Oh, no me lo reproches, pues estos días son como el cable de remolque de una nave, ahora floja, ahora tensa.
Kokinshu.

I
Al volver en sí, alargó la mano para apagar la luz anaranjada de emergencias que le quemaba los ojos. A ciegas, se palpó el cuerpo hasta liberar el cinturón de seguridad que le mantenía firmemente sujeto a la carlinga. Se concentró en su respiración, con la intención de calmarse, mientras se elevaba entorno al asiento. Con manos temblorosas liberó los tres cierres de seguridad del traje. No tardó en dar con la cremallera. La bajó y sacó primero los brazos y, después, medio cuerpo de la escafandra que le ahogaba. Luego, se replegó sobre sí mismo y se llevó las manos hacia el rostro. Entonces se echó a llorar. Tan solo unas pocas horas antes, Jerome oyó un ruido con el que no estaba familiarizado, un eco que atravesaba y se esparcía por las entrañas de la nave en la que viajaba. El rugido metálico hizo que todas las personas que formaban parte de la tripulación se paralizaran. Unos y otros se miraron a los ojos, sin saber muy bien qué hacer. No tardaron mucho en comprender que aquella sería la última vez que se verían los unos a los otros. Llegaron las explosiones. Jerome, en cambio, tuvo suerte. Pudo reaccionar a tiempo. Se adentró a toda velocidad por uno de los muchos atajos con los que contaba la nave y flotó, empujándose enérgicamente por el angosto conducto que conducía directamente a la sala de evacuación. Giró la manivela de una de las cápsulas de emergencia. La puerta se abrió como una flor y entró sin echar la mirada atrás, con un fuerte impulso final. Primero una vibración; después, un fuerte latigazo. Por último, oscuridad.
Las lágrimas se concentraban ahora alrededor de sus ojos, pegadas a las mejillas. Se las secó con una de las mangas del traje al tiempo que la luz lechosa ganaba fuerza en la pequeña estancia. El panel de control se puso en marcha y Jerome posó su mirada sobre la pequeña cámara para que esta leyera sus facciones y le identificara. Una cascada de datos de toda índole aparecieron reflejados entonces en la pantalla, confirmando su identidad. El asistente virtual le dio la bienvenida y le comunicó que había comenzado la búsqueda de una señal externa con la que hacer contacto. Por si sola, la cápsula activaba una señal de emergencia a los diez minutos de que esta fuera lanzada para que fuera localizada lo más rápido posible. El asistente se encargaría de velar por su supervivencia. Le entregó un resumen sobre la situación en la que se encontraba así como de las acciones que podían llevarse a cabo para multiplicar sus opciones. Jerome se acomodó lo mejor que pudo sobre el asiento, metiendo los hombros en los tirantes acolchados del asiento. Luego cerró los ojos y esperó.
Había viajado a Marte como experto en las células que intervienen en el desarrollo de las plantas y los microorganismos que las afectan durante los primeros intentos de terraformación del planeta rojo. Tras cinco años de duro trabajo, regresaba a casa tras llegar su relevo, Eileen Xu, botánica y geóloga. Pasó tres meses junto a ella para transmitirle los conocimientos y avances alcanzados. Después se embarcó en la Mont Blanc, junto a una treintena de compañeros que volvían a la Tierra con el deber cumplido. Ahora, en apariencia, solo quedaba él. La cápsula que viajaba a la deriva estaba pensada para albergar hasta cuatro personas. El Sistema Vital podía generar quince litros de agua por día durante una semana. Hizo un cálculo rápido: cada persona necesita de media tres litros y medio por día lo que le daba una esperanza aproximada de un mes de vida. Un mes para dar con alguien y que vinieran a rescatarle. Era poco probable, pero no imposible, terminó por pensar.
A pensar era una de las cosas que les enseñaron durante la instrucción. Les recomendaban que, en su soledad, recordasen la Tierra. Que recordasen a sus familiares y amigos. Las calles donde crecieron. Que recordasen a la chica que les marcaba el ticket a la entrada del cine o el sabor de las granadas. Pequeños detalles que ayudaran a enfrentarse a los largos tiempos de soledad. Jerome prefería pensar en la doctora Xu. En sus labios, en su cabello negro recogido en un moño, en sus muñecas de porcelana. Imaginó su cuerpo desnudo, su mirada lánguida y su cabello deshaciéndose sobre uno de sus hombros. Abrió los ojos y posó su mirada en el ventanal de la cabina. Sólo atisbó a ver su rostro desdibujado sobre el fondo negro. Incómodo por sus pensamientos, decidió volver a atarse el traje y levantarse para examinar los compartimentos de la cápsula, más por matar el tiempo que por un interés real de aquello que escondían aquellas pequeñas puertas. Barritas envueltas en papel de aluminio y pequeños tubos con alimentos comprimidos. Un rollo de cinta americana, una cuerda de fibra sintética, una manta térmica doblada sobre sí misma y demás objetos de supuesta utilidad que empezaron a flotar por la cápsula según Jerome las iba descartando. La voz del asistente virtual le recordó que podía preguntarle sobre cualquier cuestión que concerniera a la cápsula, incluido el equipamiento del que disponía y sus posibles usos. Pero Jerome hizo caso omiso. No le gustaba lidiar con Inteligencias Artificiales así que le mandó guardar silencio. En el tercer compartimiento encontró, por fin, lo que buscaba, el maletín de primeros auxilios. Abrió los cierres y rebuscó entre el material médico hasta dar con las píldoras de cianuro. Las cogió y se las llevó al pecho, aliviado. Si iba a morir, prefería que fuera rápido. No sería agradable esperar a quedarse sin oxígeno. Además, saber que la muerte estaba en su mano en cierta forma le tranquilizó. Recogió los objetos dispersos una vez hubo recortado el blister alrededor de una de las cuatro pastillas y la guardara en un pequeño bolsillo con cierre en el antebrazo izquierdo de su traje. Lo palpó ansioso hasta asegurarse de que, efectivamente, ahí estaba.
Regresó a la carlinga y se sentó llevando las rodillas al pecho. Masticaba una barra proteica mientras escuchaba en bucle toda la información que el ordenador de abordo había recopilado hasta aquel momento. Miró la posición aproximada en el mapa. Treinta y dos millones de kilómetros lo separaban de la Tierra. Veintiséis millones de Marte. Volvió a mirar su reflejo en el cristal de la cabina y pudo sentir cómo la oscuridad de todo el universo le oprimía el pecho. Pasó una semana arropado por ese sentimiento hasta que una luz verde parpadeó en el panel de control.
II
—¿Hay alguien ahí? dijo una voz a través del comunicador.
Jerome abrió los ojos saliendo de su ensoñación. Una voz distorsionada llamaba. ¿Hay alguien ahí?
, se volvió a escuchar.
—Aquí el Doctor Kleine, superviviente de la Mont Blanc. ¿Puedes oírme?
Dudó de sus propias palabras a medida que las iba pronunciando.
—¿Jerome? No alcanzo a oírte bien. ¿Me oyes?
La voz le resultó familiar.
—¿Feyse? Feyse, Dios mío. ¿Eres tú?
La Doctora Tedese era una de las tripulantes que regresaba, al igual que Jerome, a la Tierra. Ingeniera y doctora en física por la universidad de Berkeley, fue una de las encargadas del desarrollo del sistema de luz artificial que emulaba el espectro solar en el campamento marciano, fundamental para hacer frente a las frías temperaturas de Marte y un sistema considerado clave para los cultivos implicados en la terraformación del planeta rojo.
—Jerome, ¡estás vivo! No termino de... ¿Pero cómo...? Perdona, es que no termino de creérmelo. Lograste salir con vida de la nave. Veo que no soy la única que... Cómo me alegra...
La frase fue sustituida por un quejido fruto de las interferencias.
—¿Feyse? ¿Puedes oírme? Jerome jadeaba nervioso mientras intentaba volver a restablecer la comunicación.
—Lograste salir con vida de la nave —volvió a escucharse—. Veo que no soy la única que pudo salir de ahí.
—Sí, así es. Logré alcanzar en el último momento una de las cápsulas, justo antes de que tuviera lugar la explosión. Pensaba que era el único que lo había conseguido, que había logrado alcanzar una de las cápsulas de salvamento —la conversación quedo interrumpida por el llanto de ambos—. No sabes cuánto me alegro de haberme equivocarme, de poder escuchar la voz de otra persona.
La alegría del principio dejó paso al silencio. Ambos sabían que la dicha producida por el encuentro no era más que una breve ilusión que pronto se apagaría ante la realidad de la situación.
—Pensé que no volvería a escuchar la voz de otro ser humano —dijo finalmente Feyse—. Es un consuelo tener a alguien al otro lado.
Jerome echó entonces la cabeza hacia atrás y suspiró.
—Es una muerte a cámara lenta, ¿no? Estamos demasiado lejos para que vengan a rescatarnos —se sinceró Jerome—. La verdad es que es agradable tener a alguien con quien hablar. Es agradable volver a escuchar una voz después de tanto tiempo. ¿Qué es lo que falló, Feyse?
—Eso ya no importa, Jerome. Nada importa ya, en realidad.
—Había perdido la esperanza de encontrar a alguien.
—Yo también. Es un consuelo haber dado el uno con el otro. ¿Sabes? tengo algunas grabaciones, conversaciones técnicas con Kobayashi y con Newman. Instrucciones de mantenimiento que reproducía una y otra vez. Las escuchaba para no sentirme tan sola. Ahora ya no tendré que volver a escucharlas.
Jerome sintió una gran calma en su interior cuando Feyse pronunció esas palabras.
—En una de las grabaciones Kobayashi susurra una vieja canción. La escuchaba una y otra vez.
—¿Me la tarareas?
—No sé, no se me dan bien estas cosas.
—Por favor. Me gustaría mucho escucharla.
—La verdad es que me da algo de vergüenza —rió Feyse.
Jerome no dijo nada más. Al cabo de un rato, Feyse carraspeó al fin. El sonido emborronado llenaba ahora el espacio de la cápsula de Jerome. Cerró los ojos y escuchó. Bastaba un simple tarareo para que se trasladara a la Tierra en medio de toda esa oscuridad.
—¿Sigues ahí, Jerome?
—Moanin. Sí, sigo aquí. Art Blakey. Mi padre heredó de mi abuelo su colección de discos de jazz. Los domingos solía escucharlos en el salón de casa. Él no paraba de repetirme que aquél era el sonido de la libertad.
—No sabía que a Kobayashi le gustase el género; y menos todavía que le gustara una música tan anticuada. ¿De qué época era?
—De los años cincuenta, del pasado siglo. Faltaba una década aún incluso para que el Hombre saliera al espacio.
—Yuri Gagarin, ¿no?
—Sí, así es. Veo que te aplicaste en Historia Espacial y Astronáutica.
—Esa era fácil —Feyse rió una vez más.
—Oye, Feyse.
—¿Sí?
—Ojalá estuvieras aquí, conmigo. Físicamente, quiero decir.
La respuesta fue sustituida por un carraspeo agudo. Después, el silencio se apoderó de nuevo de la nave.
—Volveré a buscar la frecuencia —dijo en tono aséptico el asistente virtual.
Le pidió que triangulara la posición de la cápsula de Feyse si era posible. Quizás, con ayuda del estabilizador podría lanzar la cápsula en dirección al cuadrante donde ella se encontraba. El asistente le advirtió que lanzarse en búsqueda de la otra cápsula reducía drásticamente las posibilidades de que fuera rescatado. Jerome hizo caso omiso de la advertencia. Quizás podría pasar sus últimos días junto a la Doctora Tedese. ¿Por qué no? Pasaron varias horas cuando mostró en la pantalla el lugar exacto desde el cual la cápsula de Feyse había transmitido por última vez. La buena noticia era que estaba tan solo a 740 kilómetros de su posición. El asistente marcó la trayectoria y Jerome, sin perder un segundo, cogió los mandos de la carlinga y utilizó las válvulas de descompresión de la cápsula para encaminarla hacia el lugar donde, en teoría, se encontraba Feyse. Hasta ese momento, pensaba que no volvería a entusiasmarse por nada.
III
Pasaron dos semanas y media hasta que llegó al sector en el que debería de estar la cápsula de Feyse. Dos semanas y media que a Jerome se le hicieron eternas. Había racionalizado la comida y el oxígeno tanto como fue posible. Cinco días. Cinco días le restaban para dar con ella. Suplicó que siguiera con vida en algún lugar próximo a su posición. Suplicó encontrarla. Jerome era incapaz de apartar su vista de la pantalla, esperando una mínima señal.
—¿Alguna señal de ella?
—Negativo —le comunicó el asistente virtual.
—¿Cómo puede ser posible? Deberíamos haber encontrado alguna señal, algún pequeño indicio de su cápsula.
—Son múltiples las causas que pueden dificultar o impedir la conexión con la cápsula de la Doctora Tedese.
—¡Maldita sea! Tú sigue intentando dar con ella.
Jerome se impulsó fuera de la cabina hasta dar con en el otro extremo de la cápsula. Llevó las rodillas hasta el pecho para amortiguar su llegada. Luego, pasó el pulgar por las letras en relieve del cartel de advertencia colocado en la puerta mientras no paraba de pensar.
—Son múltiples las razones para no dar con ella, ¿verdad?
—Así es.
—Pero, aun y todo, estoy seguro que Feyse también ha estado intentando restablecer la comunicación. Seguro que también pidió a su asistente que diera con nosotros para acercarse a nuestra posición.
—Es altamente probable, sí.
Jerome regresó a la carlinga y tomó asiento.
—Vale, muéstrame en pantalla todos los datos de la transmisión anterior.
La información tardó unos pocos segundos en aparecer. La estudió una y otra vez. Comprobó desde dónde había transmitido la cápsula de la Doctora Tedese y en qué momento.
—Qué extraño, dijo en voz baja para sí mismo. Todas las transmisiones fueron emitidas exactamente desde el mismo punto. ¿Acaso Feyse estabilizó la nave para que esta quedara suspendida en el mismo punto exacto? Cuando era niño —comenzó a contarle al asistente virtual—, en las excursiones de tres días que hacíamos al campo en el curso de exploradores, recuerdo que siempre nos decían que, en caso de perdernos en el bosque o en la montaña, la mejor estrategia era quedarse quieto donde uno estaba. Que sabrían que nos habíamos desviado y que comenzarían nuestra búsqueda lo antes posible, pero aquí, en el espacio, ¿era esa la mejor forma de actuar? La mejor opción, sin duda, sería desplazarse hacia un lado o hacia otro. Hacia la Tierra o hacia Marte. No era posible, por falta de tiempo, llegar a uno de los dos planetas pero sí que lo era de cruzarse con otra nave, aun siendo bajas las posibilidades. Moverse era la mejor opción. Por no hablar, por supuesto, de la propia inercia. Fijar una posición estacionaria en mitad del espacio es absurdo por el desperdicio de energía que conlleva.
Tras darle muchas vueltas a la cabeza, Jerome comprendió.
—¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué fingir?
—Mi prioridad era mantenerte con vida. Al menos, hasta que se agotasen todos los recursos de la cápsula. Tu historial, tus acciones. Había un riesgo alto de que te quitaras la vida.
—Entiendo —dijo Jerome con un tono tan seco como el de su interlocutor—. Fingiste ser Feyse. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Para darme falsas esperanzas?
—Darte un objetivo te mantendría con vida. Te daría una razón para seguir viviendo.
—¡Mierda!
Jerome golpeó el panel de control. Se levantó del asiento y, desesperado, comenzó a golpear las paredes de la cápsula. Después se acercó al ventanal. Miró su reflejo, sus ojos llenos de rabia. Los cubrió entonces con la mano. Luego, la llevó al antebrazo, donde guardaba la píldora de cianuro.
El sol asomaba distante.
Poco a poco, la luz se fue apagando.
