí, ¿no? Que podemos intentarlo.

Él no supo que decir.

—Si buscas amor eterno te has equivocado de persona.

Abrió la puerta y se largó del pub. Alex permaneció en el baño.

* * *

Eran ya las tres cuando volvieron. Primero dejarían a Alex.

Diez calles antes de llegar a su edificio, Martín aminoró.

—¡Anda mira, los nigerianos! —exclamó, fingiendo estar sorprendido.

—Joder —exclamó Miguel desde atrás—. No quiero broncas, la cabeza me da vueltas.

—Esos putos negros venden droga en la puerta de los colegios. Son una jodida plaga, y como nuestro caritativo gobierno no puede devolverlos a Africa nos los largan a nosotros.

—No todos son iguales.

—Pero la mayoría pasan de aprender el idioma o ir a las escuelas.

—¿Qué quieres hacer? —preguntó Alex, que tampoco tenía ganas de violencia. Recordó que Martín tenía un gigantesco tatuaje en el pecho de un dragón custodiando una esvástica.

—Mira —dijo llamando la atención de Miguel—, para que veas que no discrimino.

Martín bajo la luna del conductor. Detuvo el coche y los tres negros se acercaron a él. Iban vestidos con chándal de deporte.

—Disculpe señor —dijo Martín como si hablase con un banquero—, ¿tiene algo de droga?

Con un acento muy característico, el negro no tuvo reparos en soltar prenda.

—Ah sí, tengo maría, coca, pastillas... ¿Algo especial? Yo conseguir de todo.

—Tú conseguir de todo. Seguro que sí.

Martín abrió la puerta del coche.

—Ya estamos —dijo Miguel.

—Bueno, al menos éstos no venderán más mierda —dijo Fernando.

Y Alex se mostró indiferente al debate.

—Ahora te voy a dar yo algo especial, hijo de puta.

—¿Qué? —preguntó el nigeriano.

—Que aquí no quiero ver a un jodido mono contaminando con mierda. ¿Por qué coño no puedes buscarte un puto empleo? Joder, si hasta el estado te pagaría los estudios. Pero no, tú tienes que ponerte a vender tu basura.

Uno de los que iban con el nigeriano del chándal verde fosforito había sacado una navaja.

—Eh tío, si no quieres nada lárgate.

Pero Martín empezó a pelear con los tres. Después de noquear a dos de ellos, el de la navaja le hizo un corte en la camiseta. Martín se la quitó y su contrincante pudo ver el tatuaje, que por un costado estaba manchándose de sangre. El negro empezó a sudar a mares.

—Je... Sabes lo que esto, ¿no? —preguntó entre sonrisas Martín mientras se palpaba la herida—. Seguro que te lo enseñaron en historia.

Fue hacia la guantera del coche, el nigeriano de la navaja no sabia si correr o atacarle. Alex le alcanzó la pistola. Por ser agente de la ley Martín tenía la licencia de armas.

Al ver la automática el otro huyó despavorido. Martín le disparó en la pierna, y el hombre cayó como un saco. Martín se acercó y le agarró del pelo. Montó a horcajadas sobre él.

—Este jodido pelo púbico vuestro, parece una esponja de fregar —agarró bien la pistola—. Ahora si no te importa, libraré al mundo de tu asquerosa afición por la navaja.

Le disparó en la muñeca, volatilizando la carne y amputándole la mano que aún sujetaba con fuerza el cuchillo.

—¡Deja de gritar, coño!

A continuación le pegó tres tiros en la cabeza, salpicándose entero de sangre. Agarró la camiseta y regresó al coche.

—Deberían darme una medalla por hacer esta mierda.

Volvió a arrancar. Hizo pasar la rueda del coche por encima de la cabeza del tipo del chándal verde.

Cuando le dejaron en su casa, Alex abrió la puerta de su cuarto prohibido. Se quitó la cazadora y la dejó en el pasillo.

Su cuarto prohibido eran cuatro paredes verdes y desgastadas. Lo único que había en la habitación sin ventanas era una vieja silla en el centro de la estancia y un ordenador portátil encendido en el suelo.

Se sentó pesadamente sobre el cojín del respaldo y se puso el ordenador en las rodillas. El ordenador siempre estaba encendido, y en todos los buscadores a los que estaba conectado el mismo solo había una palabra: Eva. Siempre buscándola por el mundo.

Sabía no encontraría jamás a la mujer del póster, pero conservaba la esperanza de ver cumplida algún día su utopía: el dar con la mujer de la que poder enamorarse. Amar y ser intensamente amado. No le importaba si se llamaba Eva, o si era rica o pobre, o si estaba invalida en una silla de ruedas. Solo quería encontrar a esa compañera.

Vende el videojuego, coge el dinero y lárgate de aquí —pensó—. Búscala.

Ignacio Regalado
© Ignacio Regalado,
(4.183 palabras) Créditos
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