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¿POR QUÉ ESTAMOS EN GUERRA?
Adhemar Terkiel

Tiempo estimado de lectura: 10 min 20 seg

Comfreak, Pixabay License

—¿Por qué estamos en guerra? —preguntó Santiago a la maestra cierto día. Era un niño muy cuestionador caracterizado por sus inquietudes y sus preguntas siempre problemáticas y de difícil respuesta.

La maestra lo miró con una extraña mezcla de preocupación y piedad hacia el niño y, luego de una prolongada pausa que creó ansiedad en su alumno, respondió;

—Porque fuimos cobardemente agredidos por nuestros malévolos enemigos quienes solo piensan en destruirnos y quedarse con nuestras riquezas, cosa que no podemos permitir bajo ningún concepto. Dios lo sabe porque lo ve todo y nos apoya. El no permitirá que estas cosas queden así. Debemos luchar porque en esto está el futuro de la patria y el mundo donde van a vivir todos ustedes.

Santiago no continuó interrogando pero, en el ademán de su rostro se podía leer su falta de convencimiento hacia la respuesta recibida.

Ese día permaneció en silencio por el resto de la clase pero quedo una sensación en el aire de la duda no suficientemente evacuada.

Al día siguiente entraron al aula unos señores vestidos con impecables trajes negros con lentes oscuros y cabello engominado. Recorrieron lentamente los pupitres mirando de vez en cuando a la maestra esperando de su parte el gesto de asentimiento que llegó cuando uno de ellos paso al lado de Santiago. Acto seguido dos de los hombres tomaron a Santiago por los brazos y se retiraron llevándose al chico. En todo el proceso, el silencio fue total no mediando ninguna palabra.

La maestra continuó dando su clase normalmente y ninguno de los compañeros de Santiago preguntó por la suerte de éste.

Mensaje del ministro de defensa

Conciudadanos, hoy quisiera hablarles para dar un mensaje de paz a nuestra sufrida población, pero como de costumbre, vuelvo a traer malas noticias ya que nuevamente nuestros vecinos del este, cuyo nombre no deseo mencionar, han agredido nuestra soberanía invadiendo el territorio nacional y tomando bajo su jurisdicción, la fronteriza ciudad de Nativa. Esto se encuentra enmarcado dentro de una interminable serie de provocaciones sin sentido para nuestra nación que lo único que desea es mantener una convivencia pacífica con todos sus vecinos. Pero, una vez más, nuestros deseos de vida en armonía se ven truncados por una nueva agresión que nos obliga a llamar nuevamente a nuestro ejército formado por patriotas preparados y dispuestos a dar la vida por una causa justa. Ya los hemos derrotado en varias oportunidades y, tenemos el convencimiento que nos da dios de que, nuevamente la victoria será nuestra y que la bandera de la patria volverá a flamear en el cielo de Nativa como lo indica la historia y la justicia. Conciudadanos, no daremos ni un solo paso atrás en nuestra lucha, no cejaremos en ningún momento en el esfuerzo por liberar a los habitantes de Nativa, para que siempre hablen en nuestro idioma y aprendan nuestra historia llena de heroísmo y no las mentiras que recibirán de aquellos tiranos que niegan todo tipo de vida en armonía y justicia. Venceremos.

Los rojos y los azules

La limosina recorrió con gran lentitud la céntrica calle atestada de gente apurada, buscando en el tumulto algo en particular, y lo encontró en aquel rudo joven que se hallaba parado, aguardando pacientemente en la esquina. Se detuvo y la puerta trasera se abrió para permitir que el hombre accediera a su interior. Allí había tres elegantes personas que sonrieron ante el nuevo pasajero.

—¿Señor Márquez? —preguntó uno de ellos, el que tenía el aspecto más autoritario del grupo. Al responder el cuestionado con un gesto afirmativo en el rostro—; Mi nombre es Ciro Pascualli, soy el director del Departamento de Guerra y ellos son Diéguez y Ramírez, mis secretarios. Antes que nada, deseo darle la bienvenida a nuestra oficina. Sus antecedentes en el campo de batalla, especialmente en la heroica conquista de Pardo, son excelentes; creo que el Ministro realizó una muy buena elección al nombrarlo para el cargo y que usted podrá ejercerlo con absoluta solvencia.

Al escuchar hablar de la batalla de Pardo, Gonzalo Márquez no pudo dejar de sentir en su sangre, la ausencia de todos sus compañeros de pelotón que estuvieron allí con él y que habían caído dejando todo por su patria. ¿Acaso tenía él, el único sobreviviente de aquella escuadra, derecho a su éxito actual, a costa de la vida de quienes fueron sus compañeros y únicos amigos, y que ya no estaban?

—Usted demostró una gran capacidad estratégica que nos permitió, a pesar del gran número de bajas, encontrar una victoria cuando parecía que todo estaba perdido. Es por esos motivos y en honor a los caídos en batalla, que hoy goza usted del privilegio de encontrarse en este vehículo pronto para iniciar una nueva etapa en su vida, etapa que, no dudamos que estará colmada de todos esos éxitos que usted tanto se merece.

Por un instante, la mente de Gonzalo se apartó del monólogo de su interlocutor para dirigir su mirada hacia el alto y destacado edificio que se encontraba delante de él, que tantas veces había visto a la distancia pero al cual nunca se había siquiera acercado. La torre del Ministerio de Defensa, un verdadero búnker de paredes sin ventanas de hormigón macizo de un metro de espesor, pintadas de un color verde militar, detrás de las cuales, muy poca gente sabía qué ocurría. Pronto, él sería una de esas elegidas personas.

—Como comprenderá usted, es por el bien de todos nosotros que ese edificio mantenga su invulnerabilidad y, lo que es más importante, pronto usted conocerá secretos de estado que, por el bien de la nación, nadie más deberá enterarse —retomó la palabra el Director Pascualli.

—Descuide usted señor, en el ejército aprendí a callar lo que sé cada vez que fuera necesario. No olvide que fui entrenado para guardar silencio en caso de caer prisionero y de tener que soportar todas las torturas a que podía llegar a ser sometido.

Gonzalo volvió a estremecerse. Más de una persona ya había tenido la oportunidad de contarle la forma en que habían sido maltratados en las cárceles enemigas. ¡Esos salvajes asesinos! Verdaderamente, antes vivíamos en un país que era todo un paraíso, esa gente se merecía lo peor.

La limosina llegó al acceso del Ministerio. Allí, Gonzalo pudo comprobar cuantas medidas se habían tomado como precaución ante la posibilidad de un atentado terrorista. Qué importante que era, al entender de Gonzalo, que todos los habitantes de su país se encontraran tan unidos, dueños de una misma convicción. Esa unidad sería la clave para llegar a la victoria final.

El auto fue ampliamente reconocido por máquinas robots que le revisaron cada detalle hasta comprobar que estaba todo en orden y, luego de verificar que se trataba del vehículo autorizado, le franquearon el acceso. Cruzaron un largo túnel donde ninguna bomba podría llegar a ser efectiva, más que ennegrecer las paredes, hasta acceder a un espacio cerrado donde los cuatro hombres se apearon. Tan solo el chofer permaneció en su ubicación dentro del rodado.

—La personalidad de quienes entran en el edificio, debe ser identificada de innumerable cantidad de maneras, tono de voz, huellas dactilares, dentadura, etc. —dijo Pascualli mientras todos los hombres pasaban por los medios de reconocimiento—. Ya todos sus datos fueron introducidos y procesados en las computadoras y usted puede penetrar al Ministerio sin problemas tantas veces como lo considere necesario.

Traspasados todos los sistemas de seguridad, encontraron dos puertas que versaban; DAMAS y CABALLEROS entrando todos por la correspondiente a su sexo.

—Aquí debemos deshacernos de toda la vestimenta, incluidos relojes y anillos —explicó Pascualli—. De aquí pasaremos a los rayos X y en el vestuario, nos vestiremos con el overol del uniforme.

—¿Por qué tantas precauciones, después de haber sido precisamente identificados y no cabiendo ninguna duda acerca de nuestras personalidades? —preguntó intrigado Gonzalo.

—Desgraciadamente, muchos de los funcionarios del Ministerio, luego de conocer lo que se hace aquí, discrepan, se vuelven traidores e intentan introducir toda clase de artefactos subversivos. De ellos también tenemos que cuidarnos ya que son los más peligrosos enemigos. Espero que usted no se convierta en uno de ellos —fue la dura y amenazante respuesta que recibió por parte de Pascualli.

¿Cómo era posible que hubiera gente que en esa situación de guerra que se estaba viviendo, quisiera traicionar su patria así como así, especialmente al conocer los sistemas de defensa aplicados? Evidentemente, se trataba de teóricos, quienes nunca pusieron los pies en un campo de batalla. Si ellos supieran a ciencia cierta como él, lo que acontecía en esos lugares, seguramente cambiarían de opinión.

Ya con el overol blanco puesto, Gonzalo se estremeció al ver lo que era ese lugar. Gigantescas pantallas donde se veían los campos de batalla, con soldados azules, rojos y verdes que se movían entre las explosiones de bombas y granadas. Frente a cada pantalla, funcionarios del Ministerio controlaban lo que ocurría desde modernas y complejas computadoras que Gonzalo nunca antes había visto.

—Desde este lugar se controlan las estrategias de guerra. Cada funcionario tiene a su cargo el control de un pelotón —dijo Pascualli dirigiendo sus pasos apresurados hacia una pequeña oficina equipada tan solo con un escritorio y una silla. Sobre el escritorio, Gonzalo pudo apreciar una carpeta con documentos esperando por la persona que se encargaría de su lectura.

—Por favor señor Márquez, tome asiento y lea con absoluta tranquilidad. Se trata de una fotocopia autenticada del principal secreto de estado de nuestra nación que desde este preciso instante usted se encuentra autorizado a conocer. Tómese su tiempo, nosotros tres permaneceremos aquí afuera; no dude en llamarme ante cualquier duda que le surja.

Mientras se sentaba a leer el texto nada corto, Gonzalo vio que sus acompañantes se quedaban de pie fuera del despacho conversando acerca de asuntos externos a él.

El documento comenzaba nombrando a los autores, gente de la que él nunca había sentido nombrar a pesar de ser una persona debidamente informada. Luego seguía con una confusa y extensa justificación teórica donde se explicaba de manera harto detallada... pero, ¿qué era eso? Gonzalo leyó y releyó varias veces el texto negándose en su fuero más íntimo a comprender su significado. Continuó, a ver si más adelante se le aclaraba esa confusión un poco más, pero a medida que avanzaba se afirmaba aún más lo que en un principio le había parecido comprender. Algo ahí debía estar mal. Le hizo una seña desesperada a Pascualli para que se acercara a él.

—Veo por su gesto que ya llegó al meollo del asunto —le dijo éste—. Si, no se equivoca, usted leyó bien.

—Pero entonces..., no, no puede ser. ¿Por qué? —insistió Gonzalo intentando recuperar su perdida postura.

—Si lee todo el texto íntegro, comprenderá cuáles fueron los motivos que nos llevaron a esta situación. El gobierno tuvo que crear esta historia como forma de controlar el comportamiento de los habitantes del país, sin revueltas ni quejas de ningún tipo acerca de las condiciones en que viven todos. De otra forma, deberíamos enfrentar las huelgas y manifestaciones que se vivieron en otras épocas y que tantos perjuicios nos han deparado. Hemos vivido épocas de verdaderos retrocesos que ahora, afortunadamente se han acabado para siempre, pero para eso debemos mantener esta guerra en proceso.

¡No es posible! No es posible que todo fuera tan solo una patraña, que lo de Pardo fuera una gran mentira y que sus antiguos amigos estuvieran aún vivos. ¿Para qué había sido tanto sacrificio?

—Sé lo que usted está pensando señor Márquez —interrumpió sus pensamientos Pascualli—, pero las personas reciben un seguimiento desde su infancia y, antes de ir al ejército, ya se sabe quienes sobrevivirán y quienes morirán. Los soldados azules son sobrevivientes que deben volver a casa, los rojos deben morir; siendo de ese color tan visible, hay menos posibilidades de equivocaciones. Su trabajo consistirá en que así sea. Los errores que se cometen aquí, se pagan muy caro por lo que le recomiendo que piense bien antes de actuar y no haga ningún disparate. Los soldados verdes son figuras holográficas que representan a los enemigos y de los cuales usted no tendrá que encargarse ya que se mueven autónomamente según las circunstancias de la batalla.

—¿Cómo es posible? —Gonzalo no salía de su asombro frente a las revelaciones que acababa de recibir—. ¿Quién determina cuáles soldados han de morir y cuáles han de continuar viviendo?

—No es un asunto nuestro sino del Ministerio del Interior que nos trae las calificaciones de cada individuo y la necesidad de que viva o muera. Piense que, de esta manera encuentran la muerte como héroes, de otra forma acabarían anónimamente en el olvido.

—¿Y qué fue lo que determinó que todos mis compañeros murieran?

—No lo sé ni es algo de nuestra incumbencia. Eran gente que no le servía a la causa mayor que es el orden público y basta. No necesitamos enterarnos de nada más. Cada uno de nosotros debe encargarse de lo que le corresponde y no hacer más preguntas de las necesarias —ahora Pascualli sonaba como molesto y enojado por la curiosidad de Gonzalo.

Por la cabeza del ex soldado, pasaron volando todos aquellos meses junto a Benítez, Garrido, Guevara, Rochetti, Winston, Rappeti..., en aquel campo de entrenamientos en un lugar ubicado en el medio rural que por razones de seguridad, ni siquiera ellos sabían donde se encontraba, pusieron todo su entusiasmo juvenil, con toda su adolescencia aún no acabada, tan solo para lograr su mejor forma física y mental para cuando llegara el crucial momento de la batalla, Y todo eso era en vano. Todo ya estaba definido mucho antes del combate. Aquellos eran perdedores antes de salir al campo de juego y alguien desde detrás de un escritorio, decidió que él seguiría de pie. ¿Y cuál sería el motivo de la elección? Tal vez consideraran las capacidades intelectuales de las personas. No, eso no parecía ser posible. La obediencia prestada a lo largo de su vida, sin cuestionamientos y aceptando todos los lavados de cerebros a que fueran sometidos, parecía ser algo más lógico. Y también estaba el amiguismo, eso debía ser el motivo principal.

En aquellos entrenamientos, Gonzalo aprendió a querer a cada uno de sus compañeros que se convirtieron prontamente en sus amigos sin los cuales le estaba siendo difícil seguir. El patriotismo y las ganas de matar enemigos fue el principal motivo de tanta amistad.

Y después vino la batalla. La misión era recuperar una base militar en una ubicación estratégica denominada Pardo. Gonzalo vio caer uno a uno a sus amigos. Guevara fue el primero, luego le tocó el turno a Pereyra, más tarde fue Winston. Cada uno de ellos, significaba un pedazo de su yo que moría poco a poco. No supo lo que ocurrió con Benítez y Garrido aunque más tarde le informaron de sus fallecimientos. Los soldados enemigos corrían y disparaban como terribles insectos y Gonzalo descargaba todo su odio hacia ellos sin sospechar que eran tan solo hologramas.

Solo él, Rochetti y Rodríguez llegaron a la cima y se apresuraron a colocar las bombas que destruirían la base enemiga y les darían la victoria final. Aquello debería ser algo muy rápido porque los explosivos no tardarían en explotar. Rochetti quedó rezagado y murió cuando corrían escapando de la terrible explosión resultante, alcanzado por un objeto que le partió el cráneo.

Cuando todo parecía indicar que habría dos sobrevivientes, surgió de la nada un último soldado enemigo que les disparó alcanzando a Rodríguez que murió en el acto. Gonzalo descargó todo el contenido de su metralleta sobre ese holograma, disfrutando al hacerlo, riéndose de buena gana ante la muerte de aquel hombre, o lo que él creía que era un hombre, un simple soldado virtual como lo era esa maldita guerra.

Luego de eso, permaneció solo y abatido en ese campo plagado de cadáveres ensangrentados, iluminado únicamente por la enorme Luna llena, durante varias horas, sintiendo toda esa gran ausencia, creyendo morir allí mismo, hasta que vio llegar a los helicópteros con el escudo nacional tan conocido por él, a rescatarlo.

Y ahora se encontraba en ese terrible lugar, enterándose que la realidad puede ser mucho más cruel de lo que se podía uno imaginar, lamentando lo que en un principio parecía ser una gran oportunidad en su hasta hoy ascendente carrera en lo militar, aquello que parecía que sería toda su vida.

Pascualli se detuvo frente a una máquina vacía.

—Este va a ser desde hoy su puesto de trabajo. Y tenemos tanta confianza en usted que le encargamos nada menos que la reconquista de Nativa, todo un desafío. Por supuesto, debe saber que no tendrá la oportunidad de hacerse el vivo; todos los soldados que usted vea en color rojo, deben caer irremediablemente. Y si cae también un soldado azul, entonces usted recibirá el castigo correspondiente. ¿Entendido?

—¿Y todo eso que siempre nos hablan sobre dios que está con nosotros, dónde entra? —preguntó un confundido Gonzalo.

¿Acaso usted puede llegar a pensar que si dios existiera, llegaría a aceptar tanta barbarie y alentar a un pueblo guerrero como el nuestro? —respondió con sarcasmo Pascualli—. Debemos partir de la base que, en caso de existir una guerra, los noticieros de nuestros vecinos del este dirían cosas que no tendrían nada que ver con los nuestros. Por otro lado, ni usted ni nadie ha notado que hacia el este, no puede haber ningún país ya que tan solo tenemos océano. Ningún dios tiene nada que ver con nuestros asuntos pero como excusa para convencer a la gente, nos es algo muy útil. Ahora tengo muchas cosas que hacer y no puedo dedicarle más de mi tiempo. Le dejo con mis secretarios quienes le darán las instrucciones de cómo debe usted realizar su tarea. Más tarde podrá usted culminar con la lectura del documento que seguramente le aclarará un montón de puntos oscuros. Nuevamente le deseo grandes éxitos, que tenga usted muy buenas tardes.

De esa forma, Gonzalo se despidió de Pascualli y se quedó con Diéguez y Ramírez a fin de comprender cómo era el manejo de esos sofisticados equipos. El primero de ellos comenzó;

—Como va usted a apreciar, esto es mucho más sencillo de lo que parece a simple vista. Su uso es muy asimilable a los video games. Supongo que ya habrá jugado con algunos de ellos.

Ambos hombres se tomaron todo el tiempo que fuera necesario para que el nuevo funcionario comprendiera hasta el más mínimo detalle de sus tareas. Cuando hubieron finalizado, se despidieron y lo dejaron que comenzara a estudiar sus estrategias. Gonzalo se preguntó qué debía hacer. Se veían varios vehículos llenos de soldados, avanzando hacia la zona de exclusión de Nativa. Gonzalo notó con sorpresa que en uno de los transportes viajaban solamente soldados rojos. Debería dejar caer una bomba sobre el mismo, antes que llegaran al lugar donde tendrían que apearse y continuar a pie. Eso podría dar un nuevo motivo para odiar aún más a los traidores vecinos del Este. En el resto de los camiones, eran muy pocos los soldados que debían caer en el campo de batalla por lo que podrían esperar un poco más, hasta estar frente a las líneas enemigas en combate cuerpo a cuerpo.

Todo esto, partiendo de la base de que aceptaría continuar con la farsa y no cumpliera con su deber de advertir a la gente sobre cuál era la realidad que estaban viviendo.

Discurso del presidente de la República

Compatriotas, es con profundo placer e inmensa alegría que hoy me encuentro frente a las cámaras de todos los canales de televisión con el único fin de informar a la población acerca de las buenas noticias que se presentan en el día de hoy en el panorama nacional. Normalmente, estas novedades son comunicadas por el Ministro de Defensa, pero en esta oportunidad, le pedí para ser yo en persona quien registrara al público, los sucesos de los últimos días, cosa que, dado las actuales circunstancias, él aceptó con mucho gusto. Nuevamente, la bandera de la patria flamea sobre el cielo de Nativa, recientemente liberada por nuestro ejército de la ocupación de nuestros vecinos del este, quienes vuelven a comprender lo inútiles que son todas las provocaciones que continuamente realizan hacia nuestro pacífico y hermoso país. Grandes algarabías y festejos se pudieron apreciar en las calles de Nativa, donde los habitantes salieron a cantar y bailar en forma improvisada, juntándose con los soldados que recorrían los barrios a medida que éstos eran recuperados. Lamentablemente, tuvimos que soportar las bajas de veinticuatro patriotas que dieron su vida por esta causa justa, la mayoría de ellos en un atentado cobarde fuera del área de exclusión que los invasores habían fijado, al ser alcanzado su vehículo por un misil arrojado a la distancia. Todos ellos van a ser enterrados con todos los honores que corresponden a los héroes según los designios de nuestro dios todopoderoso que nunca nos ha abandonado y que los está esperando en su ceno para cobijarlos como ellos se merecen. También recibirán una justa y cristiana sepultura, los más de doscientos enemigos que dejaron su vida en combate, porque en nuestro país somos respetuosos de la vida humana, incluso cuando se trata de agresores como fue en este caso. Solo me resta agradecer y felicitar al señor Ministro de Defensa, los Generales y Comandantes, magníficos estrategas y por supuesto, a todos esos hombres que estuvieron en el campo de batalla arriesgando e, incluso sacrificando sus vidas en el nombre de dios y del bienestar de la población. A todos ellos, muchas gracias. Buenas tardes a todos.

* * *

Transcurrió toda una semana sin que se volviera a saber nada sobre el niño hasta que un día entró silenciosamente en el aula, se sentó en su pupitre y permaneció todo el tiempo de la clase sacando apuntes juiciosamente. Nadie quiso enterarse ni preguntó sobre dónde había estado ni qué había hecho durante toda su ausencia. Tampoco observaron su actitud cambiada excepto la maestra quien en determinado momento le lanzó la pregunta;

—A ver Santiago, dime si ya decidiste que vas a ser cuando seas grande.

—Si señorita, voy a ser soldado —respondió mecánicamente como repitiendo la frase de memoria—, voy a ir a la guerra a servir a mi patria, a dar mi vida por ella. Voy a matar muchos enemigos para que las futuras generaciones puedan compartir un mundo mejor al nuestro.

FIN

© Adhemar Terkiel, (3.722 palabras) Créditos
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