
Terranova, capital de la II República, es un mundo bullicioso y animado, donde siempre se pueden encontrar cosas interesantes que adquirir durante el Gran Mercado. Me había detenido en un puesto que prometía (al primer vistazo supe que era mentira) artesanía maya auténtica, cuando de un tenderete de bebidas cercano me llegó una voz que me llamó la atención. Era una voz de tono profundo, pero suave; hablaba como un profeta, y me acerqué, curioso. El que hablaba era un hombre alto, de piel pálida y ojos azules; tenía el pelo negro, recogido en una coleta, y estaba sentado a la barra, rodeado de un pequeño grupo de curiosos. Me acerqué yo también, y escuché entonces, la historia que el hombre estaba contando...
[...] tiene muchos nombres, y ninguno de ellos lleva la alegría a nadie cuando se lo menciona: Lehrer V, el Planeta Gris, Sepulcro, Moriturio. Sería un planeta más si no fuera por sus peculiaridades culturales: situado alrededor de una estrella típica de clase G, la estrella de Lehrer en la constelación de la Cruz del Sur, Moriturio es famoso en la República casi exclusivamente por uno de sus productos de exportación, el Licor de Leteo, un alcohol de alta gradación alcohólica que le proporciona gran parte de sus ingresos. La renta per cápita del planeta es una de las más altas del universo conocido, la tasa de crecimiento es 0, y sus habitantes disfrutan de un nivel de vida que sería considerado propio de la nobleza en muchos otros mundos.
Y según las encuestas del CCE (el Centro de Cálculo Estelar), Moriturio ocupa uno de los últimos puestos en la lista de destinos migratorios, por debajo de lugares tan poco recomendables como Fiodor (un planeta desgirado, con uno de sus hemisferios eternamente iluminado por su sol y el otro sometido a una noche sin fin) o Mandala (un planeta colonizado por una teocracia neo-budista aparecida en la Tierra del siglo XXII), y tan sólo por encima de planetas como Inferno (mundo sin atmósfera, horadado por una cadena de habitáculos en forma de cúpula enterrados a gran profundidad bajo la corteza planetaria)
Se estarán preguntando por qué, ¿verdad? Bueno, pues yo me quedé tirado en el espaciopuerto de Moriturio, a pocos días del comienzo de la Estación de los Lirios, y averigüé, a mi pesar, porqué son tan escasos los inmigrantes en este mundo. Pero estoy divagando, y no pueden seguir el hilo de mi historia sin conocer como es el lugar en el que me encontré prácticamente abandonado, y cual era la situación que me había llevado allí.
Soy periodista; me llamo Carlos del Río, y trabajo para el Republic Herald, uno de los mejores periódicos de la República (como sin duda ustedes ya saben), y había recibido el encargo de elaborar un reportaje sobre un planeta... dijéramos, peculiar. Uno de esos mundos que, por una u otra razón, inspiran tanta fascinación como repulsión. Y yo elegí, maldita sea la hora, Moriturio. No puedo quejarme, sin embargo, porque cobré un buen cheque por mi reportaje, y estoy aquí para contárselo.
Me documenté sobre el planeta, y anoté cuidadosamente los datos más importantes sobre aquel mundo, que resumiré ahora para ustedes: Moriturio es un planeta de tipo terrestre, de clima templado y vulcanismo escaso. Su atmósfera es respirable, y ofrece al turista praderas interminables, cubiertas de hierba allí hasta donde alcanza la vista, y montañas cubiertas de nieve la mayor parte del año. La densidad de población es muy baja, y las ciudades, dispersas aquí y allá por el paisaje, son pequeñas y apacibles, y ofrecen al visitante un silencio y una calma muy difíciles de hallar en otros mundos.
La primera peculiaridad, que me sorprendió mucho en un primer instante, pues yo había esperado encontrar algún secreto espantoso en la historia del planeta, es la de que todos los habitantes del planeta están muertos. Sí, sí por favor, borren esa expresión de asombro o sorna de sus rostros: no se trata de un error, ni de un delirio sobrenatural. La frontera entre la vida y la muerte se desdibuja en ese mundo.
Como muchos otros mundos de ese sector, Moriturio fue colonizado por una de las ordenes religiosas que huían de la Tierra, una llamada la Hermandad del Lamento. Ascetas e idealistas extremos, los moralistas de la Hermandad estaban convencidos de la maldad del mundo sensible y de la benevolencia del pensamiento y el espíritu. Finalmente, presas del dualismo de su extremada compasión y repugnancia hacia los que vivían ciegos a su verdad, los miembros de la orden invirtieron todos sus fondos en comprar un carguero colonial de los que se hicieron populares a principios del Éxodo, y partieron hacia las estrellas. Y así, descubrieron Moriturio. Ocurrió que, cuando llegaron los colonos, en Moriturio existía una raza alienígena que se estaba muriendo; apenas quedaban 20 individuos en todo el planeta cuando el carguero se posó en lo que ahora es la capital planetaria, Puerto Silencio. Los alienígenas recibieron a los colonos con indiferencia; ante las preguntas de los terrestres (cuando se superaron las barreras lingüísticas), respondieron que ´se marchaban a unirse con el infinito´, y que nada podían hacer por ellos. Pero antes de irse, los alienígenas cedieron a sus... herederos el secreto de su civilización: un virus, un virus al que los colonos llamaron, fascinados, Tánatos.
Los jefes de la Hermandad dialogaron largo tiempo con los alienígenas antes que finalmente, aquellos seres esbeltos y de profundos ojos negros murieran. Y entonces, tomaron la decisión de experimentar con los cultivos del virus.
El virus Tánatos era inofensivo para los organismos vegetales y las plantas de la Tierra se aclimataron sin problemas a Moriturio, pero reaccionó agresivamente contra las especies animales extrañas. Todos los ejemplares traídos de la Tierra murieron; y los colonos... cambiaron. No se me ocurre otra palabra para definirlo. No soy xenobiólogo, pero como descubrí más tarde... ahora me estoy adelantando a los acontecimientos, discúlpenme.
Me quedé entonces varado en Moriturio al principio de la Estación de los Lirios, como les decía, porque mi piloto espacial, alquilado con dinero del periódico, decidió por su cuenta que yo no iba a volver de una visita al Palacio del Senado Planetario, en la capital de Moriturio, y se colocó en órbita. Según me dijo por video-conferencia, no estaba dispuesto a poner un pie en el planeta durante la Estación de los Lirios. Era yo el que había llegado tarde; él aterrizaría de nuevo al cabo de tres meses, y si entonces yo seguía vivo... no tendría ningún problema en traerme de vuelva a Terranova.
En Moriturio, como he dicho, todo el mundo está muerto. Y como he dicho también, quizá muerto no sea la palabra correcta. Los moritorios, así se llaman los habitantes del planeta, son tan humanos como ustedes o como yo... y, sin embargo, no son como los demás seres humanos. Su temperatura corporal nunca supera los 30º Celsius; no respiran, su corazón no late, no transpiran, no generan células sexuales, no se reproducen, no sufren enfermedades, no generan hormonas; el virus Tánatos se insertó en el código genético de los primeros colonos, y lo modificó totalmente; lo deshizo, y luego lo rescribió de arriba abajo, creando seres que parecen hombres, pero no lo son. Su existencia se prolonga a lo largo de una serie de ciclos, y a cada ciclo que pasa, su aspecto externo es cada vez peor; los más ancianos entre ellos son auténticos esqueletos andantes, con una fina capa de piel apergaminada pegada a unos huesos amarillentos, pero capaces de razonar y moverse y... seguir existiendo. Y reciben con los brazos abiertos a la muerte, la extinción como la llaman ellos, y creen que pasan a unirse con la eternidad cuando, finalmente, los mecanismos víricos fallan, y su estructura material se hace átomos.
Entre tal peculiar compañía me encontré yo, abandonado por mi cobarde piloto, en una ciudad pequeña y agradable, llena de momias que caminaban por las calles, indiferentes a la repulsión y la palidez que me inspiraban. Ningún miedo se hubiera apoderado de mí, pues en ese mundo no hay crímenes, ni delitos, o si los hay, nunca tuve noticia de ellos, si no fuera porque aquel malnacido me había dejado en Moriturio a pocos días del comienzo de la Estación de los Lirios.
La Estación de los Lirios... si las leyendas sobre Moriturio llenan estanterías, las que corren entre los pilotos espaciales sobre la Estación de los Lirios podrían llenar bibliotecas enteras. Se dice que es una celebración de la muerte, una gran fiesta caníbal, una orgía necrófila en la que los moritorios copulan salvajemente con cadáveres profanados, robados de otros mundos de la República, para liberar sus pasiones colectivas, reprimidas en su subconsciente por el virus Tánatos.
En Moriturio no hay cementerios y cuando alguien... deja de existir, su cadáver es expuesto al sol y los vientos hasta que se deshace.
Yo sabía que el virus no se transmitía de moritorios a humanos, y que había desaparecido del ecosistema en su forma libre; por tanto, no tenía miedo de convertirme en uno de los habitantes del planeta. Aún así, sentía inquietud ante la inminencia de la Estación de los Lirios. Ahora sé que los moritorios no practican las cosas que temíamos que practican y, sin embargo, me he jurado que nunca más pondré un pie en aquel mundo.
Por tanto, resolví volver a casa de un moritorio, con el que había trabado cierta amistad durante la realización del reportaje, y debo decir que la expresión que apareció en su rostro cuando llamé a la puerta no fue nada reconfortante para mí, aunque habíamos conectado bien, pues él era (y sigue siendo) periodista, como yo.
Mi amigo, que se llamaba Claudio, me hizo pasar, y me preguntó, cortésmente, si había perdido mi vuelo. Yo le expliqué entonces la situación y le pregunté, con gran turbación, si me ocurriría algo por quedarme en Moriturio. Él negó con la cabeza y me dijo que, si bien es costumbre que todos los nativos de otros mundos abandonen el planeta durante la Estación de los Lirios, era cierto que no había leyes sobre tal asunto, pues ciertamente el personal permanente de la embajada de la República pertenecía a muchos mundos distintos, y no abandonaba Moriturio.
Seguidamente me explicó que la Estación de los Lirios era un momento de recogimiento y meditación para su pueblo (y yo me pregunté como podría ser eso, si sus vidas eran a mis ojos terriblemente aburridas; laxa y no rígida es su sociedad, pero extremadamente idealista y para mí, sofocante y enrarecida) E inmediatamente me dije que yo los había visto como periodista, y no durante su rutina diaria. Continuó diciendo que los moritorios suelen, durante los dos meses que dura la Estación de los Lirios, reunirse cada cinco días en la plaza mayor de la ciudad para rezar juntos, adornando las ventanas y puertas de sus casas con coronas fúnebres y ramos de lirios; y los que no desean rezar en público, se reúnen en sus casas con sus amigos y celebran los mismos ritos. Así me contó, y yo asentí en silencio, aún asustado pero mucho menos inquieto que cuando me había visto sólo en el espaciopuerto.
Y mi amigo asintió, y dijo que yo no tenía nada que temer mientras estuviera en su casa. Tras esto, me cogió de las manos: estaba, según me había contado, en su tercer ciclo y en la Tierra hubiera pasado por hombre atractivo, aunque un poco inquietante. Era alto, de ojos color miel y labios de color ceniza; su cabello era negro, y carente de brillo; su piel tenía una tonalidad gris azulada, como la de alguien muerto por cianuro, y en algunos lugares poseía un tono blanco fantasmagórico. La piel de sus dedos había empezado a descamarse, y a veces al coger las cosas las dejaba cubiertas de un polvillo grisáceo.
Y entonces hizo algo inesperado, y que me dejó sin habla por unos instantes: me atrajo hacia sí, y me dio un beso en la frente. Se echó hacia atrás, y preguntó si yo iría a alojarme en un hotel, o me quedaría a dormir en su casa. Y yo asentí, y le dije que aceptaría su amable invitación si no era molestia.
Se disculpó entonces, y dijo que debía ir a abastecerse al mercado de la legación diplomática pues, comentó con una sonrisa, los moritorios ayunan durante la Estación de los Lirios, y tenía la despensa prácticamente vacía. Me acompañó a una habitación de invitados, y me dejó allí, con mi mochila, para que me acomodara.
Cuando bajé, al cabo de un rato, encontré a mi amigo sentado en un sillón, en su biblioteca, charlando animadamente con alguien al que yo no podía ver desde la puerta. Claudio levantó la mirada, y cuando me vio, apareció en su rostro ceniciento una leve sonrisa, y me hizo gestos para que me acercara. Entonces, me indicó que me volviera hacia la butaca en la que estaba sentada la persona con la que él había estado hablando, y lo que vi estuvo a punto de cortarme el aliento.
Desde la butaca, forrada de terciopelo carmesí, me contemplaba un moritorio: pero no era un ciudadano cualquiera, no. Yo había visto antes aquellas largas vestiduras blancas con ribetes dorados, aquellas mangas que colgaban hasta las caderas, abiertas en los extremos, y aquel cordón plateado, alrededor de la cintura, del que colgaban dos pesadas esferas metálicas. Eran los ropajes de un Orador Necrótico, uno de los miembros de más alto nivel del Senado Planetario de Moriturio, y, por tanto, una gran personalidad, influyente y poderosa en su mundo, y quizá también más allá de él.
Pero que podré decir del Orador mismo; a ojo, calculé que debía encontrarse en su quinto o sexto ciclo... la piel apergaminada se le pegaba a los huesos, que aparecían amarillentos bajo el tejido translúcido, y sus ojos verdosos me contemplaban desde las profundidades de las cuencas oculares, hundidos y morbosamente brillantes; sus uñas eran afiladas y astilladas en las puntas, como las de un cadáver dejado al sol durante años. Se le había caído el pelo, y el cartílago de sus orejas parecía haber cristalizado; y sus dientes eran afilados como los de un depredador.
No era extraño que no me hubieran dejado entrevistar a ningún Orador durante mi visita al Palacio del Senado.
Y entonces, aquella monstruosidad separó las mandíbulas, y una voz incongruentemente serena y plácida, de timbre masculino, dijo:
—El señor del Río, el periodista... ¿verdad?
Yo asentí, lentamente, sintiendo que me subía un sudor frío por la espalda, y que se me erizaban los pelos de la nuca. Entonces, el Orador cruzó las manos sobre las rodillas, y dijo:
—Disculpe que no le dé la mano, pero no estoy acostumbrado al roce de una piel tan cálida como la suya.
¿Cálida? pensé por un momento, y luego caí en la cuenta de que para los moritorios el tacto de un ser humano ´normal´ debe de ser extremadamente cálido, ya que hay una diferencia media de unos 6 º Celsius.
Conseguí sonreír, y dije:
—No se preocupe; veo que es usted un Orador Necrótico. Es un gran honor para mí.
—El Orador es un gran amigo mío —intervino Claudio— Le he llamado para informarle de tu situación.
—Todo lo amigo que alguien en mi posición puede permitirse ser de un periodista —pareció bromear el Orador, ladeando la cabeza. Y digo pareció porque los pocos músculos que le quedaban en la cara apenas se movían cuando hablaba, y desde luego, no sonrió.
Me armé de valor, y dije, manteniendo firme la mirada:
—¿Hay algún problema, Orador?
—No, no, ninguno. Como ya le ha comentado Claudio, la costumbre de que los extranjeros abandonen el planeta es tan sólo eso, una costumbre. La verdad es que me gustaría que viniera a mi casa dentro de cinco días, a celebrar los Ritos de los Difuntos.
Miré a Claudio, y mi amigo asintió, lentamente.
Y yo entonces, sonreí y dije:
—Claro. ¿Pero me concederá una entrevista?
El Orador se reclinó en la butaca, y dijo, con lentitud, como paladeando las sílabas:
—Por supuesto. Después de la ceremonia, claro. Será usted uno de los pocos visitantes a Moriturio que han tenido el privilegio de asistir a una de nuestras oraciones comunales.
—¿Los ritos de la Estación de los Lirios?
El Orador se puso de pie, y se dirigió hacia la salida de la habitación; mi amigo le acompañó, y cuando ambos llegaron a la puerta, Claudio se volvió hacia mí, y dijo:
—Sí, amigo mío. La Estación de los Lirios.
El Orador hizo entonces una inclinación de cabeza, y ambos moritorios abandonaron sin más dilación la estancia.
Durante los siguientes días, paseé por la ciudad de Puerto Silencio, admirando la arquitectura y la urbanística de la capital, y su distribución ordenada y estable, sus grandes avenidas, sus parques silenciosos y plácidos, y sus mercados, ahora prácticamente vacíos. El espaciopuerto estaba también en estado de letargo, aunque sí observé como a lo largo de los días iban llegando grandes naves de carga, de las que se usan para el transporte interplanetario de animales.
A primera vista no reconocí sus banderas, pero consultando la Enciclopedia Ford en casa de Claudio, identifiqué las naves como procedentes de Nueva Anatolia, un planeta templado y montañoso de un sistema cercano a Moriturio pero perteneciente a la Confederación de Weissmann, un puñado de mundos independientes que mantienen relaciones comerciales con la II República.
Según el artículo de la Enciclopedia, Nueva Anatolia estaba especializado en la exportación de bóvidos y materias derivadas —excelentes cueros, pieles y carne—, y en el comercio de seres humanos. Aunque la esclavitud era ilegal en la República, no lo era —aparentemente— en la Confederación, y, por tanto, tampoco en Nueva Anatolia.
Me estremecí, recordando de nuevo todas las historias que había oído contar sobre la Estación de los Lirios, y cerré la Enciclopedia. Cuando volví al espaciopuerto, la mañana del día en que tenía que acudir a casa del Orador Necrótico, vi que habían llegado más cargueros, que permanecían anclados en las instalaciones del puerto espacial. Las barcazas de carga y descarga volaban, lentas y pesadas, desde los cargueros hasta los almacenes del muelle, y de vuelta otra vez. Y otra.
Cuando volví a casa de Claudio, encontré a mi amigo sentado en el porche de la casa, leyendo. Levantó los ojos, y apareció en sus labios una amplia sonrisa. Luego se levantó, y me dijo:
—Tengo una sorpresa para ti. Ven, acompáñame a la cocina.
Le seguí, algo inquieto, pero la inquietud desapareció de mi mente cuando, al abrir la puerta de la casa, me llegó un aroma familiar. ¡Ternera! ¡Ternera asada! Y olía... olía a patatas, patatas con mantequilla, y guisantes, y... se me hacía la boca agua mientras seguía a Claudio. Y cuando entramos en la cocina, perdí el habla durante unos minutos. ¡Mi amigo había preparado un banquete al estilo terrestre!
Y no es que la cocina nativa de Moriturio fuera mala, ¡es que es infame! Sólo he estado una vez en un restaurante moritorio, y no se lo recomiendo a nadie: sirven una serie de caldos de diversos tonos de gris sucio, con sabores bastante parecidos a su color. Al menos, no presumen de ser grandes gastrónomos, sino que se disculpan con los turistas porque su cultura no pone gran interés en el cultivo de las pasiones del gusto.
Claudio se sentó a comer conmigo, como habíamos hecho todos los días, y yo no pude dejar de observarle fascinado mientras comía aquel suculento almuerzo con la misma expresión inexpresiva, si me permiten decirlo, con la que comía todos los días el puré grisáceo que solía preparar.
—Discúlpame si algo no es de tu gusto, pero creo que me he equivocado en algunos detalles —dijo Claudio mientras me miraba comer.
Yo asentí con la boca llena, tragué y luego dije:
—No, no... lo cierto es que estoy impresionado. No tenías porque haberlo hecho; no quería causarte molestias.
—No es ninguna molestia; tenía unas horas libres, y pensé en... hacer algo especial. Pero creo que no soy un gran cocinero.
—No seas modesto —dije yo con una sonrisa.
Claudio asintió, en silencio, y ya no habló más durante toda la comida. Luego recogió los platos, y los lavó mientras yo permanecía sentado en el sofá, satisfecho, y sintiéndome un poco culpable. Me levanté, y le ayudé a secar la cubertería.
Y así llegó la media tarde, y nos arreglamos para ir a la casa del Orador Necrótico. Claudio se vistió con una túnica larga, negra y muy severa, de mangas hasta los codos y cerrada con capucha; luego, me ofreció otra a mí. Me la puse, y tan sólo tuve que ajustármela un poco, ya que mi amigo y yo éramos de la misma complexión. Cuando salimos a la calle, vimos que casi no había nadie fuera de las casas. Y los pocos que vimos se dirigían en grupos de dos o tres, o solos, hacia la plaza mayor. Y todos iban con túnicas, negras o grises o rojas, con ramos de lirios en las manos, y algunas mujeres llevaban coronas de hiedra en las sienes.
La casa del Orador estaba en el centro de la ciudad, cerca de la plaza mayor. Era un edificio de tres plantas, dividido en dos alas, de ventanas pequeñas y elegantes, rodeado por un pequeño terreno plantado con grandes árboles que reconocí como tejos. Aparcados ante la puerta había varios vehículos, especialmente bicicletas (máquina a la que los moritorios son muy aficionados, porque sus ciudades son pequeñas y tan bien organizadas que los vehículos de transporte personal de motor de combustión o eléctricos son algo exótico en Moriturio) Cuando llamamos a la puerta, nos abrió el mismo Orador, y nos hizo pasar con un gesto de bienvenida: el político llevaba una túnica como la de Claudio y mía, aunque sus vestiduras habituales eran visibles bajo la serena tela de aquellos ropajes fúnebres.
Nos hizo pasar a un cuarto semiesférico que ocupaba el centro del edificio, y el aroma de los lirios era tan intenso y penetrante que me hizo retroceder levemente; las blancas, severas flores estaban colocadas en ramos, en jarrones situados en todos los rincones de la habitación. Había allí como unas quince personas, y todas llevaban uno o dos lirios en la mano. Vi a dos o tres Oradores más, cuyo rostro me era conocido por los periódicos de Moriturio, que me dedicaron una leve inclinación de cabeza; junto a ellos, había una gran variedad de rostros.
Y todos ellos estaban tocados por la mano de la muerte; había rostros céreos, pálidos, ojerosos y rostros morbosamente atractivos y seductores. Las mujeres no llevaban maquillaje (las moriturias se maquillan a menudo, en mi opinión intentando conseguir el aspecto más marmóreo y eternamente... inquietante posible), pero se habían cepillado el cabello mortecino y sin brillo y arreglado las uñas. Calculé que las edades de los presentes iban del segundo al sexto ciclo. Había moriturios que podían pasar por seres humanos, y algunos otros que parecían sacados de un delirio alcohólico o una pesadilla: descamados, con los huesos a flor de piel, los ojos hundidos en cuencas como cuevas, las pupilas brillantes y los dientes amarillentos y separados. Algunos, pocos, llevaban las capuchas bajadas ocultándoles el rostro.
Se cerraron entonces las puertas del cuarto, y mi amigo se disculpó conmigo para saludar a unos conocidos. Yo me quedé solo, sintiendo que los ojos de los presentes, cargados no de malicia sino de fascinación, se clavaban en mí. Me di cuenta de que los moritorios no están acostumbrados a los seres humanos, y que quizá sentían hacía mí la misma repulsión que yo sentía hacía ellos. Y en mi interior burbujeó la pregunta que me carcomía desde que había llegado al planeta, dispuesto a hacer la entrevista: ¿no hay niños? Yo ya sabía que los moritorios eran inmortales y no podían reproducirse, pero, aún así, un planeta lleno de seres parecidos a los humanos, pero sin niños, tiene un algo aterrador e hipnótico al mismo tiempo.
El Orador me tomó del brazo, y me llevó hacia el centro de la habitación, en el que había una mesa de piedra pulimentada, en forma de sector circular, como un anillo cortado en uno de sus puntos. Y me hizo pasar al centro de la mesa, y mirar hacia unas grandes puertas que había al fondo del edificio. Y todos los presentes depositaron un lirio morado sobre la superficie de mármol, su corola apuntando hacia ellos, su tallo apuntando hacia mí. Y se abrieron las puertas, y entraron veinte figuras vestidas de blanco, y vi, para mi sorpresa, que sus manos eran humanas bajo las túnicas.
Y las figuras vestidas de blanco se colocaron en una fila; todas llevaban en la mano un lirio, un lirio blanco. Y se subieron las capuchas, y vi hombres y mujeres maduros, ninguno de ellos tenía más de 30 años. Y vi en sus ojos una determinación y una dureza mental que me estremeció. Entonces, entraron otras veinte figuras, pero éstas iban desnudas, y caminaban a tumbos, como si estuvieran drogadas. Les habían rapado todo el vello del cuerpo, y tenían grilletes en el cuello, en las muñecas y en los tobillos. E iban marcados en el hombro con números. Sentí la presión de la mano del Orador en mi hombro, sujetándome como la garra de un buitre.
Alguien habló en moritorio, lengua que no entiendo, y veinte de los presentes, de los que me habían saludado al entrar en la sala, se colocaron detrás de los veinte vestidos de blanco. Y todos a una sacaron de sus túnicas unas largas jeringuillas de cristal, en cuyo interior brillaba como rubíes un líquido denso como miel. Habían empezado a sonar unos tambores, que aunque miré a mi alrededor no pude localizar. Tuve la sensación de que el cuarto giraba a mi alrededor; el pesado aroma de los lirios parecía haberme afectado.
Y los veinte moritorios sujetaron cada uno a uno de los veinte humanos vestidos de blanco, y les clavaron la jeringuilla en el pecho, justo encima del corazón. Y... ¡el horror, el horror de aquello! Uno cayó al suelo inmediatamente, gritando como si le estuvieran arrancando las entrañas, otro dio unos tumbos, y se desmayó en los brazos de su... ¿padrino? Los moritorios asistían insensibles al espectáculo de la muerte, y yo sentía la mano del Orador en mi hombro, mientras todo me daba vueltas. Los esclavos, callados, rapados, observando lo que estaba ocurriendo sin hacer nada, y los otros humanos, aullando como animales mientras el virus Tánatos corroía, destruía y reconstruía su código genético. Y los moritorios, insensibles... quise moverme, y vi en los ojos de aquellos seres una leve chispa de emoción, de rapacidad, de hambre.
Y entonces, como en un sueño, como en una pesadilla, el que se había caído al suelo se levantó (los ojos hundidos, con ojeras, las venas azuladas claramente visibles como un mapa del horror sobre la piel lechosa), y gritó. Un grito que duró al menos dos minutos; y entonces, se calló, avanzó hasta uno de los esclavos, y le derribó de un puñetazo. El esclavo cayó al suelo, sangrando por la nariz y el hombre... (ya no un hombre, un moritorio ahora, me dije) empezó a golpearle con los puños desnudos, enloquecido, totalmente fuera de sí. Y para mí horror, le sacó un ojo con los dedos, y se lo comió, la sangre chorreándole por entre los dedos, blancos como el papel.
Aquel acto de violencia desató el infierno; los quince humanos que habían sobrevivido al atroz bautismo
se lanzaron sobre los esclavos y empezaron a morderlos salvajemente, a arrancarles pedazos de carne con las manos, y abrirles la carne y a devorarlos. Y los moritorios se quitaron las túnicas y se unieron a la carnicería.
Carne, carne muerta y carne viva luchaban en el suelo del salón durante los ritos de la Estación de los Lirios. Y las lenguas negras, secas e hinchadas de los moritorios besaban los labios de los esclavos, labios que eran inmediatamente arrancados de cuajo; y los huesos amarillentos se salpicaban de sangre, y vi a un Orador hundir los dedos como de arpía en la nuca de una muchacha, y extraerle como un largo gusano, que supe que era la médula espinal. Y entonces, el Orador Necrótico acercó su boca de momia a mis oídos, y me dijo: Sea uno de los nuestros. Rellene el formulario de emigración a Moriturio
Grité, grité hasta que mis cuerdas vocales se rompieron, y todo se volvió negro.
El hombre había dejado de hablar, cansado, y yo le contemplaba con gesto escéptico. Uno de los presentes, un muchacho de no más de 12 años, dijo con una sonrisa mellada:
—¿Y qué pasó después? ¿Hizo la entrevista?
—Claro que no. No me dejaron hacerla; me metieron en una barcaza, y me llevaron a la nave de mi piloto, que seguía en órbita esperándome.
—¿Y ha contado su historia, y nadie ha hecho nada? —preguntó una mujer.
—¿Y qué se puede hacer? dijo una voz seca, plácida y monótona.
El moritorio, al que yo no había visto unirse al grupo de curiosos, vio indiferente como la gente se apartaba de él, asqueada. Se frotó la barbilla, y dijo:
—Somos un planeta independiente, miembro de la II República, y seleccionamos muy severamente a nuestros inmigrantes. Somos ricos y poderosos, y nadie nos quiere como enemigos. ¿Y qué importan unos cientos de esclavos muertos todos los años? ¿Quién de ustedes no querría ser como nosotros?
Alguien empezó a decir algo, pero la mirada del moritorio le hizo callarse. El hombre que había contado toda la historia, el periodista Carlos del Río, se había marchado. Ya no estaba entre la gente, aunque le busqué con la mirada. El moritorio se dio la vuelta, y se marchó también. La gente se fue, lentamente al principio, luego con premura, como agua que hubiera derrumbado una presa.
Yo, finalmente, me quedé solo. Y pensé en Moriturio, en su cielo azul, su clima templado, y sus habitantes. Soy Oficial de Emigración de la República, y sé que aunque la cuota de emigrantes que acepta ese mundo es mínima, las solicitudes se acumulan, año tras año, en las oficinas de nuestro Departamento.
