
Desde hacía varias jornadas, quienes hasta hoy fueran sus compañeros se encontraban muertos; Peter, Zaquieres, Cynthia, Eloísa y Abdul. Sentado en su puesto de trabajo dentro de la sala de máquinas, Nelson veía en su desesperación pasar el tiempo rebobinando el pasado y desesperando por el tan incierto futuro. No podía dejar de recordar (una y otra vez le volvía a la mente) lo ocurrido en una época que parecía tan distante, cuando sus familiares y amigos le recomendaron que no accediera a integrarse en esta misión, que era algo demasiado peligroso y con un final muy inseguro. Pero algo en él, mucho más fuerte que cualquier consejo, le insistió con que no siempre se le da semejante oportunidad a un individuo llegado de un país latinoamericano tan pequeño e insignificante como el suyo. Y se integró a ella desoyendo las permanentes súplicas recibidas.
Miró por enésima vez esa gigantesca pantalla, esas innumerables terminales que representaban los estados de las diferentes funciones en la nave. Tecleó una vez más buscando una falla oculta y rezando porque ésta al fin apareciera. Era inútil, todos los aparatos funcionaban a la perfección, así que lo ocurrido fue real y no un producto de su enfermiza imaginación. Volvió a aproximar su boca al intercomunicador y le habló a aquellos fantasmas que del otro lado deberían estar escuchando. Inútil, ya nadie más volvería a responderle. Cuando todo estaba bien, ese aparato era el único contacto con sus compañeros de viaje durante las interminables horas dedicadas a sus aburridas tareas. Entonces, sólo se encontraba en persona con ellos a la hora establecida para realizar su ingesta mientras dialogaban digiriendo sus insípidos alimentos.
Aún seguía yendo al comedor puntualmente, alimentándose en su soledad, luego se recostaba en la litera para cumplir con sus cuatro horas diarias de sueño y volver a su lugar de trabajo. Eso lo estaba haciendo en forma automática sin tener idea sobre qué sentido podría tener. Así estaba transcurriendo su vida desde el terrible momento en que escuchó por última vez la voz desesperada del libio Abdul diciendo, «Atención, atención tripulación, tenemos inconvenientes. Se acaba de producir una bifurc...» seguida por el silencio más absoluto que alguien pudiera sentir. Ese fue para Nelson, el comienzo de una interminable pesadilla. Y nunca llegó a comprender qué había querido decir Abdul con lo de la «bifurc...», lo más probable fue que hablara en referencia a alguna bifurcación, pero ¿de qué?
«Seguramente se trata de un desperfecto en el sistema de intercomunicación. Es algo de lo más común» pensó Nelson y volvió a su teclado para restaurar la conexión perdida. Pero todo fue en vano, el chip del intercomunicador funcionaba correctamente. Silencio.
Tal vez ya había llegado esa hora en que es preciso abandonar la actitud pasiva y comenzar a actuar. Aquí su presencia no estaba sirviendo de nada, pero estando solo, nadie le impediría dirigirse a la sala de mandos. Desconocía para qué podría servir esto. Posiblemente fuera tan solo para llegar hasta los cinco cadáveres que allí habitaban y darles la sepultura que merecían. Pensándolo bien, era lo mínimo que alguien podría esperar de él en tales circunstancias.
Después de todo, no era más que el maquinista de la tripulación, un título poco atractivo pero esa fue la función que le asignaron en el inicio. El término maquinista era utilizado como homenaje a quienes trabajaban en los antiguos barcos que surcaran los mares en la lejana Tierra. Ahora su tarea era más sencilla pero no por ello menos importante. La única semejanza con los viejos maquinistas era la ubicación física en la nave, tan lejana del resto de la tripulación y la imposibilidad de verlos personalmente mientras estaba en actividad. Esa era la única función para la que fuera preparado al incorporarse a la misión. Durante los entrenamientos le había insistido al Almirante que, previendo cualquier eventualidad, él también debería aprender algo referido a la navegación. «¿Para qué?» le inquirió éste. «Ya hay bastante gente que lo sabe hacer. En cambio usted será el único que podrá controlar el buen funcionamiento de los equipos. Y depositamos nuestra confianza en que lo hará bien, de lo contrario usted no estaría aquí».
Qué equivocado estaba. Ahora Nelson suspiró e hizo una última revisación, concentrándose principalmente en el suministro del aire. Se preparaba para iniciar una expedición a un sector que le estaba vedado y debería cerciorarse que todo estuviera en orden.
Luego se dirigió a la escotilla que lo conduciría a su destino y la cruzó. Se encontró en el comienzo de un interminable puente en cuyo extremo opuesto (que no se alcanzaba a divisar) estaba el acceso al cuarto de mandos donde trabajaban sus desaparecidos camaradas. A los costados, dos impresionantes paredes que subían y bajaban hasta el infinito, ambas con apretados casilleros que representaban cada uno de ellos un chip. En su ubicación real no significaban nada para él. Y pensar que en la pantalla, parecían cobrar vida mientras Nelson las recorría con esmerada paciencia. ¡Cuántas veces los había revisado, encontrado alguna falla y procedido a su reparación! En el tiempo que llevaba viviendo dentro de esa jaula, esa actividad se había convertido en la más común de las rutinas, el único sentido de su vida.
Por un instante dejó de pensar en ello, levantó la vista y comenzó a caminar con extrema lentitud, temeroso ante lo que ese acto de audacia significaría, atrapado entre esas dos murallas que parecían ir a cerrarse sobre él en cualquier instante. De todos modos, la única ventaja que podría conseguir para sí mismo con esa peregrinación, era la de enfrentarse al ventanal de proa y observar pasivamente cuál sería el destino que estaba marcado para la misión. Y pensándolo bien, las posibilidades que se presentaban no eran muchas.
La más probable de ellas era que continuaran atravesando el vacío absoluto durante toda la eternidad. Entonces Nelson quedaría condenado a proseguir con su mísera existencia hasta la vejez. Luego llegaría la muerte arrastrando consigo la más terrible de las locuras.
Pero tal vez tuviera un poco más de suerte y resultaran atraídos por alguno de los tantos cuerpos celestes que circunvalan el firmamento. En este segundo caso, cabrían dos posibilidades. La primera de ellas sería que se tratase de un mundo con atmósfera, por consiguiente se prenderían fuego de inmediato al hacer contacto con ella y comenzar a penetrarla. Pero si su objetivo carecía de atmósfera (algo que parecía tener más sentido), entonces continuarían acelerando hasta estrellarse con la superficie dejando un gigantesco cráter en el sitio del impacto. A decir verdad, ninguna de las opciones se presentaba en absoluto halagüeña.
Tal vez esa atracción culminaría en una órbita alrededor del mundo. Eso le daría la remota esperanza de que, en un lejano futuro algún basurero del espacio llegara hasta él y lo rescatara. Pero no podía pensar en esa improbable alternativa.
Ya llevaba recorrido más de la mitad del trayecto y, mientras su mente volaba lejos de allí, había apretado el paso. Pero ahora que ya se alcanzaba a percibir a la distancia la escotilla que marcaba el final de su recorrido, los temores tornaban a él obligándole a reducir el ritmo. No sabía qué era lo que debería hacer una vez atravesado el umbral, y eso lo mantenía en un mayor estado de tensión. Era por demás evidente que él no había nacido para enfrentarse a una situación tan compleja y desesperante.
El rectángulo que indicaba el contorno de la escotilla fue creciendo poco a poco ante su vista. Nelson estiraba sus brazos hacia delante como tratando de tocarla antes de poder alcanzarla. Luego se arrepentía y los volvía a retirar hacia atrás. Esto fue una y otra vez hasta que su mano derecha golpeó el material plástico de la puerta, indicándole que había alcanzado su objetivo. Dejó caer todo el peso de su cuerpo sobre ella mientras tanteaba buscando el botón que la abriría. Ya no tendría sentido proseguir con sus temores al futuro, ahora lo mejor sería enfrentarlo de una buena vez y que fuera lo que tendría que ser.
Por consiguiente presionó el mecanismo y, mientras la escotilla se corría a un costado, su visión se vio afectada por una luz de una intensidad a la que ya no estaba acostumbrado. Cegado por completo y tapándose la cara con ambas manos, retiró su cuerpo hacia atrás dándole la espalda a esa incandescencia. Ofuscado, no tuvo ninguna dificultad para escuchar la conocida voz de Zaquieres, el operador de radio, diciendo;.
—Atento control. Acabamos de entrar en órbita y nos estamos preparando para la maniobra inicial del descenso. Casi toda la tripulación se encuentra en buen estado... pero tuvimos una baja.
