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Imperio decadente, 2
LÍNEA DE POESÍA
por Luis Antonio Bolaños De La Cruz

Tiempo estimado de lectura: 1 min 05 seg

MichaelGaida, Pixabay License

Durante largos períodos se ocultaron en planetas marginales, para evitar que su terrible conocimiento pudiera ser utilizado en las guerras imperiales, y en sus refugios esparcían sus ideas como un rocío triste pero pegajoso que hinchaba de imágenes a los lugareños, con la ecuación establecida de permanencia escapaban con seguridad y cuando arribaban las naves sabuesos apenas si encontraban residuos de huellas, nada que les sirviera para conjeturar hacia donde habían partido.

Las palabras recogidas aguardaban sin embargo, bajo una cubierta aparentemente inocua, una órbita tras otra vigilante, un sabueso empezó a repetirlas como un mantra y reconoció un acorde de la sabiduría de los buscados inesperadamente, pudo advertirlo a sus jerarcas, pero era tal el dulce placer obtenido de guardarla y dejarla que creciera dentro de él, que prefirió prepararse para desertar.

Los sueños originados por el mantra parecían marchar a contrapelo de lo que necesitaban los estrategas del imperio. De repente prefirió los instrumentos musicales a las armas. Algo ocurría en su mente, saltaban diques y se extendían rumorosas las aguas plácidas del cariño a otros seres.

Comprendía que los fugitivos eran una especie de zorro mezclado con león, por lo astutos y feroces, pero profundamente solidarios. Lo que no habían conjeturado los cerebros imperiales era que utilizasen el habla como llave y la comprensión como misiles rearticuladores de la mente. Sentía que capa tras capa caían los condicionamientos, las órdenes, los paradigmas, se desnudaba, y se le adherían pieles nuevas... de zorro, de león, dormido estaba despierto y despierto asumía que las fronteras imperiales eran ideales para proseguir la labor por que sólo allí en el borde vibraba la vida. El centro de poder podrido sollozaba mientras el tiempo lo erosionaba.

El colofón se instaló sin estruendo, los harapos de las antiguas creencias yacían a sus pies agitadas por las rimas y las canciones que entonaba, se sintió enlazado con el cosmos, aprendió que los que huían eran temidos por que su poder guardaba las zonas de encuentro y relación que nos convertían en humanos.

Creyó, él sería uno más de quienes esparcirían la palabra como un olor a piel, como una lágrima, como un irisado e inmarcesible color crepuscular. Plegó las velas solares de su nave, pasó a control hiperlumínico y se marcho a continuar la tarea: sembrar líneas de poesía lenta para reventar al imperio.

© Luis Antonio Bolaños De La Cruz,
(391 palabras) , 2007 Créditos Créditos
Publicado originalmente en Velero 25 en 2007
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