
(Basado en hechos cuasi-reales)
Gerardo se despertó como todos los días, odiando su vida y jodido por no poder sumergirse de nuevo en la oscuridad inconsciente del sueño.
Aunque esa mañana sentía algo peculiar.
En el teléfono móvil se acumulaban los mensajes sin leer. Casi todos eran de las entidades a las que debía dinero y hacia semanas que no se molestaba en mirarlos. Nadie, aparte de esas empresas productoras de tarjetas de crédito y Hacienda tenía el más mínimo interés por él y su vida.
Se levantó. Sus ojos se fijaron en la enorme pelusa que vivía justo en medio de su dormitorio. Llevaba allí días, pero una vez más no hizo el esfuerzo de cogerla y tirarla a la papelera. De todos modos estaba rebosante de porquería y seguramente se abría deslizado otra vez hasta el suelo. Sin embargo le resultó peculiar que esa mañana estuviera bailoteando. Parecía como si algo la alterase.
Se encaminó al servicio a iniciar la rutina de desahogo diaria. Mientras caminaba, con los pies descalzos, observó a las hermanas pequeñas de la gran pelusa del dormitorio, que se agitaban también del mismo extraño modo.
—Que raras estáis hoy —les recriminó.
Se miró en el espejo del baño. Estaba despeinado, ojeroso y con barba de dos semanas. Escupió varias flemas horrendas y se enjuagó la boca. Llevaba sin pasta dental cosa de cinco días y tampoco tenia dinero para comprar pero, como era hombre de costumbres, se pasó a pelo el cepillo por los dientes. Escupió saliva y sangre.
En la nevera no había nada, literalmente, así que ni se molestó en abrirla. La tenía desenchufada. Miró en el armario, quedaban unos restos de pan de molde algo mohosos y una lata de paté. Lo pensó y decidió no desayunar, ya lo haría más tarde.
Sin trabajo desde hacía más de ocho meses, abandonado por su mujer hacía cinco y con aviso de embargo ni se acordaba desde cuando.
Gerardo veía pasar cada día de su absurda vida como si de una película de final predecible se tratase. Lo peor es que no tenía la más mínima disposición a mejorar su situación y es que, sencillamente, no le salía de los huevos.
Desde que el negocio fracasó la relación de Gerardo y Elvira había sido un deslizamiento cuesta abajo. La quería, a pesar de que los últimos años habían sido de una rutina insufrible, y creía que ella lo amaba a él, por eso se sorprendió cuando le dejó por otro tipo con trabajo y chalet en las afueras. No pudo culparla, después de todo aguantó muchos meses teniendo que comprar marcas blancas en el supermercado, lo que podía considerarse todo un esfuerzo por parte de ella.
En fin...
Gerardo guardaba una soga de diez metros en el armario de la ropa de su cuarto. Dos semanas antes había aprendido a hacer nudos corredizos mirando videos de YouTube. Tenía un plan. Una de las mañanas no seria como aquella, si no especialmente asquerosa y jodida, entonces iría al bosque y se colgaría de uno de los soportes de la torre de vigilancia abandonada del guarda... y a tomar por culo.
Si al menos le quedase algo de whisky podría pasar otro día en estado semi catatónico. Bueno, todavía tenía electricidad. Hasta el cuarto corte no se molestaban en arrancar los cables del contador y podía volver a conectarla cada vez que los de la eléctrica vinieran a interrumpirla por falta de pago, así que puso la tele.
Pero seguía sufriendo la extraña sensación de que aquella mañana no era igual que las demás y no era por el esperado sentimiento de exceso de asquerosidad y jodienda que le liberaría llegado el momento.
No, era otra cosa.
Había algo entre el sofá y la televisión. No podía verlo, pero de una manera inexplicable lo percibía. Siendo incapaz de compararlo con nada que hubiera sentido antes lo único que pudo decirse a si mismo fue que le vibraban las moléculas.
Las persianas estaban echadas, llevaban así más de dos meses y la luz temblorosa del televisor no le aclaraba la cosa. Se lió un cigarrillo con los restos de tabaco seco que aun quedaba en un paquete que encontró entre los despojos de comida, bolsas vacías y vasos sucios que se acumulaban en la mesita baja. Mientras quedase tabaco la cosa no iría mal, pero, ¿por qué le vibraban las moléculas?
La sensación no era desagradable, pero si inquietante, y como acontecimiento inquietante le proporcionaba algo de curiosidad inhabitual.
Lo que quiera que fuese estaba ahí, sobre la mesa baja, aunque no pudiera verlo. Alargó el brazo hacia la cosa vibrante y vio como su mano desaparecía de la muñeca. La apartó rápidamente y comprobó que seguía teniéndola. Había sentido algo curioso cuando tocó aquello, algo que solo pudo identificar como, calor solar. Se cagó en los muertos de la humanidad entera en voz alta y como respuesta al exabrupto se le llenó la mente de recuerdos.
Recordó que ellos eran los ¿...? (por más que lo intentó no pudo entender el termino que utilizaban para definirse) y habitaban al mismo tiempo en todos los universos posibles y en todas las líneas temporales de cada uno de ellos, aunque no percibían diferencia alguna entre pasado, presente y futuro. Los ¿...? eran curiosos y les importaba un carajo. Siempre supieron el resultado del experimento que estaban llevando a cabo con Gerardo, pero tenían la obligación moral de realizarlo, más que nada para evitar paradojas temporales destructivas. Y eso era bueno, teniendo en cuenta que en realidad les traía al pairo que el universo de Gerardo se fuera al infierno.
A Gerardo todos estos recuerdos explicativos no le resultaban extraños. Era como si los hubiera poseído siempre, aunque también era consciente de que no hacia ni cinco segundos que estaban en su cabeza. Se repantingó en el sofá y le dio una profunda calada a su pitillo.
—Evidente —dijo en voz alta—. ¡Menuda novedad!
Entonces recordó en que consistía el experimento. Se trataba de realizar un intercambio entre Gerardos de dos universos paralelos parecidos. En uno Gerardo era un tiparraco fracasado, desganado de todo y a punto de suicidarse de la manera más idiota. En el otro Gerardo era un hombre que había sabido sacar adelante el negocio y tenia una vida bastante agradable, pero por algún motivo también iba a suicidarse.
Gerardo rememoraba estas cosas como si hubieran formado parte de su vida y creyó recordar también que la idea siempre le había parecido una gilipollez supina, pero no tenia otra cosa interesante que hacer esa mañana, así que se prestó de lleno al juego.
—Vale, entonces solo tengo que meterme en esa cosa de encima de la mesita y empezar a vivir la vida padre, pues bueno.
Recordó entonces que cada segundo que la ventana inter-dimensional permanecía abierta suponía un gasto de energía equivalente al colapso de cinco o seis universos deshabitados, tenia que darse prisa.
Prisa era lo ultimo que estaba dispuesto a tener y recordaba también que a los ¿...? les importaba una puta mierda que se destruyeran universos enteros para mantener abierta la puerta. Por eso decidió que antes de meterse en aquella cosa vibrante iba a realizar él su propio experimento.
—Voy a meter la cabeza —gritó al aire—. Quiero comprobar que no me arrojáis a un mundo sin atmósfera, o algo peor.
Le dio una ultima calada a su cigarro liado y aplastó la colilla en la mesa (el cenicero estaba tan lleno que no podía apagarlo ahí) se incorporó e introdujo la cabeza en la cosa vibrante.
Las persianas estaban completamente subidas y la luz del Sol le deslumbró, pero percibió que el salón tenía muebles mejores que los suyos y hasta estaban limpios. Mientras sus ojos se acostumbraban a la claridad pudo apreciar que en suelo no bailoteaban las pelusas de sus desvelos.
—Suelo sin pelusas —dijo después de sacar la cabeza y volver a su mundo de oscuridad y mierda—. Sólo por eso merece la pena intentarlo.
Recordó que los ¿...? sabían que iba a aceptar desde hacia una cantidad monstruosa de tiempo y que cualquier cosa que hiciera o dijera ya constaba en sus informes, por eso les mandó a la mierda y empezó a liarse otro cigarro.
—Tengo preguntas.
Recordó entonces las respuestas.
Supo que cuando llegase a la otra realidad tendría que hacerlo desnudo, pues la frecuencia a la que estaba sintonizada la cosa vibrante era la de las moléculas de su propio cuerpo y no la de la ropa que llevaba puesta. Supo que no se encontraría con su doble enseguida y que tendría que esperar unos minutos hasta que el otro Gerardo llegase del trabajo. Supo que no tendría que convencerle de nada, porque los ¿...? se habían encargado de hacerle recordar todas las explicaciones. Supo que el otro Gerardo disfrutaba con la idea de empezar de cero en una realidad donde las cosas le fueran mal, ya que realmente lo que le gustaba de la vida era el reto de mejorarla.
—Menudo imbécil debo ser en esa realidad —sentenció Gerardo y se encendió el cigarrillo.
Recordó que los ¿...? pensaban los mismo, pero la obligación moral de llevar a cabo el experimento y justificar los resultados de los informes era lo importante para ellos.
Aunque por supuesto, también era cierto que a los ¿...? les daba igual.
—Pues me voy a terminar esto —afirmó Gerardo y le dio otra calada intensa al pitillo.
Recordó que los ¿...? ya sabían que iba a hacerlo.
Tardó cinco minutos enteros en fumarse el cigarrillo, mientras disfrutaba con la monumental idea de universos destruyéndose por su falta de prisa.
—¿Nunca os habéis equivocado y destruido un universo habitado por error?
Recordó que si, había sucedido en muchas ocasiones.
—¿Por qué tengo que ir yo primero?
Recordó que en su universo la puerta inter-dimensional estaba en medio del salón, justo donde tenía la mesita y que debía apartarla para poder pasar evitando que el otro Gerardo se materializase con las moléculas de sus piernas entrelazadas con las de la madera de la mesita. (Así como las de la basura que había sobre ella)
—Entiendo, ¿y las moléculas de aire no son problema?
Recordó que no.
—Bueno, vosotros sabréis. Voy a pasar.
Apartó de una patada la mesita, dejando libre acceso a la cosa vibrante y comenzó a entrar despacio, pero entonces algo le impidió penetrar del todo. Era curioso, su cabeza y brazos entraban pero su cuerpo se resistía.
Recordó que tenía que quitarse la ropa, ¡imbécil!
Desnudo y cagándose en los padres de los ¿...? Gerardo atravesó el umbral de la puerta inter-dimensional.
Olía muy bien en su nueva casa. Era la fragancia preferida de Elvira.
—¡Joder, una pantalla plana! —gritó—. ¡De puta madre!
—¿Qué dices? —preguntó Elvira desde algún punto de la casa—. ¿Cuándo has llegado?
Así de primeras Gerardo no supo que responder.
—¿Cómo qué has salido antes de la tienda? —volvió a preguntar Elvira extrañada.
Gerardo saltó por encima del sofá y se metió precipitadamente en el baño. No quería que Elvira le viera desnudo, con barba de dos semanas y en definitiva con ese aspecto tan repulsivo. Sencillamente no lo entendería.
—Qué como has salido tan pronto cari —ahora su ex mujer estaba al otro lado de la puerta del baño.
—Es que... ¡ostias! que me ha caído encima polvo mata ratas y he venido a ducharme.
—Vale, vale, tranquilo hombretón ¿quieres que te ayude?
—No, no, ya me lo quito yo.
—Bueno, como quieras. Me voy a casa de Herminia que me va a enseñar los muebles nuevos. Vengo en un rato.
—Vale, tómate tu tiempo —no debió decir eso—. O mejor... no tardes mi vida.
—Qué voz tan rara tienes hoy, no pareces tú.
—Es que me ha caído mata ratas en la garganta también... pero no es nada, ya me lo quito yo.
—Quien te entienda que te compre —le espetó ella—. Besitos cari, ahora vuelvo.
La oyó caminar por el pasillo hasta la puerta de la casa, abrirla y cerrarla después de salir.
Gerardo se miró en el espejo. Su aspecto era verdaderamente repugnante en contraste con el bonito (y sobre todo limpio) cuarto de baño. Eso tenía que arreglarse.
Primero se afeito con la maravillosa maquinilla que el otro Gerardo tenia en el precioso mueble acristalado, justo al lado del lavabo amarmolado. Después se dio un baño en la enorme bañera de hidromasaje, con gel del bueno y sales olorosas. Se duchó, porque sintió asco del agua negruzca que había dejado. Se lavó el pelo a conciencia con champú. Se cepilló los dientes cinco veces, una por cada día que no lo había hecho en su realidad. Se puso desodorante en crema en las axilas y se echó una buena cantidad de colonia de marca. Por ultimo se peinó lo mejor que recordaba que sabia hacerlo y se prometió bajar a la peluquería en cuanto el otro Gerardo pasase por la puerta dimensional.
La puerta de la calle se abrió y alguien entró en la casa. Sonido de pasos graves de hombre, no de tacones. Gerardo salió del baño con una toalla a la cintura y se encontró de frente consigo mismo.
Tras unos chocantes e incómodos segundos el Gerardo triunfador habló.
—Te estoy viendo y todavía no me creo que todo sea cierto. Creí que me había vuelto esquizofrénico o algo.
—Pues ya ves macho. ¿Qué cosas pasan, eh?
—¿Y Elvira?
—Se ha ido a ver los muebles de Herminia.
—Ah si, me lo dijo ayer. Bueno ¿Qué tengo que hacer?
Gerardo pidió a Gerardo que le siguiera y le llevó hasta el salón, donde la cosa vibrante seguía colapsando universos.
—Tienes que meterte por ahí —le dijo.
—Que curioso. Es como... si te vibrasen las moléculas...
—¿Si verdad? A mi me pasa lo mismo —Gerardo dudó un momento y después añadió—. ¿Quieres asomar la cabeza? Puede hacerse, en serio.
—¿De verdad? —avanzó un poco hacia la cosa—. Que curioso.
Introdujo la cabeza en la puerta inter dimensional hasta donde le dejó el cuello de la camisa. Dos segundos después la sacó precipitadamente.
—¡La madre que te parió! ¿Cómo puedes vivir así?
Gerardo se encogió de hombros a modo de disculpa.
—Te acabas acostumbrando.
—¿Y que eran esas cosas que pululaban por el suelo?
—Pelusas... creo que se mueven por culpa de la cosa vibrante.
—¿De verdad? En fin... voy a desnudarme —empezó a desabrocharse los zapatos—. Una pregunta Gerardo ¿Cómo es que Elvira te permite eso? Quiero decir... ¿tener así la casa?
—Bueno, en mi mundo no hay Elvira.
—¿Quieres decir que no existe Elvira en tu realidad?
—No, no... digo si, es que me abandonó hace cinco meses... se fue con otro.
—Entiendo. No es un problema mayor. Creo que empezaré por limpiar la casa, me llevará varios días. Después buscaré trabajo... ¿Cómo andas de deudas?
Gerardo hizo cuentas unos segundos.
—Pues en total... unos cuarenta mil.
—Mejor dos trabajos y estudiar la posibilidad de pedir un préstamo para levantar un negoci. —dudó un segundo—. Dime ¿hay crisis en tu mundo?
—Sí, sí que la hay. ¿Aquí también?
—Pues sí, lo siento. La cosa esta difícil.
Terminó de quitarse los calzoncillos y los tiró sobre el sofá.
—Pues voy para allá —dijo, dispuesto a dar el paso que le llevaría al asqueroso hogar del Gerardo fracasado.
—Espera un momento —le agarró del hombro.
—¿Qué quieres ahora?
—¿De verdad ibas a suicidarte?
—Lo tenía pensado, pero no era seguro —giró los ojos un momento como si recordase algo—. Aunque esos que tú ya sabes me han asegurado que al final iba a hacerlo y ellos lo saben todo, creo.
—Claro —todavía le sujetaba—. Otra cosa.
—Dime.
—Cuando las cosas empiecen a irte bien... ¿Piensas recuperar a Elvira?
El Gerardo triunfador se sorprendió un momento, para después dibujar una medio sonrisilla torcida en su rostro.
—¡Ni de coña! —entonces cogió la mano que Gerardo tenia sobre su hombro—. Lo que pienso hacer cuando las cosas me vayan bien es follar, tío. Fornicaré con la mayor cantidad de desconocidas que me sea posible.
Apartó la mano de su hombro con suavidad y saltó a través de la puerta dimensional.
—Espera... ¿Dónde guardas el tabaco? —gritó Gerardo, pero la cosa vibrante ya no estaba.
Recordó que el experimento estaba en marcha y que ya no era necesaria la comunicación.
Estaba solo en la casa.
Gerardo pensó que cuando Elvira volviese creería estar con su marido de siempre, pero lo que tendría sería un esposo resentido. Decidió que eso no podía ser. Se le presentaba la ocasión de retomar su propia vida soñada. No había echo nada para ganársela ciertamente, pero eso no significaba que fuera a perderla otra vez por desidia.
—Esta vez lo haré bien —le aclaró alegremente a la lámpara del techo.
Descubrió el mueble bar y le apeteció whisky. Mientras se lo servia pensó en lo que tenia que hacer, llegando a la conclusión de que aquella tarde la iba a disfrutar a lo grande con su mujer.
Se imaginó a si mismo, desnudo, abrazando a una sorprendida Elvira recién llegada de la casa de su amiga. La erección que obtuvo con estos pensamientos le sorprendió gratamente. Hacia meses que no le ocurría. Se quitó la toalla y saludó a su miembro viril de forma jocosa.
—¡Hola pene! —rió un buen rato y le dio un trago al magnifico whisky de su mueble bar.
Cuando Elvira llegó se encontró con su marido sentado en el sofá, desnudo, borracho y mirando la tele. Eso no pareció gustarle ni un poquito, pero entonces él se levantó y agarrándola por la cintura le susurró al oído.
—Te quiero Elvira.
Gerardo abrazó feliz a su esposa y descubrió que olía aún mejor que la casa.
No habían pasado ni tres meses de aquello y ya estaba hasta los cojones...