
Algunas personas creen que, si nos lo ganamos, unos seres superiores
o más evolucionados que nosotros nos salvarán en el momento de la muerte. Más que una redención espiritual o religiosa se trataría de un rescate
. Una forma de prolongar nuestra existencia en este mundo físico que nos permita seguir creciendo, avanzando en el camino hacia la perfección hasta que, algún día, seamos capaces de trascender y volver, plenos y purificados, a la esencia vital de la que procedemos.
Esas personas están convencidas de que los seres humanos somos criaturas especiales, valientes pioneros que asumimos por propia voluntad un reto: nacer en forma de criaturas imperfectas en vez de como entes completos y culminados. Esta elección nuestra, que conlleva el dolor necesario de la ignorancia —origen de todo sufrimiento— nos permite sin embargo ser dueños de nuestro propio destino, ofreciéndonos además la posibilidad de llegar a ser partícipes de la propia Creación.
Imagine despertar de un sueño, el sueño de la vida tal y como la conocemos. Desperezarse dentro de un cuerpo distinto aunque familiar: el suyo; su propia carne llevada esta vez hasta su máximo potencial, sin los lastres de toda una vida en la tierra. Un cuerpo joven, hermoso y preparado para llevar a cabo una nueva misión: colaborar en la materialización de nuevos mundos. Secciones enteras del universo llenas de polvo y gas aguardan a que alguien les dé forma y las convierta en estrellas, en planetas preparados para albergar vida en su seno.
Imagine despertar de la muerte como pintor, como constructor de nuevos mundos, albergues preparados para cobijar seres todavía por nacer. Entes que quizá también hayan aceptado su propio reto en la mente de Dios y necesiten un hogar en el que superar tal desafío. Imagine una nueva existencia convertido en pintamundos, para que nuevas generaciones de futuros valientes afronten igual que usted, igual que todos nosotros, la aventura de la vida.
Cabeceó una vez más y se frotó los ojos con las manos, despejándose de inmediato. De un salto se levantó dispuesto a ir al baño de nuevo. Se detuvo confuso. ¿De un salto? Si le costaba un triunfo simplemente pensar en levantarse del sofá... ¿Y ese ruido de zapatazos en el suelo lo había hecho él? Corriendo por el pasillo, nada menos: aquello era un sueño, seguro.
Desde luego, esas deportivas infantiles que vio al mirar hacia sus pies no se parecían en nada a las pantuflas de agüelo cus-cus
que ya no se quitaba ni para bajar a por el pan. También se fijó en sus manos: pequeñitas y suaves, sin rastro de arrugas ni de manchas. Como las manitas que debió tener con seis o siete años. Y aquí estaban de nuevo, ágiles y juguetonas.
Sonrió de puro gozo y empezó a correr agitando los brazos, dispuesto a disfrutar de un sueño agradable: el regreso a la niñez, nada menos. Ya que no podía despierto, se desfogaría dormido, pensó. Iba a lanzarse en estampida cuando se dio cuenta de que no tenía espacio suficiente. Estaba dentro de una habitación pequeña parecida a una sala de espera y casi se había estampado contra la pared.
Paredes blancas, techo blanco, suelo de madera... El sofá del que se había levantado y una mesa baja eran el único mobiliario. En la mesa, un buen montón de papeles y ceras de colores para pintar. Vale... No está mal
, se dijo. Siempre le había gustado colorear. Arrodillado —ya no recordaba cuándo era la última vez que había doblado las rodillas de semejante forma— se dedicó a emborronar hojas y más hojas durante un buen rato. Amarillos, rojos, verdes, toques de azul profundo...
De repente se dio cuenta de que ya no le quedaban más papeles en blanco, así que se le ocurrió echarle un vistazo a su obra. Cogió las hojas y las depositó una a una sobre el suelo, como si estuviera completando un puzzle. Cuando quedó contento con el resultado, sonrió una vez más: se le había ocurrido una idea. En los sueños todo es posible, así que se propuso un reto. Las manualidades nunca habían sido lo suyo y menos aún en la vejez. Ahora podría desquitarse...
Recogió las ceras que habían sobrevivido a su furia creativa, dispuesto a utilizarlas para plasmar en tres dimensiones lo que había estado bosquejando sobre papel. Aplastaría las pinturas de colores con sus propias manos hasta moldear una especie de pisapapeles que sujetara todo aquel montón de hojas coloreadas. El objeto tendría una forma circular, igual que un pequeño mundo plano. Con sus montañas, praderas, ríos, mares...
Mientras trabajaba se dio cuenta de que sus manos ganaban en fuerza y tamaño. Notó que las playeras que había visto antes calzando sus pies se habían transformado en un par de mocasines informales, de hombre joven. Así que había crecido mientras trabajaba... Sintió el vigor de la juventud corriendo de nuevo por sus venas mientras disfrutaba aplastando, extendiendo, manipulando las dúctiles ceras de colores hasta transformarlas en océanos, desiertos, cordilleras... Un mundo en miniatura.
Hecho
, se dijo una vez hubo terminado. Volvió a sentarse en el sofá y miró complacido su obra. Parecía una pequeña pizza. Sólo faltaba el último toque: ponerle encima media esfera trasparente y el pisapapeles estaría completo. Estaba convencido de que, con ese complemento, aquel mundo plano adquiriría tridimensionalidad y parecería un planeta de verdad. Se preguntó cómo fabricar una especie de burbuja semiesférica. Y con qué: ya no tenía más materiales a su alcance, sólo los restos de aceite encerado que le pringaban las manos.
Comenzó a frotarlas para tratar de limpiarse un poco. Las manchas de colores de sus dedos, al mezclarse, comenzaron a burbujear, tomando un aspecto jabonoso y uniforme. Recordó cuanto le gustaba hacer pompas de jabón en la niñez. Pensó que quizá podría hacer una burbuja de aire entre los dedos y colocarla con cuidado sobre su flamante escultura. Dicho y hecho: consiguió que una ligerísima película traslúcida y húmeda se formara entre el índice y el pulgar. Sopló con cuidado. Estalló. Lo intentó de nuevo, con el mismo resultado.
A la tercera consiguió una burbuja de buen tamaño; aunque le costó bastante más de tres intentos colocarla sobre el pisapapeles, porque el glóbulo de aire parecía tener vida propia, como si quisiera escapar de sus manos y volar por su cuenta. A fuerza de voluntad y paciencia logró al fin que la burbuja se quedara quieta sobre el pisapapeles redondo y completara la creación: una cúpula transparente cerraba y daba cobijo a aquel pequeño mundo-pizza.
Satisfecho al fin se echó ligeramente hacia atrás para contemplar el resultado de su trabajo. No tuvo tiempo de hacerlo, notó un súbito cosquilleo en la nariz y un estornudo majestuoso salió de su boca, como si todos los estornudos reprimidos durante la vida entera salieran ahora en estampida al mismo tiempo, concentrados en un único y explosivo huracán cálido, violento y extrañamente seco.
Contra todo pronóstico el gigantesco resoplido no hizo estallar la burbuja. Al contrario, ésta parecía haberse solidificado y ahora tenía además un curioso tono tornasolado, sin haber perdido por ello ni una pizca de transparencia. Y cuando la contempló más de cerca... Dentro de la burbuja, inmersa en aquella masa de cera... parecía... Cuanto más la miraba, más le daba la impresión de que algo se movía allí dentro.
En ese momento oyó una voz familiar que le llamaba por su nombre. Giró la cabeza y observó cómo en una de las paredes se abría un hueco; una puerta disimulada, supuso, que no había visto hasta entonces. Se acercó hacia ella. Al otro lado de la puerta vio a varios de sus seres queridos, personas que habían muerto mucho tiempo atrás. Tenían un aspecto espléndido. Todos parecían jóvenes y saludables, estaban magníficos y sonreían.
Le daban la bienvenida. La enhorabuena. Ya estás en el otro lado
le dijeron. Has creado tu primer mundo, ven con nosotros
añadieron. Y no te olvides de ellos, ahora son responsabilidad tuya
. Él no entendió a quiénes se referían: ¿ellos? Ellos
, repitieron sus familiares señalando hacia la mesa en la que descansaban los dibujos y el pisapapeles.
Desconcertado, se volvió hacia la mesa y tomó el pisapapeles entre sus manos para observarlo de cerca una vez más. Lo notó extrañamente masivo, como si hubiera ganado peso
hasta el punto de necesitar ambas manos para sostenerlo. De nuevo tuvo la impresión de que algo se movía allí dentro. Y sus ojos no le engañaban.
Había vida allí, en el mundo que había modelado. No sabía cómo había entrado en el pisapapeles, pero bullía allí dentro. Seres diminutos comenzaban a surgir por todo el pisapapeles: peces verdes en el agua verde, frutos amarillos en la tierra amarilla... Las llanuras verdes se llenaban de brotes verdes que herbosos animales devoraban con parsimonia, aunque había menos movimiento en las áreas rojas o azules. Intuyó que serían demasiado cálidas o frías para que la vida se desarrollara con tanta facilidad como en otros lugares.
Aquellos acantilados de hielo azul dentro del pisapapeles le hicieron recordar los gélidos inviernos de su infancia, no pudo reprimir un escalofrío y estornudó de nuevo sobre el pisapapeles, aunque en esta ocasión el estornudo reventó desde la nariz en vez de cañonear por la boca. Se sintió avergonzado al ver los resultados, menuda granizada... Oyó reír a sus seres queridos y se volvió. Le sonreían aún con más benevolencia que antes.
Azorado intentó limpiar el pisapapeles, pero el gotelé ya había desaparecido, como si la burbuja lo hubiera absorbido en un instante. Para asegurarse acercó los ojos más todavía, tocando casi con las retinas la cúpula transparente. Entonces los vio. A ellos.
Los vio dentro de burbujas traslúcidas, flotando dentro del pisapapeles como si él mismo les hubiera estornudado allí dentro. Personas. Flotando. Descendiendo a las llanuras verdes. A las montañas amarillas, a los desiertos rojos, a los acantilados azules. A todas partes. Colonizándolas. Prosperando. Y peleando entre ellas...
Aquel comportamiento violento le entristeció. No te preocupes por ellos
, le dijo su familia sonriendo de nuevo. Tu misión es amarlos incondicionalmente, la suya aprender de sus errores. Quizá así esos pequeños seres crezcan y también lleguen algún día a esta habitación
.
Y sin añadir nada más, sus seres queridos le hicieron señas para que saliera, para que cruzara la puerta. Él avanzó con el pisapapeles entre las manos y se reunió por fin con su familia. Mientras, a su espalda, las hojas de papel que había coloreado parecieron cobrar vida propia y salieron volando por los aires, desparramándose por todas direcciones como si quisieran colonizar el universo entero.
