
Sintió que se cruzaba consigo mismo, una y otra vez y, en cada ocasión, creyó que su mente se mezclaba con versiones idénticas de su persona.
El impulso perdió energía y el viajero temporal se detuvo. Estaba en mitad de un páramo, sin vida, excepto por un detalle. Ante él, una joven de unos quince años le observaba, con esos ojos que se hacen grandes por estar colocados en un rostro famélico de pura hambre.
—Dámela —dijo la joven, con la mano extendida.
El viajero supo al instante que algo había salido mal. No era esto lo que tendría que haber encontrado.
—Dámela —repitió la chica.
Aún le quedaban unos minutos antes de que el efecto elástico tirara de su traje hacía el futuro para devolverle a su presente, así que decidió hablar con la muchacha.
—¿Qué te dé el qué?
—¡Joder, Néstor! ¡La chocolatina! ¿Qué va a ser si no?
Fue entonces cuando Néstor supo que algo había salido, no solo mal, si no nefasta, garrafalmente mal.
* * *
Viajar en el tiempo era imposible, todo el mundo lo sabía. Por eso no quiso dar crédito a lo que la anciana le estaba contando.
—Tienes que ser tú, Néstor.
—¿Yo...?
—Tú, y nadie más que tú, puede traerme del pasado.
—Pero... ¿Por qué yo?
—No hay un porqué. Tienes que ser tú, simplemente porque fuiste tú el que me trajo. Intentar cambiar eso podría alterar la realidad presente.
Néstor se llevó las manos a las sienes, como si con ese gesto pudiera concentrar la información para hacerla más comprensible. Alzó los ojos hacía la anciana.
—Entonces, resumiendo: resulta que este maravilloso presente en el que vivimos ha sido posible gracias a usted, señora, y resulta también que para que usted pueda haberlo hecho posible tiene que haber viajado por el tiempo, desde hace trescientos años hasta ahora...
—Eso es.
—Y tengo que traerla yo.
—Mira, Néstor, no tienes porqué comprenderlo. Te aseguro que ni siquiera los más avezados científicos lo entienden. Simplemente es así. La realidad presente es fruto de un bucle temporal auto mantenido. Algo que no debería haber pasado en un continuo de tiempo natural y estable, pero que ha ocurrido porque la máquina del tiempo ha sido inventada...
—¡Señora...!
—Dime, Néstor querido.
El silencio que se produjo a continuación hubiera podido cortarse en dados. Néstor se levantó del sillón y se acercó al ventanal. En el exterior, los altos edificios reflejaban la luz rojiza del atardecer. La anciana se situó justo a su lado y pasó su brazo por el de él. Estaba tensa.
—Néstor, mi amigo, lo que te he contado es totalmente cierto. Esto me gusta tan poco como a ti, pero si no viajas al pasado para traerme a hace ochenta años, todo lo que ves no será posible.
* * *
Comprobó los gráficos que se proyectaban en el visor de su casco. Todo parecía correcto, excepto...
—¡La fecha!
—Siempre haces y dices lo mismo, tío. Anda, dame la chocolatina de una vez que tengo que volver a casa antes de que se ponga el Sol.
La chica era muy flaca, iba descalza y vestía un traje de noche azul terriblemente ajado. Néstor se centró en ella.
—¿Qué está ocurriendo aquí? ¿Quién eres tú?
—Ocurre que soy la niña a la que tienes que dar la chocolatina, y tienes que hacerlo antes de que el efecto elástico tire de ti y te devuelva al bucle.
Néstor volvió a la fecha. Según la lectura había sido lanzado a ocho años después del objetivo. Miró de nuevo a la chica.
—¿Sara...?
—Muy listo, como siempre. Anda, dámela ya que me tengo que ir.
La muchacha no ofrecía el aspecto de tener demasiada prisa, a pesar de su insistencia por conseguir la chocolatina.
—¿Cómo sabes que tengo una chocolatina? ¿Por qué me conoces?
—Vale, vale, te lo explicaré todo, como siempre. Pero lo haré mientras me como el chocolate, ¿de acuerdo?
Néstor necesitaba entender.
—De acuerdo.
* * *
El entrenamiento fue duro para Néstor, un simple pastelero que jamás había soñado siquiera con salir de la ciudad. Fuerzas centrifugas, vaivenes temporales inducidos y otras pruebas le endurecieron lo suficiente como para poder afrontar un salto elástico al pasado.
—El problema de viajar en el tiempo —comenzó a decir el físico— es que se corre el peligro de cambiar la realidad en cada salto. Por eso no lo hacemos frecuentemente. Bueno, por eso y porque el gasto energético es brutal, incluso para nuestra economía avanzada.
Las clases de aquel hombre le resultaban terriblemente aburridas.
—Así que nos hemos limitado, ya que hemos inventado el viaje en el tiempo, a realizar tan solo los saltos necesarios para mantener esta realidad que, por suerte, vivimos en la actualidad.
El problema no era la clase en sí. El problema era que todo lo que ese hombre intentaba inculcarle ya lo sabía.
—En un estado de tiempo lineal y natural la humanidad, seguramente, estaría destruida o terriblemente esquilmada por sus excesos. Algo que sabemos a ciencia cierta, pues el viaje más largo realizado en el tiempo es el que usted va a hacer, señor Néstor. Antes de ese momento podemos asegurar que la línea temporal permanece intacta.
Néstor fingió atención asintiendo con la cabeza.
—En una línea temporal natural la civilización se derrumbó, víctima de una sobreexplotación de recursos que casi acabó con todo. En esa realidad, creemos que se inventó la maquina. Sí, señor Néstor, hubo una realidad natural en la que alguien inventó una máquina, a pesar de lo terrible de la situación social y económica, y fue el acto de ese hombre o mujer desconocidos lo que lo cambió todo.
Eso se lo había explicado Sara muchas veces.
—No sabemos cómo, ni por qué, esos viajes primeros cambiaron esa línea, de modo que una persona que no debería haber existido en el presente llegó hasta aquí. Sí, me refiero a Sara. Ella y nadie más es la responsable de lo bueno que ahora disfrutamos. Su visión, su modus operandi, su liderazgo natural hizo que aquellos hombres y mujeres de hace ochenta años comenzaran la construcción de nuestra moderna utopía tecnológica; esta ciudad que habrá de extenderse por la faz de la Tierra hasta cubrirla y que hará que la humanidad salte a las estrellas.
Más de lo mismo.
—Para mí es un honor ser su maestro, señor Néstor, porque es usted el que trajo hasta nosotros a esa mujer. Es usted el que lo hizo posible.
El físico se quedó mirando a Néstor, esperando que le hiciese alguna pregunta.
—Estooo... ¿Y por qué yo? —fue la cuestión que se obligó a plantear, aun sabiendo la respuesta.
—Buena pregunta. Verá: hace ochenta años apareció un hombre vestido con un traje extraño, que portaba un saco. En el saco había una niña de ocho años llamada Sara. Para los hombres y mujeres escuálidos que presenciaron el hecho, estaba claro que aquello era un milagro. El hombre desapareció, junto con el saco, pero la niña permaneció. Sus ideas, su forma de ver las cosas y sus conocimientos avanzados de física revolucionaron el concepto de civilización en aquellas gentes. El resultado es el que vemos ahora. Nuestra ciudad, nuestra civilización moderna. Todo en menos de un siglo. Fue esa niña la que sentó las bases para poder realizar viajes en el tiempo. Y el hombre que la llevó hasta ese momento fue usted, señor Néstor. Hoy día controlamos el viaje en el tiempo y somos conscientes de que el presente es producto del viaje que está a punto de realizar usted. Tenemos que enviarle al pasado, donde se encontrará con la pequeña Sara. Tendrá que raptarla y meterla en el saco, donde hemos colocado un memorizador cortical. Este memorizador la llenará con todos los conocimientos actuales, así como con la personalidad, grabada cuánticamente, de Sara. Respondiendo explícitamente a su pregunta: Tiene que ser usted, porque tiene que ser usted.
Todo aquello se lo habían explicado muchas veces, hasta el punto de que lo había asimilado perfectamente. La repetición de aquella lección era un mantra constante que no cesaba. Sí, lo entendía: La civilización era producto de un acto que debía hacerse tal y como se recordaba que había ocurrido. La sola idea de mandar a otra persona con mayores conocimientos de física, mejor preparada, era peligrosa.
—Tenemos que hacerlo así, porque así es como Sara dice que se hizo. No podemos inculcarle a usted conocimientos de forma artificial. Usted debe ser usted. Usted es un pastelero que ha sido llamado a cumplir una misión importante, y así debe ser si queremos que el mundo sea lo que ahora es.
Más de lo mismo. Siempre más de lo mismo.
* * *
—Apareciste hace algunos años, cuando yo era solo una niña —comenzó a relatar Sara con los carrillos llenos de chocolate—. Al principio me asusté y quise salir corriendo, pero tú sonreías. Sacaste algo de un saco y me lo ofreciste.
—¡Chocolate!
—Eso es. Me lo diste y me pediste que me metiera en el saco. Me contaste que el futuro dependía de mí, que debía entrar en el saco donde todo me sería revelado, que yo sería una gran líder.
—¿Por qué no entraste?
—Néstor... ¿Eres consciente de en qué clase de mundo vivo? ¿Crees que he llegado a esta edad fiándome del primero que me ofrece comida?
—Pero...
—Pero nada, Néstor. Veras, no es que no me crea tu historia. Después de todo eres un tío que aparece del aire cada mes y medio y me ofrece la cosa más rica que he probado en la vida...
—¿Aparezco cada mes y medio...?
—Claro. Apareces en este mismo lugar cada mes y medio. Para ti es la primera vez que ocurre, pero yo ya sé de ti hasta como tienes la minga...
—¡Pero qué dices...!
—Sí, una vez te prometí que si me la enseñabas me metería en el saco —dijo Sara, riendo traviesamente.
Las lecturas, tenía que comprobar las lecturas. El contador anunciaba que le quedaban cinco minutos treinta y seis segundos antes de que el efecto elástico lo arrastrara hasta el futuro distante.
—No entiendo nada...
—Ya, ya, Néstor. Nunca entiendes nada hasta que ya es demasiado tarde y desapareces. Pero siempre vuelves renovado. Durante estos meses he elaborado una teoría, algo que supongo ya habrás empezado a hacer tú, pero te voy a ahorrar el esfuerzo.
—No entiendo...
—Sí, veras, he pensado en qué es lo que le ocurre al traje y porqué vuelves cada mes y medio como si fuera la primera vez —recalcó algo fastidiada—. ¿Quieres oír la teoría?
Néstor avanzó un paso hacía Sara, pero ésta saltó hacia atrás con agilidad.
—Siempre haces lo mismo, amigo. No me vas a coger, estoy muy atenta. ¿Bueno, te lo cuento o qué?
—¡Diablos sí!
—Pues siéntate, que no me fío de ti ni un pelo.
* * *
—Mire, señor Néstor, es muy sencillo. El traje y el saco están fabricados con una aleación que permite a los taquiones recorrerlos como si de un circuito eléctrico se tratase. En realidad, lo que viaja por el tiempo es el traje, su cubierta, y arrastra con ello todo lo que contiene. Y lo que contiene el traje es a usted.
Néstor toqueteaba con curiosidad a medida que el jefe de diseño le enseñaba. Era un traje cerrado, de color metálico. Más que un traje parecía de una especie de armadura con escafandra. El saco era elástico, pero parecía estar hecho con el mismo material.
—Cuando llegue el momento le colocaremos con el traje puesto en el anillo impulsor, que está construido justo en el punto donde se tendrá que encontrar usted, en el pasado, con la Gran Sara. Lo que ahora llamamos el Centro de Todo. El anillo produce una distorsión en el tejido temporal que solo puede ser traspasado por el traje y el saco. Según la cantidad de energía suministrada, así de lejos, temporalmente hablando, llegará usted. Pero no podrá permanecer mucho tiempo en el pasado. Mantenerle allí indefinidamente resultaría energéticamente tan costoso que... bueno, que sería imposible hacerlo. Después, la energía suministrada tendrá que volver a su origen, punto cero, para mantener el equilibrio en la línea temporal. Piense en lo delicado que resulta todo esto. Cuando se detenga para dejar a Sara hace ochenta años, la masa de la niña lo estará lastrando. Al abandonarla allí, recobrará el impulso y llegará hasta aquí. El Universo quedará intacto y todo se habrá cumplido, como debe ser.
Néstor asintió, interesado.
—¿Cómo será? —preguntó.
—¿Cómo será el qué?
—¡Viajar por el tiempo!
—¡Ah! Pues no tengo ni idea. Nunca he viajado. Las experiencias de los pocos que lo han hecho indican que es como si te dieran una patada tan grande que saltaras en pedazos a través de un túnel invisible. Dicen que se ve el tiempo transcurrir hacía atrás a gran velocidad, como si fuera una película proyectada al revés... Eso dicen... Bueno, ya lo verá. El caso es que cuando llegue al punto no debe dudar. Atrape a la niña Sara y métala en el saco, aunque se resista.
—Será algo violento.
—Lo será, y más tratándose de una niña, y mucho más tratándose de una niña tan importante e ilustre. Pero así es como debe hacerse.
—Y... ¿por qué un saco?
—Pues, porque así es como ocurrió. Sí, ya sé que lo más lógico sería llevar un traje pequeño para la cría, pero imagine lo difícil que le resultaría meterla dentro... No, Néstor, todo debe hacerse como ya se hizo. Es la única forma de asegurarse.
* * *
—Vale, Néstor, empiezo —dijo Sara, justo después de meterse en la boca el último pedazo de chocolate—. En un principio debías raptarme y meterme en el saco. Según me has contado muchas veces, eso es lo que tendría que haber pasado. Dentro del saco me serían implantados todos los conocimientos necesarios para cambiarme y convertirme en la Sara que tú conoces, la valiente y súper culta mujer capaz de cambiar el mundo. El traje está programado para detenerse unos instantes en un momento, ochenta años antes de que llegues a tu destino, tu presente. Entonces tendrías que abrir el saco para que yo saliese, y me dejarías abandonada allí, en ese momento, rodeada de personas extrañas que me acogerían como a una diosa.
—¿Y por qué no ocurrió eso?
—Espera, déjame acabar. En vez de raptarme de forma violenta, lo primero que hiciste fue ofrecerme la chocolatina. Imagina lo que es para una niña de ocho años, que jamás ha comido nada mejor que carne de rata hervida, semejante regalo. Me la ofreciste a cambio de que yo entrara en el saco de forma voluntaria.
—Cosa que no hiciste.
—No, evidentemente. Después desapareciste. Yo estuve viniendo cada día, esperando que volvieses. Cuando ya iba a rendirme, más o menos un mes y medio después de tu primera visita, apareciste y me ofreciste la chocolatina, como si fuera la primera vez que me veías. Desde tu punto de vista, así era. Acepté la chocolatina y me negué de nuevo a entrar en el saco. Al mes y medio volviste a aparecer, y ocurrió lo mismo.
—No lo entiendo.
Miró el contador. Aún le quedaban dos minutos completos antes de que el tirón se produjera.
—Ahora viene mi teoría, después de todo eres mi benefactor y te lo debo. Veras, hay algo que hiciste mal desde el principio. Deberías haberme raptado por las malas. En vez de eso quisiste que yo entrara en el saco a cambio de un regalo. Eso lo cambió todo.
—¡Maldita sea! ¿Y por qué no has entrado, sabiendo lo que sabes, en alguna de las ocasiones?
—Bueno, por desconfianza al principio. Pero no es cierto que no haya entrado ninguna de las veces. Una de ellas te hice caso y entré en el saco... hace unos meses.
—¿Y qué ocurrió?
—Yo había crecido demasiado y no pudiste cerrarlo. Asomaba casi medio cuerpo. Cuando se produjo el tirón, el saco desapareció y yo me quedé. Creo que el memorizador cortical funcionó en parte, porque ahora me siento mucho más lista y sé cosas que antes no sabía. Fíjate que he sido capaz de elaborar la teoría.
El contador marcaba cincuenta segundos.
—¿Por qué aparezco cada mes y medio?
—Fácil. Cuando el traje sale disparado hacia el futuro, lo hace sin una cantidad significativa de masa. Una masa que has dejado atrás. Cuando llegas al punto donde deberías haberme dejado, no hay nada que dejar y regresas a tu presente. Pero allí no hay máquina del tiempo, tan solo una singularidad. Así lo llamo yo. Creo que el tiempo se reajusta en ese momento y, aunque no hay maquina a la que volver, la programación permanece en el lugar, de algún modo, para justificar la rotura temporal. Es como si en tejido del tiempo existiera el recuerdo de una máquina que repitiera ese último acto, tal cual. Hasta el momento en que todo cese, la singularidad te arrojará de nuevo al pasado, solo que, ya te digo, renovado al completo. Como te falta esa cantidad de masa, la programación la sustituye por materia nueva, y es ese gasto de energía lo que hace que no vuelvas al mismo punto temporal al que deberías.
—¿Masa...?
Treinta segundos. La niña se puso en pie y se sacudió el polvo del trasero.
—Cuando regresas a tu presente —continuó— te falta la masa equivalente al peso de la chocolatina que acabas de darme. Como la chocolatina es creada de nuevo, se produce un gasto adicional de energía. Justo la energía que necesitas para llegar al punto en el que yo tengo ocho años y me raptas.
—¡Un mes y medio!
—Exacto, Néstor. No tienes energía suficiente para llegar a ese punto y apareces más tarde. Se ve que el peso de una chocolatina equivale a un mes y medio de impulso, o algo así.
—¿Por qué aceptas entonces el chocolate, maldita?
—Néstor, piensa. Soy una adolescente en edad de crecimiento, en un mundo caótico y acabado.
—¡No! ¡No tienes derecho a destruir mi futuro!
—Ya, ya, y tienes razón, pero es lo que hay. No existe futuro para nadie, pero el chocolate está delicioso.
Cinco segundos.
—Bueno, Néstor querido. Hasta dentro de mes y medio. Me caes muy bien. Te quiero mucho...
Sintió que lo pateaban hacia atrás, señal inequívoca de que acababa de producirse el tirón. El túnel se deslizaba a la inversa y, de nuevo, sintió que se traspasaba a sí mismo, una y otra vez. En un momento dado se detuvo. El mismo páramo, pero unos cientos de años más trajinado. Pudo verse entre multitud de versiones de sí mismo, llegando y partiendo hacía el futuro, desordenada pero insistentemente y ante la atónita mirada de una panda de desarrapados apretujados alrededor de una hoguera.
Cuando llegó a su presente, aún tuvo tiempo de sentir como se formaba en el saco aquella cantidad de masa maldita. También pudo tener un pensamiento, rápido y preciso. Si el tiempo estaba volviendo a su estado original, alguien inventaría la máquina del tiempo, incluso en una situación tan nefasta como la que acababa de observar, ochenta años antes. Al fin y al cabo podría ser que el bucle fuera más extenso y complicado de lo que parecía.
Después, su mente se reconfiguró en la forma original y lo perdió todo.
Sintió que se cruzaba consigo mismo, una y otra vez y, en cada ocasión, creyó que su mente se mezclaba con las versiones idénticas de su persona...
* * *
Apenas quedaban veinte minutos para que Néstor fuera lanzado al pasado en busca y captura de la pequeña Sara. La anciana entró en el cuarto donde Néstor se estaba colocando el traje taquionico.
—Mi querido Néstor —dijo la vieja Sara—. Necesito que hagas algo por mí.
—Dime, Sara.
La anciana expiró algo de aire en un suspiro.
—Veras, hay algo que me aleja de ti. Algo que me despierta por las noches.
—¿Qué?
—Cuando me agarraste y me metiste en el saco, sentí mucho miedo, Néstor. Todavía tengo pesadillas con ello.
—Pero...
—Calla y escucha. Tenemos una computadora cuántica, aquí, en el Centro. Se le pueden hacer preguntas, y las respuestas, creemos, pueden ser diferentes en cada ocasión temporal. Digamos que la computadora puede pensar al margen de la línea del tiempo.
—...
—Escucha. Esta tarde le he preguntado a la computadora de qué modo podría hacerse para que fuera menos traumático para mí el encuentro contigo. Introduje los parámetros necesarios: Niña, hambre, desconfianza, pastelero...
—No entiendo.
—Lo que hice fue buscar una forma menos traumática de que yo entrara en el saco. Es posible que ya haya hecho esa pregunta muchas veces. Supongo que esta vez la máquina me ha ofrecido una opción diferente.
—Pero eso cambiaría las cosas...
—Solo en lo referente a la entrada en el saco, Néstor. Todo lo demás permanecería igual.
—Entiendo.
—Claro, mi amigo. Si puedo cambiar al menos eso, las siguientes versiones de Sara serán mejor de lo que yo he sido. No temas; después de todo soy la Gran Sara, sé lo que me hago. He cotejado multitud de opciones y todas indican que ocurrirá lo que tiene que ocurrir.
Sacó algo de su bolso.
—Toma, cuando llegues al punto y me veas, ofréceme esto.
Su arrugada mano portaba algo.
—¿Qué es?
—Lo compré en tu tienda —sonrió al decirlo—. Quiero que para mi dejes de ser el hombre del saco, quiero llegar a apreciarte de verdad. Cógelo y que nadie se entere.
Unieron sus miradas. En los meses de entrenamiento había llegado a quererla tanto que la confesión sobre el miedo que él le producía lo hería profundamente. Alargó la mano y tomó lo que la anciana le ofrecía.
—Ya he cambiado la programación para que la maquina asuma el aporte de materia extra. Nos vemos, mi amigo.
Néstor miró lo que Sara le había dado. Era una chocolatina.
* * *
No hacía falta ser muy lista para saber que estaba preñada. A los dieciséis, un año antes que su madre, esperaba no convertirse con el tiempo en una vieja desdentada como ella. Mientras esperaba en el páramo Sara suspiró por su niñez perdida y la oportunidad que a los ocho años había dejado escapar. Por lo menos su hijo sabría lo que era el chocolate. La sombra del palo que había clavado en el suelo se acercaba a la marca que indicaba la hora. Si hubiera sido más lista, o menos desconfiada... Una idea le arqueó las cejas. El viaje al futuro estaba descartado, pero ¿por qué no volver a exponerse al memorizador cortical? ¡Ah! Ahí estaba Nestor, con la misma cara de pasmarote de siempre. Le lanzó una sonrisa lobuna que lo dejó completamente desconcertado. Primero el saco, ya se ocuparía luego de la chocolatina.
