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DIARIO DE MARTE, POR AARÓN G., MECÁNICO Y EVENTUAL ROTULADOR DE ASTRONAVES
por Ricardo Cortés Pape
Ryszard_Andrzejowski, CC0 Public Domain

Diario de Marte, página 15

Hoy se ha producido un incidente que nos ha hecho reír a todos. Y es que el pintor de la expedición, Peter Burs, seudónimo, ha desvelado por fin el cuadro en el que ha estado ocupado todo este tiempo. Se titula Universo­ y es un cuadro completamente negro. La verdad es que no había despertado mucha expectación: a nadie aquí le interesa mucho la pintura, pero lo que sí ha provocado el cuadro es consternación, diversión y enfado, por este orden.

—¿Y me imagino que esto será la tierra? —ha preguntado, dominándose, el comandante, señalando en el lienzo un punto gris.

—Esto —ha dicho Peter Burs, barriendo la tierra con un soplido— es una mota de polvo.

Nos hemos reído todos. Por una vez. Era la ocasión.

El comandante le ha llamado de todo. Lo más curioso que le ha dicho y que creo que debo consignar aquí es astrófago.

—Ve, capitán Santos —ha dicho Jasón; es típico de Jasón llamar al comandante de cualquier manera—, como si se esfuerza es capaz de decir algo inteligente.

Diario de Marte, página 17

La verdad es que el clima de trabajo aquí en Marte no es muy bueno, todo el mundo desprecia en el fondo el trabajo del otro. Gordon y Fuller, por ejemplo, geólogo y fotógrafo respectivamente, a pesar de estar dedicados a la misma cosa, a saber: las rocas de Marte, no podrían llevarse peor. Gordon, que siempre tiene dispuesta, como una chincheta, una etiqueta para todo, lo mismo que dice de Peter Burs que es un pintor no figurativo, y dice del inclasificable Jasón, a falta de un rótulo mejor, que es un poeta heterogéneo, pues dice que lo que hace Fuller es fotografía artística, que es, o así suena en su boca, como una rama aberrante de la fotografía. Con todo, la serie de Fuller sobre las rocas de Marte abarca en torno a 3000 fotografías, todo primeros planos de roca.

Vistas las imágenes en conjunto, de atrás a adelante por fecha de ejecución —Fuller ha colgado sus fotografías en el interior de la nave en una hilera formidable—, se nota en ellas un avance, en el sentido de que el ojo de Fuller va acercándose al objeto, de modo que en las últimas fotografías está ya tan pegado a él que realmente no se ve nada, o todo, según se mire. Viendo fotografías como las tituladas Universo de una oquedad, pienso que es posible que al final Fuller llegue al mismo resultado que Peter Burs, o sea, al cuadro negro.

Fuller vive el proceso con una excitación quizá no desprovista de tensión sexual, siempre se le ve alterado, manipulando enormes objetivos, exclamando cosas como: Me estoy acercando, estoy a punto o incluso espera, perra, que ya voy.

Fuller, por cierto, ostenta el criminal nombre de Fulgencio, pero, salvo Gordon, aquí todos nos negamos a llamarle así.

Diario de Marte, página 19

Gordon, o sea gordo+n, se ha pasado el día en un deplorable estado de nervios, chillando que alguien había entrado en su cubículo para quitarle el maletín de herramientas, yendo de aquí para allá por el campo de Marte, llorando sus perdidos martillos de geólogo.

—Para lo que te servían... —ha ironizado Fuller.

—¿Qué quieres decir? —ha preguntado Gordon, temblando.

—Siempre te has quedado en la superficie, Gordon, por mucha roca que rompieras. Ni partiendo todas las piedras del planeta llegarías al fondo. Es una cuestión de ceguera. No ves nada, ni con gafas.

Eso es cierto, Gordon es miope, y siempre está limpiándose los cristales de las gafas, como si nunca acabara de ver bien.

—¿Cuándo te enterarás de que el fondo está en la superficie? —ha terminado Fuller, y luego ha sacado su cámara y ha sacado unas cuantas fotografías del científico sudoroso.

Por otra parte, y dicho entre paréntesis, Peter Burs ha mostrado hoy su nuevo cuadro, idéntico al anterior. Nadie ha hecho demasiado caso. Sólo Jasón ha comentado.

—Caramba, Peter, esta vez te has superado.

Diario de Marte, página 23

También Jasón, el poeta de la expedición, enemistado con el comandante Santos desde el momento en que pusimos pie en este mundo y resultó evidente que éste jamás en su vida había oído hablar de Ray Bradbury —yo tampoco, por otra parte—, algo imperdonable, al parecer, en el comandante de una expedición a Marte, pues también Jason intenta por sus medios acercarse al planeta rojo, agarrarlo en un puño, apretar y extraer la dura pepita, o algo así. Lo mejor es que ponga aquí alguna de las cosas que escribe, y dejar zanjado el asunto.

Ejemplo.

  • Marte,
  • Ojo
  • Rojo,
  • Querría arañarte
  • Con mi verso, esa cuchilla,
  • De parte a parte,
  • Marte,
  • Superficie rota,
  • Querría tomarte
  • Con la bota,
  • Desorbitarte,
  • Idiota,
  • Forzarte,
  • Marte,
  • Violarte,
  • Marta.[1].

Hasta aquí el poemita de Jasón. No sé, se diría que Marte provoca a todos, pone a todo el mundo cachondo.

Diario de Marte, página 23

El comandante Santos, que más que nada para perderme de vista y que no estuviera estorbando, o si no trasteando y decorando con pintadas el exterior de la nave, me había encomendado la tarea de registrar lo que pasa aquí en nuestro campo, tarea un poco difícil porque aquí pasa poco, casi nada o nada, pues el comandante Santos, digo, ha leído las primeras hojas que había escrito y, juzgándolas una porquería, las ha arrancado y tirado a la papelera. Esto me ha quitado las ganas se seguir, así que lo dejo y me voy a chingar con Hanna, de la expedición alemana.

Diario de Marte, página 26

Me he permitido hacer algunos destrozos en la valla del perímetro del campo alemán. Descorazona ver esas extensiones de hierba donde los integrantes de la expedición germana juegan sus partidos de fútbol. Porque salvo los alemanes, que han conseguido un césped más verde que en la Tierra, aquí nadie ha conseguido que crezca nada. Nosotros menos aún, que ni siquiera hemos vallado nuestro campo y andamos siempre a la gresca. Y es que somos un desastre. El comandante se queja de que nada funciona, que todo está por hacer y que la nave parece un taller de artistas, por dentro y por fuera, donde empieza a parecerse a un mural. Para apaciguarle, sin conseguirlo, Peter Burs ha pintado un cuadro completamente rojo y Fuller ha empezado una nueva serie de fotografías, acercando el ojo esta vez a las botas del comandante, primeros planos del cuero cuarteado que parecen campos arrasados. Yo he puesto mi gotita de esperma sobre un ejemplar de cacto que tal vez así agarre, y luego me he puesto a empujar por el campo un enorme rollo de alambre de espino; en cuanto se descuiden los franchutes, pienso adentrarme en el campo vecino y robarles un buen cacho. Gordon se ha alejado en el vehículo de superficie recién reparado —es cierto, me demoré, pero es que lo mío son las astronaves- y vuelve a partir roca complacido; el maletín de geólogo felizmente ha aparecido en su cuarto de nuevo.

Diario de Marte, páginas 30-33

Esta mañana he cogido mis botes de pintura y he salido temprano. Me he acercado a la antigua base y, en las rocas de alrededor, he buscado una pared apropiada y me he puesto a hacer lo que más me gusta: pintar, tías en pelotas mayormente, eso sí, armadas hasta los dientes. Quería dejar en Marte una buena pintada. Cuando, durante el proceso, completamente absorto en el nacimiento de una hembra espectacular, he dado unos pasos atrás para ver cómo quedaba, he tropezado con alguien que, a mi espalda, se había puesto a mirar lo que yo hacía.

—¿Tú quién coño eres? —he dicho apuntándole con el aerosol, y luego me he puesto a sacudir el tubo porque el tipo era de verdad extraño. Alto, calvo y con un absurdo tocado de láminas de cobre. Aparte de eso, siendo muy flaco, proyectaba en el suelo la sombra de un hombre gordo, muy gordo, lo que me ha parecido extraordinario.

Sin dejar de observar mi obra, el tipo se ha acariciado la barba, que le colgaba como un arbusto, se la ha pellizcado y por fin ha sacado de dentro lo que he tomado por una baya o algo. Metiéndosela en la boca, ha señalado luego a mi chica con un índice de un palmo de largo.

—¿Te gusta, eh, golfo? —he dicho indicándole las tetas, redondas como dos bombas de mecha. El ha asentido y, entre la barba, la línea de la boca se ha movido como una lagartija. Mientras masticaba un segundo fruto que igualmente había arrancado del interior de su barba, se ha acercado a la pared con trazas de ir a poner el dedo en el ombligo, o aún peor, en la entrepierna, desnuda a excepción de una negra perilla, sí, como una barbita de cabra.

—Sin tocar, machote, que aún está fresca —he dicho pero en realidad estaba atento a otra cosa: su sombra, su sombra de hombre gordo, se había desdoblado, y ya no era una sombra sino dos, dos sombras deslizándose por la arena, entrecruzándose hasta que el tipo no ha vuelto a pararse. Cuando señalándole el fenómeno, le he mirado interrogante, me ha soltado una parrafada.

—Espera, que no te entiendo, cabrón —he dicho toqueteándome detrás de la oreja; trataba de encender el traductor simultáneo, un modelo grande y desfasado pero que hace el apaño.

—...aunque hubo quien me lo advirtió —ha crepitado por fin en mi oído la voz del traductor—, nunca imaginé que llegaría a extrañar mi sombra, pero así fue: a los pocos días de encontrarme en ese mundo sin sombra, de luz constante y difusa, empecé a echarla de menos; me entró cierta inseguridad, la sensación de que había dejado de ser un cuerpo sólido. Así que acudí, tal como alguien me había predicho, al despacho de sombras más cercano para adquirir una sombra de alquiler, con el tiempo una sombra en propiedad. Las sombras, como te estarás preguntando, son animales importados de color oscuro, casi negro; por su forma de deslizarse por el suelo recuerdan a los peces raya, son prácticamente planos, extraordinariamente rápidos y telépatas, de modo que cumplen perfectamente su función, tal vez mejor, aparte de que está muy bien eso de dar de comer a tu propia sombra...

Tras lo que ha sonado como un carraspeo, el intérprete ha enmudecido, pero no es que el tipo frente a mí hubiera dejado de hablar, no lo había hecho, sino que el traductor, por su cuenta, se había tomado un respiro, de modo que me he quedado con las ganas de enterarme del resto y, sobre todo, de oír los elogios a mi obra. En cuanto a la sombra del hombre, la viva, ha resultado ser una sombra extraordinariamente tímida, manteniéndose todo el rato pegada a la otra, la proyectada, o en cualquier caso escondiéndose detrás de las piernas de su dueño cada vez que me movía para ver si la podía acariciar. Apenas he podido distinguir de ella otra cosa que unos ojillos como cabezas de alfiler revolviéndose inquietos en el extremo de una forma ondulada y temblona. Ajeno a mis esfuerzos por ganármela, el hombre ha seguido hablando, asintiendo de tanto en tanto con un tintineo de varillas.

Como cabía esperar, cuando he vuelto a la nave nadie me ha creído: un hombre con dos sombras, ya. Así que he ido a consultar al Cid Campeador, el ordenador principal, que ha puesto las cosas claras. El mundo sin sombras existe, y también un planetoide que se dedica básicamente a la cría de esos peces manta terrestres que tanto éxito tienen entre los viajeros que arriban a Plenitud, ese es su nombre.

Y por hoy ya lo dejo, que escribir tanto no puede ser bueno.

Diario de Marte, páginas 36-39

Con la excusa de que iba a practicar un poco con la pistola de rayos, he vuelto a llegarme a la antigua base, confiando en que me encontraría de nuevo con el hombre de la sombra. Quería preguntarle esta vez sobre su barba. Según Jasón, lo de llevar en lugar de la barba un arbusto vivo es costumbre en ciertos mundos, pero Jasón ha podido perfectamente tomarme el pelo. Gordon creyó identificar la clase de matorral según un dibujo que le hice, pero no recuerdo el nombre, que tampoco me dijo nada en su momento porque era el nombre científico; como para pedirle a Gordon que se rebaje a decirle a uno el nombre vulgar. Pero de hecho, el Cid, que siempre tiene respuestas para todo, en este caso no supo responder y se limitó a confesar su ignorancia en su castellano antiguo: la pesada broma de algún programador que no habido manera de desactivar. Tenía también para el admirador de mi talento como grafitero una pregunta de parte del comandante, a saber, si sabía algo de algunas piezas de la nave que de la noche a la mañana han desaparecido, accesorios menores, pero muy caros, de valor más que nada ornamental.

En cualquier caso, no lo he visto, y he pasado la mañana dedicado a volar paredes de roca, hasta que en una de ellas me he encontrado con este mensaje desesperado: QUIERO FOLLAR. El grabado, según la fecha que el autor creyó oportuno arañar debajo, tiene ya cuarenta años. Lo curioso ha sido que mientras lo miraba me he dado cuenta de que, tanto tiempo después, esas dos palabras resumían precisamente mi estado de ánimo. Entonces me he acordado del grotesco traje espacial que descubrí una vez enterrado en la arena a la entrada del hangar mientras exploraba la antigua base, y estaba preguntándome si el dueño del traje y el autor del grabado habrían sido la misma persona, cuando me ha enfrentado de súbito una criatura desconcertante.

Aunque aficionado desde siempre a las mujeres de belleza fría, hasta el punto de que últimamente mis correrías nocturnas me han llevado a alejarme cada vez más de la nave para visitar los campos situados en el norte, tengo que decir que mi reacción ante esta belleza helada me ha sorprendido. Me he excitado como un detector de metales sensible a las superficies duras y brillantes. De todos modos más que la mujer en sí misma, si es que se puede llamar así a una pesada estructura no demasiado esbelta asentada en tres gruesas patas, me ha excitado la idea de tener sexo con una alienígena, alguien radicalmente distinto. Como fornicar con una torre de alta tensión. Pero obviamente la criatura no tenía noción de qué era eso.

Ante mi gesto explícito, la forma ante mí ha alargado un ¿ojo? y se ha quedando mirando de cerca mi pene descubierto, tal vez pensando que el abultado glande era una especie de básico órgano de visión. El contacto me ha estremecido como un beso de cobra; cuando me he querido dar cuenta, me había cortado el capullo: la pupila vertical en el gran ojo abovedado ha resultado ser una cuchilla.

Me he quedado mirando mi atributo descabezado y, en la arena marciana, la flor de carne aún pulsante.

—Pues mal empezamos —he dicho recogiéndola y guardándola en el bolsillo—. ¿Por qué tiene que ser siempre tan difícil?

Y he disparado apuntando al centro. Cuando ya me volvía, me ha alcanzado una lluvia de copos de metal.

Dicho entre paréntesis, a mi regreso me he enterado de que el hombre que buscaba ha sido sorprendido esta mañana mientras trataba de huir de nuestro campo empujando un carrito de supermercado repleto de embellecedores, aletas y demás brillantes piezas. Por lo visto, el comandante, sin mediar palabra, aparte de tirarle al suelo el grotesco tocado y tratar de largarle una patada a su sombra, le ha arrancado la barba de cuajo, dejando al descubierto toda una intrincada red de conductos de irrigación.

Diario de Marte, página 42

Luego de acudir a un cirujano en el campo sueco vuelvo a ser un hombre íntegro, e incluso mejor provisto —he aprovechado la intervención para hacerme añadir unos centímetros—, pero de algún modo, después de lo que pasó, me siento avergonzado; las bromas a mi costa han contribuido no poco. Así que estos días apenas me he dejado ver por aquí y paso la mayor parte del tiempo en la antigua base, encerrado en una nave abandonada. Su interior, destripado hace tiempo, es ahora lo más parecido a la cabina de un camionero: todo tipo de cosas pero especialmente pintadas de chicas desnudas cubriendo las paredes, tapando incluso las ventanillas, de modo que no puede verse absolutamente nada del exterior, todo pegado, junto, superpuesto, como si me hubiera acometido algo parecido al horror vacui de los antiguos. Las chicas muestran sin excepción un tratamiento detenido de los pechos, con una evidente predilección por el tema bélico: los hay en forma de granadas de mano, sin olvidar la argolla, de bombas esféricas, minas con pinchos, etcétera, siempre desproporcionadamente grandes, de modo que en comparación las cabezas de las chicas resultan demasiado pequeñas. Por otra parte, no es raro que en sus manos delicadas porten armas bastante impresionantes. En cuanto a la piel puede ser metálica y/o escamosa, completado este aspecto con un peinado en forma de serpiente enrollada, o una cascada de láminas brillantes, o incluso un elemento vivo: anguilas o lombrices cayendo copiosamente hasta los hombros. En la entrepierna de las chicas pueden verse, entre vehementes mensajes escritos a boli, marcas grasientas de dedos y quemaduras de cigarrillos. El suelo está lleno de arrugadas servilletas de papel, como si la nave fuera el cubil de un pajillero. En una esquina, junto al váter portátil, como si se hubiera acabado el papel higiénico, hay una provisión de hojas arrancadas a un libro. Se trata del primer capítulo de TROPAS DEL ESPACIO, un volumen sustraído de la biblioteca de Jasón. En fin, ya es suficiente.

Diario de Marte, página 49

Después de leer el resto de lo que llevo escrito, el comandante me ha librado de la obligación de seguir con este diario. Le parece que está falto de cualquier rigor científico, ni tiene, por otra parte, el menor interés. Dice que entre eso y nada, es mejor nada. Mucho mejor. De todos modos, piensa encomendarle la tarea a Gordon, que seguro que lo hará mejor que yo. Seguro. Con una especie de tranquila exasperación, Santos ha ido arrancando hoja tras hoja del cuaderno. Yo, mirando una mosca posarse en su labio superior y esperando de alguna manera que ésta se introdujera zumbando en su nariz, no he sabido si alegrarme o no.

Por cierto, hoy ha sido su aniversario; no quiero concluir sin comentarlo. El hombre ha fingido que no le importaba nada cumplir cincuenta años, y nosotros hemos hecho ver que ni nos acordábamos. Pero a última hora han traído por transporte urgente nuestro regalo de cumpleaños: una sombra, un ejemplar adulto y reacio —lo reunido en la colecta no ha dado para más- del que los cuidadores no debían de fiarse porque venía en una jaula, y que aunque ha consentido, una vez fuera, en seguir al comandante, arrastrándose tras él como una capa, ha acabado mordiéndole en el pie. De verdad que no tiene precio haber visto a Santos peleando como enajenado con una sombra. Debió de creer que le iba a pegar una enfermedad rara o algo; desde luego dientecitos no le faltaban, a la sombra digo, y bien afilados.

Diario de Marte, páginas 60-62

—Hay más talento en esta especie de Capilla Sixtina demente —ha dicho Jonás— que en todos los cuadros monocromos del majadero de Peter juntos.

Semejante frase bien merece el esfuerzo de pasarla por escrito, y de este modo doy continuación al Diario de Marte, ahora ya por mi cuenta, sin ninguna pretensión, solo porque me apetece.

Cuando ha hecho esta afirmación, el poeta se encontraba de pie entre las paredes pintadas de mi nave refugio, mirando en el techo la representación de una vagina descomunal de la que, entre trozos de cable pegados, emergían un pico dentado y una cabeza de gárgola enfrentados entre sí, feroces, salpicando sangre.

Bien es cierto que luego, sentado en la tapa del váter —no hay otro sitio—, y echando mano de lo que quedaba de mi cuaderno —por fortuna las hojas del libro, su libro, se han acabado—, ha dicho mientras lo hojeaba.

—En cambio esto solo sirve para limpiarse el culo, en efecto.

Yo, aún contento y con ánimo travieso, he accionado el sistema de suspensión de gravedad de la nave, que había reparado con el fin de poder cubrir con pinturas la superficie del techo, de modo que el cuerpo con ligero sobrepeso del poeta ha ascendido por el aire hasta que su sombrero de paja ha topado con una nalga ciclópea cubierta en parte por una pistola de ocho cañones.

—¿Qué has dicho?

—Aarón García, te lo advierto...

Pretendía sonar serio, pero Jonás ha reprimido una risa, como si la altura le hiciera cosquillas.

—De acuerdo —he dicho, borrando lo que había dibujado en la puntera oscilante de su zapato, sobre el polvo rojo: una carita sonriente—. Dime ¿a qué has venido?

—El mayor Santos —ha dicho mientras descendía, al parecer bastante cómodo, en su asiento de aire, cuyo espesor he graduado para que no se diera un batacazo—, el pie del mayor. Se ha hinchado, como un neumático. Ahora delira. No, se trata de los equipos de limpieza de nuestra sección de la cúpula. Se han averiado. Todos, ¿qué te parece? En poco tiempo la bóveda de cristal sobre nosotros estará tan sucia que dejaremos de ver el cielo marciano.

—¿Importa eso algo? No es de mi competencia.

—No me preguntes por qué, pero el mayor Santos tiene interés en preservar las condiciones de visibilidad en nuestro campo.

—No voy a subirme a esa cúpula. Que lo haga Gordon.

—Como no sea con una grúa, colgado de los tirantes... —Ya abajo, Jonás ha tanteado el suelo, como comprobando su firmeza—. ¿Oyes eso?

Lo he oído, un ruido afuera. Algo arañaba el casco. Conque me he acercado a la entrada y he quitado el tapón de chicle que en el centro de un pecho pintado cubre el agujero de un proyectil. Al no ver nada, he abierto la compuerta. Luego he dicho.

—¿Te ha seguido la sombra hasta aquí?

—Eso espero porque si hasta mi sombra coge y se... Oh, ya sé lo que quieres decir. No, que yo sepa.

—Pues aquí está —he dicho y me he apartado para dejarla pasar.

Diario de Marte, páginas 67

Lo he hecho, subirme a la cúpula. Y es que soy un blando. Con el rotor acoplado a la espalda —un modelo de propulsor bastante decente que pesa lo mismo que una mochila ligera—, el casco protector y, sujeta al cinturón, la pistola de rayos, me he elevado como un gilipollas hasta el cénit. Luego he recorrido la bóveda hasta topar con el primer limpiacristales.

Hay que decir que si, vista desde arriba, la base se ve como un hormiguero, los limpiacristales se ven desde abajo como arañas pequeñas colgadas del cielo. El que tenía frente a mí no hacia, según he observado, otra cosa que pasar y repasar la escobilla por el mismo panel, una y otra vez, sin avanzar ni pasar al siguiente, cubierto ya de una película de mierda. Eso sí, ese segmento brillaba entre los otros como una faceta de diamante.

Total, que me he propulsado hasta ponerme a su altura, le puesto una mano en el hombro y le he pegado con la culata en la cabeza. El operario ha proferido un chirrido, ha girado sobre sí mismo y, tras romper los anclajes, se ha arrojado al vacío. Loco.

En fin. Con el resto de limpiacristales, que o bien permanecían inactivos o bien, como niños, dirigían contra sus compañeros los chorros de líquido detergente, he procedido de la misma manera, solo que con más éxito. Nada como un buen golpe para despabilar a un robot. Al poco, todo el equipo de limpieza había vuelto al trabajo, coordinado y eficaz.

Todos salvo uno, que con una de sus pinzas ha aferrado mi muñeca y ha apretado hasta que he soltado el arma; no me ha quedado otra que inclinarme de tal modo que la pala del rotor le ha roto el cuello.

Diario de Marte, página 73

A Abraham —no es Abraham pero algo parecido— le ha dado ahora por pasarse por aquí. Su barba ya no es la de antes, tiene un aire mustio, pende triste como un trapo, amarillea en algunas partes como si fuera a secarse y, puesto que está mal fijada, en los bordes muestra al aire las raíces. No obstante, su dueño conserva el gesto de hurgarse en ella, pero ya no arranca bayas de colores sino puñados de tallos pilosos.

Abraham y yo nos llevamos bien, supongo, no así nuestras sombras. La mía ha atacado a la suya cuatro veces. Tiene malas pulgas; la alimento solo con agua azucarada, no sé si es lo indicado pero gustarle le gusta.

Como el primer día, Abraham habla sin parar. Aveces le escucho y a veces no, depende. Cuenta sobre infinidad de mundos que ha visitado, o tan solo imagina, quién sabe.

Entre la mercancía de su carrito he reconocido, aparte de componentes del limpiacristales que cayó del cielo el otro día, partes de la alienígena que me castró. Sus congéneres habitan, según Abraham, en el desierto al oeste de la cúpula en una ciudad de metal que han levantado y que es tan alta que, a su lado, la Torre de Babel sería una choza. El ejemplar con el que me las vi debió de extraviarse porque es raro, etc. Todo esto me aburre sobremanera.

Diario de Marte, página 77

Juntando piezas de aquí y de allá he montado un motor para mi nave, poco más complejo que el de una aereomotocicleta, pero más potente, se entiende; Abraham me ha proporcionado unas cuantas de ellas, incluido un gran volante de autocar.

Mientras sujetaba con cinta americana el tanque de combustible he dedicado unos instantes a evocar el pasado de la aeronave. Hoy lata mellada, fue en su día el orgullo de la flota española a juzgar por el nombre que aún puede leerse en un costado; vistosa, brillante como un cromo, no más grande que una casa unifamiliar, la Nueva España surcó el cielo de Marte con suave ronroneo hasta acabar herida de muerte por la acción de un enemigo ya olvidado, lo mismo que esos otros nombres, los cortés­, los gonzález, que sus propietarios arañaron en el casco, e ir a morir en el desierto como esos colosos marinos varados en las playas del mar de Sega de los que solo queda el costillar.

Ahora, una vez sellados los orificios de proyectil y limpia la ventanilla del piloto, la nave estaba lista para despegar de nuevo. Sentado al volante, he apretado el botón de encendido, una chapa de cocacola; la Nueva España se ha separado del suelo con un estrépito de ferretería.

Después de un vuelo de prueba sobre la base, durante el que he visto abajo a los miembros del equipo que, sobresaltados por el ruido a chatarra que atronaba sobre sus cabezas, habían salido y miraban el cielo con aire de consternación, he enfilado hacia el campo italiano.

Cuando al cabo de un cuarto de hora he tomado tierra de nuevo, mis manos temblaban como motos. En cuanto te alejas un poco de nuestra zona, el tráfico se hace denso, hay boyas y semáforos que sin embargo nadie respeta, y los italianos, señores del aire, todo dientes bajo las gafas de aviador, buscan, para ser claros, la colisión directa.

Diario de Marte, página 81

—Me gusta tu corte de pelo —ha dicho Marta mientras me desabotonaba la camisa.

No lo puedo tomar por un cumplido, la mitad de nosotros, y ella tiene que saberlo, lo llevamos así, blanqueado, en forma de alud diminuto, a lo capitán Zahino, el héroe de la exploración espacial.

Habría que tener seis manos para tocar a Marta como es debido, seis, con dos no haces nada, dos manos son insuficientes, totalmente. ¿Qué haces con dos manos? ¿Agarrar dos pechos? ¿Y qué pasa con los otros cuatro? Porque Marta tiene seis, seis pechos, dos, y debajo otros dos, y debajo otros dos. Dos, dos y dos, en total seis. Y yo, con solo dos manos, con solo cinco dedos en cada mano, no abarco nada. Querría uno tener una boca de oreja a oreja, tener la lengua bífida, los pies prensiles. Y no sería suficiente. ¿Cómo penetrar a la vez en sus tres vaginas, comprimiendo al mismo tiempo los seis glúteos? Y así, Marta se escapa, una vez tras otra se escapa como una montaña entre los dedos, los pocos dedos, las manos escasas.

Después de ayudarla a vestirse, lo que tiene su complicación, Marta me ha permitido el capricho de insertarle los billetes enrollados en uno de los tres escotes, a elegir. Esa pequeña, diminuta alegría me la ha amargado luego el encontrarme a un miembro de la expedición francesa apoyado en la alambrada frente a la chabola que, mientras esperaba, se olía las manos, seguramente perfumadas; a su lado tenía un maletín de piel de víbora que he imaginado repleto de instrumentos de placer.

Con una mala sensación, insatisfecho, no solo porque hubiera invertido mi paga a cambio de todo, a cambio de nada, me he alejado por el camino de gravilla y he regresado a mi nave. Solo entonces, de nuevo ante los mandos, me he preguntado: ¿por qué volver? Me he dado tiempo antes de arrancar. Luego de consultarlo con mi sombra, he puesto rumbo al sur.


Notas

[1] Marta es una espléndida hembra modificada de la expedición italiana.

© Ricardo Cortés Pape, (11 palabras) Créditos
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