
Bajamos dificultosamente del vehículo. El extraño atuendo que habíamos fabricado para la ocasión no atendía a ninguna norma básica de ergonomía. Los ropajes eran tan largos que arrastraban, y el ancho en las rodillas era tan reducido que costaba un mundo alargar la zancada para poder andar. Nuestros pies iban condenados al infierno con unas alzas en los talones que nos desequilibraban a cada paso. Me picaba la cara, a causa de los tintes colorantes en las mejillas, párpados y labios. Las tres nos veíamos especialmente feas, horripilantes, pero la invitación especificaba que sólo se permitiría vestimenta de último cuarto del siglo XX. Este mes estaban de moda las fiestas temáticas de historia, y no nos habíamos perdido ni una. A pesar de los inconvenientes previos, todas habían acabado siendo peculiares y excitantes.
Avanzábamos por el pasillo como androides averiados. Al llegar a la entrada, nos quitamos los ornamentos de delante de los ojos y el lector de nervio óptico nos permitió pasar. En cuanto la barrera desapareció, una curiosa música inundó la estancia. Los primeros pasos siempre eran una experiencia gratificante. Un pasillo estrecho. Colores vivos. Estridentes. Todo decorado para la ocasión. Un mundo de arte vintage. A mi derecha pude deleitarme con un colorido lienzo que ponía Astounding stories, Hugo Gernsback editor
, y en el que se veía un planeta con anillo, personas deslizándose y ¿barcos? Tal vez una muestra de lo que llamaban surrealismo. Las tres lo observamos detenidamente, buscando en nuestra memoria poder enlazar algo de aquello con las cosas que habíamos estudiado. Inútil. El catálogo de locuras de aquella época era totalmente inabarcable. ¡No había nada estandarizado!
En la sala principal, la música era ensordecedora, unas cajas vibraban rugientes, machacando sin piedad nuestros tímpanos. Flashes de oscuridad y luz. Había docenas de personas vestidas de lo más variopinto, casi todas portaban un tubo con bebida en la mano, siempre de colores distintos. Las más atrevidas tenían una especie de papel humeante, que pasaba de entre los dedos a la boca, ¡daba un poco de miedo!
—Es luminoso, y un poquillo abrumador, un mundo de contrastes psicodélicos —me comentó al oído mi mejor amiga, con un tono que denotaba un punto de emoción.
Toda la tarde anterior la habíamos pasado en la sala de aprendizaje. Preparamos unos hologramas que nos enseñaron como debíamos comportarnos en este siglo. La manera de moverse con la música. Las costumbres sociales. El trato interpersonal y las distancias apropiadas. Frases y chascarrillos. Vimos antiguos documentos históricos en dos dimensiones. Olimos fuertes olores corporales con base de hidrocarburos y alcohol. Probamos docenas de sabores en boca, buscando adaptarnos a formas clásicas de consumir nutrientes, y enseñando al paladar a disfrutar con aquellas texturas extrañas. Teníamos la obligación de conocer los detalles. Sería una descortesía cometer un error, y nuestro anfitrión no nos perdonaría. No estábamos dispuestas a incurrir en una falta de respeto de la que se hablaría durante días en las tertulias electrónicas.
Nos acercamos al círculo de luz para mover el cuerpo al son de la música. Estaba perfectamente entrenada, y sin embargo, no podía mantener mi sonrisa encerrada. ¡Era tan ridículo!
Allí surgió. Entre una especie de nube arrastrada, artificialmente blanca, desde detrás de un biombo de extraños dibujos. Nicholas. El dueño del recinto. La mente pensante tras todas aquellas diabluras de otros tiempos. Salió provocando un aumento de volumen de sonido, moviéndose compulsivamente, en un teatral intento de imitar aquello que llamaban baile disco
. Llevaba el pelo muy rígido, tirante, como amenazando con clavarse en el techo en uno de aquellos saltos y cabriolas. Apretaba los labios uno contra el otro, gesticulando exageradamente. Me pareció que tal vez se había tomado algún brebaje de alta graduación antes de tiempo. Saludaba a derecha e izquierda como un pretor, encantado de haberse conocido, y proclamando a voces como ésta era la mejor fiesta que había organizado jamás. Siempre lo era para él.
Carol se acercó un poco más hasta alcanzar mi oído. Nos reímos juntas con ganas. Era raro el contacto tan cercano, sin medios electrónicos, no quedaba más remedio, era incómodo pero necesario, la lluvia de estímulos sonoros que nos empapaba impedía entenderse a distancia. Nos dirigimos hacia la pista de baile, pero no duramos demasiado allí, y pronto estábamos apoyadas en una pared lateral, comentando los detalles del histriónico espectáculo.
La cabeza empezaba a dolerme. Poco a poco, pero sin pausa. Era todo aquello. El ambiente. Los colores. Luces que se apagaban y encendían sin motivo, violentando mis pupilas, envolviendo mi córtex perceptivo. Saturación sensorial. El corazón me latía demasiado rápido, sin darme apenas cuenta, me obligaba a apretar los dientes con fuerza. Ríos de láser azul y verde atravesando el suelo. Cristales rotos pisados. Sorprendida, me encontré echando de menos la pausada fiesta francesa del siglo XVII, dos semanas antes, con los vestidos largos y aquella melodía suave y tranquilizadora.
Acerqué la mano a un pliegue del forro de mi vestido. Allí guardaba el alijo secreto. Disimuladamente metí la pastilla en la boca. En cuanto bajó por mi esófago comencé a sentirme mejor, a ver con claridad de nuevo. Aparté las luces, apagué la música, aumenté la saturación de oxígeno en sangre, concentré los olores adecuados. En unos segundos me relajé de nuevo por completo. Respiraba de nuevo. La sien dejó de latir. Me fijé en las personas que me rodeaban. Nicholas con una pierna en el aire, hacía equilibrios sobre una especie de mueble para sentarse. Mis amigas se movían como si una corriente eléctrica les estuviese mandando impulsos inconsistentes. Estaban poseídas por el ambiente, alocado y embriagador. Era demasiado, demasiado de todo. Suspiré.
El descontrol se estaba apoderando de todos los invitados. Ahora que podía analizar fríamente la situación, percibía algo especial en el aire, como una sustancia que se pegaba sutilmente a la piel. Humedad y sudor. El ejercicio físico no era algo que practicásemos a menudo. Había pasado de moda en el mismo momento en que se implantó la radiación muscular. Seguramente había sido un gran error.
Dos individuos de pobladas barbas no dejaban de darme codazos, bebían de una especie de cubo con unos estrechos tubos flexibles. Me dio asco. Pensé que era un buen momento para una zancadilla, pero me retuve, apiadándome de aquellos dos pobres desgraciados. No fue por falta de ganas, pero los disculpé achacando sus impertinencias al potente líquido amarillo que ingerían sin cesar. ¡Para qué me había tomado la pastilla! Ahora era tarde para arrepentirme. Me sentía fuera de lugar. Apartada como una inteligencia artificial entre máquinas andantes de lavar la ropa.
Entonces los vi. Entraron como de puntillas. Nadie les prestó atención. Yo por el contrario, con mis habilidades mentales afinadas por la droga, los distinguí fácilmente entre la multitud. Eran genos. No había duda posible. Diseños humanos de laboratorio. Impecablemente vestidos y equipados para la ocasión, los delataba el movimiento ocular. Mecánico. Mirando a todos los sitios compulsivamente. Sus pupilas se desplazaban rotando en ángulos rectos, de forma antinatural. Permanecieron de pie en la entrada más tiempo del requerido. Conjuntamente estáticos. Revisando. Analizando el local. Lucían tres sonrisas agarrotadas pero sinceras, ¿estaban contentos? Curiosos seguro. Uno de ellos se quedó embelesado con la bola de luces que presidía el techo de la sala. Movía la cabeza siguiendo el movimiento circular del antiguo aparato.
Nicholas pasó a su lado caminando a cuatro patas. No les prestó la más mínima atención, aunque era poco probable que los descubriese nunca en ese estado. Las destilaciones fermentadas estaban resultado muy efectivas.
—¿Quieres un poco de esto? —Carol me acercó un tubo con un líquido transparente, con dos graciosos elementos decorativos, una especie de parasol en miniatura y una rodaja de alguna fruta extinta. Lo rechacé con un gesto seco mientras no podía dejar de mirar a mis nuevos amigos.
Yo no era especialmente eficaz en el seguimiento de las reglas. A fin de mes siempre había alguna sanción que pagar. Aún así, tras pensarlo fríamente, concluí que no me molestaba lo más mínimo aquella gente. No tenían nada de malo. Nunca habían hecho daño a nadie.
En general, la gente no los quería cerca. Todos, y entre ellos me incluía yo, hacíamos muy poco por sus derechos. Básicamente los ignorábamos a diario. Eran algo que existía, como la polución, un anacronismo de la época de la genética desbocada. Esos años fueron difíciles, eso me habían contado. Una de las últimas guerras modernas, silenciosa, sin disparar ningún arma, pero no por ello menos cruenta. La ciencia y la tecnología cuando aún no tenían barreras éticas definidas. Demasiado poder en las mentes equivocadas. Falta de control y de valores morales.
El nuevo pretor jefe tenía entre manos una cruzada personal contra ellos. A la mayoría los había enviado al espacio. Voluntarios forzosos para las naves de exploración hacia galaxias vecinas. La guardia los sacaba de sus cubículos a empujones, sin mediar palabra, ni explicación, ni ley, se los empaquetaba como a cajas. Cientos de ellos apiñados en contenedores. En unas horas atravesaban la atmósfera para no volver jamás, con una ridícula esperanza de vida. Nadie decía nada. Seguíamos acudiendo a fiestas. Tomando drogas, divirtiéndonos de maneras más o menos legales. Desviándonos de la realidad para no chocar con ella. Buscando esas pequeñas y efímeras alegrías que nos ayudan a olvidar el mundo. ¡Era tan fácil distraerse de las barbaridades de esta sociedad!
Se dirigieron hacia la barra, con un paso demasiado coordinado para parecer normal en un trío de amigos. Casi se rozaban, como temiendo separarse, buscando la seguridad del grupo. La fiesta se estaba desbocando por todas partes y nadie parecía querer detener aquella bacanal. Los gritos eufóricos se sucedían y ya no se les prestaba atención. Muchas pupilas dilatadas ocultas en ojos entrecerrados.
Dos adolescentes bailaban boca abajo, con los pies en el techo, adheridos por algún tipo de zapato de suspensión dinámica. Allí había más espacio para moverse. ¿Había juguetes antigravedad en aquella época? Posible, pero poco probable. A nadie le importaba ya la coherencia del evento.
Los tres genos miraban a su alrededor curiosos, vigilantes. Mi mirada se cruzó con el más alto de ellos. Tenía unos bonitos ojos azules. Por unos segundos, tuvimos una especie de conexión mental, un cordón de ideas invisibles que atravesaba la sala. Él sabía que yo los había reconocido, pero no cambió ni un ápice de su expresión. Desde la distancia, nos estudiamos mutuamente. Para mí, no pasaba de ser un pasatiempo, para él, tal vez era más una cuestión de supervivencia. Delatarlo sería fatal. Tenía una presión sobre él de la que no quería disponer. A pesar de la pastilla, me estaba tensando cada vez más.
Advertí una ligera sonrisa. Se decidió. Se acercaba. Los compañeros que dejaba atrás se miraban nerviosos. El geno avanzó con paso firme y sin dejar de mirarme a los ojos. ¿Tuve un momento de debilidad? ¿Atracción? Estaba clavada al suelo como si llevara unos zapatos de hierro macizo. Sin querer, había apagado todos los estímulos de la sala, sólo veía avanzar a un ser apolíneo, directo hacia mi. Di un paso hacia atrás, no se porqué, y me topé con el tacón chocando con la pared.
Aquel decidido individuo se frenó a escasos centímetros de mí. Notaba su aliento inodoro en mi piel. Su mirada me perforaba, como si pudiera leerme la mente y desgranar mi alma en un solo vistazo.
—¿Qué buscas? —susurré— ¿Qué hacéis aquí?
—Nos buscamos a nosotros mismos. Nuestra esencia —respondió con voz serena y ligera, y aún así, audible entre el barullo que reinaba—. Queremos conocer. Sé que no nos odias. Lo puedo percibir. Por eso vengo a hablar contigo. Somos los últimos. Intentamos rellenar huecos, cimentar bases, construir. Convencer a nuestros espíritus. Como sabrás, nuestra plasticidad neuronal es mucho más intensa que la vuestra. Es como si siempre tuviésemos muchas cosas retorciéndonos los lóbulos cerebrales. Una gran algarabía de ideas descontroladas. Queremos encauzar los sentidos. Necesitamos vivir. Os necesitamos a vosotros. Vuestra experiencia. Como un hijo necesita a sus padres. Una necesidad totalmente racional e ineludible.
—¿Y esperas en una fiesta de personas drogadas, que quieren veros muertos o exiliados, encontrar respuestas? ¿Sabiduría? ¿Comprensión? Seguro que no —afirmé con convicción girando levemente la cabeza hacia los lados.
Sonrió de oreja a oreja. Estaba claro que le divertía la conversación.
—Verás, tenemos carencias. Nos gusta revisitar la historia. Desgraciadamente, cuando nos creasteis, los conocimientos sobre memoria genética no estaban suficientemente afirmados. Sabemos quienes sois, pero dudamos de quienes somos nosotros. Aceptamos con apatía el maltrato continuo y la dejadez de los naturales, jamás tendremos un temperamento agresivo ni beligerante contra nadie. Somos lo que somos. Un capricho de otra época. El gusto y el ego de algunos científicos mezclados con pizcas de falta de humildad y de gran talento. Hoy nos tratan como desechos, parias en el mundo real. Mañana, tal vez..., tal vez volvamos a este planeta como otra cosa. Algo mejor. Más profundo y formado. Tal vez evolucionemos y regresemos como esclavos por un tiempo o como dioses eternos. Sé lo que me gustaría, pero no lo puedo saber con seguridad. Intentamos aprovechar el tiempo que nos queda entre vosotros.
Me quedé callada. Estas últimas frases me pusieron los pelos de punta, ¡dioses! pero al poco tiempo la razoné y concluí que la idea no me parecía mala. Los pretores trataban a las personas como a rebaños, tomaban decisiones basadas en criterios arbitrarios que sólo beneficiaban a unos pocos. Golpeaban cuando lo consideraban necesario, con contundencia, con la que sólo un gobierno entre todas las fuerzas sociales era capaz. ¿Éramos felices así? No. Quizá la vuelta a la tierra de los genos significase mejorar. Tal vez entonces hubiesen conseguido un conocimiento más completo de las necesidades de los seres humanos. Un nuevo despertar del concepto de humanidad. Nuevo mundo más justo y más feliz para todos.
Nicholas pasó bailando torpemente a menos de un metro de nosotros, con los ojos inyectados en sangre. Llevaba la camiseta manchada con un círculo oscuro: Vómito. Le seguían dos o tres individuos despeinados. Procuraban imitar sus pasos de baile. Por primera vez en mucho tiempo, tuve un destello de vergüenza ajena.
Mi nuevo amigo y yo nos miramos y tuvimos un momento. Una complicidad que hacía tiempo no conseguía con nadie. Esa intimidad en el barullo del mundo que pocas veces en la vida se puede disfrutar. Un contacto sin contacto que nos iluminó por dentro a ambos.
Él acercó la mano con la clara intención de coger la mía. No llegó a consumar su acción, los dos escuchamos un agudo pitido sobreponerse a la música. Vi como cerraba los ojos y respiraba hondo. Lo entendí al momento. Se había acabado todo.
Irrumpieron en la estancia una veintena de agentes. Llevaban el símbolo que los distinguía como legionarios. El águila metálica. La policía del pretor. Uniformes color carbón. Amenazantes con sus escudos de ataque. Avanzando regios y con gestos secos y contundentes. Grandes mandíbulas, dientes apretados y cascos relucientes. Armas humanas.
La mayor parte de los invitados continuaba bailando o bebiendo, ajenos a la repentina intromisión. No se escuchó ningún grito. Sin sustos. Una normalidad que daba miedo. Primero agarraron a los compañeros de mi nuevo amigo. Los estamparon contra el suelo en un innecesario protocolo de violencia gratuita. La música se aceleró en un cambio de melodía que muchos aplaudieron. El arresto policial parecía estar ocurriendo en otra dimensión, a nadie le importaba. Era como ver en la red algo que ocurría en un estado muy lejano. Los invitados esquivaban la escena sin molestarse siquiera en mirarla.
Mi nuevo amigo se arrodilló y puso las manos detrás de la cabeza. No fue un gesto suficiente. Pronto corría un hilillo de sangre por su frente, y su mejilla se apoyaba con el frío suelo. Una mano enguantada le arrancó la peluca y dejó a la vista el código de barras grabado en su cráneo, completando la humillación. Él seguía mirándome y mi corazón encogiéndose cada vez más. No se formulaban acusaciones. Ninguna ley amparaba a los genos, aunque tampoco respaldaba al pretor. Las palabras sobraban, inútiles como aquella vestimenta retro. Me sentí sucia sin mancharme.
Los arrastraron hacia la puerta bien anclados, firmemente. En unos minutos me quedé totalmente sola entre la multitud enfervorizada que seguía bebiendo y moviéndose como animales descerebrados. ¿Qué hacía yo allí?
Una lágrima se deslizó por mi mejilla. La última gota. Sentí en mi carne la desesperación. Un desprecio por mi propia gente, por mi especie, por mi mundo.
Sensaciones de las que ya no pude despegarme jamás.
Y esperé. Pasaron los años, y seguí esperando.
