
Bien, os voy a contar algo aunque estoy convencido de que no me vais a creer.
Todo empezó hace más de un año, cuando después de una larga ausencia había vuelto uno de mis mejores amigos. Podría decir el más cercano, porque nos hemos criado juntos y, de todos, sólo Marin se había quedado a mi lado por lo menos hasta partir en la misión. Era el responsable de seguridad de una expedición a un sistema solar lejano, tengo que estar de acuerdo con él en que es mejor que nadie sepa adónde. Me contó mil y una cosas impactantes sobre las ruinas de una civilización que parece haber desaparecido antes que el hombre mirara hacia las estrellas, sobre inscripciones en piedra que es poco probable que alguien descifrara jamás, sobre dibujos descubiertos en el interior de unos cristales, dibujos que representaban unos seres cuyo mayor parecido con el hombre era que tenían ojos y orejas. Sin embargo, la apariencia era totalmente distinta, aquellos seres tenían cuatro ojos al extremo de unas antenas de apariencia flexible, en disposición de mirar en cuatro direcciones a la vez. Escuché historias sobre plantas que se desplazaban buscando luz y un suelo más fértil, sobre árboles que podían modificar su estructura de manera que al llegar el invierno, retornaban en un par de semanas a la forma de semilla de la cual nacieron para ocultarse en el suelo. Ya llegada la primavera, en un par de días alcanzaban su tamaño original y seguían con su ritmo normal de desarrollo. También a través de Marin he sabido de las criaturas marinas de ese mundo, capaces de llevar una vida individual o unirse en un gigantesco ser cuando las condiciones lo requerían. Miles y miles de maravillas, lo que parecía ser extremadamente peligroso se revelaba totalmente inofensivo, como por ejemplo el animal que se les manifestó por primera vez cubierto de púas de color naranja y unos colmillos amenazantes. De hecho, era manso hasta la dulzura, porque si se le acercaba alguien él retiraba las púas y comenzaba a juguetear como un cachorro, los colmillos los utilizaba para desenterrar raíces, siendo esa su única fuente de alimento. En cambio, la más hermosa planta, alta, de unos cuatro metros, tenía flores multicolores a lo largo del tallo y aunque perfumaba el aire con una fragancia de dioses, era una criminal profesional. En medio de cada flor se escondía una aguja empapada de veneno y cualquiera que se acercaba a una distancia menor de cinco o seis metros se arriesgaba a ser traspasado por una de ellas, convertida repentinamente en proyectil. Marin me contó que perdieron a un par de compañeros hasta conseguir identificar al criminal. Cuando se hizo la autopsia al primer muerto, los médicos constataron sorprendidos que había muerto de una sobredosis. Tras los análisis concluyeron que el veneno de aquella planta, denominada simplemente Rocvaiv, en cantidad muy pequeña tenía un efecto sobre el sistema nervioso parecido al LSD, induciendo alucinaciones y aumentando la capacidad de ciertos sentidos. La parte más interesante era que en cada persona testada los efectos eran ligeramente distintos, algunos se volvían capaces de oír cualquier sonido por muy lejano o leve que fuera, otros habían adquirido una agudeza visual capaz de distinguir las moléculas de la materia, efectos remarcables que se hubieran empleado en cientos de campos de la ciencia y de la medicina de no ser porque el efecto duraba muy poco tiempo, y estaban acompañados de unos efectos secundarios terribles. Pero, en definitiva, quería contaros cosas sobre mí.
La maldición con la que he nacido es ser atraído por todos los vicios posibles. Con sólo siete años conseguí emborracharme por primera vez. Un día que mis padres no me estaban vigilando, mientras ellos tenían una de sus habituales discusiones, me interné en el salón, acerqué la silla al mueble-bar y cuando me descubrieron estaba a un paso del coma. Había ingerido un par de largos tragos de whisky. Me encontraba tan mal que habría pensado que me moría, si hubiera sabido algo sobre la muerte. No aprendí mi lección, en cuanto tenía ocasión me tragaba cualquier cosa que contuviera alcohol. Al final, mis padres guardaban las llaves del mueble-bar y me vigilaban cuando venía alguien de visita. Eso no me impidió que a los catorce fuera ya un fumador empedernido. A los dieciocho me metí con drogas más serias, empecé con la hierba, luego la coca, el éxtasis y el speed, pero de todas, la única que me causó problemas serios fue la heroína. Llegué a ser adicto y a los veinticinco ya había pasado por la segunda desintoxicación. Conseguí dejarlo y juré que nunca en mi vida tocaría la heroína. Pero no había prometido nada en cuanto al LSD. Éste tenía un efecto totalmente de mi gusto. Transformaba totalmente la realidad aburrida de mi alrededor, no es que el mundo que lo reemplazaba fuese mejor, pero durante el tiempo que el ácido mantenía sus efectos me sentía importante, vivía con la sensación de que era un Dios perdido en un laberinto y que al final podría encontrar el camino hacia afuera, hacia el lugar donde podría dirigir ambos mundos. Cuando me despertaba me despejaba, era consciente de que sólo había sido la alucinación de un drogadicto, aún así me sentía una y otra vez tentado a volver a probarlo, poco a poco aumenté la dosis aunque sabía que hay un riesgo enorme porque el ácido no era nada fácil de dosificar, pero pensaba que podría encontrar la manera de prolongar el efecto.
Bien, después de haberos confesado mis problemas podréis entender por qué me han dejado todos mis amigos. El único que se quedó fue Marin, a lo mejor se hubiese alejado junto a los otros de no haberle salvado la vida cuando teníamos diez años. Pero esta es otra historia y no tiene importancia. Lo que importaba era que el hecho de que Marin sabía que si aparecía una nueva droga en el mercado yo me apresuraba a probarla. Conociéndome, sabía que me ofendería si me contaba lo que habían descubierto en aquel planeta y no me regalaba una porción de la nueva maravilla. Aún así no podía arriesgarse, así que a pesar de mi insistencia me dio la deseada poción apenas una semana antes de partir en la segunda expedición hacia aquel planeta, y eso sólo después de prometerle que no lo probaría mientras él estuviese en la Tierra. Se lo prometí y respeté la promesa. Sólo que antes de hacerlo le pedí que confiase en mí y me dijera cual era su destino. Al principio ni quería hablar de ello, pero hizo un cálculo y se dio cuenta de que para cuando él retornara a la Tierra habrían pasado veinticuatro años, los suficientes como para no encontrarme con vida y los bastantes para que prescribiera la revelación de secretos de trabajo. Así que me lo dijo. El Sol alrededor del cual gira el planeta del que hablamos se llamaba MRT-162046. Podéis apuntarlo y verificarlo. Me dijo que la misión se llamaba Friendship y que estaba financiada por japoneses y americanos. Esto ha sido hace un mes y algo, así que seguramente encontraréis gente que os confirmará lo que os digo.
Bien, como os he dicho, he guardado mi promesa. En el momento en el se cumplía una semana de su partida, me preparé la droga. Me lo inyecté y esperé. Por un tiempo no pasó nada. Estaba tumbado y ni oía mejor ni veía moléculas girando a mi alrededor. De repente, el ventilador del techo se paró. Al principio pensé que se había cortado la luz, así que fui a comprobar los fusibles. Salí de la casa, bajé las escaleras y entonces noté un fenómeno acojonante. Tenía un dálmata que se llamaba Spot. Era aún un cachorro, así que tenía ganas de juerga todo el rato. Los vecinos tenían un niño de ocho años que a veces saltaba la valla con mi permiso para jugar con Spot. Le tiraba la pelota y éste saltaba a cogerla en el aire. Ése era el fenómeno acojonante. Mi perro estaba suspendido a un metro del suelo. Estaba colgado en el aire con el hocico apuntando hacia la pelota, que estaba a unos centímetros de su nariz. Ésta flotaba también. Quiero decir, no flotaba sino que estaba fija. El niño también estaba detenido, con el brazo extendido, marcando el impulso final a la pelota. Intenté bajar el perro de allí, pero no pude moverle ni un pelo, por mucho que lo intenté. Salí a la calle, ni yo sé por que. Miraba alrededor y no me lo podía creer. Todas las personas estaban paradas, como congeladas. No se movía ni una hoja en los árboles ni una brizna en el césped. Aquella mañana había llovido y la tierra seguía mojada, pero aún así mis pies no dejaban huellas. Del tejado aún goteaba agua pero las gotas se habían detenido en el aire. Me sentía como en medio de un cuadro. Al final me di cuenta de que todo aquello eran los efectos de la droga, así que volví a casa y me tumbé en la cama. Allí sabía que estaría a salvo, no correría el riesgo de ser atropellado por un coche cuando las cosas retomaran su actividad. Me di cuenta de que yo continuaba respirando aunque no inhalaba aire en los pulmones. Soplé en mi propia mano, pero no sentí ninguna brisa. Luego, de repente, el mundo se puso en marcha otra vez. El ventilador giraba de nuevo, fuera se oía el ladrido alegre del perro y las risas del niño, y de fondo el ruido de la circulación. No me levanté de la cama, sino que empecé a analizar lo sucedido. Intentaba encontrar una manera de aprovechar el extraño estado del mundo, porque había llegado a la conclusión de que esa droga había acelerado mis movimientos hasta tal extremo de que todo parecía estático en comparación conmigo. Esto también podría explicar la extraña inercia de los objetos. Pero la imposibilidad de mover algo reducía a cero todo lo que que tenía pensado. Había deseado mil y una cosas que no me podía permitir comprar, así que me hubiera aprovechado sin dudar de la situación, sólo que no encontraba ninguna solución que pudiese funcionar. No me servía de nada entrar en cualquier tienda si no podía mover los objetos, no me servía de nada entrar en un banco si no podía coger el dinero. Así que a la siguiente dosis todo lo que conseguí fue entrar en la casa del vecino. Hacía algún tiempo que había empezado a mirar a su esposa a través de las cortinas. Era diez o quince años más joven que su marido y se me pasaba por la cabeza tener una aventura con ella. Esperaba poder verla en una postura embarazosa, pero tuve mala suerte. Estaba sentada en la mesa de la cocina, pelando una cebolla. Pero no por ésto digo que tuviera mala suerte, sino porque de repente el mundo volvió en sí y ella gritó al verme aparecer a su lado. Montó un escándalo considerable y sin poder explicarle nada llamó a la policía. Antes de que llegara la patrulla policial le dije que era el vecino y que les había hecho una pequeña visita con la única intención de invitar a su marido a una partida de bridge el fin de semana. Al principio no me creyó, pero pronto se rió de su propio susto y ella misma despidió a la recién llegada policía explicando que todo había sido un malentendido. Una vez en casa reflexioné sobre la razón por la cual el efecto de la droga fue mucho más corto. Había usado la misma cantidad que la primera vez, así que pensé que mi organismo había empezado a acostumbrarse. Los siguientes tres intentos fueron un desastre absoluto. No pasó nada. Esperé totalmente en vano que se detuviera el movimiento. Conseguí sólo un dolor de cabeza infernal, pero nada más. Así que volví al LSD y hasta pensé en tirar lo que me quedaba de la sustancia. Luego cambié de opinión y doblé la dosis pensando que así obtendría algún resultado. Sí que lo conseguí, pero mucho más tarde. No después de al cabo de unos minutos, como las primeras veces, sino después de unas dos horas.
Entonces, no sólo se paró el mundo.
Había salido de casa y allí mismo me sorprendió el hecho de que, además de la paralización de las cosas, había desaparecido también la carretera. Se borró simplemente, siendo reemplazada por un blanco absoluto. Luego le pasó lo mismo a mi casa. Mi pequeño patio, incluido Spot, luego la casa de los vecinos, los árboles lejanos, los montes que se veían por encima de los tejados y finalmente, el cielo. No existía nada más aparte de mí. Estaba en un escenario de un blanco perfecto, no veía nada, como si no existiera el espacio. En todas las direcciones la misma uniformidad, así que mis ojos no conseguían enfocar. Muy asustado, buscaba explicaciones y se me pasaron por la cabeza las más inverosímiles ideas. Al principio pensé que mi agudeza visual aumentó tanto que estaba visualizando la superficie del núcleo de un átomo. Luego llegué a la conclusión de que me había muerto por una sobredosis. Aún no había conseguido llegar a ninguna conclusión final cuando de repente cobró forma delante de mí un rostro enorme. Tenía una voz como un trueno. Me preguntó qué es lo que he hecho para estar así.
—¿Así? ¿Cómo?
Estaba confuso porque no sabía qué quería decir. Me lo explicó. Era más de lo que yo quería saber. Nuestro mundo de hecho no existe. Él, el que me miraba, era el que nos había adquirido. Tal como nosotros compramos un juego. Cada uno de nosotros somos sólo unos roles. Un inmenso espectáculo que se desarrolla delante de los ojos del jugador para entretenerle. Las reglas son estrictas para nosotros pero si él quiere las puede cambiar. Si no le gusta cómo evolucionan las cosas rebobina todo atrás hasta un punto que le convenza e interviene para que las cosas tomen otro rumbo. No le creía pero me dio un montón de ejemplos: la Segunda Guerra Mundial inicialmente había acabado con la victoria de Hitler y de los japoneses, pero no le gustó, así que rebobinó todo hasta el momento en el que el ejército hitleriano atacó Rusia. Un pequeño cambio meteorológico hizo que en lugar de un invierno suave los invasores sufrieran un invierno terrible. Fue suficiente. Intervino hasta por Jesús. Le caía bien, así que quiso que éste viviera. Rebobinó un par de veces atrás pero sin éxito. Cada vez acababa asesinado brutalmente, fonalmente escogió la variante con él muerto y resucitado. Al final del siglo tres Diocleciano había empezado el exterminio de los cristianos, no lo consiguió, pero Galerius continuó con éxito su trabajo. Así que retomó la historia varias veces y escogió la variante en la cual Constantino Chlorus tuviera el rol más importante y en la cual el hijo de éste, Constantino el Grande hiciera del cristianismo la religión de Roma. Prácticamente, el Jugador contempla el mundo como una película, escoge los personajes que le gustan y hace posible que éstos cumplan sus deseos. Pero a la mayoría ni siquiera los observa. Son sólo personajes secundarios, una especie de figurantes. Si sucede que les va bien se puede decir que han tenido suerte. A veces tiene cosas mejores que hacer que jugar con nosotros, que divertirse mirando nuestros dramas o felicidades, entonces pone el mundo en pausa y cuando vuelve todo sigue desde el mismo instante. No podemos observar que entre dos momentos nuestros han pasado horas, días o milenios. Pero ocurre algunas veces que algunos de nosotros tienen un sentido más agudo del tiempo y a éstos les quedan rastros de memoria inexplicables sobre acontecimientos que Él decide borrar. Así que cuando todo sigue una trayectoria ligeramente modificada estas personas viven con la sensación de dejà vu. Algunos hasta consiguen sentir instintivamente las trayectorias de la vida tal como serán antes de que Él decida cambiar algo. Éstos serán mediums y pueden predecir el futuro de muchos porque los cambios normalmente modifican la suerte de los que están en el punto de mira y no de todos. Me explicó con paciencia estas cosas y más, porque esperaba una respuesta de mí, y yo no podía contestar hasta conocer más. Habiendo entendido la situación, le dije que me había inyectado una sustancia. No quise decirle toda la verdad pero me amenazó con rebobinar todo hasta el punto inicial y escoger una ruta que me llevara a una muerte prematura. Para Él sólo he sido un figurante cualquiera, así que podría prescindir de mí. Comencé a estar interesado, ya que empezaba a notar que aunque el mundo estaba en pausa, yo podía moverme. Me dejó sólo un tiempo, lo suficiente para contactar con los productores de este juego (bueno, de nuestro mundo) Así que aparecieron dos rostros más en el cielo. Me miraron y me interrogaron. Con unos instrumentos me desprendieron del blanco y me llevaron a otro mudo poblado de monstruos. Recuerdo que me comieron. Luego, a pesar de que guardaba mis recuerdos me pusieron en un mundo de ensueño, una especie de paraíso. Allí se escuchaba continuamente una música agradable, los árboles estaban llenos de flores y frutas, todo estaba lleno de mesas rebosantes de las mejores comidas y a cualquier sitio que iba estaba rodeado de las mujeres más bellas. Pero allí tampoco me dejaron mucho tiempo. Le siguió un mundo de fuego. Llamas gigantes quemaban todo sin cesar. Sentía el dolor pero no tenía huellas de quemaduras y no moría. Luego el mundo donde no existía. No tenía cuerpo pero pensaba. Era consciente de mí mismo. Había muchas mentes alrededor, entendía sus pensamientos y les podía transmitir los míos.
He pasado por mundos donde no tenía forma humana. Luego por otros en los cuales el pensamiento no me funcionaba según la lógica humana, por mundos en los que staba reducido al estado de un animal basado sólo en instintos. Finalmente me comunicaron la conclusión: había sido infectado por un virus. ¿Os dais cuenta de lo que significa eso? Que soy un maldito programa generado por otros programas como yo. Que no habían hecho otra cosa que testarme para sacar esta conclusión. Esa sustancia traída por azar de ese planeta MRT-162046 afectó mi programa y ya no obedecía las reglas. Los especialistas me repusieron en el mundo blanco y retiraron sus rostros del cielo de mi mundo. Después de un tiempo volvió nuestro propietario. Me dijo que he sido desinfectado y que tales accidentes pasan en juegos tan complicados porque en un mundo en el que se permite la evolución libre pueden surgir situaciones inusuales. Me pidió disculpas por el incidente. ¿Os dais cuenta de lo que significa eso? ¡Dios me pidió disculpas! Me cabreé cuando me dijo que me iba a volver a poner en mi mundo y que cuidaría que fuera bien. Le dije que no quería, porque después de enterarme de lo que es el mundo en realidad ya no me importaba mucho si me va bien o no.
Quise saber más. Quería saber qué hay después de la muerte, qué habrá al final de mi mundo, si tengo un alma que viva después de que mi cuerpo muera. ¿Sabéis lo que me contestó? Me contestó con un montón de preguntas que me hizo entender que no tengo ni una oportunidad: me preguntó si nos importa que pasa con un ordenador cuyo hardware resulta destruido; si los niños paran para pensar si tienen alma sus juguetes o si ese alma sobrevive cuando el juguete está roto. En cuanto al mundo, por lo menos me dio una respuesta concreta. Cuando se aburra de nuestro mundo nos venderá de nuevo o nos deja en pausa, olvidados en una esquina, o nos dejará funcionar y nos visitará cuando desea ver qué rumbo hemos tomado.
Estaba tan decepcionado que le he gritado que no quiero ser más un figurante en este maldito juego. Me sonrió desde el cielo y me preguntó con dulzura qué es lo que quiero. Le dije exactamente lo que me pasó por la cabeza: que quiero vivir en el mundo real, en su mundo, que quiero destruirle por ser irresponsable tratando billones de vidas con indiferencia. Me gritó cuando me explicó que a mí tampoco me hubiera interesado o molestado si el trozo de plastilina con el que jugaba en mi infancia se hubiera rebelado contra la suerte o contra mí. Luego desapareció del cielo blanco y poco a poco todo volvió a su sitio. Estaba otra vez delante de mi casa, el cielo era otra vez azul y Spot ladraba alegremente. Salí gritando a la calle, paré la circulación y destrocé todo lo que pude hasta que la policía llegó. El resto ya lo sabéis. Por eso hice todos los daños, intentaba estropearle el juguete de alguna manera.
* * *
El médico y sus ayudantes escuchaban ya aburridos. Era la tercera vez que el paciente repetía la misma historia. Por desgracia el estado del pobre hombre no parecía mejorar, aún así había que demostrarle comprensión y compasión. Así que le habló con calma y amabilidad, como a un niño testarudo que no entiende que los cuentos leídos no son reales.
—Señor, como le he dicho anteayer, ayer y hoy: su amigo de la infancia Marin se ahogó a la edad de diez años. El planeta que menciona, el denominado por usted MRT-162046, no existe sino es justo la fecha en la cual pasó el desafortunado suceso, 16 de marzo de 2046. Sé que le afectó la tragedia de su amigo y que se sintió siempre culpable por no haber conseguido salvarle la vida, sé que la reciente pérdida de sus padres también le afectó y despertó su antiguo sentido de culpabilidad, pero le pido que admita que la realidad es la que es, si no, no podemos ayudarle ni soltarle.
Con un gesto, llamó a sus ayudantes.
—Llevadle a la habitación acolchada y dadle sus medicinas.
Luego se volvió hacia el paciente.
—Hablamos mañana, señor, descanse.
Mientras el enfermo era arrastrado hacia la habitación de curas se oían sus gritos:
—¡Rebobinó! ¡Volvió a rebobinar!