
Ahora me encuentro en el Waldorf. Un colega de Seattle, Mark, estará de visita unos días en la ciudad. Trabaja en ScopeSoft, y supuestamente se encuentra aquí por motivos de trabajo. En este momento no está, y yo tengo las llaves de su habitación. No os diría esto si no hubiese delante de mí un cartel que dice 8ª edición de aspirantes a modelos VogueNet. Lo creáis o no, mi cerebro funciona a una rapidez que acojona. Os lo demostraré.
El salón está lleno de chicas guapas. Alguna foca que se ha perdido, chicos imberbes que parecen recién salidos de Los vigilantes del espacio, chicas normales que caminan a cámara lenta por el vestíbulo... pero hay chicas guapas. Menos mal que en estos momentos voy bien vestido. Enfilo a una con la mirada, mi presa: rubia, ojos claros, un cuerpazo...
Cojo un folleto del concurso y con un bolígrafo hago un par de rayajos. Me acerco a ella con paso decidido.
—Hola, ¿estás en el concurso?
—Hola, sí, ¿eres...?
—Bruce, Bruce Wayne... Vamos a dar un paseo.
—¿Cómo? —inquiere con evidente mosqueo.
—¿Sabes cómo funciona esto?
—¿Quién eres tú?
—Haz el favor de no levantar la voz. Trabajo para VogueNet, y estás de suerte —se lo empieza a creer, ingenua—. ¿Ves este salón? —asiente con la cabeza—. Está repleto de aspirantes, chicas que se miran unas a otras por encima del hombro... El desfile y la sesión fotográfica es solo una fachada de mierda. ¿Crees que invitarían a chicas de todo el país para hacer una exhibición de mil piernas idénticas? No, nena...
—¿Cómo sé que trabajas para VogueNet? —¿Qué coño hace? ¿Ponerme a prueba?
—Oye, ¿me vas a hacer montar el numerito de pedirle a una compañera de trabajo que te diga quién soy? Mira, te lo demostraré. ¿Ves esto? Está firmado por George Arman, está aquí en el hotel, y esto es para la subdirectora de la editorial. Yo soy un cazatalentos. Paseo mi culo por aquí, veo a las chicas y escojo a una para explicarle como funciona esto. —Se está poniendo contenta, la tengo en el bote—. Fíjate en esa tía de ahí, esa bien vestida. Hace lo mismo que yo pero con los chicos. ¿Convencida?
—¿Me has escogido a mí?
—Si botas de alegría elijo a otra —se le ilumina el rostro—. Vámonos de aquí.
Una hora después...
Cuando una modelo empieza, es capaz de cualquier cosa. Un ochenta y tantos por cien están dispuestas a tirarse a cualquiera con tal de subir peldaños. Unas cuantas mamadas y ya son alguien dentro de esta industria de mierda, para darse cuenta al cabo de unos cuantos años que han sido sustituidas por otro feto lleno de implantes. Y digo todo esto como si supiese de lo que estoy hablando. La tía está más contenta que un pez en los corales australianos. Hemos follado a base de bien y ya cree que es modelo. Ahora verás, zorra...
—¿Quieres ducharte?
—¿Voy a hacer una sesión ahora, o algo así? —Puta, más que puta...
—No. Baja al vestíbulo y pregunta en recepción por Janine Thompson. Te darán el número de la habitación.
Permanezco tumbado en la cama con un bañador puesto. Vaya cuerpo tiene...
Se empieza a vestir y solo me hace siete preguntas, intercaladas desordenadamente por visitas al espejo y recogida de prendas. Siete. Preguntas.
—Por cierto, me llamo Blanche. ¿Tu vives aquí?
—No.
—Cuánto hace que trabajas en esto?
—Tres años.
—Debes conocer a mucha gente, ¿no?
—Sí.
—¿A qué te dedicabas antes?
—Terrorismo informático. Estuve preso en Nueva Roca hará un tiempo.
—Muy bueno. ¿De dónde eres?
—Okinawa, Wisconsin.
—Ah... Nunca he estado allí. Yo soy de Idaho.
—Qué bien.
—¿Crees que seleccionarás a alguna otra?
—Lo dudo mucho. Estás muy por encima de las demás.
—¿En serio? Hace frío en esta ciudad, ¿verdad?
—Salvo en verano.
—Quizás debería ir al Soho a comprar algo de ropa, ¿no te parece?
—Vas bien así, ya tendrás tiempo.
Medio minuto después la muy perra ya sale por la puerta.
—Gracias por todo, Bruce.
—A ti ricura —contesto yo.
Suena el videoteléfono.
—¿No lo oías o estabas fuera? —pregunta Mark—. Acabo de hacer trato con los jamaicanos.
—He estado ocupado —digo con cierto tono de satisfacción.
—Cabrón... Nos vemos en Fjordo en treinta minutos, coge el tren en la 42.
Cierro la transmisión y marco el número de recepción.
—Recepción, dígame.
—Buenas días, soy Mark Mohanan. Llamo de la 621. Hay una loca suelta que ha estado aporreando la puerta. Dice ser modelo y buscar a un tal Bruce Wayne.
—Nos encargaremos señor, no se preocupe.
* * *
La línea rápida de tren se encuentra en un carril adyacente al de circulación.
50 calles en dos minutos, tres paradas: no está mal. En el Battery, junto al embarcadero del anciano ferry de Staten Island, alquilo una lancha y me dirijo al puerto deportivo de Coney Island. A cada año que pasa Brooklyn se parece más y más a Manhattan.
* * *
Puerto deportivo. Entro en la terraza de Fjordo con vistas al mar. Parece que soy el último en llegar. Me siento a la mesa metálica. Baldosas rosadas cubren el suelo, recordándote que aquí se sirve el mejor salmón de Nueva York.
Mark está sonriente, a su lado tiene a un negro rastafari con jersey de lana amarillo, verde y rojo. Yo voy vestido con unos tejanos negros gastados, y una chaqueta deportiva de fibra de cordero color marrón. Sigo en silencio. La vieja que tengo detrás se ha echado tanta colonia que empiezo a sentir náuseas.
—Este es Jumaine —me dice Mark.
—Tú eres el Desvirgador —dice Jumaine mirándome con cierta admiración.
—Eso dicen —respondo.
—¿No tienes un nombre normal?
—Puedes llamarme como te salga de los cojones.
La vieja que tengo detrás se escandaliza. Los tacos en Nueva York pueden ser objeto de multa, en presencia de un agente.
—Modere su lenguaje, joven —me dice la abuela a un palmo de la cara.
—Que te follen, alcohólica.
La anciana pone el grito en el cielo y se marcha con su amiga.
—Haciendo amigos —dice Mark.
—Siempre.
Llega la cuarta pieza del puzzle. Corre la silla y se sienta, tampoco dice nada. Tardo tres segundos en caer en la cuenta.
—Kayla.
—¿Quién pensabas que era?
Tiene un cuerpo totalmente nuevo, aunque eso sea lo de menos.
Lleva puesta una boina roja a la italiana, dejando ver unos mechones del flequillo. El color del pelo es una mezcla de anaranjados. Una camiseta blanca y encima una cazadora de lycra azul.
—La talla del sujetador parece más pequeña —le dice Mark.
—Oh, cállate.
Había oído que estuvo en Memorex durante un par de meses. Le habían proporcionado un nuevo cuerpo clonado y al parecer el transplante cerebral había sido un éxito, con las siempre incluidas mejoras neuronales.
—Te veo bien.
—Gracias John. Tú tampoco estás mal.
—He estado yendo a un gimnasio, en Florida.
No importa que le digas a una tía que vas al gimnasio. A menos que te pueda contemplar desnudo, o que seas un metro más ancho, parecen no darse cuenta.
—Creo que no le importa demasiado, John.
—¿Se llama John? —pregunta Jumaine señalándome. Tiene los dientes blancos, síntoma evidente de que venda más mierda de la que fuma.
—Puedes llamarle como te dé la gana —dice Kay—. Nadie sabe cuál es su verdadero nombre, ni su procedencia. Es mi reto personal averiguarlo, pero no tiene ficha en ningún lado.
Se acerca el camarero.
—¿Qué van a tomar?
—Yo nada, me largo ahora —dice Jumaine, que se ajusta sus gafas de sol azules.
Tanta rasta debe ser incómodo a la hora de dormir.
Parece querer decir el camarero, que ahora pregunta a Kay.
—La ternera rellena. ¿Tienen fresas silvestres?
El camarero sonríe. A saber qué coño le habrá dicho.
—Por supuesto, señorita. ¿Se las sirvo con la carne?
—Sí, por favor. Mi amigo tomará salmón ahumado.
—Muy bien. ¿Y usted señor? —inquiere mirando a Mark.
—Yo también me voy ahora —al decirlo, coge su vaso en señal de estar apurando la bebida.
El camarero pasa de mí y se marcha.
—¿Ahora sabes hablar noruego? —pregunto.
—No... He aprendido unas palabras para impresionarte.
—Digo cuatro cosas y nos piramos —dice Mark procurando no levantar demasiado la voz—. He configurado un nuevo programa para lo que tienes que hacer esta noche. La información restante está en estos CDs —Me pasa los discos plastificados arrastrándolos por la lámina de mármol azulado que cubre la mesa—. Tú y Kayla haréis el trabajo esta misma noche. Si el señor Mondaro se siente satisfecho, se mostrará agradecido.
—Muy cierto —dijo Jumaine—. Espero que todo vaya bien.
Se largan los dos y nos dejan a solas.
—Te he echado de menos.
—Corta ya John, ¿cómo has venido?
* * *
Para mí solo hay dos clases de mujeres: Kayla y las demás. Kayla es lo que podríamos definir como una soluciona problemas profesional. Debe tener cuarenta años, y yo debo andar cerca de los treinta. Sin embargo parece diez años más joven que yo.
—Te queda bien el pelo cortito, estás mejor que rapado.
Voy a decir gracias pero sigue hablando.
—Sí, con el pelo corto y esa barba de tres días pareces el típico hacker empastillado.
Permanezco callado sin decir nada. Creo que es lo que más le gusta de mí, que normalmente no diga nada cuando supuestamente debería decir algo. Soy un tipo callado con aura de controlar la situación.
—Me alegro de que estés bien —dice por fin.
Algo es algo.
* * *
Dos horas después ya teníamos memorizada la información pertinente y necesaria a nuestro trabajo. Jumaine Mondaro, el pintas de Fjordo, era el comprador de nuestros servicios. Uno de los dueños de Jamaica Bay y gran parte de la zona de Queens. Drogas, prostitución, armas... Estaba metido en todo. Pero era listo, poco a poco se desplazaba hacia negocios legales, que en un principio no eran más que fachada para sus actividades ilícitas. Cuando uno se vuelve mayor, empieza a jugar sobre seguro, supongo.
Tenía una pequeña editorial en expansión, y una cadena de librerías. Doctorado por la universidad de Columbia en historia. Curioso, un traficante cultivado.
Nuestro trabajo trataba sobre esa editorial de creciente importancia. Necesitaba oxígeno, y la mejor manera de dárselo era robándoselo a los demás. WideFashion estaba en el punto de mira. Destrucción y robo de datos, con penetración física incluida.
Alfred Pennyworth es nuestro objetivo: el dueño y señor del imperio WideFashion. Nos introduciríamos en su casa y yo me haría cargo de los equipos informáticos, mientras Kayla se ocupaba de los posibles ocupantes.
El pago se repartía de la siguiente manera: 80% para nosotros dos, y el 20 restante para Mark, en calidad de intermediario y como proveedor del programa que yo necesitaba.
Ahora estamos es su habitación, hora de descansar. A saber qué estará haciendo con Jumaine. Siempre que ha tenido ocasión me ha recordado lo mucho que odia a sus directores de ScopeSoft, las SS, como las llama él.
Tenía 20 años cuando fueron a buscarle al MIT, donde estudiaba ingeniería informática. Era un talento, un diamante en bruto. Le ofrecieron un contrato multimillonario y él aceptó, con la condición de terminar antes sus estudios. Pero la condición no se respetó y le amenazaron, diciéndole que de no marchar con ellos de inmediato, harían lo imposible para que ninguna compañía hiciese uso de sus servicios.
—En un futuro próximo, cuando te lances al mercado laboral, pasarás desapercibido.
—Sí, te colgaremos un cartel que diga mierda.
No tuvo más remedio que resignarse. Así que poco a poco, y con la fantástica coartada de trabajar para uno de los mayores proveedores mundiales de sistemas operativos y software básico, Mark se traslada a ese oscuro mundo del que Jumaine intenta salir. Su venganza particular contra el sistema establecido.
* * *
Es bastante extraño. Todo lo que quiero y deseo está en esa cama. Tumbada, con la camiseta, pantalones y calcetines puestos, medio dormida.
Es la única persona en la que confío plenamente. No sé nada de su pasado, salvo el que hemos compartido profesionalmente, pero tampoco puedo quejarme, ella ni siquiera sabe mi nombre. Creo que estamos condenados a ser los eternos buenos amigos.
Me quito la camiseta y las botas. Me tumbo junto a ella y la abrazo, agarrando su cintura con el brazo. Nunca he intentado tocarla más allá de lo permitido, y no es algo que vaya a hacer ahora. Se acurruca, acodando su espalda junto a mí. Nos quedamos dormidos.
* * *
Me subo al coche, un Audi importado que recibí como pago por hacer no recuerdo qué.
Ella ya está acomodada en el asiento, tiene el pasamontañas puesto a modo de gorro, de forma que puedo verle la cara. Me veo distorsionado en el reflejo de su traje especular de camuflaje. Una llamada telefónica, Kayla se saca el teléfono. Abre el estuche, confirma la procedencia del emisor, y deja encenderse la pantalla de cristal líquido. Mark.
—¿Estáis de camino?
—Vamos a salir.
—Bien, os esperaré a la vuelta en la habitación del hotel. No hay ningún cambio de planes —toma aliento y sube el tono de voz—. Por cierto, los servicios de seguridad del hotel me han estado interrogando sobre una tía que ha estado con un tal Bruce Wayne en mi habitación. Tú no sabrás nada, ¿verdad, John?
—Nada en absoluto —le cierro el estuche telefónico a Kayla.
—¿Bruce Wayne? —tiene ganas de burla.
—¿Kayla Rueben James?
—Vete a la mierda.
—No, en serio —digo con una sonrisa en la cara, mientras pongo el motor en marcha—. ¿Qué clase de nombre es Rueben James?
—Mi padre era fan de Kenny Rogers, ¿vale?
No replico, no sé quién es Kenny Rogers, pero imagino que algo tendrá que ver.
—Creía que tú no tenías familia.
—¿Sí? Pues yo creo un puñado de cosas sobre ti...
Salimos del garaje, dirección Park Avenue. 23:35.
—Llegaremos en media hora —dice. Yo se lo confirmo asintiendo con la cabeza—. ¿Tienes música?
—Ehhh... Sí —miro en la repisa—. Tenemos tecno, tecno y... tecno.
—Bien...
—Sostengo la teoría de que a todo el mundo le gusta la música tecno, solamente tienen que encontrar su canción.
* * *
00:45
Pennyworth es multimillonario, y eso se traduce en un considerable numero de chozas repartidas por todo el país. Había leído en una publicación la lista completa: un chalet en la exclusiva BeachWay de Miami, un apartamento en el último piso del histórico Hancock de Chicago, su rancho en Texas, apartamentos en la costa Oeste, un castillo en Europa, etc... No recordaba haber oído hablar de su mansión de Long Island, pero aquí está. La casa es de estilo colonial, cercada por una pequeña valla de madera. Necesita una mano de pintura, la cercanía del mar siempre tiene sus inconvenientes.
Entrar no resultará difícil. Me sobresalto al abrirse la puerta del Audi. Kayla toma asiento.
—No has tardado mucho.
—Lo suficiente para dar dos vueltas —dice Kayla quitándose el abrigo color beige—. El detector termal no indica actividad, por lo que es de suponer que no tropezaremos con el señor Pennyworth.
—Los guardias tendrán puestos los neutralizadores de señal.
—Si es que hay. ¿Has desactivado ya el sistema de seguridad?
—Estoy en ello —respondo tecleando en el ordenador—. Dos sistemas alternativos de alarma y un pestillo electrónico.
—No quiero entrar por la puerta principal.
—Los planos indican que hay puerta trasera, pero debemos cruzar el jardín.
—Tienen las persianas cerradas, pero creo que hay un perro.
—No creo que eso sea problema. Ya está... el primer sistema se desconectará en unos 7 minutos. Bloquearé durante veinte minutos la señal repetidora de la policía.
—¿Y el segundo?
—Utiliza compañías de seguridad distintas. Estoy buscando la información.
5 minutos después...
—Inutilizado.
—Ha costado, ¿eh?
—Vamos dentro —cojo los ordenadores y salgo por la puerta.
Caminamos por la acera. De pronto me asaltan las clásicas dudas del paranoico.
—¿No debí dejar el motor en marcha? La poli pensará que es el coche de unos ladrones.
—Dudo mucho de que la policía pasee a estas horas por el barrio.
Solo un par de segundos y ya me asalta otra cuestión.
—El perro...
—¿Qué pasa con el perro? —Kayla hastiada.
—Está ladrando —digo con suavidad.
—¿Y qué? Debe haber estado ladrando a ratos todo el día.
—Lo preguntaba porque... si le disparas un tranquilizante, a lo mejor los guardias se sorprenden de su silencio.
Los dos estamos apoyados en la mampostería de una finca aparentemente abandonada. Parecemos dos yonkis discutiendo sobre a quién pertenece el último cigarrillo.
Estamos cerca de un pueblo costero, Sag Harbor, y con nuestro aspecto cantamos bastante. Por suerte, nos acompaña una niebla densa propia de película de terror. No creo que el sheriff, si acaso lo hace alguna vez, salga de patrulla esta noche.
—¡¡John!! —grita Kayla.
Salgo de mi mundo y vuelvo a prestar atención.
—¡No es el mejor momento para distraerse! Digo que entramos por la puerta trasera y nos olvidamos del perro.
—¿Y si me muerde?
Pero no contesta. Tira el abrigo al suelo y cubre su cabeza con el pasamontañas. Anda un par de metros por delante. Con un traje tan ajustado podría hablar de sus excelentes nuevas curvas, de no ser especular. Lo cierto es que solo veo líneas que reflejan la escasa luz de las farolas. Calza unas zapatillas deportivas adaptables negras. Pistola en mano.
5 minutos después...
(Inconveniente de aparcar un coche a varias manzanas)
Ya estamos dentro de la casa. El puto perro me ha mordido en la mano. Ha sido un error lo del tranquilizante, no solo se ha alterado al vernos sino que además está golpeándose la cabeza contra la puerta. A ver si se desnuca.
—Por aquí —susurra. Las gafas visión nocturna de Kayla me dan confianza en un salón a oscuras.
Ella va en busca de indeseables. Me detengo y compruebo las cámaras de alarma desactivadas. Detectan, analizan e identifican, considerando si eres o no un extraño. Agarro bien el portátil bajo el brazo.
Me espera al pie de la escalera. Un segurata yace en el suelo. Kayla me hace un par de gestos con la mano: silencio, arriba.
Voy andando por delante de ella, Gran Estupidez. Camino por el pasillo de la primera planta, fijando más mi atención en la alfombra que en las habitaciones medio abiertas. Segunda Gran Estupidez. Por el rabillo del ojo izquierdo detecto movimiento. Me giro y un puño cerrado me lanza volando un par de metros. Si necesito o no cirugía dental ya os lo diré luego. Oigo un disparo silenciado. Intento incorporarme. Kayla ha fallado, el tipo forcejea con ella. Los dos tendidos en el suelo, él encima estrangulándola. Agarro el portátil y lo utilizo a modo de bate. Le dejo inconsciente.
—Muy listo —dice ella mientras recoge su arma y le dispara dos veces—. Ahora mira a ver si funciona.
Vaya... la verdad es que lo he abollado un poco. Sigo caminando. Me paro en seco.
—¿Crees que habrá alguien más?
—No. Pero de todos modos llevas tu portátil —chiste malo—. Iré por hielo.
Entro en el despacho.
Solo conozco a dos personas que tengan un equipo como éste: Alex, alias Searcher, y yo. Tenemos cinco ordenadores, tres conexiones independientes a la Red y dos enlaces en línea. Me explico: el Uno y el Dos, hipermusculados e interconectados entre si y a la Red; el Tres, tan hipermusculado como el Uno y el Dos pero con un bonito monitor de cuarenta pulgadas; el Cuatro, gemelo del Tres, sin conexión a la Red, y el Cinco, gemelo del Uno y el Dos. El Uno y el Dos están conectados, enciendo los demás.
Es la estrategia ideal... Veréis, el Uno y el Dos, que actúan como si fuesen uno solo, son los que se utilizan siempre. Si te los joden, usas el Cinco. El Cuatro es uno ajeno a la red de redes, puro y limpio. El Tres es otro pepino conectado a la red, del que solo se hace uso bien por placer o para las emergencias. Hora de trabajar.
5 minutos después...
Kayla me pone una bolsa de hielo en la cara, apretando con su mano sin soltar.
—¿Tú estás bien? —pregunto.
—Sí, gracias por lo de antes... —yo sigo a lo mío—. ¿Qué haces exactamente?
—Tenemos que destruir toda, y digo toda, la red interna de la editorial de Pennyworth: WideFashion. Desde aquí puede controlarse el imperio, tiene accesos directos a todo, solo necesito descifrar una serie de claves, pero la mayoría se introducen automáticamente.
—Un tipo confiado.
—Es su casa... Bloqueando y destruyendo esto —digo señalando la pantalla 3—, podemos mandar WideFashion a la edad de piedra.
—¿Qué controla WideFashion exactamente?
—¿Qué controla? No es un monopolio cualquiera, ¡es el monopolio! Empezaron en los años diez con revistas de moda, y ahora editan los libros de texto de todo el país, las bibliotecas son prácticamente suyas, las librerías, ¡todo! Parece mentira, pero hundiendo esto hacemos un favor a la humanidad...
—Reconfortante... —dice con una sonrisa.
—De esto no solo se beneficiará Jumaine Mondaro, sino cualquiera que desee vender libros.
—Había oído hablar que el mercado negro de libros en este país es muy popular...
—Ahí lo tienes.
Alcanzo un disco negro del bolsillo interior de la chaqueta.
—¿Y eso?
—Te presento al señor Peste. Es el nuevo programa de Mark. Por suerte tiene un margen de acción controlado. En ese directorio de ahí —señalo el ordenador Cinco—, están todas las compañías, sucursales, cadenas, etc... de Pennyworth, todas las ramas del árbol.
—Lo seleccionarás todo, ¿no?
—Bueno, ahora que lo pienso, creo que podría hacerle un favor a alguien.
—No tenemos tiempo para hacer favores.
—No llevará mucho —yo sigo trabajando en el Uno y el Dos —Acércate al ordenador Tres.
—Yo no tengo idea de esto —observa el teclado como si tuviese miedo a tocarlo.
—Venga, hasta una inepta como tú puede... Busca en la página un enlace para VogueNet.
20 segundos...
—Ha costado.
—Qué te jodan —replica ella.
—Mira a ver si hay algo de un concurso de nuevos talentos, modelos, algo así...
—¿En Nueva York? ¿8ª edición de...?
—Esa. Busca Blanche algo
—Tengo dos Blanche —Kayla no separa la vista de la pantalla—, una de Massachusetts y otra de Idaho.
—Idaho.
—Bueno, aquí está: Blanche Garrison, de New Meadows, Idaho. Aspirante NO PRESENTADA.
—Pobrecilla... —sonrío tímidamente—. ¿Hay una foto, un enlace, algo?
—Una foto de carnet y otra de ella posando con cara de subnormal.
—La segunda, selecciónala. Ya casi estamos.
Saco unas pastillas verdes del bolsillo.
—¿Qué coño es eso?
—El gas de la risa, el Joker. Tenemos que levantar las carcasas de la CPU.
10 minutos después...
Camino de Manhattan, sanos y salvos. Kayla se cambia de ropa delante de mi, sin pudor alguno.
—¿Por qué has tardado tanto? ¿No habría sido mejor prenderle fuego a la casa si querías cargarte los ordenadores?
—Oye, soy un profesional. Esto ha sido ejemplo de trabajo sutil y preciso. El Joker es un gas que inutiliza por completo todo el silicio de los ordenadores. Los chips se vuelven irrecuperables.
—¿Y el numerito de la foto?
—Ya lo descubrirás...
1 hora después...
—Buen trabajo, dúo dinámico. Como sé que os fiáis de mí pasamos de las comprobaciones. 4 millones de créditos convertibles en dólares, euros en tu caso, Kayla, y un hasta la próxima.
—Gracias por todo, Mark. Ha sido un placer trabajar con Peste.
—¡Ja! —me estrecha la mano—. Creo que has jodido bien a una chica que tenía no sé qué pruebas para un pase de modelos.
—Mañana no sabrá cómo agradecérmelo, créeme...
3:24 AM
Nos despedimos de Mark. Ahora paseo con Kay por el JFK. La he traído porque tiene un vuelo a Copenhague a las 5:30.
—Estás genial con ese nuevo cuerpo.
—A mí también me gusta. No pusieron impedimento alguno para que lo diseñara
yo misma. Lo que lleva más tiempo es la reparación y transplante del cerebro. Si la cagan en eso, ahí te quedas...
—¿Cuánto te costó?— pregunto, por curiosidad.
—200. Mi primer cambio costó mucho menos, en un antro de Shanghai. Tuve suerte de salir viva. Era como hacer una operación a corazón abierto en una cloaca. Me metieron tanto esterilizante que parecía un bote de lejía.
Me limito a escuchar, cargando con su bolsa de equipaje. Siempre ligera, qué gusto de chica.
—Deberías hacértelo, dentro de unos años, digo. Los de Memorex son muy buenos. Seguro que tú tienes más de 200 en alguna cuenta.
Me limito a seguir escuchando. Cuando les das cuerda, las mujeres no paran de hablar.
Hora y cuarto después...
Estamos sentados en la terminal. Llaman por segunda vez para su vuelo. Nos ponemos en pie. Pantalones de tela blancos, camiseta roja, deportivas negras, gafas de sol... Espero que nunca cambie su peculiar sentido de la moda.
Antes de embarcar, permanecemos el uno frente al otro. Esta parte es en la que nadie pestañea.
—Ya nos veremos —dice.
—Sí...
Es bastante extraño. Todo lo que quiero y deseo está delante de mío. Me agarra del cuello y me besa en la mejilla. Se da la vuelta.
—Kayla...
Se gira. No dice nada.
—No funcionaría.
—No es eso... —Digo. Se me acerca, un poco ruborizada. Extiendo la mano—. Me llamo Noah.
Se queda mirándome con cara extraña. Sabe que digo la verdad. Dos segundos y sonríe, todo este tiempo llamándole John y resulta que ese es su nombre.
Seguro que después se come la cabeza pensando si le he mentido o no. Pero después desistirá en sus conjeturas, porque lleva diez años trabajando esporádicamente conmigo y soy la única persona en la que confía. ¿Qué cómo lo sé? Joder, porque soy yo quién maneja sus cuentas bancarias, ¿no es eso suficiente confianza?
—Kayla Rueben James —dice ella estrechando la mano—. Cuídate.
—Adiós, Kay.
A la mañana, la noticia estrella en todo el globo: WIDEFASHION HUNDIDA. Conduzco tranquilamente por la autopista Atlántica camino de mi soleada Florida, escuchando la radio. Llevo las gafas reflectantes de montura metálica puestas para evitar el pálido sol. El mar parece brillar. Un locutor marica habla por los codos del tema del día:
Y lo más divertido de todo, Selina, es la foto de una modelo que ocupa todas las páginas pertenecientes a la multinacional del señor Pennyworth: Blanche Garrison es la mejor, un admirador Esta ricura, que al parecer fue expulsada de un concurso reciente de VogueNet por llegar tarde, se ha convertido en la chica más solicitada de todas las publicaciones del globo. Sean quiénes sean los responsables de este acto vandálico y excepcional, no cabe duda de que han convertido a Blanche Garrison en la modelo más famosa del mundo.
Apago la radio y enciendo el reproductor. El portátil conectado en el asiento derecho parece esperar instrucciones. Tecleo en un rastreador multimedia pirata. Rueben James.
Resultados:
1_ Clásicos del country-Kenny Rogers-Rueben James
2_ Kenny Rogers-Rueben James
3_ Shaq Fu-I slept with Rueben James
...
No necesito leer más. Selecciono la primera opción y quince segundos después de haberse bajado empieza a sonar la pista.
Y aquí acaba mi historia: yo en mi audi azul, el bello océano, las gaviotas, un gran trecho hasta mi destino y la canción Rueben James, de Kenny Rogers.
