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LA NAVE DE LOS CIEGOS
por Fabián Álvarez López

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klimkin, Pixabay License

Fueron necesarios 150 años para alzar y consolidar el Imperio Terrano, y tan sólo 20 para destruirlo. Durante esos veinte años de guerra civil se produjeron grandes avances en muchos campos del saber, aplicables a la destrucción a gran y pequeña escala: biología, bioquímica, informática, ingeniería y cibernética, entre muchos otros. Uno de los mundos menos castigados, y que consiguió gracias a su sabia política económica un sólido puesto entre los fundadores de la II República, fue el planeta Benefactor; agrario, sólido y estable, gobernado por un senado elegido entre los representantes de una oligarquía genética, formada por individuos nacidos sin el sentido de la vista

Enciclopedia de la República
Terranova, 2420 (5ª edición)

Benefactor:

Sistema planetario, uno de los miembros fundadores de la II República, identificado como Sistema Nº 213 del Éxodo. Miembro 213 del Senado de la República, Benefactor es un sistema de 9 planetas, del que se encuentran habitados dos: el planeta principal, Magna Mater, es un planeta estable, de clima templado, cuyas exportaciones principales son los productos agrarios. Benefactor está gobernado por un senado elegido entre los miembros de una oligarquía producida mediante ingeniería genética, y formada por individuos carentes del sentido de la vista desde su nacimiento.

Index Planetarum
Terranova, 2430

Benefactor: (sustantivo y adjetivo)

Que hace bien a otro (sinónimo: BIENHECHOR)

Diccionario de la República
Terranova, 2420 (5ª edición)

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09:00

—Crucero procedente de la Autoridad Centáurea, efectúe maniobra de atraque en el muelle 25, por favor.

La gran nave de carga, pesada y poco elegante como todas las naves fabricadas en la Autoridad Centáurea, empezó a maniobrar en el aire caliente y pesado del espaciopuerto de Metápolis, la capital de la provincia central del planeta Benefactor. La voz que había emitido la autorización de atraque estaba ahora en silencio, mientras su emisor mantenía sus sensores lumínicos fijos en la pantalla de datos que se encontraba ante él.

El técnico aeroespacial no se sintió satisfecho al comprobar que todos los números que iban apareciendo eran correctos. Sin embargo, como cada vez que realizaba su trabajo sin fallos, su módulo de control ordenó a su disciplinador que liberara la presión de su flujo de datos, y su módulo de aprendizaje tomó nota, una vez más, del hecho irrefutable: trabajo bien realizado ="" aumento de la eficiencia. Los ingenieros cibernéticos benefactitas estaban muy orgullosos del método de aprendizaje Ruiz del Castillo, basado en los principios del aprendizaje animal descubiertos en la Tierra a principios y mediados del siglo XX, y perfeccionados en Terranova por Andrés Ruiz del Castillo en el año 2175. Todos los androides benefactitas estaban equipados con circuitos Longman, formados por un módulo de control, un disciplinador y un módulo de aprendizaje. En el Senado de Benefactor se había puesto de moda recientemente el discutir si era posible aplicar el método Longman a la educación de los subciudadanos, los inciegos; la opinión generalizada era negativa, aunque la Academia de Ciencias aún no había hecho ninguna declaración oficial al respecto.

Un ingeniero aerospacial benefactita escuchó atentamente mientras el ordenador recitaba los datos de las maniobras de atraque que se estaban produciendo en ese momento, y sonrió. Luego, se volvió hacia su derecha, y caminó hasta la consola principal, donde los técnicos androides manejaban los ordenadores que almacenaban el torrente de información generado constantemente por el flujo de tráfico del espaciopuerto.

—Informe: Procedencia de crucero en muelle 25.

—Crucero pesado procedente de la Autoridad Centáurea. Planeta de origen: Planeta Cewe.

—Informe: Carga crucero pesado muelle 25.

—Carga: 30 toneladas métricas de trigo refinado. 20 toneladas métricas de frutas y hortalizas. ¿Desglosar?

—No desglosar. Informe: Ruta crucero pesado muelle 25.

—Ruta: Cewe - Brasilia - Estación DBP - Benefactor.

—Orden: Enviar patrulla de reconocimiento a muelle 25. Orden: enviar equipo de descarga a muelle 25. Orden: órdenes completas.

Satisfecho, el ingeniero volvió a su puesto, y se relajó intentando resolver un puzzle tridimensional; aunque sabía que los androides estaban perfectamente capacitados para darse a sí mismos las órdenes que él acababa de dar, estaba dentro de sus responsabilidades el ocuparse de vez en cuando de proporcionarles directrices inmediatas. Al fin y al cabo, como le habían enseñado en la Universidad, incluso la máquina más perfecta necesita la supervisión humana.

3

09:30

Cuando la esbelta oficial a cargo de la patrulla de reconocimiento le ordenó que avanzara, fusil de asalto en mano, hacia la compuerta de carga principal del crucero, Víctor pensó que, a pesar de sus párpados soldados y levemente hundidos por la progresiva recesión de los globos oculares, ella era muy hermosa. Muchas veces se había preguntado como sabían los ciudadanos como alguien era hermoso y deseable, y ahora no pudo evitar preguntárselo otra vez. Entonces ella le ladró una orden, y él avanzó hasta la compuerta, y la golpeó dubitativamente con el cañón del arma.

La oficial benefactita se llevó el vocalizador a los labios, y dijo en mercalingua, la lengua franca de la República:

—Tripulación del Crucero Pesado procedente de la Autoridad Centáurea. Les habla la oficial Sandra Nova, de la Policía del Espaciopuerto de Metápolis. Por favor, procedan a abrir sus compuertas de carga.

El silencio fue la única respuesta, como ya había ocurrido antes cuando el mismo mensaje había sido transmitido desde el Centro de Control del Espaciopuerto. Víctor se adelantó, y examinó de un vistazo la cerradura codificada que había a un lado de la pesada compuerta. Luego dijo:

—Oficial Nova, agente Víctor Castro: la cerradura es de teclado. Pido permiso para intentar desbloquearla.

Ella dudó apenas un instante, y luego asintió:

—Proceda, agente Castro.

—Sí, oficial.

El chico, de no más de 20 años, miró la cerradura por unos segundos, y luego sacó su equipo portátil de seguridad. El aparato no requería una tarjeta, sino tan sólo un código numérico, así que cuando Víctor conectó el descifrador a la salida de datos de la cerradura, se preparó mentalmente para ver pasar una lista aparentemente interminable de códigos de entre cuatro y ocho cifras. Para su sorpresa y la de los demás miembros de la patrulla, la compuerta se abrió inmediatamente. Un olor agradable a frutas exóticas y trigo salió de la abertura. Un corto pasillo de acceso terminaba en una puerta doble de acero y plástico vidriado. Víctor repasó rápidamente el contorno del corredor, y avanzó lentamente; apenas hubo dado unos pasos cuando oyó a su espalda la voz de la oficial Nova.

—Sea prudente, Castro.

—Sí, oficial.

Le siguieron otros dos soldados, subciudadanos como él, inciegos como él, condenados por nacimiento a tener que orientarse mediante la vista. Detrás de ellos, protegida por el resto de la patrulla y dos androides de batalla, la oficial Sandra dejó que sus sentidos, muy aguzados gracias al entrenamiento que había recibido, analizaran la situación.

Trigo, fruta (mangos, papayas, melón centáureo un poco pasado), polvo, aceite lubricante... ¿qué es eso, un poco de... canela? No, no es canela.... Dio un par de pasos, y pasó las puntas de sus dedos, curtidos por el trabajo pero de yemas suaves, por el casco del crucero. El viaje había sido bueno, leyó en las rugosidades del metal, pero la nave era vieja, y barata... Notó que los tres soldados bajo su mando habían llegado a la puerta de acero y plástico, y se volvió hacia ellos; no se permitió una sonrisa al sentir el calor del sol en la mejilla.

—Agente Castro, ¿está operativa la puerta interior?

—Sí, oficial. Todo parece estar en orden...

—Abra la puerta.

Víctor obedeció sin rechistar, y se dispuso a abrir la puerta con cierta inquietud; las imágenes de las holopelículas de terror que solía ver por la noche estaban asaltando su mente, concentrándose en la oscuridad. Sus manos temblaron ligeramente, y suspiró al escuchar el aire escapándose de la cámara, al soltarse los cierres neumáticos. Todo estaba oscuro; cogió una linterna de neón que llevaba colgada al cinto, y cortó la oscuridad, encendiéndola.

Víctor permaneció de pie, incrédulo, mientras la luz iluminaba cosas que él nunca había visto ni en sus peores pesadillas; sus dos camaradas y compañeros de patrulla retrocedieron, y se apartaron para vomitar; la oficial Sandra frunció el ceño, y luego dio un salto hacia atrás, mientras se forzaba a contener las arcadas. Ahora en toda su crudeza reconoció aquel olor: excrementos y orina.

Quinientas, quizá mil personas abarrotaban la bodega de carga; yacían sobre los sacos de comida, que estaban abiertos y su contenido desparramado por el suelo. Había hombres, mujeres y niños, mal vestidos, sucios, despeinados. Y muchos de ellos alzaron las manos hacia la puerta que se acababa de abrir, e imploraron en mercalingua: Ayudadnos, por favor. Y cuando Víctor dio unos pasos, se dio cuenta de que sus ojos estaban cubiertos de pequeños gránulos, y de que no seguían sus movimientos con la mirada —como los inciegos— ni con la cabeza —como los ciudadanos.

Ante la vista de cientos de personas ciegas, carentes de la civilización y la cultura de Benefactor, Víctor se derrumbó y quedó inconsciente.

4

12:00

La doctora Frida Lichtenmann, médico jefe del espaciopuerto de Metápolis, acababa de sentarse ante un terminal Morgan-Braille a redactar un informe sobre la situación en el almacén 25 (al que habían sido trasladadas, con una fuerte escolta y bajo importantes medidas de seguridad, novecientas cincuenta y tres personas, de nacionalidad desconocida) cuando alguien llamó a la puerta de su despacho. Dio una orden a su androide de servicio, y se volvió hacia el ruido de la apertura; cruzó las manos sobre su regazo, y esperó a que le hablaran.

—Buenos días, doctora Lichtenmann. Soy Markus Krammer, de la Oficina de Información del Senado. ¿Podemos hablar un momento? Mis hombres llamaron para concertar una cita, pero usted no estaba localizable.

La mujer frunció los labios, y mientras se retorcía los dedos, respondió:

—Por supuesto, agente. ¿De qué se trata? Si es sobre el caso del almacén 25, aún no he terminado de redactar el informe. Mis asistentes están llevando a cabo los análisis, y no creo que tengamos resultados concluyentes hasta mañana por la mañana.

Markus Krammer asintió y dijo:

—Sin duda, sin duda, doctora. Y sin embargo, mi director desea tener algún dato con el que poder empezar a trabajar. ¿Cree usted que está en posición de poder proporcionarme algo?

Frida Lichtenmann suspiró, y luego se giró hacia su terminal, dándole la espalda al agente del Senado. Oyó como caminaba hacia ella; sin inmutarse, la doctora empezó a escribir datos utilizando el teclado Morgan-Braille. Cuando Krammer empezó a impacientarse, Frida habló:

—De las personas que hay en el almacén 25, más del 90% parecen estar completamente ciegas. Aún debo realizar algunos análisis adicionales, pero creo que se trata de tracoma, una infección vírica que destruye las capas superficiales de la córnea, produciendo una ceguera irreversible salvo a través de la sustitución del tejido.

—¿Sustitución del tejido? —su respuesta tuvo un tono acre que dejaba entrever curiosidad.

—Sí... nuestra cirugía nos permitiría, sin problemas, retirar las capas destruidas por el tracoma y sustituirlas por tejidos orgánicos cultivados en laboratorio. Es un procedimiento bastante habitual.

Él permaneció en silencio, y ella oyó como daba unos pasos a un lado, luego a otro, alejándose y acercándose a ella alternativamente. Finalmente, Krammer sacó algo de un bolsillo, se lo llevó a la boca y empezó a masticarlo. Ella volvió la cara hacia él:

—¿Quiere un chicle? —dijo él.

—No, no gracias, agente. Ahora, si no necesita nada más... la verdad, tengo que escribir el informe.

—Por supuesto, por supuesto. Le dejo aquí mi tarjeta, doctora; llámeme en cuanto el informe esté listo, ¿sí?

—Claro. No hay problema. Buenos días, agente.

5

12:30

En el centro de Metápolis, el edificio del Senado benefactita brota entre las calles como una flor hecha de pompas de jabón. Las esferas de los diversos módulos del edificio, construidas en fibra de vidrio y metal, se acumulan unas sobre otras, cortándose, comunicándose, formando algo que parece haber crecido en el manto del planeta y surgido a la superficie a través de grietas en la corteza. Para los inciegos, el edificio es un recordatorio de todo aquello que nunca podrán tener; los ciudadanos, que no pueden ver su belleza, admiran sus contornos y formas sosteniendo entre sus dedos maquetas a escala en el Museo del Senado, y se felicitan por vivir en el lugar en que viven. Y los androides, que no sienten, se encargan de que la luz brille en los puntos adecuados y cause el efecto correcto en aquellos que contemplan el edificio.

Los embajadores de los planetas cercanos de la República, y algunos de otros estados interplanetarios, como la Confederación de Weissmann y la Autoridad Centáurea, se alojan en los pisos inferiores del Senado. Hay grandes escaleras mecánicas y ascensores de repulsión magnética que permiten acceder a todas y cada una de las esferas que alojan a los diversos módulos. Ante la puerta de uno de ellos, Frederick von Steinbeck, senador y patriarca de la poderosa familia von Steinbeck, volvió sus oídos hacia su acompañante, y dijo:

—Está situación nos coloca en una grave posición, senadora Lichtenmann. Si mi información es correcta, en uno de los muelles de nuestra ciudad hay ahora mismo más de ochocientos inmigrantes ilegales. ¿Qué se supone que vamos a hacer con ellos?

Por un momento no hubo ninguna respuesta, y von Steinbeck empezó a balancear, nervioso, su peso de un pie a otro. Finalmente, la voz sedosa de la senadora rompió el silencio, proveniente del lado derecho de su cuerpo, junto al ascensor.

—No puedo confirmar ni negar esa afirmación, senador Steinbeck. Mis informadores aún no me han proporcionado ningún dato objetivo con el que trabajar. Creo sinceramente que la Oficina de Información proporcionará pronto al Senado un informe sobre el que poder elaborar una declaración.

El sonido de las puertas deslizantes al abrirse interrumpió el flujo de pensamientos del senador von Steinbeck. Dio un paso adelante, y se precipitó por el hueco del ascensor. La senadora Lichtenmann, que no se había movido, permaneció impasible mientras los gritos de su colega se hacían más lejanos; cuando las puertas volvieron a cerrarse, y dejó de oírlos, giró sobre sus tobillos, e hizo gestos a su androide custodio de que se acercara. Cuando la máquina así lo hizo, la senadora se inclinó sobre él y le proporcionó instrucciones, susurrando junto a sus sensores auditivos. Varios inciegos se movieron, nerviosos, para evitar el contacto ocular directo con los sensores visuales del androide.

6 pisos mas abajo, tres senadores de las familias Humboldt, Königsamen y Klein interrumpieron su conversación sobre economía local al escuchar un terrible golpe en el techo del ascensor que acababan de coger, y que aún no se había puesto en marcha. Uno de ellos pulsó repetidas veces, y en vano, el botón de marcha. Otro salió de la cabina, y llamó a los inciegos de mantenimiento. El tercero consultó su reloj táctil, de esfera marcada con pequeñas gemas preciosas, y contó con impaciencia que eran ya más de las 12 de la mañana.

Los gritos de los limpiadores, inciegos, llamando a los androides, provocaron en el senador Klein una mueca de sorpresa, algo que no había aparecido en su rostro desde mucho tiempo atrás. La noticia se esparció por el edificio del Senado con gran rapidez, y al cabo de unas horas ya lo sabían todos los que se encontraban en el edificio en el momento del accidente: Frederick von Steinbeck, patriarca de su familia, y repositorio de los bastones electorales de gran parte de sus parientes, se había desnucado al caer por el hueco de un ascensor.

6

13:00

Aunque —de acuerdo a los escritos de los grandes teóricos benefactitas— la ceguera congénita produce grandes y provechosos efectos en el desarrollo de la personalidad, es cierto que impide la práctica de muchas actividades que el resto de la población de la República considera altamente beneficiosas. No se trata de tantas como podría parecer, sin embargo, ya que los años transcurridos desde la fundación de Benefactor han permitido el desarrollo de una cultura del ocio muy compleja y desarrollada. Joséph von Steinbeck, hijo del senador Frederick von Steinbeck, es uno de los mejores jugadores de ajedrez de Metápolis, y de la provincia central. Los escaques, así como las piezas, del ajedrez benefactita están marcados según el modelo Morgan-Braille.

Joséph se dio unos golpes en la barbilla mientras sujetaba entre sus dedos una de sus torres; a su alrededor, la habitación estaba decorada de forma sencilla y espartana, en un estilo neutro popular en todo el planeta. Movió la torre, y luego se levantó para admirar algunos cuadros táctiles de Morgan Schnitke, un pintor benefactita famoso en toda la República así como en la Confederación de Weissmann. A pesar de la alteridad de la pintura táctil, basada en una combinación de texturas rugosas y suaves lograda a través de la interacción entre la pintura y el lienzo, Schnitke —nacido en la provincia central de Benefactor— había logrado un cierto éxito popular. Joséph se volvió, al oír el timbre del teléfono, y al descolgar, oyó la voz de su madre.

—¿Madre? ¿Va todo bien?

El joven von Steinbeck escuchó lentamente como su madre le iba contando lo que había ocurrido: como su padre había sufrido un accidente en el edificio del Senado, cayéndose por un hueco de ascensor, como había entrado cadáver en el hospital. Von Steinbeck despidió a su contrincante con un gesto de la mano, y se sentó al borde de la cama. Poco a poco, la terrible responsabilidad que había recibido fue llenando de sombras sus ojos. Había habido amor entre Joséph y su padre, pero había sido un amor suave, lento, reposado, carente de pasión y calor.

Su madre le esperaba en el hospital, mientras oía, sin escucharlas, las voces de los delegados y secretarios de los miembros de la familia que habían confiado sus bastones electorales al difunto Frederick von Steinbeck.

Joséph von Steinbeck abrió las puertas de su armario ropero, y eligió un traje sobrio. Dejó ordenes a sus sirvientes, androides e inciegos. Luego, bajó las escaleras, salió a la calle, y se dirigió al Hospital Central. Ya en su aerodeslizador, von Steinbeck cogió el teléfono, y marcó un número del espaciopuerto.

—¿Buenos días? Me gustaría hablar con el laboratorio 728.

—Un momento, por favor.

Una voz suave y dulce, aunque teñida de preocupación, respondió:

—¿Joséph? Joséph... ¿cómo estás?

—¿Cómo estoy...? ¿Lo sabes...?

—¿Lo de tu padre? Sí... mi tía me lo dijo. Ya sabes, la senadora Cornelia Lichtenmann.

—Lo sé. Frida, yo... quizá deberíamos...

—Joséph... tengo que reunirme contigo, lo sé... pero tengo mucho trabajo. El almacén 25...

—¿El almacén 25? ¿Qué...?

—Quizá no debería haberte dicho nada... ahora tengo que colgar, tengo que elaborar un informe... ¿Te parece que me pase luego por tu casa?

—No estoy seguro... mi madre estará allí, y... la casa se llenará de parientes, y los teléfonos no dejarán de sonar... y...

—Llámame siempre que quieras, ¿vale? Un beso.

—Un beso...

Aunque muchos inciegos creen que los ciudadanos no lloran, bien porque no pueden, bien porque no saben hacerlo, los ojos de Joséph von Steinbeck se llenaron de lágrimas y sus iris del color del hielo, sus pupilas ciegas, veladas, se volvieron borrosos.

7

Hay cinco líneas genéticas en Benefactor que producen ceguera, y cuyos apellidos conmemoran las vidas y logros de los fundadores del planeta: Lichtenmann, por soldadura de los párpados y progresiva recesión de los globos oculares; Von Steinbeck, por catarata congénita y veladura del cristalino; Humboldt, por ausencia total de terminaciones neuronales en la retina; Königsamen, por una progresiva opacidad del humor vítreo y Klein, por degeneración neuronal a la altura del quiasma óptico.

El como una discapacidad congénita llegó a ser considerada la piedra central de una sociedad como la benefactita ha sido largamente discutido por los sociólogos de la II República. En Benefactor, sólo los ciegos, los descendientes de las cinco grandes familias, tienen la categoría de ciudadanos: todos los demás habitantes del planeta son inciegos, miembros de una clase inferior absolutamente excluida de la vida pública. Desgraciadamente, se carece de datos fiables sobre la evolución de la cultura benefactita, ya que gran parte de la información se considera confidencial o fue destruida durante las guerras que desintegraron el Imperio Terrano o las que, subsecuentemente, dieron a luz a la II República.

De cualquier forma, el ciudadano medio de la República no sabría decir si la fuerza del planeta Benefactor depende del indomable carácter de sus ciudadanos, o de su sometida población de inciegos, esclavos en todo menos en el nombre. Según algunos, es tan sólo el uso generalizado de androides lo que impide que la población nacida con el sentido de la vista sea tratada como mano de obra esclava. Dado que la esclavitud está prohibida por las leyes de la República, la legislación benefactita se ha movido, ya desde las reuniones del Parlamento Constituyente, en una turbia zona gris. Esto coloca a Benefactor en un lugar problemático en cuanto a consideración social, y le impide gozar de una reputación acorde a su fuerza económica y política. El planeta de los ciegos, como es conocido popularmente, ocupa una posición intermedia en cuanto a popularidad, y sus intervenciones directas en el Senado de la República suelen atraer el interés de la opinión pública.

Los sistemas fundadores de la II República: Benefactor
Enciclopedia por entregas, Republic Herald, 12/9/2430

8

18:00

Al final del día, cuando los relojes marcaban las 6 de la tarde, cuando tras acabar su turno de guardia y darse una ducha Víctor se hubo acostado en su litera, en los barracones del espaciopuerto, la imagen de la oficial Nova regresó a su mente. A pesar de sus párpados soldados debido a su pertenencia a una rama secundaria de la familia Lichtenmann, Sandra Nova tenía una belleza física, un atractivo que se encontraba perfectamente equilibrado por sus dotes de mando y su valía militar. Víctor había despertado en la enfermería, tras desmayarse al enfrentarse al horrible espectáculo de una bodega de carga en la que más de 800 personas yacían hacinadas sobre sus propios excrementos, y había encontrado en su campo de visión a la figura recta y responsable de su oficial, hablando con el médico de guardia. Aunque no había podido escuchar sus palabras, a causa del cristal aislante, el movimiento de sus labios le había revelado su preocupación.

Pronto le habían dado de alta, al poco rato ya que sólo se había tratado de un desmayo sin importancia. De camino a los barracones, Víctor había tenido la posibilidad de escuchar varios comentarios sobre la situación en el almacén 25, pero la curiosidad sobre lo que ocurriría a continuación no había logrado apartar a Sandra Nova de su mente.

Se puso de pie, y se acercó hasta una de las ventanas de los barracones: allí, a lo lejos, se alzaban los grandes edificios del centro de la ciudad, en un barrio en el que él nunca había puesto, ni nunca pondría, el pie: el Senado, la Gran Biblioteca, el Teatro de la Ópera. Y los rascacielos en que vivía la elite de la sociedad benefactita: los profesionales liberales, los médicos, arquitectos y abogados, los senadores y sus familias, los profesores universitarios... Sus ojos se detuvieron sobre los progresivos anillos que marcaban las, al mismo tiempo, flexibles y rígidas divisiones sociales de la ciudad. Sintió un sabor amargo en la boca del estómago al pensar en los innumerables inciegos que sobrevivían a la sombra de aquellos grandes edificios, sin tener derecho más que a las migajas que caían de los platos de los ciudadanos.

Y luego, al volver la vista de nuevo hacia el dormitorio comunal de su patrulla, la imagen de Sandra volvió a colarse en su pensamiento. Se encontró pensando en lo que la oficial estaría haciendo ahora, en si habría acabado su turno, o si tendría que redactar algún informe.

9

13:00

Las 953 personas que habían viajado durante un mes en condiciones infrahumanas en la bodega de un crucero automatizado de carga se encontraban alojadas en el almacén 25, en unas condiciones que les parecían lujosas tras su terrible viaje desde la Autoridad Centáurea.

Oficiales del servicio sanitario del espaciopuerto, así como médicos y enfermeras de la Secretaría de Asuntos Sociales, se habían trasladado al almacén 25 inmediatamente, y a lo largo del día, se turnarían para intentar reanimar a los que estaban inconscientes, y para atender a los que necesitaran cuidados médicos. Entre los trabajadores sanitarios, los espías de la Secretaría de Interior y del Senado mismo intentaban, hasta el momento sin éxito, comprender por qué aquellas personas se encontraban en Benefactor.

Frida Lichtenmann no necesitaba espías, ya que había atendido personalmente a algunos de aquellos desgraciados, pero tampoco necesitaba la ayuda de consejeros o estrategas: sabía porque aquellas 953 personas habían huido de la Autoridad Centáurea arriesgándose a morir en el trayecto. Habían huido porque lo que ocurría tras las fronteras de la Autoridad era mucho peor que cualquier cosa que pudiera haber fuera; o al menos, eso les parecía a ellos.

10 años atrás, cuando Frida era una joven estudiante, había viajado a uno de los mundos del borde externo del territorio de la Autoridad Centáurea, el planeta Centurión III. Una de sus tías, que poseía un índice de inceguera del 15%, había emigrado a Centurión tras casarse con un académico de la Universidad Estatal, al que había conocido durante un viaje de estudios. Frida había viajado hasta Centurión con su padre, Gregor Lichtenmman, para asistir a los funerales de su tío. Gregor y Brigitte Lichtenmann siempre habían estado muy unidos y, aunque las relaciones entre la Autoridad y la República siempre habían sido tensas, habían mantenido contacto por correo. La madre de Frida, una hábil diplomática que prosperaba a la sombra de la meteórica carrera política de su hermana Cornelia, no había podido permitirse el asistir al funeral.

Ya al bajar de la lanzadera, en el espaciopuerto de Guardia, la capital de Centurión III, Frida había confirmado su suposición de que aquel planeta no era como Benefactor. El aire estaba lleno de aromas exóticos y acres que la hicieron sentirse mareada, y todas las cosas que tocó y examinó con las yemas de sus dedos eran frías y de aristas vivas. En el exterior, los edificios estaban cubiertos de una película aceitosa que le hizo sentir repugnancia. Se sintió terriblemente sola, perdida, aislada del mundo.

En todas partes, el sonido marcial de las botas de los soldados centuritas, constante, como el golpetear de un martillo neumático. Frida se había mantenido junto a su padre, flotando entre la tensión y el miedo. Se había sentido escoltada y vigilada en el trayecto desde el espaciopuerto hasta la casa que había sido del académico, y que ahora pertenecía a su viuda, la tía de Frida. Ella y su padre habían entrado en el jardín que rodeaba la casa, y sólo al cerrarse la verja tras ellos había arrancado el vehículo oficial que los había llevado allí. Por un momento, Frida había escuchado como la respiración y el pulso de su padre se aceleraban; luego, se había abierto una puerta, y alguien se había acercado a ellos por un sendero de gravilla. Zapatos suaves que hacían crujir la grava según aquella persona se acercaba a Frida y a su padre.

Intentando recopilar toda la información posible sobre la situación en la que se encontraban, Frida se había sentido distraída por los parloteos del muchacho que había salido a su encuentro, y que se había presentado como su primo, ´Antonio Uffizi, hijo del doctor Uffizi y su esposa, Brigitte Uffizi´. En Benefactor, nunca se había dado cuenta del grado en que los inciegos abusaban de la palabra; los benefactitas se enorgullecían de no hablar demasiado, y apreciaban mucho el silencio. Estar allí, en aquel jardín que olía a plantas extrañas, en aquel mundo tan lejano, teniendo que aguantar aquella charla trivial empezaba a producirle dolor de cabeza. Se había frotado las sienes, e inmediatamente alguien se había acercado a ella con un ´¿Te encuentras bien, prima Frida?´. Pero cuando ella había alargado las manos para tocar el rostro de su primo, para palpar su cara y mediante el contacto físico transmitirle sus sensaciones, su miedo, su hastío, él se había alejado de ella, y sus dedos se habían deslizado, torpemente, sobre el vacío. ¿Cómo podía haber olvida que él, a pesar de ser su primo, era un inciego y por tanto, alguien viciado por su dependencia del sentido de la vista?

Entonces, alguien la había tomado del brazo (su padre, su aroma familiar y reconfortante), y juntos, ambos habían entrado en la casa.

10

13:30

Bertha von Steinbeck, que había pasado de ser la esposa del patriarca de una gran familia a ser, de nuevo, una simple senadora, la depositaria de los bastones electorales cuya custodia había entregado a Frederick von Steinbeck en su matrimonio, tomó un sorbo de lo que le habían ofrecido, y paladeó satisfecha el sabor dulce, un poco amargo y como a almendras, de un té. Acababa de hablar con su hijo, Joséph von Steinbeck, que a la muerte de su padre se había convertido en propietario no sólo de los bastones electorales personales del senador Frederick, sino también de una parte proporcional de los adquiridos durante los 40 años que había durado el matrimonio de sus padres. Si a eso se le sumaba el control efectivo de los bastones que varios miembros de la familia habían ido dejando a lo largo de los años en manos de Frederick, el hecho resultante era que Joséph había dejado de ser un peón de segunda en la política del Senado, y se había convertido en alguien, un candidato casi seguro a patriarca de los von Steinbeck. Alguien a tener en cuenta.

Alguien a tener en cuenta; ¿no es ésa una forma horrible de referirse a un hijo, a mi propio, mi único hijo? ¿Acaso soy como mis enemigos me pintan, odiosa, ambiciosa, tiránica? Ahora... ahora soy tan solo una electora más, una poco importante, la heredera de los bastones electorales que me dejó mi padre. Joséph llevará bien el timón de la familia, estoy segura de ello, está preparado.

Bertha oía a su alrededor el zumbido informe de los murmullos de los incontables delegados y secretarios personales de los miembros de la familia (tíos, primos, abuelos, tías, cuñadas) que habían depositado el control de sus bastones electorales en manos de Frederick von Steinbeck. Como despreciaba a aquellos seres, parásitos de los parásitos que se desentendían de la política interna de la familia Steinbeck a cambio de vivir tranquilamente en una villa, en la sierra o junto al mar.

Son un desperdicio. Si por mi fuera, obligaría a todos los electores a ejercer el control directo de sus votos. Sonrió un poco al pensar en como habría desdeñado su marido ese pensamiento. Su difunto esposo...

Era una mujer más cercana a los sesenta que a los cincuenta, de rasgos secos y ajados, pero su voz era suave y melodiosa, muy bella. Su mirada era particularmente temida por los inciegos, ya que la catarata característica de la familia había tomado en sus ojos, por capricho del destino y la genética, la forma de una estrella que brillaba, nívea en el centro de sus irises nebulosos.

Bertha von Steinbeck, ajada, dura, dejó de prestar al murmullo que la rodeaba el mínimo nivel de atención que marca la cortesía, y se concentró en sus propios pensamientos. Era aquella una actividad a la que era muy aficionada; su mente era como un telar por el que se deslizaba la lanzadera mortal de su conciencia, o como la red de una araña, bella y peligrosa. Y entonces, cuando había empezado a brotar una sonrisa cenicienta en sus labios, al imaginarse a si misma sumergiendo en agua hirviendo una y otra vez la cabeza de su sobrina Joséphine, que en la visión no dejaba de gritar como la perra que era y en la realidad no había dejado de parlotear ni siquiera un segundo, oyó la voz de su hijo Joséph.

11

13:30

Cuando Joséph von Steinbeck entró en la sala, los innumerables burócratas al servicio de sus parientes se volvieron hacia la puerta como ciegos lobos hambrientos. El sonido de su voz, buscando a su madre, les hizo agitarse, como hojas muertas bajo las que se retuercen gusanos. Joséphine von Steinbeck dejó de hablar, y se sentó, con las manos cruzadas sobre el regazo. Rudolph von Steinbeck, hermano menor del difunto, se acercó inmediatamente a Joséph y le dio un abrazo. Joséph giró la cabeza a un lado y a otro, buscando en vano la voz de su madre.

Y entonces, ella se volvió hacia él, y tomó aire, como si fuera a decir algo. Su hijo se sentó a su lado, y cogió su mano entre las suyas. Frau von Steinbeck, ahora viuda, permaneció inmóvil, en silencio. Tan sólo movió la cabeza un poco, mecánicamente, y posó su otra mano sobre las rodillas de su hijo.

Pasó un médico, y luego otro, y luego un necrotista, que se acercó hacia Bertha y Joséph con paso firme, y se dirigió a ellos en una voz acorde con sus pasos. El hijo del difunto patriarca de la familia von Steinbeck tomó a su madre del brazo, se puso de pie, y pasó a una sala lateral, mientras el necrotista le hablaba de los detalles del funeral, que se celebraría, a más tardar, dentro de dos días. Los secretarios, los delegados, empezaron a contar la hora en sus relojes táctiles, y dejando sus tarjetas de visita, con sus números de teléfono y sus códigos postales pulcramente grabados, encima de la mesa, junto al bolso de Bertha, empezaron a marcharse.

Finalmente, sólo quedó en la sala Joséphine von Steinbeck, la sobrina más joven de la ahora viuda matriarca de la familia, y prima por parte de padre de Joséph. Se pasó la mano por el pelo, sus dedos jugueteando con sus rizos, y aspiró voluptuosa y tristemente el aroma a melocotones y hierba fresca de sus cabellos. Tan suaves, suaves como cantaban los poetas, como le decían sus pretendientes, que zumbaban a su alrededor aún después de que su matrimonio ya hubiera sido decidido. Ella había amado a su tío tanto como temía a su tía; Frederick y Bertha, que pareja más extraña... Su madre, hermana del difunto, había heredado de su padre unos labios finos, y un acento que sonorizaba las eses; ella, Wilhemina von Steinbeck, siempre lo había dicho: Bertha y Frederick, Frederick y Bertha, que pareja más extraña. Ella le sobrevivirá.

Así había sido.

Sacó una caja de pastillas de su bolso, y se tomó dos. Empezó a masticarlas, y su familiar sabor borró un poco de la melancolía que había en su rostro. Ahora que estaba sola en la habitación, ahora que no oía ninguna conversación, ninguna respiración, ahora se sentía realmente libre. Nunca somos mas libres que cuando estamos solos, cuando tan sólo nos pueden escuchar, sentir, los oradores invisibles, los muertos, y nuestra propia conciencia.

Joséph no la amaba. Nunca la había amado, lo que nunca había sido importante, y que nunca hubiera llegado a serlo si se hubieran casado antes de la muerte de Frederick. Pero eso no había ocurrido y ahora... Joséphine estaba segura de que su primo cambiaría las cosas. Él no se casaría con ella para adquirir más bastones electorales; no... Él se casaría con aquella chica que trabajaba en el espaciopuerto, la doctora en medicina, y sacrificaría sus intereses personales a sus emociones.

Que noción más interesante. Si mi primo no se deshace de su madre pronto, sin embargo, estoy segura de que la chica morirá. Bertha von Steinbeck nunca permitirá que su sangre se mezcle con la de los Lichtenmann; antes muerta. Mucho mejor, antes mataría al amor verdadero de su hijo. ¿Cuándo le ha importado nadie a la vieja?

Joséphine von Steinbeck se levantó de la silla, movió la cabeza a un lado y a otro y, cuando oyó la voz del necrotista al otro lado de la puerta, golpeteó con los dedos, abrió la puerta y se despidió de su primo y de su tía. Bertha von Steinbeck se levantó, y le dio un formal apretón de manos, y luego un beso en una mejilla. Su primo, para su sorpresa, le dio un abrazo, y dos besos. A ella le pareció que él olía a limón.

Les dejó a los dos hablando con el necrotista. Antes de marcharse, metió la mano en el bolso de la viuda, contó veinte billetes de mil zócalos, se los guardó, y se tomó un café de la máquina automática.

Le pareció asqueroso, y pensó que había tirado los veinte céntimos que le había costado.

12

19:00

Sandra Nova vivía cerca del espaciopuerto, en un barrio pobre pero decente —como le había gustado decir a su padre, antes de que muriera durante un atraco. Ella sabía que había muchos inciegos que pensaban que todos los ciudadanos nadaban en zócalos y comían como los senadores; también sabía que no era así. Un oficial de la policía, como era ella, cobraba un buen sueldo, pero no tanto como para poder permitirse un capricho cada semana. Su familia, los Nova, era una de las ramas secundarias de los Lichtenmann; en el caso de la rama de la que, de momento, Sandra era la última representante, la lotería genética se esforzaba, a pesar del cuidadoso trabajo eugenésico del ministerio de Salud Pública, en producir individuos cuyo índice de inceguera no bajaba del 30% por ciento. Lo cual era, como aprendían todos los adolescentes en las clases de Teoría Filosófica del Estado, algo inaceptable, porque la vista es la madre de todos los vicios que derrocaron a la I República y al Imperio. Sólo a través de la ceguera puede el hombre permanecer dentro de los límites de la ética republicana. Si Benefactor fuera más poderoso, tuviera mas tropas, mas votos en el Senado de la República…

Sí, Sandra Nova sabía todo eso. Su padre, oficial de policía como ella, se lo había inculcado cada noche, mientras su madre, que trabajaba como enfermera en el Hospital Central de Metápolis, estaba de guardia.

Estos pensamientos desaparecieron de su cabeza cuando llegó a su casa. Mientras abría la puerta, reconocible a través del código Morgan-Braille tañado en la cerradura, se preguntó por un momento como era posible que los inciegos tuvieran ideas tan disparatadas sobre la sociedad. Hace años, con total discreción, Sandra Nova había intentado escuchar los comentarios que hacían sus subordinados inciegos a la hora de comer. Pero pronto se había dado cuenta de que no hablaban cuando ella estaba cerca. Por tanto, les privó de intimidad, y ordenó que instalaran micrófonos en los barracones. Y cuando analizó las conversaciones, le sorprendió mucho el hecho de que, si se dejaban aparte todos los comentarios ignorantes que hacían sobre los ciudadanos, su charla no difería mucho de la que mantenía ella con los otros oficiales. Se había guardado para sí misma esas reflexiones, y no las había compartido con nadie.

Sandra Nova, a pesar de su límpida hoja de historial, tenía un secreto, y ese secreto le proporcionaba información confusa, con la que entretenerse durante las largas horas de soledad que caían sobre ella cuando llegaba a su casa. Cerró la puerta a su espalda, se sentó en el sofá… Mi padre… papá, te echo de menos. Papá… ¿por qué mentiste sobre mi índice de inceguera? ¿Cómo hiciste que mamá firmara y validara unos resultados falsos? Y, sobre todo, ¿por qué…? ¿Por qué tardaste tanto en explicarme que, si alguien se daba cuenta de que yo recibía fragmentos de información a través de los parpados, me convertiría en una paria? En una paria…

Me quitarían mi trabajo, me echarían de la policía… o me enviarían a los barrios de los inciegos, a patrullar calles llenas de ladrones y prostitutas. Durante dos horas, claro, lo que tardaran en matarme.

Padre…

13

15:00

125643, un hombre de cuarenta años prematuramente envejecido, sintió como se le llenaban los ojos de lágrimas, tumbado en una cama en el almacén 25. Sentía a su alrededor la presencia de sus compañeros de infortunio, los que habían viajado con él a través del espacio, desde Cewe hasta Benefactor. Una de las palabras que había oído una y otra vez, tracoma, no tenía ningún significado para él. Pero las otras, las otras palabras sí las conocía: ciego, ceguera. Aunque no las hubiera conocido, sufría sus efectos.

Ciego. Levantó la mano, y se limpió las lágrimas, con cuidado para que no se le cayera el gota a gota que tenía puesto en el antebrazo. Todo a su alrededor era oscuridad, una oscuridad no absoluta, pero si más terrible que cualquier falta de luz que hubiera visto en sus cuarenta años de vida.

Ciego. Más terrible que ninguna oscuridad que recordara, desde que a los cinco años su madre le había enviado, a las seis de la mañana, a rebuscar en los vertederos de Colwan, la capital de Cewe. Eso había ocurrido, todos los días, sin excepción, durante los siguientes diez años.

Ciego. A los quince años, había entrado como recluta en el ejército regular de Cewe, y se había pasado los cinco años siguientes haciendo maniobras, ejercicios de tiro, y pelando patatas y cebollas en uno de los cuarteles de Colwan. A los veinte años, le habían licenciado, y había vuelto al vertedero.

Ciego. Tres años más tarde, había intentado, junto con otros, robar una nave en el espaciopuerto de Colwan, para abandonar la Autoridad Centáurea y, tal vez, ganar algo de dinero dedicándose a la piratería. El plan había fracasado; la policía les había rodeado y puesto fin a su aventura en tan sólo unas horas. Los cómplices de 125643 fueron ejecutados; a él le enviaron a trabajar a una fundición, en el cinturón ecuatorial de Cewe.

Ciego. 125643 giró la cabeza, no supo si hacia la pared o hacia el pasillo hasta que extendió la mano, y se preguntó si haber perdido la vista, quizá irremediablemente, era preferible al trabajo en la fundición, al hedor eterno de los vertederos de Colwan, al servicio denigrante y monótono en el ejercito de Cewe.

Alguien le susurró entonces, suavemente, que debía intentar dormir. Nadie le había hablado suavemente... nunca, sólo un recuerdo sutil, indefinible, de una voz que le animaba a cerrar los ojos, porque al día siguiente el vertedero estaba esperándole. 125642 intentó seguir despierto, pero fue inútil...

14

14:00

Alexander Königsamen, necrotista, dejó de hablar, se puso de pie, estrechó la mano de las dos personas a las que acababa de atender, y luego abandonó la habitación por la puerta opuesta a la que utilizarían los familiares del difunto. Alexander era un hombre joven, de piel suave y agradable al tacto, desafortunadamente marcada por una profunda cicatriz en la mejilla derecha, producto de un incidente infantil. Había recogido muchos honores y peticiones de matrimonio en sus años de estudiante gracias a la suavidad de sus manos, y a la delicadeza de sus dedos.

Los necrotistas, que se encargan de limpiar, embalsamar y enterrar o incinerar a los muertos, son un cuerpo estatal benefactita que ha terminado adquiriendo los rasgos de una orden religiosa. Oficialmente, Benefactor es un estado laico, y la mayoría de la población se declara agnóstica. Así, los necrotistas, que dependen del Ministerio de Salud Pública, se ocupan de todos aquellos cadáveres pertenecientes a personas sin hogar o sin familia, y de los de aquellos otros que no contrataron en vida los servicios funerarios de ninguna religión. Finalmente, cada cinco años, los necrotistas hacen una inspección general de todas aquellas instituciones que ofrecen pompas fúnebres, aunque el motivo de esta inspección sea, se dice, más económico que moral.

Sin excepción, los miembros de las grandes familias benefactitas usan los servicios de los necrotistas, y pocos son entre los senadores aquellos que confían en una u otra denominación religiosa. Con los años, los necrotistas han obtenido un cierto número de bastones electorales, a través de donaciones particulares, y son una de las pocas personas jurídicas, no físicas, que puede votar en las elecciones del Senado. Aunque no están atados por vínculos de sangre, los necrotistas tienen un consejo elegido por votación interna, y su estructura es independiente del Ministerio de Salud Pública. El representante de los necrotistas ante el Senado es, desde hace varios años, el senador Markus Todsprecher, de sangre von Steinbeck.

Cuando Alexander Königsamen llegó a la habitación del hospital en la que se encontraba el cadáver de Frederick von Steinbeck, sonrió para sí cuando un canturreo le confirmó que ya había dos necrotistas ocupándose del cadáver del senador. Conscientes de su presencia, ambos movieron la cabeza hacia la puerta, y uno de ellos preguntó: ¿Quién está ahí? y él dijo Tan sólo un sirviente del silencio.

Ambos necrotistas respondieron al unísono, A él servimos, y volvieron a su trabajo. Alexander Königsamen aspiró profundamente el aroma a formaldehído y aceites aromáticos que llenaba la habitación, avanzó hasta el centro del cuarto, junto a la mesa en la que yacía el difunto von Steinbeck, y pasó los dedos de su mano derecha por el antebrazo izquierdo del cadáver. Tan frío. Tan distinto de un ser humano vivo, y sin embargo, tan semejante.

Como los ciegos y los ciudadanos.

Alexander Königsamen apartó de su mente aquel pensamiento, revolucionario e inquietante en su aparente trivialidad, cogió aguja e hilo de una de las bandejas, y se dispuso a dar una clase magistral a sus dos colegas quienes, al sentir en sus hombros el roce de su mano, dejaron de trabajar inmediatamente.

15

Aunque Benefactor es una república con división de poderes: ejecutivo, en manos del Consejo de Gobierno, legislativo, en manos del Senado, y judicial, en manos de los tribunales de justicia, la Orden de los Necrotistas y muchos otros organismos se estructuran de forma jerárquica, no democrática. Muchos benefactitas creen que jerarquía y democracia son conceptos complementarios, no opuestos.

Las grandes familias, formadas por los descendientes directos de los cinco fundadores del planeta, tienen cada una su propio consejo, y es este consejo familiar el que elige al patriarca o matriarca de la familia. Cada miembro tiene cierto número de bastones electorales, que representan su importancia en la toma de decisiones familiares. Están excluidos del consejo familiar los niños de menos de quince años, y los ancianos de más de noventa. Como todos los miembros de la República, Benefactor tiene un gobierno planetario en el que todo ciudadano mayor de quince años, pertenezca o no a las grandes familias, tiene un voto. Los inciegos, debido a su particular posición en la sociedad benefactita, carecen de derecho al voto hasta que llegan a los veinticinco años.

Cada una de las cinco grandes familias tiene, además de los votos de sus miembros, cierto número de votos propios, en relación a su número de miembros. Finalmente, algunos organismos gubernamentales e instituciones privadas, como la Order de los Necrotistas y la Universidad Benefactita, tienen también cierto número de votos. El senado planetario es elegido por votación directa por todos los ciudadanos, y es allí donde se elige al Orador, quien a su vez nombra a los ministros. El Orador es el más alto cargo civil en Benefactor, mientras que cada uno de los ministros es jefe de uno de los doce ministerios. Finalmente, el Orador nombra al Príncipe del Senado, quien ejerce de representante del sistema ante el Senado de la República, durante los cinco años que dura el gobierno del Orador que le ha nombrado.

En el sistema de Benefactor hay dos planetas habitados, Magna Mater y Colonia, aunque éste último no posee un gobierno independiente, sino que funciona como una provincia más del planeta principal. Así, Colonia está regido por una Asamblea Provincial, elegida por el mismo sistema de sufragio que el senado planetario. Magna Mater, por su parte, está dividido en doce provincias; Metápolis, la capital de la provincia más antigua del planeta, sirve así mismo como capital planetaria. La mayoría de los benefactitas, y muchos ciudadanos de la República, se refieren al planeta Magna Mater con el mismo nombre del sistema, esto es, Benefactor y no es, por tanto, inusual encontrar referencias al planeta Benefactor cuando, técnicamente, dicho planeta no existe.

Los sistemas fundadores de la II República: Benefactor
Enciclopedia por entregas, Republic Herald, 12/9/2430

16

13:00

Cuando Markus Krammer salió del laboratorio en que trabajaba la Dra. Frida Lichtenmann, recibió una llamada de teléfono. Mientras caminaba hacia la cafetería del hospital del espaciopuerto, escuchó atentamente mientras la voz, al otro lado de la línea, le informaba de lo ocurrido en el edificio del Senado, y de cómo el senador Steinbeck había fallecido en un accidente. Markus Krammer, cuya familia pertenecía, por línea paterna, a la familia Königsamen, escupió el chicle que estaba mascando, y asintió de nuevo. Luego, cuando se cortó la comunicación, abrió la puerta que llevaba a la cafetería del hospital.

Le gustaba el olor a café, a té, a chocolate, y a los bizcochos que servían en este lugar. La verdad, el hecho de poder disfrutar de la bollería del hospital del espaciopuerto era uno de los motivos por los que Herr Krammer había aceptado, sin dudarlo, el encargo de servir de enlace entre la Dra. Lichtenmann y la Oficina de Información del Senado. La Oficina, como órgano encargado de mantener al Senado enterado de todo aquello que necesitara conocer, tenía una estructura compleja que Markus sólo conocía de forma fragmentaria. Había algunas voces en el Senado que clamaban por su disolución. Aunque claro, como respondían otros, eso significaría dejar el problema en manos de la Secretaría de Policía. Y nadie estaba seguro de que el Ministerio del Interior estuviera muy interesado en mantener informado al Senado.

Aunque Markus Krammer era tan sólo un agente, tenía una cierta, vaga idea de la complejidad de los mecanismos políticos que mantenían en su sitio la estructura de la república benefactita. Y, así mismo, era capaz de imaginar algunas de las relaciones que algunas instituciones de Benefactor tenían con el gobierno de la República. La II República, el gran sueño de la humanidad, que había sucedido a un Imperio tiránico y opresivo, y había traído una era de luz y prosperidad.

Tonterías.

Markus Krammer mojó un trozo de bizcocho en su café, y mientras tomaba un segundo desayuno, pensó que lo que único que había hecho la República era imponer un nuevo tipo de orden, un orden más orgánico, más... eficiente, al caos al que había quedado reducida la humanidad tras la disolución del Imperio. Ni más libertad, ni más igualdad, ni más fraternidad. Tonterías.

La policía del espaciopuerto había informado a la policía planetaria de la llegada de la nave cargada de inmigrantes ilegales. La policía planetaria (o los espías del Ministerio del Interior) había informado al Ministerio del Interior. Al conocerse la procedencia de la nave, el Ministerio del Interior había informado al Ministerio de Asuntos Interplanetarios. Por el camino, la información se había filtrado hasta llegar al Senado Planetario, y posiblemente al Ministerio del Ejército. Ahora, el incidente estaba siendo discutido en los pasillos del Senado, y no a puerta cerrada. No pasaría mucho tiempo antes de que se enteraran los periodistas, y luego... todo el planeta.

¿Y cuanto tiempo sería necesario para que la noticia saliera de Benefactor? Markus Krammer no quería imaginarse el revuelo que se podía formar en el Senado de la República. Desgraciadamente, se dijo mientras apuraba su primera taza de café y pedía una segunda, los asuntos de esta naturaleza siempre van demasiado despacio cuando son para nuestro beneficio, y demasiado rápido cuando pueden causarnos problemas.

Markus Krammer salió del hospital del espaciopuerto, y se dirigió hacia una de las paradas de ómnibus magnético. Lo más prudente, se dijo, era regresar a la Oficina de Información, e informar a sus superiores. En su opinión, lo mejor que podía hacer el Orador era convocar una reunión del Senado con carácter urgente.

17

14:00

La Dra. Frida Lichtenmann abandonó los informes que estaba repasando, se levantó, dio un par de pasos, y luego informó a sus ayudantes de laboratorio de que iba a darse una ducha. Le dolían los brazos, la espalda, el cuello, las muñecas. Había un par de duchas al fondo del laboratorio, para esos momentos en los que los investigadores necesitaban tomarse un descanso, relajarse, olvidarse un poco de su trabajo. El zumbido constante del aire acondicionado se había convertido, para ella, en parte del paisaje.

Tracoma. Pobres desgraciados, se dijo mientras se desabrochaba la bata de trabajo. Intentó imaginar como debían haberse sentido aquellas personas, los inmigrantes ilegales del almacén 25, viajando a través del espacio, huyendo de la Autoridad Centáurea. Como debían haberse sentido mientras la infección destruía poco a poco su... visión. ¿Cómo habría sido su experiencia, se dijo? ¿Cómo sería perder poco a poco un... sentido con el que siempre has vivido?

Entró en la ducha, y ajustó la temperatura del agua. Templada, un poco caliente, pero no demasiado. Sintió el vapor a su alrededor, y alargó la mano hacia la repisa en la que estaba el gel de ducha. No estaba.

Palpó a un lado y a otro, y no encontró la botella, de formas inconfundibles, del gel de baño y ducha que se usaba en el laboratorio. La botella... alguien había cometido un error. Los benefactitas confiaban en su sentido del oído, y en sus órganos ultrasónicos, para orientarse. Las cosas siempre tenían que estar en su sitio. Si no...

Frida Lichtenman respiró profundamente, dejó de mover las manos erráticamente, y empezó a palpar la pared, poco a poco. La repisa... en la repisa había frascos, y botellas de perfume, pero no estaba la botella de gel. Luego, la pared continuaba hasta la mampara de la ducha. Frida se resignó, y usó la botella de champú.

Dejó que el agua templada corriera sobre su cuerpo, mientras con los dedos se masajeaba el cuero cabelludo. Se imaginó una habitación llena de algodón, en la que no hubiera ningún sonido, en la que los ecos estuvieran distorsionados. Se imaginó a sí misma llevando un traje completo de esparto, que le privara del sentido del tacto. La boca llena de algodón, los orificios nasales cerrados. Privada de todo tipo de información sensorial. Como en las cámaras de aislamiento sensorial que había usado una vez en un balneario.

Quizá era eso lo que se sentía al perder progresivamente el sentido de la vista.

Frida Lichtenmann salió de la ducha, y empezó a secarse. Oyó pasos que entraban en el cuarto de baño. Alguien carraspeó y pidió permiso para entrar, un inciego. Ella se cubrió con la toalla, y le pidió que pusiera una nueva botella de gel de baño en la repisa de la ducha. Luego empezó a vestirse, se recogió el pelo, y volvió al laboratorio.

18

14:00

Cuando Leopold Leiber, limpiador de profesión, entró en el cuarto de baño, vio a una ciudadana secándose. La reconoció; la doctora Lichtenmann. Quiso mirarla, pero, temeroso, carraspeó enseguida. Ella se tapó con la toalla, y le dijo: Por favor, ¿podría poner una botella de gel en la ducha? La otra se ha acabado. Él asintió, y la dejó pasar hacia el banco en que había dejado su ropa. No la miró mientras se vestía.

Volvió la cabeza, y vio como la ciudadana se alejaba, después de vestirse. Se la quedó mirando unos segundos, suspiró, y continuó trabajando. La muy ingrata había dejado el suelo del cuarto de baño lleno de charcos de agua. Abrió el armario de mantenimiento, y sacó un cubo, una fregona, una botella de gel de baño. Sonrió al ver que era de la misma marca barata que él usaba en su casa. Abrió el grifo, llenó el cubo de agua, y se puso a fregar.

La muy ingrata ni siquiera le había dado las gracias.

19

21:00

A las pocas horas de haberse acostado, no estaba muy seguro de cuando, Víctor Castro se despertó en su catre. Algunos de sus compañeros estaban volviendo, después de acabar sus turnos, y posiblemente le había espabilado el ruido de sus voces, y la luz que entraba desde el pasillo. Se incorporó sobre los codos, y les hizo un gesto con la mano. Le devolvieron el saludo.

Eran tres, Daniel, Mateo, Eduardo. Daniel y Eduardo eran jóvenes, de la edad de Víctor aproximadamente. Mateo era mayor, debía tener unos cuarenta años, pero seguía siendo un simple agente. Víctor se había preguntado en varias ocasiones porque Mateo no había ascendido en el escalafón, pero nunca había encontrado una respuesta sólida. Y él no hablaba del asunto.

Se sentaron, cada uno en el borde de su catre, e intercambiaron bromas que Víctor conocía de sobra, de haberlas oído una y mil veces en el bar de la policía. El chiste del mercader de Terranova al que le dieron mal el cambio en un mercado, o el de los alienígenas que se encontraban en el desierto un yelmo de arconte de la República, la guardia personal de los senadores. Mientras se iban quitando la ropa, y quedándose en calzoncillos, las bromas pasaron a comentarios sobre algunas de las mujeres que servían en la Policía del espaciopuerto. Eduardo hizo algunos comentarios sobre su novia, que estaba realizando el servicio militar en Colonia, y sobre como la echaba de menos.

Víctor se giró en el catre, e intentó volver a conciliar el sueño.

Al cabo de un rato, escuchó claramente las palabras: ¿Creéis que está dormido? muy cerca de su almohada. Dudando entre abrir los ojos o fingir dormir, se giró, agarrándose a la almohada como hubiera querido hacerlo con Sandra. Entonces, la misma voz dijo: Sí, está dormido como una piedra.

Pasos. Pasos a su alrededor, de cuatro, o quizá cinco personas. ¿Sus compañeros de patrulla? Quizá. Sólo había ocho catres en cada barracón, pues no se consideraba que el espaciopuerto requiriera medidas de seguridad que hicieran necesario más personal. Otra voz distinta, tal vez Eduardo. Hablaban muy bajo.

Quizá deberíamos despertarle, ¿no? Al fin y al cabo, es uno de los nuestros

No, es un idiota. Sabes que anda loco por la oficial. Iría a contárselo todo Una voz distinta, más grave. ¿Mateo?

No, Víctor no haría eso

Quizá lo haría, quizá no lo haría. Hay muchas cosas en juego, no podemos arriesgarnos. Una tercera voz, posiblemente Daniel.

Bueno, vamos a lo importante. El asunto del almacén 25... El Senado se juega mucho en eso. Será la oportunidad definitiva para que los ciegos demuestren de que pasta están hechos. No se tomará ninguna decisión hasta que se resuelva ese asunto La voz grave otra vez.

Víctor sintió que el sueño le vencía. Intentó resistirse, pero fue inútil.

20

13:30

A la hora de comer, después de que los necrotistas se hubieran llevado el cadáver de Frederick von Steinbeck y la situación se hubiera tranquilizado en los pasillos del Senado, Cornelia Lichtenmann cerró su despacho tras haber dado órdenes a su androide custodio de que permaneciera dentro hasta la mañana siguiente.

La senadora Lichtenmann, segunda de las hijas del respetado senador Adolph Lichtenmann, patriarca de la familia, había elegido permanecer soltera mientras que su hermana Gertrud, que había sido durante años embajadora de Benefactor en el planeta Moriturio, se había casado con Gregor Lichtenmann. La hija de ambos, Frida, que ocupaba una posición bastante importante en el hospital del espaciopuerto, había heredado de su madre su voz dulce y una buena parte de sus tonterías románticas, en opinión de su tía. Cornelia Lichtenmann metió las manos en las mangas de su túnica senatorial, y tomó el pasillo que la conduciría a lo largo de la circunferencia de la esfera en la que se encontraba su despacho.

Un pitido en su agenda personal interrumpió sus pensamientos y, inmediatamente después, una voz sintética le recordó que debía felicitar a su hermana Gertrud por su cumpleaños. Cuando la senadora llegó al ascensor magnético, se detuvo un momento, y marcó el número de teléfono de la residencia personal de Gertrud y Gregor.

La voz de su hermana le respondió con un Buenas tardes, Cornelia, que a la senadora le pareció algo distante. Sonrió, intrigada por aquel detalle, y luego dijo, mientras esperaba que se abrieran las puertas del ascensor.

—Buenas tardes, Gertrud. Tan sólo llamaba para felicitarte por tu cumpleaños.

Gertrud Lichtenmann tardó unos segundos en responder, segundos que Cornelia paladeó con deleite, y entonces dijo:

—Ah, Cornelia, eres muy amable. La verdad, no pensé que te acordaras, después de...

—¿Después de la discusión que tuvimos el otro día sobre el chico que ocupa los sueños de mi querida sobrina, Frida? Por favor, ¿cómo puedes considerarme tan mezquina?

—Cornelia, yo... bueno, no importa... Me gustaría que vinieras a cenar esta noche. Me encantaría que fuera al mediodía, pero entonces no podrías hablar con Frida. La pobre, está teniendo trabajo extra en el hospital.

—¿Trabajo extra?

—Ah, sí... no me ha dado los detalles. Pero, por favor, ven esta noche. Nos encantará tenerte con nosotros.

—Por supuesto, querida hermana. Estaré en tu casa a la hora de cenar. Feliz cumpleaños.

—Gracia, Cornelia.

Se abrieron entonces las puertas del ascensor, y Cornelia Lichtenmann descendió hasta la planta baja del edificio del Senado. A su alrededor, los senadores se dirigían hacia los dos restaurantes que había a disposición de los residentes del edificio y cualquiera que estuviera allí por motivos oficiales, pensando aprovechar la horas del mediodía para comer, y quizá hacer comentarios sobre lo que había pasado por la mañana.

Como siempre que moría un patriarca, el Senado se alborotaba mientras los senadores se dedicaban a hacer cálculos sobre cual de los posibles candidatos se convertiría en patriarca, asumiendo el control de hecho de los votos de una de las grandes familias. En la historia de Benefactor, habían sido muy escasas las ocasiones en que había estado claro quien sucedería a un patriarca fallecido. Pero en este caso, la mayoría de las conversaciones que Cornelia captó de refilón parecían dar a Joséph von Steinbeck como claro sucesor de su padre. Sonrió; el chico sería una marioneta de su madre, y Bertha von Steinbeck era esclava de sus pasiones; no sería difícil manipularla.

Por otra parte, estaba aquel fastidioso asunto del almacén 25. Cornelia esperaba que su fuente le proporcionara algunos datos sólidos, cualquier cosa que proporcionara a su familia cierta ventaja en la reunión de emergencia que, sin duda, el Orador convocaría a más tardar el día siguiente a primera hora. La Autoridad Centáurea descubriría pronto el asunto, y tratar con los diplomáticos de la belicosa nación sólo era comparable, en opinión de la senadora Lichtenmann, a acudir al dentista sin anestesia.

Podrán acusarme de muchas cosas, pensó Cornelia Lichtenmann mientras entraba en el restaurante, salvo de deslealtad hacia mi familia.

21

13:30

Wilhem Klein, que había estado en la escena de la muerte del senador von Steinbeck, se llevó a la boca un pedazo del filete de ciervo que estaba comiendo, lo masticó con deleite, tomó un sorbo de vino tinto de la provincia sur de Benefactor, Sabania, y luego dijo:

—Yo creo que debemos matarlos a todos. Sin excepción. Cerrar herméticamente el almacén 25, y gasearlos. Antes de que se enteren en la Autoridad Centáurea, y nos enfrentemos a un problema diplomático considerable.

Sus compañeros de mesa, Ulrich Königsamen y Melanie Humboldt, no dijeron nada, y se limitaron a saborear con detenimiento su almuerzo. La senadora Humboldt jugueteó con una patata asada en el extremo de su tenedor, y luego dijo:

—Puede que esa solución te parezca muy eficaz, Wilhem, pero para mí, está absolutamente fuera de lugar. ¿No crees que la prensa ya está informada? Pronto tendremos en la calle una edición especial de El Centinela, o de la Gaceta. ¿Y qué crees que pasaría si, súbitamente, los inmigrantes desaparecieran chimenea arriba, o simplemente se desvanecieran? La situación podría ponerse negra muy rápidamente.

Ulrich Königsamen, que estaba escuchando atentamente las palabras de su compañera de mesa, probó el arroz con verduras que había pedido, y luego dijo:

—Por otra parte, es casi seguro que en la Autoridad ya lo saben. No creo ni por un momento que sus registro de vuelo interplanetario sean peores que los nuestros, y en los nuestros se anotan todas y cada una de las naves que abandonan nuestro sistema. No pasará mucho tiempo antes de que la Autoridad se ponga en contacto con el Ministerio de Asuntos Interplanetarios, preguntando discretamente sobre el asunto.

—Eso da por sentado que el gobierno de la Autoridad está dispuesto a admitir que tiene un problema de emigración ilegal. Y no estoy segura de que eso sea cierto. ¿Hay próximamente algún acontecimiento que los de la Autoridad pudieran aprovechar para acudir en persona a nosotros? —dijo Melanie, pensativa.

—Uhmm... ya se ha producido el Festival Holográfico, y los de la Universidad aún no han entregado al Ministerio de Cultura su plan de actividades para este mes...

Ulrich dejó de hablar, y volvió la cabeza súbitamente al escuchar la voz de Cornelia Lichtenmann, pidiendo por favor una mesa. Se inclinó hacia sus dos colegas, bajó la voz, y dijo, confidencialmente:

—Cornelia Lichtenmann acaba de entrar. ¿Cuál creéis que es su posición al respecto?

—¿Es su posición la de su familia? —dijo Wilhem Klein, y tomó otro sorbo de vino.

—Adolph Lichtenmann no vivirá para siempre... —dijo Melanie— Con su otra hija, Gertrud, dedicada por completo a su carrera diplomática, Cornelia tiene todas las papeletas para convertirse en matriarca cuando su padre nos deje.

—Eso es cierto... —Ulrich acarició suavemente la mano de la senadora para demostrar que estaba de acuerdo con su posición— Gertrud no ha acudido al Senado en las dos últimas sesiones. Parece que ha delegado, de forma no oficial, sus bastones electorales en su hermana...

El silencio cayó sobre la mesa, roto tan sólo por el desagradable chirrido del tenedor del senador Klein contra su plato. Melanie Humboldt masticó sus últimas patatas asadas, dejó a un lado la compota de manzana que había pedido, se limpió los labios con el extremo de la servilleta, y luego se puso de pie.

—Creo que voy a dejaros. Me gustaría pasarme por el despacho antes de irme a casa, por si acaso el Orador tuviera alguna idea inusitada, y nos convocara a una sesión esta tarde.

Wilhem Klein y Ulrich Königsamen se pusieron de pie, y estrecharon la mano de su colega. Melanie prolongó el apretón de manos durante unos segundos con Herr Königsamen, y después, se encaminó hacia la salida del restaurante. Por un momento, le pareció que Cornelia Lichtenmann estaba hablando con alguien cuya voz no pudo reconocer, pero no le prestó importancia.

22

13:30

Markus Krammer se sentó a la mesa, y sonrió levemente al escuchar la voz de Cornelia Lichtenmann. Aunque Herr Krammer era por sangre un Königsamen, hacía varios años que había entrado en la órbita de Adolph Lichtenmann, quien al fin y al cabo ingresaba en su cuenta cheques más substanciosos que los que Mathias Königsamen. Ahora Herr Lichtenmann pasaba cada vez más tiempo conectado a un respirador, y la red de espionaje que una vez había estado en sus manos pertenecía ahora a su hija, Cornelia Lichtenmann, la mujer que se encontraba sentada a la mesa con Mares, el hijo de Berthold Krammer y Maria Königsamen.

Fraulein Lichtenmann se relajó en su asiento cuando la orquesta de cámara del restaurante empezó a tocar el Quinto Cuarteto de Vladimir Schnitke, padre del famoso pintor táctil. La música, lánguida a veces, rápida y tormentosa en ocasiones, y siempre burbujeante, le traía buenos recuerdos. Cuando la voz del camarero se dirigió a ellos, Cornelia pidió una sopa de verduras y carne, y de segundo un filete de ciervo con patatas al horno. Markus Krammer eligió tan sólo una ensalada de cangrejo, y una bandeja de patés variados. Cuando el empleado del restaurante hubo tomado nota de todo, y se hubo marchado, Cornelia se reclinó en la silla esperando con interés que Markus empezara a hablar.

—¿Por dónde quiere que empiece, senadora?

Cornelia Lichtenmann se mordió la lengua al escuchar de nuevo como se acercaban los pasos del camarero, y esperó pacientemente mientras les servían la ensalada de cangrejo y la sopa. Luego, se inclinó hacia Herr Krammer, y le pidió que le hablara de todo lo que había descubierto respecto al asunto del almacén 25.

Markus permaneció pensativo unos segundos, y luego dijo:

—De las personas que hay en el almacén, más del 90% parecen estar completamente ciegas. La encargada de la investigación, la dra. Lichtenmann, opina que la ceguera podría ser remediada mediante cirugía y substitución del tejido dañado.

Fraulein Lichtenmann detuvo una cucharada de sopa a medio camino, y la bajó otra vez lentamente hasta el plato. Se limpió los labios con la servilleta, y dijo:

—Disculpe, Markus. ¿La dra. Lichtenmann? ¿Qué doctora Lichtenmann?

—La dra. Frida Lichtenmann, licenciada en Medicina por la Universidad Central de Magna Mater en el año 2431. Tres años de experiencia en el Hospital Central de Metápolis, transferida después al Hospital del Espaciopuerto.

Durante el resto de la conversación, Cornelia Lichtenmann escuchó atentamente los detalles del breve informe que le presentó Marcus Krammer, y al acabar éste, se disculpó educadamente tras abonar la cuenta de los dos. Luego, se puso de pie, y abandonó el restaurante.

Marcus Krammer salió del senado, satisfecho tras una estupenda comida, y llevando en el bolsillo un cheque con un pequeño incentivo que acababa de firmarle la senadora Lichtenmann. Después, se dirigió a la parada de autobús magnético que había junto al edificio del senado, y regresó a su casa, donde pensaba pasarse el resto de la tarde buscando información adicional sobre la srta. Lichtenmann. Mientras esperaba que llegara el ómnibus, escuchó como dos personas, a su lado, hablaban de la muerte del senador Von Steinbeck, y de la pesada responsabilidad que le caería al joven Joséph si era nombrado patriarca. Se preguntó por un momento si serían periodistas, aunque lo más probable es que fueran simples ciudadanos.

23

Muchos se preguntan: ¿qué es un patriarca? ¿Cuál es su poder? ¿Cómo son elegidos? Para empezar, tan sólo hay cinco patriarcas en el sistema de Benefactor, uno por cada una de las cinco grandes familias. En la actualidad, los nombres de los patriarcas son: Mathias Königsamen, Adolph Lichtenmann, y Frederick von Steinbeck. Las otras dos grandes familias están dirigidas por mujeres, las matriarcas Eva Klein y Patricia Humboldt.

El patriarca, un cargo vitalicio, es elegido tras el funeral de su antecesor por el Consejo de Familia. Este consejo está formado por todos los miembros de la familia mayores de quince años y menores de noventa. Por supuesto, no se celebra en persona, y las votaciones se realizan mediante la Red planetaria; de todas formas, no es raro que las familias aprovechen la celebración de las elecciones a patriarca para reunirse en pequeños grupos locales o provinciales.

Por defecto, cada miembro de la familia tiene un bastón electoral, que equivale a un voto. Ahora bien, al igual que en el sistema electoral nacional, del que es modelo, en el sistema electoral interno de las familias un individuo puede adquirir, mediante diversos medios, bastones electorales adicionales durante su vida.

Todos los miembros de la familia tienen derecho a presentarse como candidatos al cargo de patriarca, aunque lo normal es que tan sólo haya dos o tres, normalmente, el hijo o hija mayor del difunto, y algún otro candidato, habitualmente presentado por un sector rival de la familia.

Aunque la política interna de las familias benefactitas no es excesivamente cruenta, hay que tener en cuenta que el patriarca tiene, de forma vitalicia, el control de los votos familiares en las elecciones al Senado planetario. Las familias sólo tienen votos propios durante las elecciones generales y durante la elección del Orador, no durante las elecciones municipales y provinciales, pero aún así, el puñado de votos de los patriarcas ha significado, en más de una ocasión, la derrota de uno u otro partido u Orador. Además, el patriarca recibe inmediatamente el título de senador en caso de que careciera de él.

¿Cuáles son los poderes del patriarca? El patriarca representa de forma preeminente a su familia ante el Senado y en el Consejo de los Pares (órgano formado por los cinco patriarcas, que sirve de asesor al Príncipe del Senado). Los patriarcas pueden asistir, con voz pero sin voto, a las reuniones del Consejo de Ministros. En teoría, el patriarca tiene una serie de poderes diversos sobre los miembros de su familia, que incluyen la autoridad para denegar el permiso para conceder matrimonio y otros derechos civiles. Estos poderes, sin embargo, no suelen ser utilizados, aunque muy pocos son los miembros de las grandes familias que se han atrevido a enfrentarse, directamente, a su patriarca.

Los sistemas fundadores de la II República: Benefactor
Enciclopedia por entregas, Republic Herald, 12/9/2430

24

15:00

No hay nada más que hablar. Tú serás patriarca.

Solo en su aerodeslizador, Joséph von Steinbeck volvió a escuchar, como si aún estuviera en las escaleras del hospital central, las palabras de su madre, Bertha von Steinbeck. Ni siquiera habían discutido; Joséph había acelerado el paso, había entrado en el vehículo, y había arrancado sin esperar a que ella subiera a bordo.

Habían salido del complejo sanitario después de haberse entrevistado con Herr Königsamen, el necrotista que estaba supervisando el embalsamado de su padre, el difunto Frederick von Steinbeck, patriarca, fallecido en un accidente en el senado. Herr Königsamen, un hombre de voz amable y manos suaves, le había parecido a Joséph una persona sensata y tranquila aunque, ¿acaso no daban todos ellos la misma impresión? Era difícil distinguir a un necrotista de otro, ya que había algo en su trabajo que inevitablemente terminaba afectando a su tono de voz, y hacía que pareciera que todos hablaban igual, sin inflexiones.

Herr Königsamen había informado a Joséph y a su madre de que los gastos del sepelio estaban incluidos en la póliza de seguros que el difunto había firmado muchos años atrás, y que la sociedad se aseguraría de que el difunto Frederick von Steinbeck tuviera un funeral adecuado a su posición social.

Había sido en el ascensor cuando Bertha von Steinbeck había empezado a hablar de la sucesión al patriarcado. Al fin y al cabo, no había muchos más candidatos que le parecieran aceptables a la madre de Joséph: los primos del joven, Thomas y Wolfgang, estaban demasiado involucrados en otros asuntos: Thomas en la jerarquía del Ministerio del Interior, Wolfgang en la Universidad Central. Y por supuesto, no había ni que pensar en la prima de Joséph, Joséphine von Steinbeck.

Al principio, cuando Joséph había presentado elegantemente su reticencia a aceptar el cargo de patriarca, su madre se había limitado a permanecer en silencio, frunciendo un poco los labios ante algunas de las razones que su hijo le estaba presentando: su juventud, su deseo de abandonar Benefactor para conocer otros mundos, su desinterés por la política.

Fue cuando Joséph mencionó a Frida Lichtenmann cuando los dedos de Frau von Steinbeck se habían cerrado con tanta fuerza alrededor del mango de su abanico que, por un momento, ella misma había creído oír el crujir del marfil y la madera. Y luego, al abrirse las puertas automáticas del hospital, la ajada senadora había dicho:

—No hay nada más que hablar. Tú serás patriarca.

Ahora, mientras recorría las calles entre el hospital central y el edificio del espaciopuerto, donde trabajaba Frida Lichtenmann, Joséph von Steinbeck, dejando que la red magnética condujera su vehículo por él, sin preocuparse en absoluto por el tráfico, empezó a relajarse un poco. Y las preguntas empezaron a burbujear en su mente.

¿Por qué? se dijo, ¿Por qué mi madre quiere cargarme con ese peso? ¿Por qué quiere que sea patriarca?

Para dominarme, ¿para qué va a ser si no? Si tantos deseos tiene de gobernar al patriarca, ¿por qué no se presenta ella al cargo?

Ella es vieja. Está acostumbrada a dominar

No, mi padre no era ningún pelele.

¿No lo era?

El aerodeslizador, que flotaba sobre un suave campo magnético, completó la maniobra de aparcamiento y le indicó, con una melodía, que la travesía había terminado. Joséph salió del vehículo, buscó con la cabeza los ecos del edificio del espaciopuerto, se orientó, y empezó a caminar hacía el gran complejo del que partían, y al que llegaban, las naves que unían a Metápolis con el resto de la República.

El sonido de los motores atmosféricos, que las aeronaves utilizaban para maniobrar en la atmósfera del planeta, hubiera sido ensordecedor de no ser por las pantallas de aislamiento que rodeaban las pistas de aterrizaje. Aún así, el espaciopuerto era mucho más ruidoso que las calles de la ciudad y precisamente por ese motivo era lugar de refugio para algunos benefactitas, como Joséph, a los que en ocasiones asfixiaba el silencio cortés y respetuoso de la sociedad benefactita. Al entrar en el edificio principal, tuvo la sensación de que el aroma del espaciopuerto, complejo, cambiante, formado por el ir y venir de los viajeros que abandonaban Benefactor, o llegaban a él desde tantos otros destinos lejanos, era el aroma de Frida, lo que le daba forma en su memoria.

Sintió unas lágrimas casi avergonzadas deslizarse por sus mejillas y se detuvo, a limpiárselas con un pañuelo, junto a un cilindro de propaganda que, activado por su presencia, empezó a glosarle las maravillas y ventajas que cierta marca de colonia tenía sobre las otras del mercado. A su lado, pasaron dos limpiadores inciegos hablando animadamente del éxito que el hijo de uno de ellos había tenido en un encuentro deportivo, organizado por su colegio.

25

18:00

Dieron las seis en el reloj del laboratorio, y Frida Lichtenmann, que ya había despedido a sus ayudantes, se desperezó, caminó un poco, y apagó finalmente el ordenador en que estaba trabajando. Al fin, aquel terrible día de trabajo había terminado. Había redactado dos informes sobre el problema del almacén 25, se había duchado en dos ocasiones, y por fin, podía dedicarse un poco a sí misma. Y a Joséph.

Fue en ese momento, cuando estaba dudando entre llamar a su casa, para hablar con su madre un rato, y llamar a Joséph, cuando sonó el teléfono del laboratorio. Por un instante, pensó en marcharse e ignorar la llamada, pero levantó el auricular, y oyó la voz de él. Joséph von Steinbeck estaba en el espaciopuerto, a tan sólo unos cuantos pisos de distancia, y quería hablar con ella.

Frida cerró la puerta del laboratorio, dejando dentro a su androide asistente, pasó al vestuario y se cambió de ropa. Se despidió cortésmente del limpiador que trabajaba allí, aunque no sabía su nombre, y luego salió al pasillo, cogió un ascensor, y entró en la cafetería central del espaciopuerto.

Joséph y ella siempre se sentaban en la misma mesa, en la zona del restaurante, cerca de una de las ventanas, junto a una jardinera llena de plantas de interior de agresivo perfume. Frida se dirigió hacia ella, y cuando se inclinó y preguntó: ¿Joséph? él la tomó de la mano y le ayudó a sentarse. Sus manos se entrelazaron por encima de la mesa, y poco a poco, se acariciaron las mejillas, la barbilla, el rostro entero. Los dedos de Frida se deslizaron hacia los labios de Joséph, y los acariciaron suavemente. Él tomó sus manos entre las suyas. Oyeron los pasos de alguien acercándose a la mesa, y el camarero dijo: Buenas tardes, ¿cuántos son?

El restaurante se iba llenando poco a poco con el sonido de los pasos de los empleados del espaciopuerto, que terminaban su turno de trabajo, desde las doce del mediodía hasta las seis de la tarde. Y después de pedir una cena ligera, pues Joséph no podía quedarse mucho tiempo, las manos de Frida volvieron a buscar las de él sobre la mesa.

Cada una de las arrugas de aquellos dedos tenía para ella un significado propio. Poco a poco, le acarició el índice, el medio, el anular. Se llevó las manos de él a los labios, mientras él, por debajo de la mesa, le daba golpecitos en el tobillo con la punta del pie. Ella sonrió, cuando notó que se había quitado uno de los zapatos, y se quitó también uno de los suyos.

El camarero les trajo la cena, verduras al vapor, pollo a la plancha, un vino suave, afrutado, de Sabania. Y entonces Joséph dijo:

—Mi madre quiere que me presente al cargo de patriarca.

Frida iba a decir algo, cuando de pronto sonó un teléfono móvil. Joséph se llevó la mano al bolsillo de la chaqueta, y comprobó que no era el suyo. Frunció un poco el ceño, cuando oyó a Frida responder a la llamada: ¿Sí? Sí, sí mamá, soy Frida. ¿Tía Cornelia viene a cenar? Oh... está bien, voy ahora mismo.

Fraulein Lichtenmann se puso de pie, sin apenas haber probado sus verduras, y depositó un suave beso en los labios de Herr von Steinbeck. Él le cogió la mano, pero ella desenredó sus dedos de entre los suyos, triste pero firmemente.

—Mi tía Cornelia viene a cenar. Tengo que irme...

—Frida, yo... Ésa mujer me odia.

—Lo sé, pero es importante para mi madre. No puedo dejarla sola, en su cumpleaños, con mi tía... Hablaremos mañana... esta noche después de las diez...

Él se puso de pie, y cuando ella le besó en la mejilla, la tomó de la cintura y le dio un beso en los labios. Ella le apartó un momento, y luego le abrazó, dejando que él le acariciara la espalda.

—Tengo que irme. Es muy, muy importante para mi madre.

Joséph von Steinbeck se sentó otra vez, y escuchó como se alejaban los pasos de ella. Se limpió la boca con la servilleta, y luego dijo: ¿Es que yo no soy importante?

El camarero no recibió ninguna respuesta a su: ¿Perdón, señor?

26

13:30

Por la mañana, nada más darse una ducha y haber bajado a desayunar, Gertrud Lichtenmann había colocado flores recién cortadas en jarrones a lo largo de toda la casa, con la ayuda de Antoniette, su doncella inciega. Los narcisos y los lirios llenaban los cuartos con su aroma, y le traían recuerdos de otros tiempos, otros lugares. Había regresado hace poco de su último destino diplomático, Moriturio, y quería aprovechar estos días, hasta que recibiera la comunicación de su nuevo cargo, para relajarse un poco. Había tenido la suerte de que el periodo de días muertos, entre destinos, hubiera coincidido con su cumpleaños, y eso le había hecho alegrarse un poco.

Gertrud Lichtenmann y su esposo habían ido dejando que su relación se enfriara poco a poco con los años; aunque habían hablado a menudo, no se habían tocado más de seis veces en los últimos tres años, ya que Gregor Lichtenmann había decidido no renunciar a su puesto de profesor de literatura en la Universidad Central mientras su esposa servía como embajadora de Benefactor en el lejano planeta Moriturio. Sentada en la terraza de su casa, a la sombra de un toldo, bebiendo un refrescante zumo de naranja, Gertrud jugueteó con la rosa que su marido le había dejado sobre el plato del desayuno. Que gesto más inusual...

Rosas. Había habido grandes parterres de rosas en la fiesta en la que Gregor y ella se habían conocido, tantos años atrás, cuando ambos eran todavía estudiantes universitarios. El aroma de los rosales era casi intoxicante aquella noche, y por eso los dos habían decidido sentarse dentro del pabellón de primavera y no en el exterior, en el jardín.

Gregor había empezado a hablar de un libro muy antiguo, uno de los clásicos de la época del Éxodo, cuando la humanidad había dejado atrás el planeta Tierra, ahora Terranova, capital de la II República. Ella le había escuchado con interés, y poco a poco se había ido acercando, con cautela, aspirando el aroma a colonia barata que venía de él, el olor de su esmoquin, alquilado. Y entonces, le había puesto la mano en la rodilla, tan sólo por un instante.

Él había dejado de hablar, y su mano había caído sobre la de ella como por descuido. Entonces el silencio de la noche se había roto con la voz profunda del padre de Gertrud, Adolph Lichtenmann, y la voz burbujeante de su hermana menor, Cornelia. Cornelia había tomado entonces de la mano a Gertrud, y se la había llevado fuera, hacia la fuente de champán. Y allí, Cornelia le había puesto una rosa en la mano, envuelta alrededor de la muñeca.

Ahora, a la hora de comer, tras colgar el teléfono y haber hablado con su hermana, Gertrud piensa en lo distintas que han sido sus vidas, a pesar de haberse criado en la misma casa, con los mismos sirvientes, bajo el mismo padre. Ella, Gertrud, intelectual, conciliadora, siempre dispuesta a tener una palabra amable con todo el mundo. Ella, Cornelia, apasionada, manipuladora, con una lealtad a la familia sólo comparable a su desinterés hacia el resto del mundo. A los diez años, había dicho durante un desayuno: Cuando sea mayor, seré Oradora y gobernaré Benefactor. Cuando su padre había reído, contento, y había dicho: Eso no es probable, hija. ¿Cómo ibas a llegar a ese puesto? una sombra de silencio se posó sobre la mesa, hasta que Cornelia había dicho: Librándome de todos los que me molesten. Nadie se había reído hasta que pasaron unos segundos.

Habían tenido recientemente, unos días atrás, una grave discusión, ya que a Cornelia no le gustaba Joséph von Steinbeck, el chico del que Frida no dejaba de hablar, el hijo de Frederick von Steinbeck y su esposa Bertha. Hoy, a media mañana, Frida había llamado diciendo que no podría venir a comer, aunque se había acordado de felicitarla por su cumpleaños. Y luego, Cornelia había llamado para felicitarla. Había parecido muy contenta.

Aunque, por lo general, el hecho de que Cornelia Lichtenmann fuera feliz significaba que alguien estaba a punto de pasarlo mal, Gertrud la había invitado a cenar. No hubiera sido de buena hermana no hacerlo, ¿no?

Por otra parte, se dijo, suspirando tristemente, era verdad que su marido, Gregor, le había dejado una rosa, pero todavía no la había felicitado por su cumpleaños. Habiendo despreciado la carrera política para dedicarse a la enseñanza, Gregor pasaba los días inmerso en un océano de nombres, fechas, datos y teorías que para Gertrud eran totalmente incompresibles. Alguna vez había asistido con él a una de las cenas que organizaba la Universidad, y, en general, le habían resultado algo tan incómodo como una de las pocas veces en que había asistido, como diplomática, a una reunión con una de las pocas especies no humanas que tenían tratos con la República, bien como miembros de pleno derecho, bien mediante tratados comerciales o de otro tipo. Sin duda, el mundo académico era, visto desde el mundo de la política, otro país.

Allí hacen las cosas de forma distinta...

...

18:30

Más tarde, sintió frío, y al contar las horas en su reloj táctil, se dio cuenta de que ya eran más de las seis. Entró en casa, y llamó por teléfono a su hija Frida, para recordarle que le gustaría que viniera a cenar esta noche. Al fin y al cabo, estaría toda la familia junta.

27

16:00

A las cuatro de la tarde, justo después de comer, Gregor Lichtenmann subió a su despacho en la Escuela de Estudios Literarios de la Universidad Central de Metápolis. Era un hombre de voz cascada y manos suaves, especialista en la literatura del Éxodo, es decir, en aquellos escritores de origen terráqueo que habían publicado la parte principal de su obra en los años transcurridos desde la Declaración del Éxodo, en 2150, y la proclamación de la Primera República, en 2180. Ese periodo de la historia de la humanidad había empezado con la partida de las primeras naves colonia desde la Tierra, y había concluido treinta años más tarde. La Primera República: el primer sueño universal, propiamente universal, de una humanidad que había alcanzado las estrellas.

Siempre, después de comer, cuando estaba sólo, Gregor Lichtenmann se preguntaba si la Segunda República sería capaz de superar los problemas que habían terminado con su predecesora, y una y otra vez llegaba a la misma conclusión: no, es imposible. Escondía en un cajón de su escritorio los viejos papeles en los que trazaba diagramas de evolución política, que siempre le llevaban a aquella temible, inevitable dicotomía: la República sólo tenía dos destinos.

Uno era la desintegración y, de ahí, el retorno a la barbarie, o la aniquilación entre diversas civilizaciones planetarias. La estructura federal de la República sería incapaz de desarmar las tensiones nacionalistas de los diversos sistemas y, una vez empezado el proceso de independencia, la República se dividiría en una infinitud de micro-naciones estelares.

La segunda posibilidad era el Imperio: la conversión de la República en una estructura rígida, autoritaria y personalista. Ese proceso ya se había producido una vez en la historia galáctica, innumerables veces en la historia de la humanidad. La I República se había convertido en el Imperio: ciento cincuenta años se habían necesitado para consolidar el Imperio Terrano, y tan sólo veinte años para destruirlo. Veinte años de guerras civiles, que habían hecho retroceder a la humanidad hasta un punto intermedio entre el Éxodo y la I República.

¿No había esperanza? Quizá sí, quizá no... el Imperio había sido un estado monolítico, en el que no había habido sitio para la disonancia. De la desintegración del Imperio habían surgido una docena de estados estelares, de los cuales la República era tan sólo el más grande y cosmopolita. Otros, como la Confederación de Weissman y la Autoridad Centáurea habían elegido su propio camino, y nada parecía indicar que fueran a colapsarse en un futuro próximo. Si la Segunda República volvía a recorrer el camino que llevaba al Imperio, ¿tomaría el ejército republicano las armas contra los confederados y los centáureos?

Ese escenario hizo a Gregor pensar en una tercera posibilidad: la aniquilación total de la civilización, humana y no humana, en el territorio una vez gobernado por la Primera República. Apartó ese pensamiento de su mente, y entró en su despacho. Holografías de su esposa y de su hija, sobre su mesa. Cuanto amaba a Gertrud y a Frida... incluso a Cornelia, su cínica y ambiciosa cuñada. Y, sin embargo, poco a poco había ido dejando que las llamas de su matrimonio se apagaran. Hoy le había dejado una rosa sobre el plato del desayuno, antes de venir a la Universidad. Se preguntó si ella la habría visto.

Encendió su ordenador, y empezó a revisar su correo electrónico. Aunque todavía había gente que usaba cartas, escritas en papel, sobre todo para el correo interno, urbano, provincial o planetario, lo cierto es que era cada vez más una cosa del pasado, un gesto anacrónico de aquellos que soñaban con la época en que la humanidad estaba confinada a un solo planeta, la Tierra.

Aquella Tierra que había estado a punto de ser destruida durante las guerras que hicieron estallar al Imperio Terrano.

Escuchó los encabezados de los mensajes de correo electrónico que se habían acumulado en su buzón, hasta que de pronto uno de ellos le hizo fruncir el ceño con extrañeza.

Bertha von Steinbeck le había escrito un mensaje. Una invitación al funeral de su esposo, Frederick von Steinbeck. Al parecer, el esposo de Frau von Steinbeck había fallecido hoy por la mañana, en el Senado, en un accidente. El mensaje no decía nada más: una invitación cortés, adecuada a su posición como yerno de un patriarca.

Cuando estaban a punto de dar las cinco de la tarde, Gregor Lichtenmann decidió llamar por teléfono a su esposa, para informarla de la noticia. Se le olvidó desearle lo mejor en su cumpleaños.

28

15:00

Bertha von Steinbeck no se hacía ilusiones en cuanto al afecto que le tenía su familia. Sabía que era una persona difícil, dura: por supuesto, no se creía ni la mitad de la mitad de las cosas que se decían sobre ella, pero como había dicho siempre su padre, ´los ladridos de los perros no afectan a las nubes´. Ella estaba por encima de toda la mezquindad que sus adversarios poseían en abundancia.

Por eso se quedó en silencio, sin saber que decir por primera vez en mucho tiempo, cuando su hijo se marchó, dejándola sola en las escaleras del hospital central, justo después de que ella hubiera dicho: No hay nada más que hablar. Tú serás patriarca.

Consultó su reloj táctil, y frunció los labios con desagrado al comprobar que eran ya las tres de la tarde. Pensó que no le sería difícil conseguir un vehículo, y empezó a andar por la acera, atenta a todos los detalles: con el paso sereno de los benefactitas, que se conocen las calles de su ciudad como la palma de su mano. Aunque Bertha von Steinbeck no había estado nunca sola en aquella zona, confiaba en la regularidad de la sociedad en la que se había criado y crecido. Los peatones se pegaban bien a la izquierda, bien a la derecha de la acera, según el sentido de sus pasos, y los vehículos magnéticos, inaudibles en movimiento, sólo eran perceptibles por el ligero zumbido que brotaba de sus carrocerías cuando estaban detenidos en un semáforo.

Continuó caminando, sumida en sus pensamientos, por la avenida que se alejaba del hospital y la llevaría, con tiempo, hasta su barrio, en la parte alta de la ciudad. Aunque la mayoría de los senadores y sus familias vivían en el centro, cerca del senado y los grandes edificios oficiales, la familia von Steinbeck tenía posesiones al norte de Metápolis, en unos terrenos que mucho antes habían sido pastizales para ganado. Ahora la zona estaba cuadriculada en damero, y ocupada por las casas, de uno y dos pisos, de las familias de los miembros más valiosos de los von Steinbeck. Había habido periodos de la historia de la ciudad en que aquella zona casi había sido autónoma, en que todos los negocios habían estado en manos de los von Steinbeck, y el barrio había sido considerado prácticamente un feudo privado. Pero esos tiempos habían pasado mucho tiempo atrás...

Si uno empezara a contar las casas que había en la zona alta de la ciudad, empezando desde la vieja y venerable Puerta de los Ancianos, levantada por Wolfgang von Steinbeck para celebrar sus cincuenta años de matrimonio con Barbara, su primera mujer, se encontraría con las siguientes familias: Daniel, profesor en la Universidad Central, y su esposa Christine, ejecutivo en Transportes Interestelares; Dietrich, que vive de las rentas, y su hija, Claudia; Gottfried, escritor de éxito, y su esposa Bianka, de soltera Lichtenmann (a la que Bertha odia, por ser Lichtenmann y por que gana dinero escribiendo libros de economía); Ingrid, antropóloga y jefe del departamento de Antropología Cultural de la Universidad Central; finalmente, Moritz y su esposa Konstanze, que crían caballos y tienen una casa rural al norte de Metápolis, lejos de la ciudad.

Todos ellos, miembros más o menos importantes de la familia von Steinbeck; todos ellos, valiosos en los planes de Bertha y todos ellos más o menos relacionados por sangre con ella y con su hijo, Joséph.

Habría que convencerles a todos ellos de que votaran a favor de su hijo como patriarca, lo cual no sería muy difícil. Eso le hizo acordarse de que no había pagado al necrotista la cantidad que habían acordado como primer pago del funeral. Bien, él tampoco lo había mencionado durante la conversación...

Sin duda, sería mucho más difícil convencer a su hijo de que aceptara su destino.

Le pareció, por un momento, que la estaban siguiendo tres personas. Inciegos, probablemente; torpes, caminando a trompicones, bruscamente.

Había dejado que sus preocupaciones le hicieran olvidarse de las cosas que había a su alrededor.

Torpe. Torpe, se dijo.

29

16:00

Los dos hombres, inciegos por sus gestos, por su forma de moverse, y por la manera en que orientaban la cara hacia la otra persona cuando hablaban, limpiaron las navajas manchadas de sangre con repugnancia, y se guardaron los trapos sucios en el bolsillo. La vieja iguana ciega no había sido fácil de matar, y ahora sus monos negros estaban empapados de sangre. Pero, como había dicho uno de ellos, sólo tendrían que preocuparse por el olor, no por las manchas. El otro había respondido que no sería muy prudente fiarse de eso, y que tendrían que deshacerse lo antes posible de aquella ropa.

—Hablé con mi amigo, el que trabaja en la sala de calderas de la Universidad Central. Nos ayudará —dijo el más joven de los dos.

El otro estaba contemplando con decepción el interior del bolso de la mujer, cuyo contenido había desparramado sobre la acera. Escupió una maldición entre dientes, y se volvió hacia su cómplice.

—Nada. Nada de nada... sólo quinientos, quinientos miserables zócalos. Por sus ropas, parecía que estaba forrada.

—Deberíamos quemarlo todo, sin dejar absolutamente ningún rastro, o la policía nos encontrará, y nos dará una lección que no olvidaremos en mucho tiempo. ¿Cómo se te ha ocurrido asaltar a una ciudadana?

—¿Empiezas a arrepentirte, Daniel? Lo hemos hecho por Mateo. Mateo siempre está hablando de la revolución, ¿no? Pues la revolución ya está aquí. El Senado votará en contra de esos desgraciados, y los enviarán de vuelta a la Autoridad Centáurea.

—Y nosotros nos pudriremos en la cárcel...

El hombre recogió todo lo que había sacado del bolso, y lo metió sin contemplaciones en una mochila. Después, introdujeron el cadáver de su víctima en un contenedor de basura, manchándose las manos de sangre. Se limpiaron a duras penas con unos trapos, que guardaron también en la mochila.

Confiando en la ceguera de los ciudadanos, los dos asesinos se dirigieron, callejeando, hacia la Universidad Central. Una vez allí, se deshicieron de los monos ensangrentados, y de todo lo que pudiera relacionarles con el crimen, y se volvieron a poner sus ropas diarias. Sus uniformes.

30

17:00

Eran las cinco de la tarde, y a Víctor Castro tan sólo le quedaba una hora de servicio. Después de comer, en el turno de 14:00 a 18:00, le tocaba hacer guardia en el arsenal del espaciopuerto. Aquel era un servicio relajado, prácticamente aburrido, ya que el espaciopuerto tenía pocas necesidades armamentísticas, y por tanto el arsenal y su contenido eran bastante modestos. Uno podía estar sentado en una mesa, en vez de pie junto a la puerta, con la seguridad de que nadie vendría a echar un vistazo y fastidiar. Y si llegaba a ocurrir que a algún mando se le ocurría acercarse al arsenal por cualquier motivo, la única vía de acceso era a través de un largo corredor. Por tanto, se oirían los pasos de cualquiera que se acercara, mucho antes de verle.

Víctor se subió los pantalones, y se levantó del catre que había en una esquina del arsenal, para que los soldados del turno de noche se dieran una cabezadita entre guardia y guardia. Apartó de sus pensamientos de Sandra, Sandra Nova, su oficial, y dejó que su mente vagara.

Se preguntó que les ocurriría a aquellas personas que había visto por la mañana, las que habían llegado hacinadas en la bodega del carguero. Había oído, a la hora de comer, que eran refugiados, inmigrantes ilegales que huían de la Autoridad Centáurea. Víctor no sabía muchas cosas de aquel estado galáctico, pero por lo que recordaba, no era un buen lugar para vivir. No si te desagradaba vivir en una sociedad militarista y tiránica, en la que sólo los que pertenecían al ejército tenían derechos civiles.

¿Acaso se vive mejor en Benefactor? se dijo. Era algo en lo que nunca había pensado antes, porque nunca había conocido a una persona que hubiera huido de su planeta natal. Se dio cuenta de que tampoco había conocido nunca a un emigrante. Sin saber muy bien por qué, le pareció algo extraño.

Sentándose a la mesa que había al fondo del arsenal, pasó la mirada con desgana por las cajas de armamento, cubiertas con plásticos polvorientos, que estaban apiladas en la habitación. Armarios con rifles de asalto y armas láser, granadas, lanzagranadas. Escudos, y ropas reforzadas. Y, en un rincón, varias revistas pornográficas.

Aunque los ciudadanos eran bastante condescendientes con los inciegos en aquellas cosas que consideraban sin importancia, la pornografía no era un artículo bien considerado por los oficiales de la policía del espaciopuerto. Los ciudadanos comprendían el concepto, pero sonreían con desdén cuando se mencionaba el tema, ya que eran incapaces de comprender el atractivo de algo que no podía ser experimentado a través de los sentidos que ellos poseían.

Una vez, cuando era más joven, preguntándose como los ciudadanos se encontraban unos a otros deseables y atractivos, Victor había terminado llegando a la conclusión que era por el olor corporal y por la voz, ya que el olfato y el oído parecían ser sus sentidos más desarrollados. Lo cierto es que inciegos y... ciudadanos no eran tan diferentes, se dijo, salvo por la posesión o la falta del sentido de la vista.

¿Por qué ellos lo tienen todo y nosotros sólo tenemos las sobras? se dijo.

31

19:00

Los temores de la senadora Melanie Humboldt se habían cumplido, y el Orador había convocado al Senado para una sesión extraordinaria. En un principio, habían corrido rumores de que el asunto podría tratarse simplemente en la Asamblea Provincial, ya que al fin y al cabo la nave responsable del alboroto había aterrizado en el espaciopuerto de Metápolis. Finalmente, sin embargo, el Orador y el Consejo de Ministros habían considerado adecuado convocar una reunión de emergencia del Senado Planetario. Melanie se preguntó, con cierta decepción amarga, cuantos asientos estarían vacíos.

Tomó notas sin inmutarse, mientras el Cuestor del Senado, el oficial de la presidencia del Senado encargado de anotar la asistencia o ausencia de los senadores, iba leyendo los nombres de los senadores, que respondían con ´Presente´ si se encontraban en la sala. De momento, la mayoría de los residentes en Metápolis, y muchos de las provincias cercanas habían respondido a la convocatoria del Orador. Finalmente, el Cuestor leyó: von Steinbeck, Bertha, y se hizo el silencio.

Melanie Humboldt dejó inmediatamente de escribir, y volvió la cabeza a uno y otro, intentando captar alguna conversación. Tan sólo silencio... como encontrarse en una habitación llena de algodón, o en un tanque de aislamiento sensorial. Finalmente, el Cuestor pasó al siguiente nombre: von Steinbeck, Dietrich. Fue entonces cuando la senadora Humboldt recibió un mensaje en su terminal; lo escuchó a través de sus auriculares, mientras la voz del cuestor continuaba recitando, monótonamente, los nombres de los senadores de la familia von Steinbeck.

Melanie, soy Wilhem Klein. ¿Cuál crees que es el motivo de la ausencia de Frau von Steinbeck? decía el mensaje.

Ella meditó unos instantes, y luego tecleó en su terminal:

Presentar al Senado a su hijo, Joséph.

Es posible. ¿Una prueba? respondió el senador Klein.

Tal vez. Lo que me parece más importante es que los votos de la familia von Steinbeck han quedado prácticamente inutilizados.

¿Qué quieres decir?

Piensa un poco, Wilhem. Bertha es patriarca en funciones, porque la familia von Steinbeck no ha tenido tiempo de elegir un nuevo patriarca. Ella tendría el control de los votos familiares, aparte de los suyos propios. Pero, además, ella representa a muchos de sus parientes. Esos votos constituyen gran parte del capital político de la familia von Steinbeck, y no hay nadie que pueda, legalmente, emitirlos.

¿No podría el joven Joséph pedir al Senado permiso para votar en nombre de su madre y de sus familiares?

Podría, pero... Tengo que dejarte, la lectura del censo ha terminado. La senadora Humboldt cortó el canal de comunicación privado, y concentró toda su atención en las palabras del Orador, el más alto cargo cívico del sistema, que se estaba dirigiendo a los senadores para explicar el motivo de aquella reunión extraordinaria: el motivo no era otro que tomar una decisión sobre los inmigrantes ilegales alojados en el almacén 25.

32

20:00

Frida Lichtenmann bajó de su aerodeslizador, tras haberlo aparcado delante de la casa de Gregor y Gertrud Lichtenmann, sus padres, y consultando su reloj táctil, comprobó que eran las ocho de la tarde. Había tardado más de lo habitual en llegar desde el espaciopuerto, ya que el tráfico era muy malo. Cuando entró en la casa, recibió con placer el aroma de las flores que llenaban la casa, aunque al dejar su abrigo en la percha del recibidor el olor le pareció un poco asfixiante. Tuvo la sensación de que su madre había llenado la casa de flores frescas pensando en ella, y esa idea le hizo sonreír.

Cuando entró en la casa, oyó unos pasos que se dirigían hacia ella, y luego, la voz amable, pero llena de tristeza, de Antoniette, la doncella inciega de su madre.

—Señorita Frida, cuanto lo siento... cuanto lo siento... ha sido todo tan precipitado, que no hemos podido avisarla para que no viniera.

—¿Para que no viniera? Niette, dime, ¿qué ocurre? ¿Dónde está mi madre...?

Frida sintió cómo las manos suaves de la doncella tomaban las suyas, pero había habido tanto amor, tanta preocupación en la voz de aquella mujer, que Frida fue capaz de no envararse al sentir contacto físico con una inciega. Antoniette la llevó hasta una silla, y la hizo sentarse. Luego, le puso una de las manos en el hombro, y le acarició el cabello.

—Hay una reunión en el Senado. Primero llamó la señorita Cornelia, su tía, diciendo que no podía venir. Luego llamó su padre, diciendo que se reuniría con su madre en el Senado, que se trataba de algo más importante que una cena familiar. Entonces, su madre se encerró en su dormitorio... lleva ahí más de una hora. No he conseguido que me abra la puerta.

—¿Qué dices, Niette? ¿Encerrada en su dormitorio? Déjame subir, tengo que hablar con ella.

—Por supuesto, señorita. Sólo quería informarla de todo... quizá a usted le haga más caso que a mí.

La joven se puso en pie, se orientó, y empezó a subir las escaleras, con prisa por primera vez en muchos años. A su espalda, la fiel doncella de su madre la seguía, con pasos lentos y pausados. Frida sintió que le subía un extraño frío por las venas, y que el corazón se le estaba helando. Contó las puertas, instintivamente, y se detuvo ante la del dormitorio de su madre. Golpeteó con los nudillos, y suspiró, audiblemente aliviada al escuchar la voz de Gertrud von Steinbeck.

—¿Mamá? Soy Frida... ¿va todo bien?

—¿Frida? Cariño, que contenta estoy de que hayas venido. ¿No has recibido el mensaje del Orador? Hay una reunión en el Senado...

Sin pensarlo, Frida consultó su teléfono móvil, y escuchó como la voz monótona del contestador le leía el mensaje mediante el que el Orador había convocado al Senado planetario.

—No, mamá, no lo he oído. En cuanto he terminado de trabajar, he venido para acá. Bueno, he comido algo con Joséph, sí, sí, estaba con él cuando me has llamado... ¿Por qué no has ido con papá al Senado?

—Estoy cansada del Senado, hija, y también de tu padre. No tiene idea del día que es hoy.

Antoniette se acercó, preocupada, al ver como la palidez inundaba el rostro de Frida Lichtenmann... Esta vez no la tocó, consciente de lo poco que apreciaban los ciudadanos el contacto físico con los inciegos, pero rozó suavemente la manga de su camisa para darle a entender que estaba a su lado.

—Sabes, Frida, siempre te he querido. Quiero que lo recuerdes. Y siempre he querido a tu padre, aunque nuestro matrimonio se haya ido enfriando poco a poco.

—Mamá... abre la puerta, por favor. Te quiero... yo también te quiero, y siempre te he querido. Por favor, abre la puerta...

33

21:30

125643 oía chillar a la gente en sus sueños. Alguien le clavó las uñas en el brazo, y entonces, oyó gritos, y se dio cuenta de que estaba despierto. Intentó levantarse, y sintió dolor en el brazo cuando se le soltó el gota a gota. A su alrededor, todo el mundo parecía haberse vuelto loco. Hizo molinetes con los brazos, y sintió que varias personas intentaban colgarse de él. La gente cada vez estaba más histérica. Consiguió ponerse en pie, y, para su horror, se dio cuenta de que había personas en el suelo. No se movían. ¿Cadáveres?

Por un momento, 125643 pensó que el viaje en el crucero de carga, su ceguera, la voz suave que le había hecho dormir... pensó que todas aquellas cosas formaban parte de una horrible pesadilla, y que estaba de vuelta en la Autoridad Centáurea... que algo le había caído en los ojos, y que no le dejaba ver. Luego, su pie se hundió en el estómago de alguien, y le llegó una oleada de un olor mortal, que no le era desconocido.

Gas cianhídrico. Cianuro de hidrógeno combinado con un agente irritante.

125643 había usado productos semejantes en el ejército, para fumigar almacenes llenos de ratas e insectos.

Los gritos se hacían, simultáneamente, más desgarrados y más escasos. La gente intentaba alcanzar el techo, trepando sobre los cadáveres. 125643 sabía que el gas se acumulaba cerca del suelo, así que, empezó a dar puñetazos a un lado y a otro, hasta que llegó a una pared. Se subió a un armario.

Cada vez le costaba más respirar.

34

20:30

El reloj de la fachada del Senado marcó las ocho y media de la tarde. El sonido de su campana quedó por unos instantes colgado en el aire, y luego se desvaneció. Cornelia Lichtenmann se puso de pie, dio las gracias a todos los miembros del Senado por su presencia, y empezó a hablar.

—Llevamos aquí hora y media, y en ese tiempo muchos de mis colegas han hablado sobre qué hacer con el problema del almacén 25. Algunos afirman que los inmigrantes ilegales tienen derecho a nuestra ciudadanía, ya que carecen del sentido de la vista. Otros dicen que hacer tal cosa es un grave error, puesto que una vez fueron inciegos, y por tanto, comparten todos los vicios que aquejan a aquellos dotados del sentido de la vista. Soy partidaria de esta segunda opción; debemos deshacernos de ellos. Ahora bien, una vez planteada esta decisión, ¿cómo debemos llevarla a cabo? Los inmigrantes son muchos, más de ochocientos: hombres, mujeres y niños. Repatriarlos a su país requeriría el fletado de un crucero de transporte, dedicado tan sólo a ese propósito. ¿Hay presupuesto para tal cosa? ¿Tiene esta Cámara acceso a fondos de los que la población no tiene noticia? Sabemos que han huido de la Autoridad Centáurea; si los enviamos de vuelta a la Autoridad, serán, sin lugar a dudas, juzgados por un tribunal militar, y ejecutados. La decisión de repatriar a los inmigrantes no es sólo, costosa, sino inadecuada políticamente. Por lo que sabemos de la Autoridad, los centauritas nunca reconocerán que tiene problemas sociales. Si nos ponemos en contacto con ellos, lo más probable es que nieguen todo conocimiento del asunto. Se me dirá: ¿Qué está usted proponiendo, senadora? ¿Qué los matemos? Y yo digo: ¿Qué alternativa tenemos? ¿Arrojarlos al espacio, para que mueran de hambre, sed y hacinamiento? Están ciegos, y carecen de nuestra cultura y civilización. ¿Repatriarlos? ¿Para qué, para que sean juzgados y fusilados por un sistema militar reaccionario como el de la Autoridad Centáurea? Sí, sí, miembros del Senado, yo digo: matemos a los inmigrantes ilegales.

Entre gritos de indignación y aplausos enfervorizados, Cornelia Lichtenmann regresó a su asiento en las filas del Senado. Wilhem Klein se levantó, y caminó hasta la tribuna de oradores. Una vez allí, se volvió hacia los senadores, y dijo:

—Miembros del Senado, gracias por escucharme. Todos hemos escuchado con atención las palabras de la senadora Lichtenmann. Aunque estoy a favor de su propuesta, creo que es mi deber advertir a la cámara de que tomando la decisión de matar a los inmigrantes, estaremos dando un paso irrevocable. No habrá marcha atrás. Debemos preguntarnos como nos juzgará la población cuando, y no digo si, digo cuando, porque se revelará, cuando se revele la decisión que vamos a tomar aquí. Por tanto, si se toma la decisión de matar a los inmigrantes, debemos asegurarnos de que la cámara no pueda ser directamente involucrada. Para ello, sólo hay un método: androides.

La senadora Melanie Humboldt pidió turno de palabra, se levantó, y dijo, con voz grave:

—¿Y qué haremos con todos aquellos que tienen conocimiento de la verdad? ¿Cómo reaccionarán cuando descubran que los inmigrantes se han esfumado? Los médicos, enfermeras, asistentes del espaciopuerto, soldados... hay muchas personas que tienen conocimiento de lo que ha pasado, tanto ciudadanos como inciegos.

Fue Cornelia Lichtenmann la que, una vez que Melanie Humboldt se volvió a sentar, pidió a su vez turno de palabra, se puso de pie y dijo:

—Les diremos que han sido deportados a Colonia.

Ulrich Königsamen se retorció en su asiento. Sentía arcadas.

35

22:00

Sandra Nova duerme en su apartamento de un barrio pobre, pero decente.

Víctor Castro duerme en los barracones, soñando con practicar el sexo con una ciudadana.

Frida Lichtenmann solloza ante la puerta del dormitorio de su madre.

Markus Krammer duerme en su casa, tranquilo, pensando en una vida libre de preocupaciones económicas.

Cornelia Lichtenmann duerme, satisfecha, saboreando los vítores que ha recibido en el senado.

El cadáver de Frederick von Steinbeck se enfría más y más en las cámaras de los necrotistas.

Joséph von Steinbeck duerme, derrumbado sobre su mesa, agarrado a una botella de alcohol.

Las cenizas de Bertha von Steinbeck flotan en el aire, sobre la ciudad de Metápolis.

Joséphine von Steinbeck ríe en los brazos de su amante inciego, que le da todo aquello que se avergüenza de desear.

El cadáver de 125643 yace en lo alto de una pila de muertos, gaseados, con los dedos crispados por el terror y la desesperación.

Alexander Königsamen se relaja, leyendo, mientras piensa en la eternidad.

Leopold Leiber cena con su esposa inciega; entre cucharada y cucharada de sopa aguada, maldicen el planeta en el que les ha tocado nacer.

Eduardo, Mateo y Daniel hablan de la revolución, y de si llegará o no alguna vez.

Wilhem Klein supervisa el traslado de los cadáveres de los inmigrantes ilegales a un tren de mercancías, que los llevará fuera de la ciudad, a una incineradora de basuras donde desaparecerán.

Melanie Humboldt escribe, en su diario, todo lo que ha ocurrido.

Ulrich Königsamen intenta inútilmente dormir, a base de somníferos.

Gertrud Lichtenmann siente como la vida se le va, poco a poco, y sonríe tristemente mientras su sangre se mezcla con el agua caliente de la bañera.

Y los androides, que no sienten, cargan pilas de muertos como si fueran hojas secas.

Fabián Álvarez López
© Fabián Álvarez López, (19.086 palabras) , 2004 Créditos
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