
He guardado el telescopio en un viejo saco y he ocultado sus redondeces envolviéndolo en trapos, intentando dar al conjunto la forma poco apetecible de un simple fardo de ropa vieja. El aspecto de la calle es gris, está sucia y huele mal, igual que las personas que pululan por ella. Ya no quedan coches abandonados en las aceras. Se pueden ver los restos de los antiguos vehículos tapando ventanas de los edificios, en un intento de aprovechar la antigua tecnología. La puerta de un Ford tapando aquella ventana, la capota de un Audi en aquella otra. Recuerdos de un pasado glorioso. Algo que, de entre toda esta gente que se afana en sus trapicheos diarios, soy el único capaz de recordar. Me muevo intentando dar una sensación de seguridad que oculte mi miedo. Nunca fui un valiente. Un tipo viejo se acerca a mí, bamboleante. Me dice algo y le espanto dándole una patada. Así es como hay que caminar por la calle. El lugar donde vivo es algo más tranquilo y la gente me conoce. Se han acostumbrado a mí y yo a ellos. Nadie me molesta en el lugar donde vivo. En unos minutos llegaré a la primera verja y tendré que ingeniármelas para conseguir que los guardias me permitan entrar. Aún conservo la tarjeta que Beltrán me dio hace casi veinte años, pero no tengo la certeza de que la reconozcan los vigilantes de la puerta. Una joven que no tendrá más de 15 años se me ofrece completamente desnuda. Sonríe. Le faltan casi todos los dientes delanteros. No soy capaz de patearla y me limito a pasar de largo. Me lanza un insulto, pero no vuelve a molestarme. Ya veo la verja al final de la calle. Aquí es donde hay que tener más cuidado. Aprieto el fardo contra mi cuerpo.
El guardia de la puerta me mira de arriba a abajo. Estoy parado frente a él con la tarjeta en la mano, mostrándola en su totalidad, sujetándola tan solo con dos dedos. Quiero que quede claro que no soy un cualquiera que pretende entrar en la zona obrera, que tengo permiso perpetuo del mismísimo Beltrán para acceder a ella. El guardia parece demasiado estúpido y perplejo. Me lo temía. No reconoce la tarjeta, pero no sabe cómo actuar ante mi seguridad y, probablemente, el logotipo corporativo de La Empresa plasmado en la cartulina plastificada. Algo dubitativo la coge entre sus dedos y se la acerca muchísimo a la cara. No sabe leer. Nadie sabe leer. Tan solo unos pocos en toda la ciudad podrían descifrar el texto que anuncia la invulnerabilidad del poseedor del salvoconducto. Ver ahí a ese hombre, que tendrá más de treinta años, arrugando el entrecejo ante la dificultad del reto que se le acaba de presentar es algo a lo que me he acostumbrado en las últimas décadas. No importa lo imponente que resulte con ese uniforme gris y esa enorme arma, no es más que un niño grande. Ahora me mira a los ojos.
—¿Quién eres, qué es esto?
Su expresión ha pasado directamente del desconcierto a la agresividad. Analizo durante un segundo las palabras que voy a decir.
—Es un salvoconducto, firmado por Beltrán.
Alargo la mano. Se pone tenso y aprieta el arma. Muy despacio, golpeo levemente con el dedo el lugar donde se encuentra la firma. El guardia vacila. Podría acabar con todo esto dándome un culatazo en la cara y echándome a patadas, pero la duda de si eso le traería problemas lo atenaza.
—Quieto ahí —me espeta.
Sin apartar sus ojos de los míos ni por un momento, lanza un silbido agudo. Pasan unos segundos. Al otro lado de la puerta se escuchan los apresurados pasos de unas botas militares acercándose.
—¡A la orden! —se escucha.
Es una voz juvenil, nerviosa.
—Lleva esto a que lo lean —ordena.
Se abre una compuertita y el guardia introduce la tarjeta por ella. Cuando vuelve a sacar la mano, ya no la tiene. Pasan incontables minutos en los que permanezco callado e inmóvil. El guardia no habla, solo me mira. Por fin vuelven a oírse pasos. El gran cerrojo que asegura la puerta se descorre y un hombre con aspecto de mando y cara de perro surge, atravesando el marco y dirigiéndose directamente hacia mí.
—Usted es Genaro Trestrece ¿Cierto?
—Sí —respondo rápidamente.
Mira la foto impresa en la tarjeta y la compara ostentosamente con mi cara.
—Hace mucho que no vemos pases como este. Entre.
Agarrado a mi fardo atravieso en pos del mando la puerta de la verja.
Ahora estoy dentro de la zona obrera. El mando es un tipo seco de trato, pero me habla de usted.
—¿Qué lleva ahí? —pregunta, señalando el fardo.
No tardo en responder.
—Es un telescopio. Lo llevo oculto para que no me lo roben.
Me lo arrebata de las manos y lo deposita en el suelo sin ningún cuidado.
—Es delicado —le digo—. A Beltrán no le gustaría que se rompiese.
Tal vez mi forma irrespetuosa de nombrar al Gran Jefe le haga dudar sobre como debe tratarme, pero no va a dar su brazo a torcer tan rápido.
—Es probable que conozca al Líder, pero hasta que él mismo acceda a recibirle tendrá que pasar por el protocolo, como todo el mundo.
Me pongo firme, muy digno.
—Por supuesto.
Se acerca a mí, ignorando de momento el fardo.
—Desnúdese.
Me quito la ropa y se la entrego. Él la manosea en busca de posibles armas mortíferas y la va arrojando al suelo según se asegura de que no portan nada. Desde el fondo de la calle se acercan tres tipos uniformados.
—¿Análisis de orificios? —pregunta el que más pinta de mando tiene.
Los uniformes del ejército personal de Beltrán están confeccionados con telas gruesas y duras. Parecen de aspecto incómodo, pero proporcionan un aspecto macizo y temible al que las lleva puestas.
—Sí, análisis completo.
No sé qué es más humillante, que metan sus dedos en mi ano, o el hecho de que lo estén haciendo en medio de la calle. Hay mujeres asomadas en las ventanas. Ríen. Los edificios de esta zona de la ciudad parecen estar en mejor estado y el aspecto de las gentes que la habitan es saludable, comparándolo con las personas que han quedado tras la verja, comiéndose los unos a los otros.
—¡Nada! —ladra el tipo con aspecto de mando.
—Eso está bien. Vístase y espere a que vuelva el soldado.
No sé de qué soldado habla, pero imagino que debe ser el chaval que recogió la tarjeta. Pasan los minutos. Los mandos hablan entre ellos mientras fuman plastiquillos. Los soldados de menor rango permanecen en posición de descanso y me observan. Les veo mover los labios mientras hablan, seguramente sobre mí. El fardo descansa en el mismo lugar donde el mando lo dejó unos minutos antes. Temo por mi telescopio. El mando de trato seco parece darse cuenta de mi inquietud.
—¡Soldado!
—¡A la orden!
—¡Revisa ese saco!
El soldado se pone firme un instante y sale de la pequeña formación, caminando decidido hacia el fardo. Lo coge violentamente.
—Con cuidado, es un regalo para el jefe —dice Seco.
Saca uno a uno los trapos grasientos que esta misma mañana yo he apañado para ocultar las hermosas formas de mi viejo telescopio. Pronto aparece, brillante, limpio en claro contraste con el mundo que le rodea. Seco se dirige a mí, otra vez.
—¿Qué es un... telescopio?
Intento explicarle que es un aparato parecido a un catalejo o unos prismáticos, pero más potente. Finalmente remato con la frase que sé va a provocar sus risas.
—Para mirar las estrellas.
—¿Las estrellas? —responde uno de los mandos inferiores, mientras el humo negro y fétido del plastiquillo resbala de su boca—. ¿Con eso miras... las estrellas?
Otro de los mandos añade.
—¿Para que cojones miras las estrellas?
Sé que la explosión de risotadas está próxima, pero respondo.
—Las estudio... por placer.
No ríen. Se limitan a agitar la cabeza en señal de compasión y vuelven a ignorarme para hablar de sus cosas. Mejor así. No soporto las estúpidas risas de los soldados.
El joven ha vuelto y en posición de firme, delante de Seco, le susurra algo. Este me mira, como asombrado. De pronto el trato se torna amable para conmigo. Amable, que anticuada palabra.
—Sígame, por favor.
Se inclina sobre el telescopio y lo coge con cuidado. Me lo entrega junto con la tarjeta. Ordena a uno de los subalternos que lleve el trípode y empieza a caminar. Mientras nos acercamos a la segunda verja me habla.
—Comprenderá que no podemos descuidarnos con nadie en estos casos, pero sepa que con usted el trato ha sido especial. No acostumbramos a dejar pasar la primera verja a cualquiera. En su caso hemos transigido debido a la tarjeta, ¿comprende?
Asiento visiblemente, ya que me está mirando mientras habla. Parece inquieto. Imagino que debe estar arrepintiéndose de haberme aplicado el «protocolo». Todavía me duele el ano. Los edificios situados entre la primera verja y la segunda están destinados a los soldados del ejército de La Empresa y sus familias, así que todavía no estamos en la zona obrera propiamente dicha. Esta parte de la ciudad es el primer frente ante una supuesta sublevación de las masas. Algo que no ha ocurrido significativamente en los últimos trescientos años. Empiezo a recordar mi vida en palacio, cuando yo aún prefería ser privilegiado a víctima. Todos aquellos años inútiles... ¿Cómo empezó todo esto? Imposible. Trescientos cincuenta años son demasiados para recordarlos todos. Todo lo que sé, todo lo que soy ahora es el compendio de mis estudios de aquella época, de cómo llegamos a esta situación. Me sacudo los pensamientos, no he venido a filosofar. Estoy aquí por algo concreto y, de momento, las cosas están saliendo bien. Al girar una esquina veo la segunda verja.
Hemos pasado sin contratiempos. Los guardias que custodian la puerta se han limitado a abrirla para que pasemos. A pesar de su posición de firme, no han podido evitar mirarme. Un tipo con un tubo brillante entre los brazos, pasando con este desparpajo a través de las verjas de seguridad... Me pregunto si habrán visto algo parecido en los últimos años. Seguro que no. Ahora caminamos por la zona obrera autentica. Las casas se parecen a las anteriores, donde vive la soldadesca. Muchas caras se asoman por las ventanas, casi todas de ancianos y ancianas. También se ven pequeñas caras redondas de niños. Los hombres y mujeres jóvenes y de mediana edad están trabajando en las fábricas, a las que llegaremos cuando pasemos la tercera verja.
Llamar fábricas a los talleres donde se elaboran los productos de consumo de forma artesanal es, cuando menos, arriesgado. Ninguna maquina zumba, ninguna chimenea suelta humo. La mayoría son pisos antiguos transformados para que trabajen en ellos las masas de obreros. Diversos olores inundan mi nariz. Olor a pan recién hecho y pastelería. También olor a goma fundida y plástico... olor a pólvora. El camino hasta la cuarta y penúltima verja es una extraña experiencia. Algo que he hecho pocas veces, que yo recuerde. Seco no para de explicarme la función de aquella o esta fábrica, pero no lo escucho. Intento concentrarme en el paisaje para no ceder ante mis cada vez más alborotados pensamientos y sentimientos de arrepentimiento. ¿De verdad es necesario esto? ¿Qué ocurriría si ahora intentase darme la vuelta para salir de aquí? Echo de menos mi apartamento, sucio, desordenado y la pequeña habitación que he transformado en aula de escuela... pero no, no. Debo barrer estos pensamientos de mi mente. Debo centrarme. Como por ensalmo, me llega la voz de Seco, esforzado como está por contarme las maravillas de la zona industrial de La Empresa.
—...y de esta forma, los productos que entran cada día, procedentes de los cultivos exteriores, se combinan con los cultivos internos para producir la mayor parte de los bienes de consumo —me cuenta.
Creo notar un cierto nivel cultural en su forma de hablar. Es curioso. Decido interrumpirle bruscamente.
—Déjelo. Viví aquí más de doscientos años antes de que usted naciera.
No habla más, pero se ha quedado pensativo. Tal vez empiece a comprender porque mi aspecto actual y el de la foto de la tarjeta es exactamente el mismo, a pesar de estar fechada dos décadas atrás.
La cuarta verja no es tal. Es una simple pared de escayola con entradas. Ni siquiera tiene puerta. Cuando pasamos a través de ella puede verse lo que oculta tras su endeble estructura; enormes ametralladoras fijas, vestigio de los violentos tiempos en los que la humanidad se mataba para arrebatarse a sí misma lo que quedaba de los recursos naturales. Son grandes y negras. Tienen dos cañones y un pequeño sillón trasero donde se sienta el operario. Están situadas unas al lado de las otras, separadas por unos cuatro metros y rodean completamente los jardines interiores de palacio. Es la penúltima defensa ideada para frenar la supuesta sublevación. No tengo noticia de que ningún intento pasado de tomar el palacio haya llegado hasta estas maquinas de muerte, pero creo que en caso de producirse un levantamiento popular, tendría que ser masivo para poder superar el infierno de balas. Los soldados de guardia, sentados a las ametralladoras, fuman plastiquillos y hablan a voces con los compañeros adyacentes. Pasamos de largo y ante mí, la ultima verja. Sigue siendo dorada, decorada con elementos cristalinos que la hacen brillar al sol del mediodía. Puede verse el colorido interior. Los Jardines de Sol son una, por lo que aprecio, cada vez menos variada selección de plantas y céspedes, fruto de una cuidada recolección que se hizo siglos atrás de los jardines y parques que existían en la ciudad. La puerta está cerrada, pero el guardia engalanado de la entrada ya sabe que tiene que abrirnos y, por primera vez en casi veinte años, traspaso la voluptuosa puerta. Me siento extraño. Es como si formara parte de esto. Parece que nunca me hubiera ido. Tan solo unos centenares de metros me separan de Beltrán.
Hay dos mayordomos en la entrada de la Puerta de Sol. Uno de ellos, el más viejo, me reconoce.
—Bienvenido de nuevo, señor.
Alarga las manos para coger el telescopio. Se lo entrego.
—Hola Juan, un placer verte.
No miento. Juan es de esas personas a las que es imposible odiar. En realidad lo conozco desde que nació, aunque parece varias décadas mayor que yo. Me hace pasar. Seco se queda fuera y la puerta se cierra, haciéndole desaparecer de mi vista. Estoy dentro.
—El señor Beltrán está impaciente por recibirle, espere aquí —me indica.
Espero. El recibidor del palacio sigue siendo el mismo que recuerdo. Lujoso, pero completamente falto de buen gusto. Parece la simple copia de cualquier recibidor de cualquier palacio de película, de las que hace siglos no se realizan. Beltrán aparece de pronto, en lo alto de la escalera, acompañado por una chica muy joven. Lleva puesta una bata dorada con algo escrito en negro en la solapa y va en zapatillas.
—¡La madre que me parió! —grita desde lo alto—. No me lo puedo creer, cabronazo. ¡Has vuelto!
Se dirige hacia mí con los brazos abiertos de par en par. La chica le sigue. Está completamente desnuda, aunque lleva un collar de perro al cuello. No tendrá más de doce años. Beltrán me abraza aparatosamente, con ansia. Aprieta fuerte y ríe. Me coge la cara entre sus manos y me mira directamente a los ojos. Llora.
—No me lo puedo creer —repite una y otra vez sin soltarme la cara.
Yo intento mantener una sonrisa, pero deseo que la explosión de júbilo se atenúe un poco y me saque de la incomodidad que siento.
—¡Jodido cabrón! Mírate, estas hecho un asco. Dime ¿Has vuelto para quedarte?
El momento ha llegado. Se lo suelto.
—La Expora ha regresado, Beltrán.
Me mira como si no comprendiese, como si no recordase. Insisto.
—La Expora, Beltrán. Está en órbita. Han vuelto a casa.
* * *
Estamos sentados en sendos sillones, en un cuarto, también muy lujoso. Entre los dos hay una pequeña mesa con varias botellas de licor de diferentes colores y tres copas. Beltrán las llena. La sonrisa sigue luciendo en su rostro, iluminándolo. Sé que su alegría es sincera. En realidad, Beltrán es el único amigo que tengo. Me tiende una copa y le da otra a la niña, que permanece de pie al lado de su sillón. Ella me observa fijamente. Debe resultarle extraño ver a su amo mostrando sus sentimientos tan abiertamente. Es delgada, morena, de piel muy blanca. Va maquillada para resaltar esa palidez. Los labios rojos, la sombra de ojos oscura y pronunciada. No puedo evitar preguntarme si realmente la usa como esclava sexual o es un mero adorno. Beltrán hace esas cosas; es un exhibicionista.
—Entonces ¿Qué es lo que quieres? —me pregunta.
He empezado a temer que no le guste el hecho de que haya venido, después de tanto tiempo, por interés y no por verle, o para quedarme.
—Eres la única persona que conozco que puede ayudarme a entrar en contacto con ellos —le respondo—. Necesitaría una radio y un ordenador, así como una antena parabólica y medios para que todo ello funcione.
—Un generador eléctrico...
—Sí, un generador.
—Ahora dime, ¿qué interés tienes para ponerte en contacto con La Expora?
Tengo que meditar bien la respuesta y me tomo unos segundos para pensarla.
—Curiosidad, Beltrán. Por mi parte, tan solo eso. De todos modos también creo que sería humanitario recibirles. Piensa que cuando salieron de la Tierra las cosas eran... diferentes. No creo que debamos dejarles ahí, sin respuesta.
Se lleva a los labios un puro autentico mientras medita su siguiente pregunta.
—¿Crees que están intentando comunicarse?
—Sería lo más lógico, ¿no? Llevan trescientos y pico años fuera y si han vuelto habrá sido por alguna razón... que podría interesarnos.
—¿Interesarnos? ¿De qué modo podría interesarnos?
Ahora es cuando le incluyo, aludiendo a su natural sentido para la ganancia.
—A ti, desde luego, podría interesarte muchísimo. Piensa en la tecnología de la nave. Tecnología de hace tres siglos, Beltrán.
Ríe estruendosamente.
—¡Qué jodido eres!
Me mira sonriente. Está pensando o, tal vez, recordando.
—Me alegra mucho volver a verte, Genaro, de verdad.
Le creo.
—Vale, tú no necesitas darme más detalles. Tendrás lo que necesites para ponerte en contacto con la Expora.
—Gracias.
—Pero lo haremos juntos, como antaño.
—Por supuesto, con eso contaba.
—¿Tienes hambre?
—Bastante.
—Pues comamos. Ya casi debe ser la hora.
Comer en palacio, a pesar de ser un rito que se lleva celebrando a diario desde hace siglos, siempre es un espectáculo digno de vivirse. Ahora hay muchas caras nuevas, jóvenes. A Beltrán le gusta cambiar el repertorio de rostros cada pocos años, incluso meses. Es curioso verle dar el visto bueno a los (Y sobre todo a las) candidatos a vivir en palacio como corte personal. Suelen ser personas de la zona obrera, aunque a veces se digna a permitir que algún habitante de las zonas exteriores penetre en su círculo de amistades. Beltrán no acepta malos modos en su mesa, por eso exige que pasen un curso preparatorio de tres meses, tiempo suficiente para conseguir que aprendan a usar los cubiertos y no eructen. Después, cuando se cansa de ver siempre las mismas caras, simplemente los echa fuera para que vuelvan a sus pobres vidas. Pero hay algunas personas que permanecen. De momento reconozco a tres mujeres. Están envejecidas, pero siguen esforzándose en parecer atractivas, y es que el hecho de que no hayan sido expulsadas significa que son tan del agrado de Beltrán que este no tiene valor para mandarlas de nuevo al arroyo. Imagino que las usará de profesoras para los nuevos. Ahora estoy sentado a la mesa y todos me miran con curiosidad. Supongo que ver a un tipo nuevo, vestido pobremente y justo al lado del asiento del Líder les provoca algún tipo de interés morboso, o tal vez... desasosiego. Puede que piensen que es un nuevo juego de su amo. Están expectantes. Una de las tres que más tiempo lleva parece reconocerme.
—¿Genaro?
La miro, no recuerdo como se llama.
—Sí, soy yo.
Sonrío afablemente. Ella está tan extrañada que no se atreve a decir nada más. Beltrán aparece. Ha ido a cambiarse de ropa para comer. Ahora viste con una especie de casaca militar de color corinto brillante, cargada con multitud de condecoraciones doradas y azules. Exhibiendo, como siempre, ridículo, como siempre. Beltrán no dice nada sobre mí a los demás y se limita a dar el permiso para que empiecen a comer. Habla conmigo en voz baja, acercando mucho su cara a la mía.
—Como ves, las cosas no han cambiado desde que te fuiste.
—La gente ha cambiado —respondo, como de pasada.
—La gente siempre cambia. ¿No comes?
Miro la comida, variada, abundante. Hacía mucho que no veía tanta junta. Cojo el tenedor y ataco un arroz de aspecto apetecible. Tengo hambre. La niña mascota de Beltrán entra. Sigue estando desnuda, pero el maquillaje ha cambiado. Ahora es más natural. Parece una niña y no una muñeca.
—Lo ha hecho por ti. Me ha dicho que antes la mirabas como si no aprobases su maquillaje. Creo que le gustas.
Reprimo la indignación que me asalta. Me da un codazo mientras ríe.
—Cuando quieras te la puedes tirar.
De piedra, debo ser de piedra. Sabía que pasarían estas cosas cuando decidí venir.
—Ya no soy el mismo hombre de antaño —replico.
La niña se coloca entre ambos y se sienta en las rodillas de Beltrán. No deja de mirarme, curiosa, desafiante. Me concentro en mi arroz. La comida va a ser larga. Los comensales hablan entre ellos. De momento ninguno se dirige a mí. La cosa empieza a relajarse y, poco a poco, vuelven a ser ellos mismos. Hablan de trivialidades mientras comen con la educación exquisita que Beltrán les exige. Me he servido algo de carne. Hace meses que no la pruebo. Ni siquiera sé qué tipo de carne es, ni me importa. Está deliciosa. Un poco de ensalada y será perfecto. Mi mente vuelve, junto con los sabores, a los tiempos en los que vivía en Palacio... y era feliz. Una vida vacía, al margen del sufrimiento exterior. Las imágenes se vuelven vívidas. Yo era un cretino. Me pasaba el día persiguiendo jovencitas. Las mismas jovencitas que Beltrán elegía de la chusma obrera aledaña a Palacio. Rememoro el día en que conocí a Carlota, la muchacha adicta a los libros, la que me hizo, en su momento, volver a tiempos aún más anteriores, cuando yo era un ingenuo que soñaba con un mundo mejor. La que me hizo recobrar la consciencia. No voy a preguntar por la suerte de Carlota; no quiero que la respuesta me altere de nuevo. Beltrán sabe muy bien que fue ella la que me hizo abandonar Palacio.
—Bueno, Genaro —se hace de nuevo el silencio. La que habla es la misma mujer que me reconoció al principio de la comida—. ¿Y qué has estado haciendo todos estos años?
Mastico la excelente carne. Me siento bien. Lo suficientemente bien como para contestar.
—Me casé.
Los comensales, asombrados, no saben si reír o asentir con aprobación. Es Beltrán el que rompe el momento con una risotada.
—¿Qué te casaste? —asiento vehementemente con la cabeza—. ¿Con una exterior? —asiento de nuevo.
—Se llamaba Andrea. Tuvimos una hija.
La mujer que me reconoció al principio sonríe con aire soñador. Debe de parecerle muy romántico. Espero. En algún momento alguien tendrá que hacer la pregunta fatal. Por supuesto, es Beltrán quien rompe el silencio.
—¿Y qué demonios ocurrió?
Me pongo serio, me limpio los labios como antes solía hacer.
—Un día, tus soldados, hicieron una batida en mi barrio. Se llevaron a mi hija y mataron a mi mujer por intentar evitarlo.
Ahora el silencio es sepulcral. Hasta los sirvientes están atentos a lo que ha de venir.
—Yo estaba trabajando fuera. Cuando volví a casa me lo contaron los vecinos.
Beltrán se ha puesto pálido. Su carrillo izquierdo está hinchado por la comida que estaba masticando, pero ya no mastica. La comprensión de todo lo que está ocurriendo hoy en Palacio parece abrirse paso a través de toda su parafernalia mental. Demasiado dramático, demasiado poco banal para su gusto. Me pongo en pie.
—Hoy he venido a buscar a mi hija, Beltrán —señalo a la niña que reposa en sus rodillas—. ¡Ella es mi hija!
Si en algún momento de la historia de la humanidad alguien ha podido sobrevivir más de diez segundos con la sangre detenida en las propias venas, ese momento es este. Beltrán no sabe qué hacer. Hasta hace unos instantes estaba comiendo y dando de comer a la niña de su propio plato, con su propio tenedor. Ahora, si se abriera un agujero en el suelo y se lo tragara lo agradecería. Daría todo lo que tiene por evitar que se hubiera producido este instante. Soy el único ser vivo en el planeta capaz de provocarle estos sentimientos. No sé si eso es bueno o malo. Me siento, le doy un trago a mi copa de vino.
—Picaste, capullo —le digo indiferente.
El momento persiste unos segundos. La niña me mira con los ojos tan abiertos que podrían salir volando de sus cuencas y meterse en el bolsillo de mi chaqueta. Cuando Beltrán comprende que le he tomado el pelo, escupe el contenido de su boca en el plato y estalla en una carcajada tan abrupta, tan sonora, que hace que parezca que ningún otro sonido es posible.
—¡Hijo de la gran puuuta!
Se incorpora, golpeando con las manos en la mesa. La niña resbala de sus rodillas y da de culo contra el suelo. Beltrán ríe y ríe y repite otra vez.
—¡Pero qué hijo de la gran puuuta!
Los demás se relajan visiblemente al poco, mientras su amo se convulsiona, golpeando la mesa con brutalidad desaforada. Si no fuera porque está hecha con madera maciza volcaría las copas.
—¡Pero cómo te pasas, macho! ¿Pero, cómo se te ocurre...?
Ríe y ríe y yo sigo comiendo seriamente, satisfecho de que la broma haya tenido tanto éxito. Me alegro. Soy capaz de integrarme de nuevo en la vida de Palacio. Esto me será útil para lo que tengo que hacer. Ahora todos ríen. Ríen para que Beltrán lo apruebe. Con los postres todavía se celebra la broma. Con las copas es como si nunca me hubiera ido. Si no fuera por mis pobres ropas parecería que esto ha estado pasando durante los últimos veinte años. Creo que soy capaz de «doble-pensar» como en la novela de Orwell. Tan solo necesitaba estar en el ambiente adecuado. Sí, creo que puedo hacerlo. Lo voy a hacer.
* * *
Me pruebo, una tras otra, prendas de mi ropero. Beltrán lo ha dejado tal cual lo abandoné, «por si te daba por volver» me ha dicho. Estoy limpio y afeitado. Una sirvienta se ha ocupado de mi pelo y ahora, al mirarme al espejo mientras elijo ropa, compruebo que la expresión de mi cara ha cambiado. La última vez que tuve una superficie reflectante donde mirarme tenia la expresión amargada de alguien que ha pensado demasiado durante años. Alguien que ha estado viendo atrocidades a diario. Ahora vuelvo a ser aquel jovenzuelo persigue-mancebas de antaño. O casi. Algo queda de mi vida en el exterior, pero me digo a mí mismo que eso me hace más interesante. Beltrán está sentado en una de mis butacas, tomando coñac de mi mesita de licores. Mi copa descansa junto a la de la niña, que está casi entera. Ella se sienta en el suelo, ojeando uno de mis libros con desinterés. He tenido que enseñarle a abrirlo, porque jamás en su vida ha visto uno. Como tampoco sabe leer, sencillamente pasa paginas, tal vez con la esperanza de que aparezca algo comprensible para ella, como un dibujo. No recuerdo si en mi biblioteca tengo algún libro con ilustraciones. Pienso. Creo que hay uno sobre leyendas escandinavas con ilustraciones de elfos y duendes. Lo busco, lo encuentro, se lo doy, quitándole de las manos Aurora, de Friedrich Wilhelm Nietzsche. Aparte de que no sabe leer, creo que el tema no sería apropiado para ella. Cuando abre por cualquier página el libro de los elfos, sus ojos se abren mucho y me indican que he acertado con la elección. Beltrán observa todo esto en silencio. Yo vuelvo a la tarea de probarme mis ropas. Disfruto del momento. De hecho, las echaba de menos.
—No llevas aquí ni seis horas y ya me estas corrompiendo a la corte —suelta Beltrán.
Parece divertido, así que no me lo tomo como un reproche. De todas formas, replico.
—Solo es un libro de cuentos... para niños.
Beltrán da un sorbo a su copa. Me observa.
—Lo de la Expora... es una excusa para volver, ¿no?
Le miro un momento. Es deseable que sea él quien saque el tema de nuevo.
—Si y no —respondo—. Ha sido un motivo para volver, pero es totalmente cierto que está en órbita.
—Bueno, ¿y qué tienes pensado?
Perfecto Se está tomando lo de la Expora como una ofrenda para que me permita volver a Palacio. Me está saliendo tan bien que debo reprimir mi entusiasmo.
—Ya te lo dije. Necesito una radio, un ordenador...
—Sí, sí, sí, eso ya lo tienes. Te pregunto que qué es lo que tienes pensado, una vez consigas ponerte en contacto con ellos.
—Pues, supongo que ofrecerles asilo, si es que lo necesitan y si es que son capaces de llegar hasta nosotros con sus transbordadores. Intercambiar información... no lo sé, Beltrán, de momento me conformo con poder entrar en contacto.
Beltrán asiente, yo continúo.
—He traído mi viejo telescopio. Esta noche debería verse pasar la Expora sobre nuestras cabezas. En realidad se ve a simple vista, pero dudo que nadie mire al cielo últimamente...
¡Mierda! Otra vez me asalta la negatividad. ¡Doble-piensa, idiota!
—Los cielos se ven muy claros, desde que no hay polución atmosférica. A eso me he estado dedicando estos últimos años por las noches. La encontré, por casualidad, una de las veces. No se cuanto tiempo llevarán ahí y si ya han aterrizado. Lo que si creo es que nadie ha respondido a sus llamadas, de haberse producido, y eso nos deja a ti y a mí la oportunidad de ser los primeros en poder sacar provecho de la situación.
Beltrán me mira. Está pensativo. Agita su coñac lentamente. Por fin me pregunta.
—¿Cuándo tendrías listo el asunto para transmitir?
Me decido por un conjunto sencillo de pantalones y camisa de seda, que solía vestir a menudo en mi anterior vida. Compruebo si está en buen estado y empiezo a ponérmelo.
—Esta misma noche. Quiero que subas conmigo a la azotea para que la veas con tus propios ojos y me ayudes a montar el dispositivo.
Beltrán sonríe.
—Como en los viejos tiempos. Claro que subiré contigo.
Levanta su copa hacia mí.
—Por los viejos tiempos, amigo mío.
Recojo mi copa y la hago chocar levemente contra la suya.
—Por el futuro.
Bebo un trago largo. La suerte está echada.
* * *
Es una noche clara y algo fresca. Las estrellan lucen furiosas en el cielo sin Luna. La azotea es el lugar más alto de palacio, construida especialmente para mí décadas atrás, cuando me dio por mirar a lo alto. A nuestros pies se extienden los jardines y secciones aledañas. Más allá, el caos durmiente exterior. La ciudad parece un reflejo del cielo, tan oscuro, salpicado de pequeños puntos de luz. Son las hogueras que mantienen calientes los cuerpos humanos. He ordenado apagar las luces de Palacio, con la excusa de facilitar la observación. Beltrán observa como apañamos la emisora de radio y el ordenador, entre Juan y yo. La niña está a su lado, pero ahora va vestida, abrigada por el frío. Se me hace más fácil poder mirarla. Lleva bajo el brazo el libro que le he regalado. Estamos solos los cuatro, no es necesario nadie más. Cuando hemos conectado la radio al ordenador, y este al telescopio, despido a Juan. Ahora introduzco un viejo pendrive con software en el ordenador. Esto hará posible la observación de la Expora según pase por nuestro campo de visión. La radio parece llevar incorporado su propio software y se está descargando por sí solo. Todo parece ir bien. Beltrán ha cuidado esta tecnología. Con ella puede comunicarse con los demás feudos del país, supongo que para asuntos comerciales.
—Listo, creo —digo, dirigiéndome directamente a Beltrán—. Si no me equivoco, la Expora aparecerá en unos minutos —señalo a un punto en el horizonte—. Por allí.
Introduzco en el ordenador las coordenadas y velocidad aparente de la Expora.
—Está en una orbita alta; podremos verla durante bastantes minutos.
Beltrán se acerca y observa la pantalla.
—¿Por qué crees que habrán regresado? —me pregunta.
La curiosidad de Beltrán es, por primera vez, lógica. Se supone que la Expora era una nave colonizadora rumbo a un mundo tipo Tierra y que no debía regresar jamás.
—No lo sé, pero supongo que no le debieron ir bien las cosas allá arriba.
—¿Qué es... la Expora?
Miro a la niña. Es la primera vez que oigo su voz. Es dulce, suave e infantil. La voz de una niña. Pienso en como debo contarle a una persona, que seguramente no sabe ni que la Tierra es un planeta, el concepto de nave espacial.
—Imagina un barco —le digo, e inmediatamente me asalta la duda—. ¿Sabes lo que es una barco?
La niña asiente y me responde rápidamente.
—Sí. Va por el agua y lleva gente dentro.
No puedo evitar asombrarme, después de todo es una esclava sin derecho a enseñanza y, ¡qué demonios! estamos en Madrid.
—Bien, pues imagina un barco lleno de gente, pero que en vez de ir por el agua va por el cielo.
Asiente convencida. No puedo evitar sentirme un poco culpable, es tan inocente. Bien podría haberle dicho que una nave espacial es una madalena gigante que flota en un gran océano de leche y ella me habría creído sin problemas. Decido no hablarle más como a una cría. Ha vivido demasiadas cosas, demasiadas experiencias que no debería, a su edad, como para seguir creyendo que es una niña normal y corriente.
—Verás —continúo—, hace muchísimo tiempo, el mundo no era como tú lo conoces. La gente no era la gente, sino La Humanidad. Así nos gustaba llamarnos. La humanidad había conseguido hacer cosas maravillosas, entre ellas, eliminar la esclavitud...
Beltrán se inquieta, o eso me parece.
—Genaro... por favor, hombre...
Le ignoro.
—Las ciudades eran grandes y limpias, y las personas no vivian con miedo. No es que fuera un mundo perfecto, claro, nunca lo fue, pero al menos una niña podía estar bastante segura de poder recibir una formación, mientras se dedicaba a ser... una niña. ¿Entiendes?
No entiende. Podría contarle cualquier memez que se me pasara por la cabeza y la aceptaría sin tapujo alguno. Beltrán parece saber esto y sonríe socarronamente.
—El caso es que una de las cosas que hizo la humanidad fue construir un gran barco de los cielos, una nave espacial para ir a otros sitios. Otros sitios como este.
Beltrán se sienta en una de las butacas que los criados han subido para nuestra comodidad y se sirve una copa de coñac. Parece entre fastidiado y divertido. Tal vez no debería poner tanto empeño con la niña. Podría pensar... lo que no debe. Decido poner punto y final a la explicación de forma cruel.
—Pero claro —le digo—, tú no puedes entender nada de lo que te explico. Solo eres una pequeña... —estoy a punto de decir «puta», pero dudo. Un cambio tan absoluto en el trato a la niña esclava podría hacer saltar el sistema de alarma de Beltrán. Busco la palabra adecuada, algo que permita una transición aceptable desde el trato de padre al de amo, algo que no sea demasiado brusco. Sonrío—...una pequeña y preciosa esclava.
Le acaricio la cara. Ella no parece notar el cambio de modos, el cambio con el que pretendo salvarle la vida.
Ya es casi el momento en el que la Expora debería aparecer por el horizonte. El pequeño motor del telescopio zumba cuando pulso Enter y orienta la lente hacia un punto concreto. Por ahí debería aparecer. No puedo evitar observar, en la oscuridad plagada de hogueras que es la ciudad, que un pequeño punto de luz se agita. Es alguien zarandeando una antorcha de izquierda a derecha. Otro pequeño punto de luz responde desde algunos kilómetros. No debo ponerme nervioso. Tengo que permanecer tranquilo, regodearme en mi recién reconquistado status.
—¿Y qué pasó? —pregunta la pequeña.
No debería haberle contado nada. Me arrepiento.
—Pasó lo que tenía que pasar.
El telescopio comienza a moverse un poco más rápidamente, señal inequívoca de que está siguiendo algo que se mueve a una velocidad mayor que la propia rotación terrestre. Perfecto, la conversación con la cría acaba aquí y ahora.
—¿Quieres ver la Expora?
Ella asiente, aunque no comprende cómo puede verla.
—Mira por aquí —le digo, señalando con el dedo el ocular.
Ella se acerca, dubitativa.
—Por aquí —insisto—. Cierra el otro ojo. No, no toques con las manos. Así. ¿Lo ves?
Observa unos segundos, largos, misteriosos. Aparta la vista del ocular y mira directamente al cielo. La Expora solo es un punto brillante.
—Déjame —la aparto suavemente y pego mi ojo.
La Expora aparece ante mí, blanca y brillante, bañada por un sol invisible desde nuestra posición. Tiene forma de seta. Un sombrero, destinado a mitigar las radiaciones producidas por las velocidades relativistas, un pie, donde se desarrolla la vida de los tripulantes y una volva, que no es otra cosa que un motor de fusión enorme.
—Beltrán, ¿quieres mirar?
Se levanta de la butaca de forma perezosa. No me gusta la falta de entusiasmo que muestra ahora. No debería haber hablado tanto con la niña, no debería haber cambiado mi actitud hacia ella tan abruptamente. Debería haber alabado su belleza. Tendría que haberle pedido permiso a Beltrán para tenerla en la noche..., cualquier cosa antes que tratarla como a un ser humano..., como a una niña de 12 años.
—¿Se ve bien? —pregunta Beltrán, apartando a la niña sin miramientos. Está borracho, mal asunto.
—Míralo tú mismo.
Acerca su ojo al ocular. No dice nada, solo observa. A lo lejos se agitan dos antorchas más.
—Pronto dejará de verse. Voy a intentar comunicarme con ellos.
Está sospechando, lo sé. Me acerco a la radio. La conecto y muevo el dial a la frecuencia común. Tan solo estática. Está pasando demasiado tiempo y cada vez hay más antorchas agitándose en la ciudad. ¿Por qué no lo hago ya? Sé porqué es. Es la niña. La niña me impide cumplir. Debo intentar que se largue, pero tengo que hacerlo sin levantar más sospechas. ¿Cómo lo hago? La miro directamente.
—¿Por qué no bajas a mi cuarto y me esperas allí, pequeña?
Ella me mira. Beltrán suspira, pero no levanta el ojo del ocular.
—Vamos, preciosa, ponte algo sexy y espérame en la cama.
Sonrió al decirlo y ella se mueve hacia la puerta. ¡Por fin!
—Espera, Lucrecia —Beltrán pronuncia estas palabras sin dejar de mirar por el telescopio.
Se llama Lucrecia. Ahora es peor, ahora tiene nombre.
—Genaro... ¿Qué estás haciendo?
Beltrán ya no mira el cielo. Ahora se dirige a mí directamente.
—Intento comunicar con la Expora —respondo, intentando que mi voz siga sonando fuerte y segura.
—No, no estás haciendo eso.
Lucrecia está detenida entre nosotros y la puerta de la azotea, esperando instrucciones. Cerca, demasiado cerca todavía.
—Lucrecia, ven aquí.
Beltrán levanta la mano para que la pequeña cabeza de Lucrecia se coloque debajo. Me está mirando. Ya no es el payaso confiado que ha estado siendo durante todo el día. Ahora le veo como aparece en mis recuerdos, serio, terrible.
—Cuando me dijeron que estabas en la puerta con un aparato extraño, lo primero que hice fue ordenar que lo analizasen.
Estoy a punto de derrumbarme. Analizo la situación y no le veo salida, mas que aquella para la que he venido hasta aquí, simulando, engañando... ya no queda remedio... pero la niña...
—El no haber encontrado nada peligroso en el telescopio me hizo pensar que habías cambiado, Genaro, amigo.
Está claro que los medios de detección de palacio no son infalibles. Con eso contaba. Se han centrado en el telescopio y han ignorado el trípode. No se les ha ocurrido que la madera podría estar impregnada de algo incomprensible para ellos.
—Pero no entiendo que pretendes —prosigue Beltrán—. ¿Qué pretendes, Genaro?
La niña está a su lado y a su lado está también el telescopio.
—¿Crees que no he visto a esos muertos de hambre agitando sus antorchas en la noche, comunicándose?
No hay tiempo, no hay tiempo. Respondo.
—No pasa nada —¿Ya está? ¿Eso es lo único que voy a decirle? ¿Qué no pasa nada?—. Esto no puede continuar. La maquinaria debe ponerse en marcha otra vez. Todo ha terminado —me quito la máscara y hablo libremente—. Tu reinado debe terminar, Beltrán. No hay salida para la especie si nos quedamos estancados.
Así, así, dale algo en que pensar, que no vea peligro inmediato.
—¿Has venido a matarme?
La máscara cae al suelo y se hace añicos.
—Sí, he venido a matarte.
Suspira de nuevo y aprieta su enorme mano sobre la cabeza de Lucrecia.
—¿Y crees que podrás hacerlo? ¿Aquí? ¿Ahora? ¿Tú solo?
Estoy demasiado lejos del telescopio y él se interpone. Está haciendo daño a Lucrecia, que no se atreve a decir nada. Debe darse cuenta de lo que ocurre y es plenamente consciente de que es mejor para ella callar. Cualquier movimiento que yo haga será fácilmente contrarrestado.
—¿Sabes, Lucrecia? Beltrán no puede morir, y yo tampoco.
Está aterrorizada.
—Somos el producto de aquella civilización de la que te he hablado antes. Todo un logro de bioingeniería y nanotecnología.
Beltrán está expectante. De un momento a otro llamará a la guardia. Tardaran menos de cinco segundos en aparecer y entonces todo habrá acabado definitivamente. Tras Beltrán y Lucrecia, en la noche, se agitan antorchas. Todo un ejército de desarrapados muertos de hambre que esperan la señal prometida para atacar.
—¿Por qué, Genaro?
Ya da todo igual. Me aproximo a ellos.
—Por nada en concreto, amigo mío. Tan solo para que la maquinaria que nos destruya o nos ensalce pueda volver a funcionar. Estamos estancados, Beltrán. Tú y yo no tenemos razón de existir. Es el turno de los mortales, otra vez.
Estoy justo enfrente de ellos. Beltrán saca una daga, pequeña, afilada. La reconozco. Es una daga especial para matar inmortales. Recuerdo que contiene un software, capaz de anular toda la nanotecnología que circula por mis venas. Los ojos de Beltrán están enrojecidos, no sé si por la ira reprimida o por la decepción. Coloca el filo de la daga en el cuello de Lucrecia. Va a poner en práctica la baza que más tiene a su favor.
—Ella no importa, ya nada importa.
Me acerco a ellos. Él aparta a la niña y hunde la daga en mi estómago. No duele, no me importa. Le abrazo. Es mi amigo, el único que tengo.
—Nada importa —repito, pero el telescopio vuelve a estar a mi alcance.
Deslizo mi mano y pulso el pequeño interruptor que acciona el detonador...
