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TU VIDA A CAMBIO DE TUS SECRETOS
por Jacinto Muñoz Vivas

Tiempo estimado de lectura: 6 min 41 seg

jarmoluk, Pixabay License

Leyó la carta por tercera vez, papel de última generación, caro y elegante. Otra propuesta ¿Una más? Era increíble la cantidad de vendedores de patrañas que acudían al olor del dinero, prometiendo milagros más allá de toda la ciencia que la tercera mayor fortuna del mundo podía comprar. Una ciencia incapaz de curar la enfermedad degenerativa que le ataba, desde hacía diez años, a su silla de ruedas, prodigiosa, con piernas y millones en tecnología en cada tornillo, pero por mucho que su cárcel se moviera con él seguía siendo una cárcel, y el recuerdo diario de los pocos años que le quedaban de vida.

Muchos embaucadores invertían lo suficiente para permitirse ese soporte y eran lo bastante listos para venderse con elegancia, ¿Por qué dudaba? Porque sólo quedaba eso o asumir el inevitable fin. El remite era de una cadena de hoteles más allá del lujo, la privacidad era su sello de marca y muy pocos, contándole a él, podían permitirse el capricho de disfrutar de sus servicios. ¿Qué ocultaba una empresa así detrás de una propuesta semejante?

El director general solicitaba una cita para el día siguiente.

Guardó la carta y llamó su secretaria.

* * *

—¿Qué significa esto?

Sin cortesías ni preliminares, exigiéndole igual que a uno de sus empleados, a cualquiera que estuviese por debajo de él, lo que incluía a casi toda la humanidad.

—Significa lo que dice —él director general también sabía ser directo si la ocasión lo requería—, dispongo de los medios para curarle.

—¿Usted? —La voz metálica del sintetizador, sin ninguna parecido ni pretensión de imitar la voz humana, fue capaz de trasmitir la amenaza— ¿Sabe la cantidad de personas que investigan sólo para mí? ¿Sabe cuanto dinero he invertido en la cura?

—Puedo hacerme una idea.

—¿Y pretende convencerme de que usted la ha encontrado?

Había leído la carta y aceptado la reunión, todo aquello no era más que un pequeño muro que derribar.

—Sí.

—¿Sabe que puedo hundir su pequeña empresa de hoteles con una firma?

No era tan fácil como decía, era lo de menos.

—También podría intentar comprarla —una jugada que rondaba en la cabeza del millonario—, pero no conseguiría nada, somos meros intermediarios, la entidad que dispone de la tecnología para su tratamiento no está a su alcance.

El director de la cadena hostelera aguanto con entereza la mirada de unos ojos que eran lo único vivo de aquel cuerpo enfermo.

—¿Me está amenazando?

—Nada más lejos de mi intención.

La desconfianza y el ansia de creer se mezclaron durante unos segundos de silencio.

—¿En qué consiste su tratamiento?

Esa era la parte delicada con un hombre como aquel.

—No estoy en disposición de informarle de los detalles hasta que acepte nuestros servicios, pero puedo ofrecerle una prueba.

—¿Qué clase de prueba?

—Una cura temporal.

Quince años de invalidez progresiva, de soportar la lástima ajena, de doblegar a su voluntad a todos y cada uno de los que se creían más afortunados por poder andar sobre las dos piernas, no desaparecían en un instante.

—Entiendo sus reticencias —el director general abrió su portafolios y le tendió un documento, también en papel—, como verá no le pediremos nada, si no queda satisfecho sus pérdidas se limitarán a unos días de descanso en uno de nuestros centros, y a cambio tiene mucho que ganar.

El brazo robótico permaneció quieto y el documento en el aire.

—Unos días de descanso innecesarios son perdidas que no puedo asumir, recuérdelo cuando volvamos a vernos.

Era una forma tan buena como cualquiera de aceptar.

—Lo recordaré, todo estará preparado para cuando usted disponga.

—Mañana.

El director general aceptó el nuevo desafío.

—Muy bien, nos vemos mañana.

* * *

Andar, primero un paso y después otro, alargar el brazo y beber un vaso de agua, nadie que no haya sentido la impotencia de unos miembros inútiles es capaz de valorar las maravillas ocultas tras esas sencillas acciones.

—¿Cómo lo ha hecho?

El director sonrió, lo que tenía delante ya no era la arrogancia desmedida sino un hombre viviendo un milagro. Un cliente convencido a falta de los detalles finales.

—Ya le dije que no puedo entrar en pormenores hasta que no firmemos nuestro acuerdo.

—¿Se da cuenta de lo que ha conseguido? Esto no pude continuar siendo un secreto.

Los detalles finales, pensó el director ¿Cómo se los tomaría el gran hombre?

—Si me acompaña a mi despacho.

El gran hombre no se movió.

—Dijo que era una cura temporal ¿De cuánto tiempo estamos hablando?

—El suficiente para que, si lo desea, se convierta en definitiva.

* * *

Cada uno reaccionaba a su manera, unos se reían, otros lo aceptaban sin más y muchos estaban dispuestos a pagar lo que fuera para hablar con ellos o simplemente verlos.

El gran hombre dejó claro que sólo el estar sentado en una silla con las piernas cruzadas le impedían mandarle al infierno.

—¿Cree iba a jugarme mi credibilidad y el de mi compañía con una patraña? ¿Qué sentido tendría? —dijo el director.

—Una exclusividad que le permite emitir unas facturas bastante caras.

—Si esta tecnología fuese realmente mía podría cobrarle lo mismo a mucha más gente, piénselo —El director insistió—. Usted más que nadie sabe lo lejos que estamos en la Tierra de curar una enfermedad como la suya.

—Exige mucho de mi credibilidad —alzó los brazos y se miro las manos mientras las giraba muy despacio—. Está en disposición de hacerlo, pero algo así... ¿Que sacan ellos? ¿Acaso el poder de nuestro papel moneda ha llegado tan lejos? —el gran hombre se permitió la primera sonrisa en dos días.

—El dinero es cosa mía, ellos buscan algo distinto.

—¿Qué?

Era el momento delicado de la entrevista, el único en que alguno se había echado para atrás. El director cruzó los dedos de las manos y se inclinó hacia adelante, la realidad era así, sin espacio para medias tintas.

—Sus recuerdos, todos y cado uno, incluso aquellos que ha olvidado o ni sabe que existen, desde el momento en que su cerebro embrionario fue capaz de almacenarlos hasta el instante en que se produzca el trasvase.

El gran hombre no se inmutó, como si sus músculos recién recuperados no recordaran como expresar emociones.

—Nunca serán utilizados en su contra —matizó el director.

—Suponiendo que me crea que algo así se posible ¿Puede garantizármelo?

—Si sus intenciones fueran otras hace tiempo que serían los dueños de este planeta.

Dueños de un planeta, era difícil asumir que nadie renunciara a ese poder si no era por otro mucho mayor.

—¿Mis recuerdos valen más qué toda la Tierra?

Una pregunta interesante y no era la primera vez que la escuchaba.

—No tengo esa respuesta. Soy un mero intermediario, un agente mercantil. Sólo me cuentan lo quieren que sepa.

—¿Por qué yo?

—No lo sé —insistió el director—, no conozco sus criterios, ellos señalan los individuos que les interesan, yo me limito a la parte, digamos, comercial.

—¿Siempre enfermos terminales?

—En algunos casos, la lista es confidencial, pero puedo asegurarle que hay sujetos de toda clase y condición.

—¿Y todos han mantenido el secreto? ¿Hay algún otro tipo de... garantía que vaya a exigirme?

—Aparte de unos cuantos locos que persiguen ovnis, ¿quien iba a creerle? Usted conoce tan bien como yo las medidas de seguridad de nuestros centros. De cara al mundo vendemos lujo y privacidad garantizada, y esa privacidad que nadie ha conseguido romper no se basa sólo en tecnología terrestre. Ni mil investigadores forenses husmeando bajo las moquetas encontrarían pruebas.

—¿Siendo tan poderosos por qué depender de usted? ¿No pueden tomar lo que les apetezca en lugar de montar todo este teatro?

—¿Abduciéndolos? —El director sonrió—. También desconozco el motivo, pero es un método demasiado agresivo, y para ellos es esencial que el individuo consienta voluntariamente y sea por completo extraño a su cultura.

—Necesitan mi conformidad —murmuró para sí el gran hombre. Era el primer argumento con sentido y el único que le devolvía parte del control.

El director le apremió a tomar una decisión.

—¿Qué importa como los obtengan o para que los quieran frente a la posibilidad de ser de nuevo una persona libre, de levantarse cada mañana por su propio pie?

El gran hombre volvió a mirarse las manos moviendo cada dedo, sintiendo la conexión entre los músculos y su cerebro. Todos sus recuerdos, hasta el más íntimo de sus pensamientos, sus secretos, sus miedos, sus noches de angustia. ¿Por qué dudaba? Nunca le tembló el pulso a la hora de decidir el destino de millones personas, su riqueza, su ruina o su muerte. Día tras día asumió sus pecados con la conciencia de que bastante pagaba ya con el esfuerzo de levantarse cada día. ¿Sus pecados? La imagen de un juicio final, con aquellos supuestos seres extraterrestres sentados en el estrado de los jueces pesando cada uno de sus actos, se le antojó divertida. Sólo que allí no habría condena, el tratamiento, según prometía el acuerdo, garantizaba cuarenta o cincuenta años más de vida.

Una de sus manos comenzó a temblar de forma incontrolada.

—Me temo que los efectos de su cura temporal están pasando.

Una jugada sucia, justo a tiempo. El gran hombre torció la boca.

—De acuerdo —dijo—, todos mis secretos.

* * *

Podía pasar por tecnología de la Tierra, un diseño extraño de tubos translúcidos y luces blancas, pero no dejaba de ser una máquina con una camilla y un receptáculo para la cabeza.

—Túmbese —el director se encargaba de todo— el proceso es automático, una vez apoye la nuca sentirá un leve pinchazo y somnolencia. Relájese, déjese llevar y todo irá bien.

Dejarse llevar, no era fácil para una voluntad forjada en la imposición como camino de supervivencia. Sintió el pinchazo, el sueño y no sin esfuerzo, pensando en el cansancio de toda una vida de decisiones, se entregó al agradable sopor.

Dolor, no, no era dolor, una intromisión indeseada, una lengua viscosa, un tubo succionando cada sentimiento, arrastrándole a un espiral sin fin, a un espacio vacío, cerrado, oscuro.

Algo se rompió antes de abrir los ojos.

* * *

Tratándose de uno de los empresarios farmacéuticos más importantes del mundo la noticia de su curación fue imposible de ocultar y la historia de la remisión espontánea difícil de creer. Los que esperaban ansiosos su muerte y sus competidores aprovecharon para hacerle todo el daño posible, él negó las acusaciones. Al principió temió lo peor pero no tardo en comprobar que la información de sus enemigos era la de siempre, nada. Dejó que médicos imparciales le sometieran a múltiples pruebas que no hallaron rastro de su enfermedad ni de tratamientos milagrosos. No le importó que sus acciones subieran impulsadas por las especulaciones sobre curas revolucionarias, que bajaran por la ausencia de las mismas y que unos cuantos periódicos y amantes de las conspiraciones clamaran contra él. Nunca le había afectado la opinión del mundo cuando era un pobre minusválido, ¿por qué habría de hacerlo ahora? Fue sorprendente descubrirse harto, indiferente a las despiadadas guerras comerciales que le empujaban cada mañana a mantenerse vivo. Cerró el asunto dejando en manos de otros su defensa y se tomo las primeras vacaciones en quince años.

Un último rescoldo de duda le impedía la felicidad completa y la única persona con la que podía hablar de ello ejercía, en esta ocasión, el papel de encantador anfitrión en un porche frente a dos copas y con vistas a una ensenada ideal para la práctica de deportes náuticos.

—Dígame la verdad ¿Qué hacen con ellos?

El director dejo pasar los segundos bebiendo pausadamente, antes de responder.

—Firmamos un contrato y en él estaba claro...

—No me venga con tecnicismos legales. Durante el proceso sentí algo... como sí me hubiese partido en dos. Como sí... —la causa de su ansiedad no era fácil de explicar, no más que todo aquel asunto, pensó—. No se ría, como si me hubiesen robado el alma.

—¿El alma? —El director sonrió a pesar del aviso.

—No me tome por idiota, no soy un indígena al que le han sacado una fotografía. O tal vez sí, puestos a comparar distancias tecnológicas.

—Entonces sabe tan bien como yo que una fotografía no es más que una imagen.

—Una imagen que todos pueden ver, analizar, juzgar, exhibir o despreciar, más allá del control del fotografiado.

El director reconoció que la comparación no era mala.

—Y este caso no se trata de su aspecto físico sino de toda su vida. ¿Le preocupa que unos seres desconocidos puedan pensar de ella?

¿Le preocupaba? No la idea de la fotografía se quedaba corta, la sensación iba más allá, la idea del alma como depositaría de la conciencia era más acertada.

—¿Se puede tener consciencia sin un cuerpo?

—¿Qué quiere decir?

—Fue como si me dividiera en dos y durante un instante lo sentí, lo supe.

—¿Habla de una copia de si mismo consciente en manos de seres alienígenas?

—Algo así.

—¿Y le preocupa, le preocupa que esos seres le juzguen le analicen o le exhiban?

—Me preocupa no saber.

—Supongo que es difícil renunciar a saber después de toda una vida controlándolo todo.

—Tal vez.

—Pues créame, no tengo ni idea de que hacen con esa copia ni para qué la quieren, pero me inclino a pensar en algún proyecto científico, de ahí la necesidad de influir lo menos posible en el sujeto de estudio. Siendo positivos es un honor haber sido seleccionado entre miles de millones.

* * *

Algo se rompió y no pudo abrir los ojos ni gritar.

Recodaba, recordaba quien era, incluso hechos que nunca recordó haber olvidado.

Sentir y no sentir, conciencia sin brazos ni piernas ni ojos ni odios ni dolor ni enfermedad, nada ¿Se puede sentir flotando en la nada? ¿El tratamiento había fallado? ¿Estaba muerto?

Una violación, un contacto indeseado, una mente ajena desagradable. Las ideas de un lenguaje, de una vida distinta y extraña se manifestaron como una intromisión y un todo comprensible. El contacto se rompió dejando un eco traducible a sus propias palabras.

—¡Brutal!

—Grabado esta misma semana y lo que has sentido es sólo una pequeña parte.

—Debe ser una mala bestia.

—Lo comprobarás si accedes a la información completa.

—¿Está limpio?

—Virgen, primera copia, sin ningún contacto anterior, el contraste será total.

—¿Cuánto?

—Pasado mañana estará en él mercado y ya sabes lo rápido que se degradan estas conciencias en cuanto entran en la red.

—¿Cuánto? —repitió el cliente.

—Yo vendo calidad y la calidad tiene su precio.

—Estoy dispuesto a pagarlo.

FIN

Jacinto Muñoz Vivas
© Jacinto Muñoz Vivas, (2.408 palabras) Créditos
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