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POR FIN ESTABA EN MARTE
Eduardo Delgado Zahino

Tiempo estimado de lectura: 1 min 37 seg

FIBstudio, Pixabay License

Tumbado en el suelo marciano, panza arriba, miraba el cielo. Todavía no se había acostumbrado al color, de un intenso naranja en ese momento, a pleno medio día.

Fobos lo surcaba de parte a parte y a él le llenaba de una felicidad extrema verlo allí, como colgado.

Una de sus manos comenzó a rascar el suelo rojizo sobre el que estaba tumbado. Un suelo gélido. Su frialdad se filtraba a través del traje de exterior a pesar de la calefacción, pero no le molestaba. Estaba en Marte. ¡¡¡Estaba en Marte!!!

Apenas podía creerlo y una lagrima comenzó a resbalar por su mejilla de camino hacia la nuca.

Recordó su niñez, en la Tierra, rodeado de sus libros y videos de ciencia-ficción. Todo un compendio de historias que hablaban de las maravillas que esperaban a la humanidad. Era lo único que le había mantenido cuerdo en la tremenda sociedad terrestre. Masiva. Asfixiante. O al menos así lo había creído el siempre.

Al fin estaba en Marte.

Recordó.

Todas aquellas descripciones de los autores que le proporcionaron aquellos momentos de felicidad, Asimov, Clark, Bradbury y su favorito, Stanley Robinson ni se aproximaban a la realidad. Aquella gama de colores marcianos que él percibía tan solo girando un poco la cabeza hacia su derecha. Rojos intensos, naranjas y amarillos, incluso violetas variados denotaban una variedad de componentes del suelo mayor de la que ellos mismos hubieran imaginado.

Sentir aquel frío marciano en la espalda lo estimulaba, pero no debía de ser nada bueno. Tarde o temprano tendría que levantarse pero, no antes de girar la cabeza hacia su izquierda y disfrutar de la visión del Monte Olimpo durante unos últimos segundos. ¡¡¡Que enormidad!!! ¡¡¡Que magnificencia!!!

Quiso quedarse allí tumbado, disfrutando de aquella felicidad extrema a la que se aferraba. Deseó morir allí mismo y en ese mismo momento pero el auricular de la radio situada en su oído derecho comenzó a chisporrotear con fuerza y una voz conocida e indeseada resonó en el interior de su cráneo con fuerza.

—¡MARICONAS! ¡ARRIBA JODER! ¡ESTA GUERRA NO VA A GANARSE SOLA NENAZAS!

La explosión los había tumbado a todos, algunos para siempre. Él había tenido suerte, iba de los últimos.

—¡¿ACASO ESPERAIS QUE OS LLEVE EL DESAYUNO NENAZAS?!

Hizo un esfuerzo por levantar la cabeza, pero con el casco eso no servia para nada, así que comenzó a poner en practica el entrenamiento de base en el que le habían enseñado a incorporarse con el traje de exterior lo mas rápidamente posible en caso de caída.

—¡¿COLA CAO CON GALLEEETAS NEEENAS?! ¡VAMOS ARRIBA JODEEER! ¡HOY TOCA MORIR Y LLEGAMOS TARDEEE!

Consiguió ponerse en pie como otros tantos de sus compañeros que habían caído con él. Algunos más próximos a la explosión se movían pero no se incorporaban. Los más cercanos a la detonación no se movían. Buscó con la vista su arma y la localizó a un par de metros se acercó a ella indeciso...

—¡NO ME LO PUEDO CREER! ¡SI NO HA SIDO NADA JOOODER! ¡JODIDAS PUTAS MIERDAS HUMANAS! ¡SEGUIDME!

Por el rabillo del ojo localizo al sargento que ya corría en dirección a la explosión como un condenado poseso. Recogió su arma y comenzó a correr detrás de él, aún entumecido por el frío del suelo marciano.

Delante, mas allá de los cadáveres de sus compañeros, estaba la colonia de la corporación enemiga que debían tomar para mayor gloria de la empresa en la que se había alistado.

Por fin estaba en Marte.

© Eduardo Delgado Zahino, (582 palabras) Créditos
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