Sitio de Ciencia-Ficción
ANOCHECER EN LA PLAYA
por Ángel Torres Quesada

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AMANECER EN LA PLAYA y ATARDECER EN LA PLAYA (Asimov núm. 14) fueron un muy interesante ensayo literario (el desarrollo de una misma situación vista desde la óptima de personajes distintos). pero exigían una culminación:

Malas le lenguas dijeron que ni el propio autor lo sabía, y que si se demoraba en ofrecerla era simplemente porque, en palabras de un lector, no tenía ni pajolera idea de cómo resolver el enigma.

Pero Ángel Torres Quesada no es un autor que se arredre ante los retos, de modo que aquí está la respuesta: en un relato, donde de forma magistral, mezcla de ficción y realidad para ofrecernos una profunda reflexión sobre el alcance que nos rodea. Y que, insinúa malévolamente el autor, tal vez vea el día de mañana una secuela, o quizá incluso toda una novela, ahora que ha terminado la ingente tarea de pulir, revisar y poner al día su saga de El Orden Estelar, único motivo que le había demorado hasta ahora. Porque por lo demás, como lo ha demostrado más de una vez, imaginación y ganas no le faltan...

Presentación de Domingo Santos. Asimov, ciencia-ficción número 21, noviembre de 2005
Finn-b, Pixabay License

I

Miro al viejo, que duerme plácidamente; tiene una suave y dulce sonrisa en los labios. Se ha quedado dormido sonriendo. Me gusta su sonrisa. Hay paz en ella. Su nombre sigue en mi memoria. Se llama Jenaro. Le he visto muchas mañanas pasear por la playa.

Lástima que él no pueda ver lo que yo estoy viendo, a la gente caminar por la arena, a los niños corretear por la orilla. Al fondo, en el horizonte, el rojo sol lame la suave línea del océano, parece que se ha detenido, que no baja más, como si se negara a desaparecer para que la noche no llegue. En este atardecer, el último, las nubes rosas y amarillas muestran en el cielo dibujos distintos, más bonitos que otros días, como si el artista que los traza quisiera esmerarse. A la gente no parece importarle lo que ocurre a su alrededor; para los paseantes ésta es como una noche de barbacoa, pero con menos bullicio, con menos gente, sin tufo a leña ni a carbón, sin sabores de sardinas y chuletas.

Será una bonita noche, con pocas nubes. Lástima. Los trazos que se forman en el cielo empiezan a diluirse. Me gusta que sea así porque las estrellas brillarán con más fuerza. Casi no sopla viento. Hace un momento parecía que iba saltar el levante; pero no, no ha saltado. Una noche en calma nos espera. ¿Será así el amanecer?

Me levanto y miro a todas partes. La gente sigue llegando a la playa. La marea está baja, lleva horas sin subir; las parejas caminan cogidas de la mano, mirándose a los ojos.

—¿No le vas a despertar? —pregunta una voz a mis espaldas.

Sin volverme, respondo.

—Le dejaré dormir. Despertará cuando sea el momento, y apenas abra los ojos sabrá lo que tiene que hacer, no se lo tendrá que decir nadie. No se lo diremos ni tú ni yo.

He reconocido la voz. Es la de Javier. Esta mañana abrió él solo la cafetería a la que mis padres me llevaban a tomar un colacao y un croissant recién hecho. Javier siempre me daba unos caramelos a escondidas, y cuando cerraba mi mano para que me los guardara, me decía con la mirada que tuviera paciencia, y nos intercambiábamos un guiño. Los dos contábamos los días que faltaban para este anochecer, para el siguiente amanecer. Nunca contamos a nadie lo que sabíamos, ni siquiera a nuestros padres. Llevamos mucho tiempo compartiendo el secreto. Javier dice que sabe más que yo, pero está equivocado. A veces me parece que los pocos que estamos en el secreto también estamos equivocados.

Javier se sienta a mi lado. No aparta la mirada del viejo. Yo le miro y me parece que está muerto, pero no lo está. Si lo estuviera habría desaparecido y la arena hubiese despedido un olor a rosas.

He olido a rosas tres mañanas en mi casa, las despedidas sin palabras que al irse dejaron mis padres y mi hermana. Me costó mucho no hablarles de lo que yo sabía. A veces he lamentado no haberlo hecho, pero no podía decirles lo que poco a poco se fue filtrando en mi cabeza, esas palabras extrañas que no sabía quién las pronunciaba, a veces dándome la impresión de que no las dirigía a mí.

Javier tiene cinco años más que yo. Cuando me quedé solo y paseaba por delante de su cafetería, me llamaba y me invitaba a que me sentara a la mesa del fondo. Me servía el desayuno, siempre un colacao caliente y un croissant, y mantequilla y mermeladas de fresa y melocotón, mis preferidas. Entonces sus padres aún no se habían marchado, y aunque me veían desayunar gratis hacían la vista gorda. A veces también me pasaba por la cafetería por la tarde, para comer un sándwich de jamón y queso. Cuando encontré en el fondo de la gaveta los ahorros de mis padres, pagué lo que les debía. La madre de Javier me sonrió y ese día me invitó a un trozo de tarta de chocolate, de las que aún le servía el obrador de la calle Cristóbal Colón. Dos días después, su dormitorio se llenó de olor a rosas. El padre de Javier se marchó a la semana siguiente. Aquella mañana, su hijo, mi amigo, encendió el horno y coció la bollería sin ayuda de nadie.

Javier señala con el dedo a la pareja que se dirige al chiringuito que está cerrado desde hace meses. Sonríe al decirme que quieren estar solos el último día. Los conoce y me dice sus nombres. Yo sé quiénes son. Algo me une a ellos, como me une también a Jenaro y a Javier y a Bea, la chica que él dice que es su novia. A veces creo que conozco a todo el mundo. No miro hacia atrás, cuando Laura y Sebastián cierran la puerta del chiringuito abandonado. Quieren estar juntos la última noche. Pregunto a Javier por qué y él me mira como si hubiera adivinado lo que pienso y me dice que no tardaremos en verlos pasear de nuevo, y luego sonríe con picardía. Javier debe pensar que soy tonto. No ha entendido mi pregunta. Allá él.

—¿Has visto a Bea? —pregunta, jugando con la arena, agarra un puñado y la suelta procurando que no le caiga al viejo.

—No, pero ya vendrá.

—¿Y si no viene?

Como respuesta, con la mano le indico el paseo. Bea está allí arriba, buscándonos. Muevo los brazos para llamar su atención. Javier se levanta. El muy bobo sonríe. Le gusta Bea. No me lo ha dicho pero yo lo sé. Ella nos devuelve el saludo.

—No podía faltar —dice Javier, sonriendo ahora con los ojos. Al ver a Bea se le ha quitado un gran peso de encima.

El sol me ha engañado, el sol se hunde en el horizonte. No será una noche mágica. Me siento estafado. Sé lo que pasará, pero no de qué manera. Me gustaría que cuando acabara la noche el nuevo día sea diferente. No es que me asuste lo que vaya a pasar, pero...

—Eh, eh —susurra Javier para llamar a Bea.

¿Por qué no le grita? Quizá no lo hace porque teme despertar a Jenaro. Pero el viejo no puede oírle, pues duerme profundamente.

Ella no puede escucharle, está lejos, camina despacio por el paseo, acariciando la balaustrada con la mano derecha. No tiene prisa. Está pensativa esta tarde, más que de costumbre.

Me arrodillo junto al viejo y le acaricio la cara. Él se agita, se vuelve del otro lado, quiere seguir durmiendo; yo le hablo bajito al oído, le digo que pronto será la hora. Vamos, despierta, no duermas más.

Javier se levanta y va al encuentro de Bea, que por fin ha bajado y camina por la arena.

Bea es bonita, tiene unos ojos azules muy lindos, muy grandes. Es casi tan alta como Javier. Se parece a mi hermana. Se dan un beso rápido, fugaz, vienen hacia mí cogidos de la mano, mirándose, sonriéndose. Qué bobos me parecen los dos.

—Hola —me dice ella. Se inclina sobre mí y me besa muy cerca de mis labios. Espero que Javier no se enfade, no quiero que sienta celos de mí.

Se acomodan a mi lado, cogidos de la mano, y miran al viejo. Antes de que me pregunten, les digo que Jenaro no escucha, que está muy pero que muy dormido.

Mucha gente se ha tendido en la arena; algunas personas no tardan en quedarse dormidas.

—Ya no queda gente en las calles —dice Bea—. Todo el mundo está en la playa.

—Claro. Es el último día —digo.

—Es la última noche —me corrige Javier.

Bea, como para llevarnos la contraria, afirma.

—Será el último amanecer. Claro que todos estamos aquí. ¿Quién se va a quedar en casa?

—Quizá los que deben quedarse —replica Javier.

Le miro y pienso que él no sabe todo lo que yo sé. Algo dentro de mí me dice que a mí me toca representar el papel más importante.

El sol ya ha desaparecido en el agua, pero del cielo baja más fuerte que nunca el resplandor de todas las noches. La tonta de mi prima diría que San Pedro ha encendido las luces. Dejé de verla hace mucho, mucho... Pobrecita. No llegó a hacer la Primera Comunión, y eso que tenía ganas, estaba muy ilusionada. Su madre dijo a la mía que el olor a rosas que había quedado en su camita era el más bonito de todos los que había olido.

Javier y Bea se ponen a hablar en voz baja. No me entero de lo que dicen. Son cosas suyas, no mías. Me levanto y les digo que voy a dar una vuelta. Bajo hasta la orilla y camino por la arena húmeda. Las olas son pequeñitas, suaves. No me alejo demasiado. La claridad del cielo me permite ver el lejano castillo del que se eleva el faro. Miro hacia la parte antigua de la ciudad. Casi dos kilómetros de playa, toda llena de gente, me separan de ella, de sus viejas murallas. La franja de arena me parece medio vacía porque la marea no sube. Tal vez estoy equivocado, no sé, pero tengo la sensación de que hay menos personas ahora que cuando Bea se reunió con nosotros. Me pongo un poco nervioso, no lo puedo evitar.

Cuando regreso, encuentro a mis amigos durmiendo junto al viejo. No se han soltado de la mano. Me han dejado solo. Vaya. Lo esperaba, claro, pero no me gusta. Miro a un lado y otro. Todo el mundo duerme. Sólo yo sigo despierto.

Me acuerdo de lo que me dijo mi prima dos días antes de desaparecer. Me asusté un poco porque era la primera persona que tenía una idea bastante parecida a la mía acerca de lo que iba a pasar. Para ella ocurriría que un día el cielo se abriría sobre la altura del viejo faro, nos mostraría el camino que debíamos recorrer y todos nos elevaríamos en el aire y flotaríamos mecidos por un suave viento hacia el final del túnel que brillaría con intensidad, para que no nos asustáramos. Le pregunté cómo sabía todo aquello y me respondió enfadada que no pensaba decírmelo porque yo nunca le había dicho nada de lo que sabía.

Es la hora, debo empezar mi viaje. Vuelvo la mirada hacia la parte vieja de la ciudad, que se recorta sinuosa en el horizonte. Me espera una larga caminata, y eso que estoy a mitad de la playa. A mis espaldas se levanta el gran hotel. Algunas de sus terrazas están iluminadas. Las luces del paseo llevan encendidas un rato. Tengo que decidir si camino por la arena o subo a la avenida. Doy los primeros pasos, me doy tiempo para pensármelo. A veces me enfado porque las instrucciones que me llegaron no eran todo lo precisas que me habría gustado que fueran.

Antes de alejarme escribo con el dedo en la arena un mensaje para mis amigos. El viento no lo borrará. No hay viento. Si despiertan a tiempo, lo leerán y sabrán lo que tienen que hacer para reunirse conmigo. Espero que entiendan que la voz que susurra dentro de mis oídos me dice que debo dirigirme a la parte antigua de la ciudad, a sus calles y plazas, a su paseo junto al muelle. Mis amigos no pueden comprender cuánto les necesito. Claro que les voy a necesitar, y también a Laura y a su novio, y a Jenaro. Lo siento por el viejo porque tal vez esté soñando con reunirse con su mujer.

Lo he decidido. Camino por la arena. Las personas que hay tendidas por todas partes, durmiendo, no me estorbarán; muchas han empezado a desaparecer. Las que están delante de mí, en mi camino, dejo de verlas cuando me aproximo a ellas y avanzo envuelto en un intenso olor a flores. Ya no huelo sólo a rosas, sino también a jazmines y jacintos. El aroma es tan fuerte que mitiga el sabor de la sal que las olas empujan hacia mí.

El cielo sigue oscureciéndose. Levanto la mirada y me parece entrever, en medio de las escasas nubes que permanecen, un círculo pequeño y resplandeciente. No, no es la Luna. No lo es. Es... No sé cómo describirlo. No todo me ha sido revelado.

Me pregunto por qué mis amigos no deben acompañarme. Espero que haya una razón. Una buena razón.

Resulta extraño, y a la vez inquietante, que a medida que camino por la playa las personas que veo delante de mí desaparecen. Me paro, echo una mirada atrás. No quedan personas a mis espaldas, pero distingo a mis amigos. Ellos permanecen. Duermen. Tardaré como media hora en llegar a... ¿A dónde? Me preocupa no saber aún a dónde debo ir, pero confío en averiguarlo cuando sea el momento.

Miro a mi derecha, hacia el paseo, y compruebo que estoy a la altura del viejo cementerio, tan rodeado ahora de edificios, tan apretujado por la ciudad, como inquieto, como impaciente por quedarse vacío.

He hecho cálculos, he pensado mucho en este día. Sólo veremos el amanecer seis personas. Vuelvo a preguntarme por qué. ¿Por qué sólo seis? Una pareja de edad mediana, Laura y Sebastián, su amor de juventud, al que Javier siempre llamaba señor Garrido. Además, un viejo, un muchacho y una chica, él de dieciséis años y ella de quince. Y yo. Seis. ¿Por qué no somos más? Prefiero el número siete.

Es una playa muy larga, parece más extensa con la marea baja. A lo lejos distingo grupos de durmientes, pero dejo de verlos cuando me acerco a ellos. Es sorprendente que desaparezcan tan rápidamente. Cuando llego a la arena donde han estado sólo quedan las señales de sus cuerpos. Camino sin detenerme, rodeado del olor a flores que flota alrededor de mí. No piso donde han estado tendidas las personas, por respeto.

Ya estoy cerca de la torre de la Telefónica. Nunca he subido a ella. Ahora podría hacerlo, nadie me lo impediría, pero no puedo perder tiempo y la dejo atrás. Cuando avisto la rampa que conduce a la plaza circular del paseo, me digo que ha llegado el momento de abandonar la playa, porque terminará pronto, justo donde se alza la vieja muralla. Me pregunto si debo elegir el paseo del Sur, atravesar el viejo barrio de calles estrechas o bajar por la corta y empinada avenida que conduce al puerto.

Me gustaría recorrer el laberinto del barrio más antiguo de la ciudad, pero tomo el camino de la breve avenida que es la cuesta. Desde arriba, en su comienzo, contemplo los muelles, los barcos anclados: dos mercantes y el vaporcito que cruzaba la bahía. Al fondo, a la derecha, se alza la chimenea de la antigua fábrica de tabaco, años atrás cerrada y luego convertida en palacio de congresos. Después de cruzar sus entradas, abiertas en el muro de ladrillos, me paro y miro su interior. Puedo entrar, no están cerradas sus puertas con llave, pero retrocedo y vuelvo a la acera, cruzo la calzada y me detengo junto a la fuente rodeada de ajadas banderas. Llevan 333 días sin ser arriadas y el viento, aunque suave, las ha ido desgarrando un poquito cada día.

Sigo mirando el edificio de ladrillos rojizos, su tejado de porcelana, sus ventanales, sintiendo que algo dentro de mí me empuja a entrar. Pero no quiero encontrarme en su interior, que presiento oscuro y frío. Nunca estuve en el Palacio de Congresos, y eso que varias veces quise visitarlo. No hace mucho hubo allí un congreso de ciencia-ficción... Frunzo el cejo. ¿Por qué me ha venido a la memoria este recuerdo?

El año anterior leí en un diario local, antes de que la gente empezara a desaparecer, que se iba a celebrar una especie de feria en la que se reunirían los aficionados a la fantasía. En algunos escaparates de las tiendas de mi barrio pegaron carteles con Flash Gordon, Dale Arden y Ming, el malo con cara de chino, y encima de sus rostros espantados o serios, según se mirase, estaba mi ciudad donde debía estar la ciudad de los hombres halcones, flotando en el aire, suspendida por la fuerza de unos rayos.

Quise ir a esa reunión de locos por la ciencia-ficción, por curiosidad, pero pasaron los días, me olvidé de ello y cuando me acordé el congreso ya había sido clausurado.

Fue Javier quien me explicó quiénes eran los personajes del póster, porque ya casi nadie los conocía. Javier es aficionado a la ciencia-ficción, un experto del mundo de Tolkien, y guarda un montón de tebeos de su héroe favorito, el tal Flash Gordon.

—¿Por qué no entras?

La voz que ha sonado detrás de mí me sorprende porque no la conozco. Es la voz de un hombre, y sin embargo no me suena extraña. Me vuelvo.

II

—Hola —me dice el desconocido.

—Hola –respondo.

Le miro de arriba abajo. No es muy alto, no es muy viejo, pero tampoco es joven. Me sonríe en medio de su espesa barba entrecana.

—¿Por qué no entras? —me pregunta.

—No sé...

—¿Tienes miedo a entrar?

—Bueno, un poco.

—¿Quién te va a hacer daño? –dice, y señala la avenida, la cuesta por la que he bajado, y también la estación del ferrocarril y la verja que nos separa de los muelles, como esperando que yo entienda que al no haber nadie en la ciudad no debo de temer nada.

Pero está él. No es que me dé miedo, pero siento un no sé qué ante su presencia.

—Está vacío y oscuro —alego.

—¿Tú crees? —sonríe. Me toma de la mano, da un paso adelante y me obliga a seguirle.

Cruzamos la avenida, subimos a la acera y entramos en el Palacio. Él empuja la puerta de cristal, se para en medio del vestíbulo y señala el patio, también desierto, que se abre al fondo.

—No me gusta este sitio —observo.

—¿Por qué?

—Me parece frío... Está sucio, cubierto de polvo.

—Cierra los ojos.

No me dice por qué debo hacerlo, pero los cierro.

—Ábrelos —escucho.

Los abro. No estamos solos. A su lado están Sebastián y Laura, y Javier, Bea y Jenaro. No parecen sorprendidos.

—¿Qué hacéis aquí? —les pregunto.

—No sé —dice el viejo, mirando a todas partes. Parece que detrás de mí hay algo interesante para él, porque mira hacia el gran patio rodeado de corredores sostenidos por pilares de hierro.

Empiezo a escuchar voces, conversaciones, murmullos. Y pasos.

—Os dejé dormidos —digo, sorprendido porque les veo muy despabilados.

—Y estábamos dormidos —dice Sebastián, sin soltar la mano de Laura. También miran hacia el patio.

—Hemos despertado aquí... —susurra Laura, abriendo los ojos con asombro. Es la más sorprendida de los cinco.

Javier hace un gesto con la cabeza hacia el hombre que me acompaña y pregunta.

—¿Quién es?

Me encojo de hombros.

—No me dicho su nombre.

Jenaro le observa también, frunce el ceño y se dirige a él.

—¿Por qué no está en la playa?

El hombre mueve la cabeza.

—Ustedes tampoco están ahora —responde con su voz suave.

—La gente desaparecía a mi paso... –digo, preguntándome si realmente había ocurrido así.

—Vamos, no seas bobo —ríe Laura, alborotándome el pelo. Me aparto de ella. No me gusta que me despeinen.

—¿No habéis visto la playa vacía? –pregunto.

—Pues no... He despertado aquí —dice Jenaro, dando un paso hacia la cristalera que nos separa del patio.

Quiero saber que les llama la atención. Los sonidos que provienen de patio son ahora más fuertes, y escucho risas. Me vuelvo. El patio está lleno de gente, hay hombres y mujeres, muchachos y chicas, personas de todas las edades, pero abundan los chavales. Los veo pasear, charlar y reír. Muchos se pierden por la sala del fondo y suben las escaleras que conducen al piso de arriba. Levanto la mirada y descubro que en el corredor, y en el gran salón, que está alumbrado, hay mucha animación.

—¿Qué está pasando? –pregunto.

Javier se burla de mí.

—¿No decías que sabías lo que iba a pasar?

—Sí..., pero no esperaba esto, no fue así como lo soñé...

El hombre pone una mano en mi hombro y me empuja hacia el patio. Los demás nos siguen.

—Echemos una mirada arriba —nos propone.

—¿Qué hay allí? –pregunta Laura, se agarra fuertemente al brazo de Sebastián.

—Un congreso, una reunión de amigos —responde el hombre, abriendo la puerta, invitándonos a entrar en el patio—. Se celebró el año pasado. —Me mira—. ¿Sabes a qué me refiero?

Me viene a la cabeza el póster con Flash Gordon, y asiento.

No está pasando lo que yo esperaba que pasara.

III

—Subamos —dice Bea, de pronto entusiasmada.

Ahora todos la siguen a ella. El hombre y yo vamos tras ellos, subimos la escalera y entramos en la enorme sala. Hay muchas mesas con libros y cómics, con muñecos y máscaras de monstruos de las viejas series de televisión, y cascos y armas de mentirijillas. La gente ojea libros y revistas, los comentan entre ellos, incluso los compran. Un par de cámaras de televisión revolotean alrededor de las personas que son entrevistadas. Otras firman autógrafos. Los destellos de las fotos me aturden. Un altavoz anuncia que una conferencia sobre algo que yo no entiendo acaba de empezar.

El hombre se detiene delante de una mesa y toma un libro, dice que es una revista, lo ojea y se lo lleva sin pagar. La vendedora parece que no se ha dado cuenta, no para de charlar con la chica que está al frente del tenderete de al lado.

—No lo has pagado —le digo.

Él se ríe, se guarda el libro y me pide que le siga. Me lleva hasta una sala donde unos hombres sentados tras una larga mesa mantienen una animada charla con la gente que ocupa las sillas. Pasamos junto a la azafata que está en la puerta. No nos mira. ¿O no nos ve? Los demás, mis cinco amigos, siguen dando vueltas por la sala, mirando la mercancía, parándose ante las exposiciones de originales de comics y reproducciones de portadas de libros.

—Escucha —me susurra el hombre. Se sienta en las últimas filas de la sala y señala una silla para mí.

—¿Qué debo escuchar?

—Lo que dicen —añade, señalando a las personas que están sentadas detrás de la mesa.

Intento prestar atención. Uno de los hombres dice en aquel momento.

—... Cobran vida, para mí es como si vivieran...

—Se refiere a los personajes de sus cuentos y sus novelas —me explica el hombre.

—... Esa es una sensación que siempre me embarga cuando escribo. Si me preguntan de dónde tomo mis personajes, les diré que de la gente con la que me cruzo en la calle; no, no los conozco personalmente, no sé cómo se llaman, nunca me dirijo a ellos, pero les pongo un nombre, y cuando los necesito, para que sean los personajes de mis historias, siempre tengo presente sus rostros, cómo hablan y se comportan. Para mí es como si ellos viviesen una vida distinta además de la suya propia...

—Quiero volver con mis amigos –digo después de echar una mirada de extrañeza al orador—. Lo que está diciendo me aburre... ¿Quién es?

—Un autor que habla de su obra. Vamos. Creo que has escuchado suficiente.

Nos levantamos. No cruzamos la puerta vigilada por la azafata, pero me encuentro de nuevo en la sala. Busco a mis amigos. No les veo.

—¿Dónde están?

—Supongo que andan por ahí.

—¿Qué hacen?

—Tal vez buscándose a sí mismo. Vamos. Ya no los necesitamos.

Me lleva de la mano hasta el corredor y miro abajo, al patio. No hay gente. Me vuelvo y descubro que la sala que acabamos de abandonar está sumida en la oscuridad, silenciosa y vacía. La barandilla, el suelo y los viejos cuadros que cuelgan de las paredes están velados por una pátina de polvo.

El hombre me mira, parece divertirle la cara de asombro que he puesto.

—Está bien, salgamos, sé que no te gusta este sitio —dice—. ¿Dónde quieres ir?

—No sé... Me gustaría ir al parque. No he vuelto a él desde que empezó todo...

Apenas tengo tiempo de parpadear, y al instante me encuentro en el otro lado de la ciudad. Él sigue sujetando mi brazo. En la otra mano lleva el libro. Me pregunto cómo ha podido traerlo consigo si donde hemos estado no existe, pertenece a un momento y un lugar del pasado. ¿Para qué quiere el libro? No siquiera voy a molestarme preguntándole qué importancia tiene para él.

Entramos en el parque, y cuando llegamos al final del camino cubierto con un albero desfigurado y oscuro, flanqueado de árboles y bancos vacíos, me pide que nos sentemos frente al quiosco de bebidas, al que miro lamentando que esté cerrado.

Me muestra el libro que él dice que es una revista.

—El hombre que hablaba de los personajes de sus historias es el mismo que ha escrito un par de cuentos que se publican esta revista.

Me la entrega y la ojeo por encima. Es un libro grueso, no una revista, como pensé que era cuando le vi tomarla de la mesa.

Cuando levanto la mirada de la portada del libro, descubro que estamos sentados en el pretil que bordea la pequeña caleta. Las aguas llegan mansas hasta la orilla, lamen las barcas varadas en las rocas.

—¿Lo haces para sorprenderme? —pregunto.

—¿A qué te refieres?

—A los saltos que hemos dado.

—Oh, no. Me di cuenta de que tampoco estabas a gusto en el parque y pensé que aquí te sentirías mejor.

La playa desierta, acogida entre el castillo donde el faro ha dejado de lanzar sus guiños y el otro castillo, la antigua prisión militar, me deja indiferente. Así, vacía y solitaria no me impresiona. El cielo brilla azul, no hay en él rastro de nubes rosas, y el agujero que antes se abría en lo más profundo de él ya no está, ha desaparecido.

Me fijo en el hombre, en su barba cerrada y medio canosa, en sus gafas. A veces me da la impresión de que titubea al hablar, como si no estuviera seguro de lo que dice.

—¿Vamos a ir a otra parte? —pregunto.

—No si te sientes bien aquí, si crees que este es un buen sitio.

—¿Un buen sitio para qué?

—Para que hablemos.

—¿De qué tenemos que hablar?

—Vamos, tú quieres saber qué está pasando.

—Lo sé... —digo, no muy seguro.

—Aunque crees saber de qué manera va a terminar esto, estás dándote cuenta que no es así, que no está pasando como las voces te lo han estado susurrando.

—¿Qué son las voces?

—Digamos que conforman una anomalía. Generalmente no ocurre así, pero en ocasiones las sensaciones del autor se transmiten a sus personajes.

—No lo entiendo.

—Acabarás comprendiendo, chico.

—¿De veras? Ya dudo de todo lo que creía saber.

—¿Incluso de que éste es el último día?

—Me pregunto si lo será.

—Para algunos personajes, sí.

—¿Qué personajes?

—Los de los cuentos que están en ese libro —y señala el que tengo en las manos.

—¿Qué pasa con esos cuentos?

—Tratan de un mundo en el que las personas desaparecen durante la noche, mientras duermen, dejando un olor a rosas en sus camas, y de madrugada siempre llueve un rato a la misma hora y las nubes son de color rosa.

—Eso es lo que está pasando.

—Y hoy, después del último anochecer, en esta mañana, tú sabrás por qué ha estado ocurrido todas esas cosas extrañas, por ejemplo que la gente no se asuste, que admita su destino con resignación, que en el mundo no haya guerras y la vida discurra de una forma tan extraña, sin lógica.

—Así son las historias fantásticas.

—Sí, son las escriben los autores y casi todas tienen un final triste porque ellos, la mayoría, son pesimistas.

—¿Cómo lo es el autor que hablaba de sus personajes?

—Sí. Él se fijó en ti un día que te vio salir del colegio en compañía de tus amigos. Y otro día, una mañana, vio a Sebastián hablar con Laura, y a Jenaro visitar el cementerio, y conoció Javier, cuando iba a la cafetería a desayunar. Una tarde le encontró hablando con Bea, la chica llamó su atención y la incorporó al final de su historia. Os eligió a todos para que fuerais los personajes de sus cuentos.

—¿Por qué a nosotros?

—Eso no lo sé. Supongo que ni él mismo lo sabe.

—¿Lo que dices que pasa en los cuentos puede ocurrir de verdad?

—Es posible. ¿Por qué no?

—¿Y qué hacemos aquí?

Él se cruza de brazos, me mira y sonríe.

—El autor dejó abierta la historia, no explicó en los dos cuentos por qué pasaban las cosas, por qué la gente desaparece y algunas personas intuyen que, después de 333 días, ocurriría algo que explicaría por qué estaban pasando esas cosas tan extrañas. Muchos compraron la revista, que fue presentada en la convención del año pasado, y leyeron los relatos.

—¿Eso es todo?

—Algunos lectores se tomaron la molestia de escribir al director para recordarle que el autor tenía una deuda con ellos y estaba obligado a escribir el final de la historia. No fueron muchos, pero le pusieron contra la espada y la pared.

—¿Por qué?

—Porque el autor no tenía ni idea del desenlace de la historia cuando escribió sus dos cuentos, ni siquiera cuando fueron publicados.

Abro el libro y leo el índice, los títulos de los artículos y los cuentos y relatos que publica, y en otra página los nombres de los colaboradores y del director, la licencia de la revista americana, la dirección del correo electrónico... Todo lo que debe aparecer en un libro. La fecha de la publicación es de hace casi un año, exactamente 333 días. Busco en las páginas no sé qué, algo que me dé una pista para averiguar lo que está pasando, pero no encuentro nada que aclare mis ideas. Levanto la cabeza y miro al hombre, resignado a que me explique lo que yo no consigo entender. Y yo iba diciendo a mis amigos que lo sabía todo...

—¿Se puede escribir una historia sin saber cómo va a terminar? —pregunto.

—¿Por qué no? Muchos escritores trabajan así, y el autor de la historia tiene esa costumbre. Por ello, cuando terminó la convención, se encontró frente al mismo morlaco que él había creado y no sabía cómo torearlo. Se pasó meses pensando en el final.

—Y no lo encontró, claro.

—Después de mucho divagar, imaginó dos o tres finales, pero ninguno acabó de convencerle.

—¿Por qué?

Le veo encogerse de hombros.

—Ya sabes como son los autores.

—No lo sé.

—Quiero decir que a veces nos parece que son gente rara.

—Vamos, dime cómo termina la historia. Porque tú lo sabes, ¿verdad?

Él se ríe y su risa se esparce por la caleta, por sus viejas arenas por las que un día caminó el penúltimo James Bond esperando que la sirena de ébano saliera del agua.

—Termina como tú la habías imaginado —dice cuando deja de reír.

—¿Yo? Creía saber lo que pasaría, pero no ha sido así...

—Tal vez puedas leer pronto el final de la historia.

—Creo que tú conoces cómo terminará.

No dice ni que sí ni que no y vuelve a sonreír. Me da la sensación de que está jugando conmigo, que sonríe demasiado.

—Así que por fin la escribió —digo ante su silencio.

—Está en ello, a punto de poner la palabra fin.

Me quedo pensando un rato mientras él pasea la mirada por las arenas de la pequeña playa, ahora atestada de gente y sombrillas. Escucho al vendedor de patatas fritas y al que empuja el carrito con coca colas, cervezas y botellines de agua mineral. Delante de nosotros pasan coches, motos y autobuses.

—¿Qué ha pasado? —pregunto.

—El autor ha terminado el cuento.

—¿Ha quedado satisfecho?

—No lo sé.

Se levanta.

—¿Te vas?

—Debo dejarte donde debes de estar en este momento.

Intento devolverle el libro.

—Quédatelo.

Lo cierro y acaricio su tapa, sus letras y el dibujo del astronauta o guerrero de las galaxias que otea el horizonte.

Cuando levanto la cabeza, vuelvo a estar en la playa grande, la que dejé cuando me dirigí a la parte antigua de la ciudad. Pero ahora está llena también, hay gente caminando de un lado a otro, cargada con sombrillas y neveras, con sillas y bolsas. Él sigue a mi lado. No sé si me ha seguido o yo le he seguido a él.

En el paseo veo a Sebastián y a Laura pasear cogidos de la mano, hablando y riendo. Parecen felices. Pasan junto a mí pero no me miran, como si no me conocieran. Más allá, don Jenaro camina por la arena, pero no se aleja demasiado del bar y regresa a la barra, al amparo de la sombra del toldo, y pide una cerveza. A Bea la sigo con la mirada cuando se dirige a la calle donde está la cafetería de Javier. Seguro que va a buscarle. Cerca de la orilla, mis padres me hacen señas para que me reúna con ellos. Parecen impacientes, diría que un poco enfadados a causa de mi tardanza. Además del libro, en la otra mano agarro un paquete grande de patatas. Había ido a comprarlo al chiringuito.

Llevo puesto mi bañador.

Una familia se ha acercado donde están mis padres y mi hermana.

El hombre sigue sonriendo. ¿Qué le hace gracia?

—Parece que cuando un autor utiliza a personas reales para dar vida a sus personajes, a veces les juega una mala pasada —dice.

Le miro de nuevo. Ahora viste una camisa holgada y unos pantalones cortos, y lleva una riñonera y se cubre la cabeza con una gorra. Su barba entrecana se distiende en una nueva sonrisa.

—Tengo prisa —le escucho.

—¿Por qué?

—Debo volver. El autor acaba de enviarme un correo electrónico con el cuento.

—¿Él vive aquí?

—Sí, por ahí debe de andar; habrá salido a dar un paseo después de enviarme el correo. Le gusta pasear por la playa, pero hoy no ha madrugado. Prefiere hacerlo temprano, cuando no hay tanta gente. Creo que se inspiró en sus paseos para empezar su historia, viendo la playa casi desierta.

—¿En qué se ha inspirado para el final?

—Lo sabré cuando abra su correo y lea el cuento.

—Tú no vives aquí, ¿verdad?

—No. Vivo lejos.

Respiro hondo cuando le pregunto.

—¿Estás aquí de verdad? ¿Eres real?

—Si me ves y me has tocado, es que estoy a tu lado.

—Pero si esto, cuando veo, no es real...

—No lo es del todo, pero casi.

Él entorna los ojos.

—¿Qué haces? –pregunto.

Levanta los párpados y me responde.

—He abierto el correo y acabo de pasar el archivo con el cuento a un apartado para leerlo más tarde. En su mensaje, el autor me dice que la última página no es definitiva, que puede cambiarla si a mí no me gusta el final que ha elegido.

—¿Le darás una idea alternativa si no te gusta como acaba el cuento?

—Nunca lo hago.

—Compraré la revista cuando salga. Estoy deseando saber cómo acaba...

—Yo también. Adiós.

—Eh, espera.

Se para y vuelve la cabeza para mirarme.

—¿Esto es real? —insisto.

—Está a punto de volver a ser la realidad que conoces, pero tú y yo estamos en un lugar tan real como cuando lees un cuento y la historia te gusta. Si un cuento no te deja satisfecho, lo borras de tu memoria o lo abandonas en el olvido, ¿verdad?

—Ahora que lo pienso, no me gustaba ese mundo, era muy triste.

—¿Crees que algún día podría ocurrir lo que pasa en la historia?

—Espero que no.

—Yo también. ¿Hubieras elegido un final feliz?

Asiento con la cabeza, y cuando él da el primer paso para desaparecer le digo.

—No sé quién eres.

Se vuelve y dice.

—Creía que lo habías adivinado. Siempre hay alguien que debe decidir si un cuento se publica o no.

—No puedes hacer eso...

—¿El qué?

—No publicarlo, dejarme con la duda. Recuerda que no sólo yo estoy deseando conocer el final. Muchos lectores lo están...

—No creas que son tantos —se ríe de una manera que si yo fuera el autor me echaría a temblar.

Se aleja, le pierdo de vista entre la gente, pero tengo la sensación de que ha desaparecido, que nunca ha estado aquí.

Pero la revista sigue en mis manos y yo no la he comprado. La abro y busco la página donde vienen esas cosas que ponen para decir quién publica la revista, los títulos de crédito de una revista. Leo el nombre del director.

Escucho a mi madre gritar mi nombre, y cuando vuelvo la cabeza hacia la sombrilla bajo la que se cobija, me veo a mí mismo correr hacia ella, llevando en la mano una bolsa de patatas.

El cielo brilla sobre mí, en él no hay un túnel que se pierde en la lejanía.

Este domingo hay mucha gente en la playa. Más que nunca.

Espero que siempre siga así.

Me gustan los finales felices.

No estaba equivocado cuando dije a mis amigos que el siguiente día del último anochecer sería bonito. Me vuelvo despacito para marcharme, vuelvo a casa...

Desde la arena yo mismo me observo cómo me alejo.

IV

Entrego el paquete de patatas a mi madre, pero no me presta atención porque está hablando con una amiga suya, que acaba de llegar y le está contando algo que parece ser muy interesante para las dos, algún chisme sin duda. Es una vecina, vive encima de nosotros y es bastante cotilla. Un poco apartados, el marido de ella discute de fútbol con mi padre.

Sigue bajando gente a la playa, cargada de bártulos, preparada para pasar todo el domingo al sol, entre chapuzón y chapuzón. Al volver la cabeza hacia el paseo descubro que el chaval que se parece a mí sigue en el mismo sitio. Le observo, diría que es mi hermano gemelo. El hombre con el que hablaba acaba de despedirse de él, se aleja y se confunde en la multitud. El chico lleva un bañador como el mío y en la mano un paquete de patatas, de esas con sabor a pueblo que tanto me gustan, de la misma marca que acabo de comprar. Me está buscando con la mirada. Me sorprende que se parezca tanto a mí, que sus gestos sean como los míos. El resplandor del Sol me obliga a parpadear, y cuando abro los ojos le busco y no le encuentro. Él ya no está junto a la escalera. ¿Cómo es posible? Un segundo antes estaba allí, parado, pensativo... Es como si hubiera desaparecido por arte de magia.

Mi madre escucha a su amiga. Recupero el paquete de patatas y me siento debajo de la sombrilla para comérmelas, en medio del rumor de las olas. La vecina no para de hablar, está muy excitada; de todos chismes que ha contado a mi madre uno me parece que es una solemne tontería. Según ella, el marido de su hermana había desaparecido por las buenas, no estaba en la cama por la mañana y el dormitorio olía a rosas, no a tabaco. No presto más atención a la vecina. Por la orilla vienen mis amigos, cargando tablas y pelotas. Echo de menos a dos de ellos...

¿Por qué no han venido esta mañana a la playa?

Hace un día bonito. Algunas nubes del cielo tienen un suave color rosado...

Fin

Ángel Torres Quesada
© Ángel Torres Quesada, (6.794 palabras) Créditos
Publicado originalmente en Asimov, ciencia-ficción nº 21 noviembre de 2005
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