
El muy honorable Alto Secretario del Gremio de Navegantes Estelares observó al muchacho que permanecía respetuosamente de pie frente a él. Estaba desaliñado y flaco, necesitaba un corte de pelo, un buen baño y ropas nuevas. Además, parecía cohibido por la suntuosidad de su despacho. Pero a esto último el Alto Secretario ya estaba acostumbrado. Precisamente esa era la función de un despacho tan amplio y lujoso: impresionar a los visitantes para que comprendieran que estaban ante una de las personalidades más relevantes en el mundo de la navegación estelar y de todo cuanto con ella se relacionaba.
Mister Hanson no sabía qué le había impulsado a recibir a aquel muchacho. No parecía muy distinto de otros muchos que habían solicitado verle con su misma absurda pretensión. Normalmente era Grace quien se ocupaba de deshacerse de ellos. Pero esta vez su eficiente secretaria había insistido en que debía ver a este chico, y él, todavía no sabía muy bien por qué, había accedido. Le examinó más detenidamente, procurando olvidarse de su deplorable aspecto, y creyó descubrir en sus ojos un inusitado destello de inteligencia que contrastaba notablemente con su apariencia de granjero.
—Bien, muchacho. Te llamas Maximilian Jones, ¿verdad?
—Sí, señor.
—¿Y cual es tu propósito al venir aquí, Maximiliam Jones?
—Mi tío, Chester Arthur Jones, me prometió que me designaría para ingresar como aprendiz en el Gremio de Astrogadores, al que pertenecía, señor.
Mister Hanson carraspeó ligeramente.
—¿Debo entender que tu tío pretendía ser… astrogador? —inquirió.
—Era astrogador —afirmó rotundamente el joven, adoptando una actitud de dignidad ofendida—. Sirvió durante muchos años en diversas naves, señor. La última, la Asgard, una nave mixta de carga y pasaje.
—Sí, la conozco. Una buena nave, aunque algo anticuada. Bien, muchacho; entiendo que te consideras… legatario del… Gremio de Astrogadores, ¿verdad?
—Así es, señor. Incluso poseo los manuales de astrogación. Ya sé que sólo los astrogadores reconocidos por el Gremio pueden tenerlos, pero tío Chet me los regaló la última vez que le vi.
—Hijo, lo que pretendes es imposible —dijo el muy honorable Alto Secretario—. No puedes entrar como aprendiz en el Gremio de Astrogadores.
—¿Por qué?
—Porque tu tío no era oficial astrogador. No podía serlo, por la sencilla razón de que no existe ningún Gremio de Astrogadores. De hecho, nunca ha existido un Gremio de Astrogadores.
Max Jones empalideció mortalmente. Notó un gran vacío en el estómago y un ligero temblor de piernas, pero se obligó a sí mismo a reaccionar.
—¿Qué está diciendo? —acertó a inquirir—. Tío Chet fue uno de los astrogadores más grandes que...
—No existen los astrogadores, muchacho. Jamás han existido—. Señaló una de las sillas de vitroplast que había frente a su mesa—. Siéntate, hijo. Me temo que lo que voy a contarte va a representar una enorme desilusión para ti, pero antes o después tendrás que saber la verdad.
Max tomó asiento, apretando fuertemente los libros de astrogación contra su pecho. No entendía nada de nada. Tío Chet le había asegurado que, cuando tuviese la edad adecuada, entraría en el Gremio de Astrogadores y llegaría a ser un navegante estelar como él. ¿Por qué decía ahora el Alto Secretario que no había ningún Gremio de Astrogadores? No tenía sentido.
—Bien, Max... ¿Me permites que te llame así? —el muchacho asintió con la cabeza—. Perfecto. Estoy convencido de que eres un muchacho inteligente. Según tú, ¿qué es la astrogación?
Max recitó de carrerilla la definición de astrogación que tantas veces le había escuchado a su tío: La astrogación es una triangulación, gracias a la cual, y tomando como puntos de referencia las magnitudes de tres estrellas, se puede calcular la posición de una nave respecto a ellas. Del mismo modo, conociendo las coordenadas exactas de cada una de esas estrellas, se pueden obtener las coordenadas reales o posición absoluta del punto de medición.
—Correcto. Ni yo mismo lo habría definido mejor. Claro que, en realidad, lo que se usa como puntos de referencia son los pulsares o estrellas de neutrones. Pero, más o menos, eso viene a ser la astrogación. Sin embargo, esos cálculos son realizados por las computadoras de navegación, muchacho. Así ha ocurrido desde los vuelos de las misiones Apollo, en el siglo XX, hasta nuestros días.
—Pero tío Chet me dijo... Él aseguraba que era astrogador y... Yo... —la confusión del muchacho aumentaba por momentos y mister Hanson no pudo evitar sentir compasión por él. Max bajó la mirada hacia los libros de astrogación, que ahora descansaban sobre sus temblorosas rodillas y pareció sumergirse en sus pensamientos. Pasado un minuto, alzó lentamente la cabeza y dijo—: Pero yo… tengo sus libros.
—Esos libros sólo son una obra de ficción, hijo. Verás, existe una especie de... leyenda en torno a los navegantes estelares, y la gente tiende a fantasear mucho sobre ellos. Sobre todo la gente que nunca ha viajado al espacio. Creo que la culpa de esto la tiene cierto género literario que, según parece, hizo furor hace siglos. Ciencia-ficción lo llamaban. En esos relatos de ficción aparecían unos personajes llamados astrogadores, que por lo visto calaron bastante hondo en la imaginación popular. Siempre resulta mucho más atractivo, más heroico imaginar a unos esforzados navegantes realizando complejas operaciones matemáticas, calculando complicadas órbitas, que aceptar que ese trabajo lo realizan las máquinas. En general, la mayoría de las personas tiende a llamar astrogador a cualquier miembro de la tripulación de puente de una nave estelar. Pero como te he dicho, nunca han existido los astrogadores.
—Entonces, ¿tío Chet me mintió? —había un deje de amargura en la voz del muchacho.
—Me temo que sí, Max. Pero no debes juzgar muy duramente a tu tío. Creo que sé por qué lo hizo.
—¿Por qué? ¿Por qué se inventó esa mentira?
—A la mayoría de los hombres, estén dispuestos a admitirlo o no, les gusta que sus hijos, o sus sobrinos si no tienen hijos, les admiren, les vean como a unos héroes. Y a muchos de ellos les da por exagerar la importancia del trabajo que hacen, o por inventarse historias irreales en las que ellos son los protagonistas. Creo que la mayoría de los padres, especialmente los que tienen profesiones digamos poco interesantes o llamativas, lo hacen. Lo que trato de decirte, Max, es que tu tío no te mintió con mala intención. Posiblemente sólo pretendía que le vieras como un hombre más… interesante de lo que realmente era. Estoy seguro de que, tarde o temprano, te habría dicho la verdad. Pero murió antes de poder hacerlo, ¿verdad?
—Sí… —de pronto los ojos de Max Jones destellaron furiosamente. Había recordado algo importante—. Mister Hanson, no sé si tío Chet fue astrogador o no...
—Muchacho, ya te he dicho que no exist...
—...pero estoy seguro de que viajó al espacio.
—¿Quieres decir que sirvió realmente en alguna nave?
—Sí.
—Antes has mencionado la Asgard. Si tu tío sirvió en esa nave, o en otra cualquiera, su expediente debe estar registrado en nuestro banco de datos. Aguarda un segundo—. El Alto Secretario pasó la mano sobre un sensor y una pantalla holográfica se proyectó en el aire, a unos treinta centímetros sobre el tablero de su imponente mesa. Era una pantalla de doble dirección, de forma que también Max podía ver lo que en ella se proyectaba. Ahora sólo mostraba el emblema de la Unión Astronáutica Mundial—. Computadora, buscar y mostrar expediente de Jones, Chester Arthur —pidió.
Apenas tres segundos después, el emblema desapareció y fue sustituido por una página de archivo encabezada por una fotografía. Max reconoció de inmediato a su tío Chet. En la imagen aparecía mucho más joven que la última vez que lo había visto, pero era él, no cabía duda.
—Sí, en efecto. Tu tío sirvió en la Asgard y en otras tres naves anteriormente. Pero como puedes ver por ti mismo, no formaba parte de la tripulación del puente de mando. Ni siquiera era tripulante raso. Su función en la Asgard era la de...
—¡Jefe de camareros! —terminó Max, sin dar crédito a lo que leía.
—Exacto.
—No lo entiendo.
Mister Hanson volvió a pasar la mano sobre el sensor y la pantalla holográfica se esfumó.
—En las grandes naves de carga y pasaje —explicó el Alto Secretario— suele viajar gente muy adinerada, personas que consideran… poco apropiado ser atendidos por robots o máquinas automáticas. Todas las espaciolineas comerciales decidieron, hace ya bastante tiempo, incluir personal de servicio humano para las cubiertas de Primera Clase. Tu tío, según su hoja de servicios, empezó como ayudante en la Ventura hace cuarenta y dos años, y posteriormente fue subiendo de categoría hasta llegar a Jefe de Camareros de la Asgard.
—¡Un camarero! —repitió Max con incredulidad.
—Un Jefe de camareros —le corrigió suavemente mister Hanson—. Uno de los puestos más altos entre el personal de servicio de una nave de pasaje. Sólo el sobrecargo estaba por encima de él. Y si te has fijado, habrás visto que tu tío percibía un sueldo bastante más que apañado.
Max abatió la cabeza, y durante unos minutos pareció sumirse en lúgubres pensamientos. Luego, se puso en pie lentamente y dirigió una triste mirada al Alto Secretario.
—Le ruego que me disculpe por haberle hecho perder el tiempo, mister Hanson —musitó, y dio media vuelta dirigiéndose hacia la puerta del suntuoso despacho.
—¡Espera, muchacho!
Max se detuvo y giró la cabeza hacia mister Hanson.
—Tú quieres viajar a las estrellas, ¿no es así?
—Así era. Pero ya no tengo oportunidad.
—Tonterías. Siempre hay posibilidades. Mira, podemos hacer una cosa. Yo puedo recomendarte para un puesto en la Asgard. Precisamente necesitan personal para su próxima travesía.
—¿Recomendarme para un puesto? ¿Qué clase de puesto?
—De camarero, naturalmente.
—Mister Hanson, le agradezco su interés, pero lo que yo quería era...
—Déjame terminar, demonios —le cortó el hombre—. Sé lo que quieres. Quieres ser tripulante de una nave. Más aún, servir en el puente de mando. Si juegas bien tus cartas, tal vez, y fíjate que digo sólo tal vez porque no quiero darte falsas esperanzas, podrás lograr tu sueño. No podrás ser astrogador, pero sí piloto. U oficial de comunicaciones. Pero para eso tendrás que ingresar en la Academia de Astronáutica Imperial.
—No tengo dinero para pagar la cuota de ingreso. Pero aunque lo tuviera sería igual, porque no creo que superara el examen de acceso.
—Hoy no, desde luego. Pero sí dentro de… digamos seis u ocho años. Lo que te propongo es lo siguiente: enrólate como camarero en la Asgard. Es un trabajo bastante bien pagado. Viajarás a las estrellas, que es lo que deseas, y podrás ahorrar unos miles de créditos que te vendrán muy bien cuando ingreses en la Academia. Porque mientras sirvas en la Asgard emplearás tu tiempo libre en las tres cosas más importantes: estudiar, estudiar y estudiar.
—Estudiar, ¿qué?
—Todo lo que se relacione con la navegación estelar. Y cuando llegue el momento, cuando creas que estás preparado, ya sea dentro de ocho años, o de diez o de doce, presentarás tu solicitud de ingreso en la Academia. Estoy seguro de que, a poco que te esfuerces, podrás conseguirlo, muchacho.
—¿Y si no es así?
Mister Hanson se encogió de hombros.
—En ese caso, siempre podrás hacer carrera como tu difunto tío, y, después de todo, habrás conseguido hacer realidad una parte de tu sueño: viajar a las estrellas.
Max permaneció en silencio durante un par de minutos, meditando profundamente la proposición del Alto Secretario. No era así como había imaginado que pasarían las cosas, pero tampoco estaba tan mal.
—Acepto, mister Hanson.
—Magnífico. Vuelve por aquí mañana a primera hora. La Asgard parte dentro de cinco días y tenemos que arreglar algunos trámites para que puedas embarcar en ella.
—Sí, señor. Volveré mañana... Gracias, mister Hanson.
—De nada, futuro navegante Jones —se despidió mister Hanson con una ancha sonrisa.
Desde el amplio ventanal rectangular de su despacho, mister Hanson observó cómo Max abandonaba el imponente edificio de la oficina central del Gremio de Navegantes Estelares dirigiendo su mirada hacia el norte, hacia el astropuerto de Earthport, situado a media milla escasa de distancia, donde el macizo cuerpo en forma de pera invertida de la Asgard era sostenido a pocos metros de la pista por un invisible catafalco de rayos de penetración. Cinco días después, el muchacho estaría a bordo de esa nave. Y en unos cuantos años...
Pensativo, mister Hanson regresó a su escritorio y activó de nuevo la terminal de su ordenador, solicitando la proyección en pantalla de la antigua lista de personal no tripulante que había prestado servicio en la Asgard. Tras Jones, Chester Arthur, Jefe de camareros de la cubierta de Primera Clase, aparecían los miembros del personal auxiliar. El Alto Secretario recorrió con la mirada la larga columna de nombres hasta detenerse en el último de la relación, un jovencísimo pinche: Hanson, Robert.
Sí. Lo conseguiría.