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DIARIO DE A BORDO
Ricardo Rodríguez

Tiempo estimado de lectura: 16 min 31 seg

Buddy_Nath, Pixabay License

Día 1

Jueves, 22 de octubre de 2.343

Este es el diario personal del astrónomo jefe Ron Edwards. Formo parte de la tripulación de la nave de transporte interestelar Esperanza, formada por la doctora Sarah Sullivan, el controlador de equipos especiales Tomoyuki Tsuburaya, los biólogos Sony Cole, Vanessa Bokarev y Alejandro García, y, por último, el capitán Graham Holm. Nuestra misión consiste en alcanzar la colonia terrestre GEA en el sistema estelar de Tau Ceti, a unos doce años-luz de distancia, y ayudar en las investigaciones sobre un extraño organismo alienígena de origen bacteriológico encontrado casualmente en unas excavaciones mineras, de ahí que en la tripulación haya tantos biólogos. Al parecer, los informes recibidos indican que el organismo no se puede aislar por el momento, y se hace difícil su estudio.

La Esperanza despegó esta mañana del puerto espacial B-13, situado en la región europea del Gran Anillo, a las 09:14 AM, hora de Moscú. El viaje en sí mismo comenzará mañana, cuando hayamos introducido en Hypatia los vectores de ruta y se hayan dispuesto las cámaras criogénicas para la hibernación.

En estos momentos estamos sobrepasando el sistema Tierra-Luna. La Luna es un fino haz de luz que se desplaza lentamente contra el fondo de la Tierra. El Sol ilumina una pequeña parte del Gran Anillo artificial que rodea nuestro planeta, a semejanza de Saturno, y la parte que queda en la oscuridad está repleta de puntos luminosos que cubren la mayor parte del Anillo. Es una visión realmente maravillosa, pero siento una sensación de tristeza inexplicable. A mis compañeros les pasa lo mismo. Quizás cada átomo de nuestro cuerpo siente de alguna forma que está alejándose del lugar donde nació.

Debemos alcanzar una distancia mínima de un sexto de unidad astronómica (unos veintidós millones y medio de kilómetros) del sistema Tierra-Luna para que Hypatia active el motor de antimateria que nos permitirá viajar a una velocidad dos veces superior a la de la luz. Se tiene prevista la activación a las 03:25 PM de mañana.

Día 2

Todo está dispuesto para emprender la travesía superlumínica. Hypatia tiene datos muy precisos, comprobados y simulados, para dirigir esta nave hacia su destino durante seis años aproximados de viaje. Durante la mayor parte de ese tiempo, nosotros estaremos dormidos encerrados en las cámaras de criogénesis conectadas a Hypatia. Ella controlará las constantes vitales de cada uno de nosotros y la temperatura media, la cual deberá permanecer siempre por debajo de cero para preservar los tejidos. La doctora Sullivan dice que será como estar en coma y que, cuando despertemos dentro de seis años, nos sentiremos como si hubiéramos renacido. De hecho, ni siquiera envejeceremos. Me tranquiliza saber que la criogénesis nunca ha constituido un problema; todos los que se han sometido alguna vez a ella han salido indemnes, pero Sullivan dice que es probable que podamos perder algunos recuerdos como efecto secundario. Si es así, espero perder los malos.

Tenemos que inyectarnos un líquido para facilitar el proceso de criogénesis. La cantidad inyectada está en función del tiempo de hibernación: cuanto más tiempo, mayor cantidad. Una sobredosis o una falta de ese líquido podría ser letal según la doctora, hay que ser muy precisos en la dosis.

Cuando todos estemos congelados, Hypatia desconectará la mayoría de los equipos de la nave para ahorrar energía y dejará funcionando los indispensables. Activará el motor de antimateria a las 03:25 PM y alcanzaremos la velocidad de la luz a las 03:31 PM, doblándola a las 03:34 PM. Llegaremos a las inmediaciones de Tau Ceti en poco menos de seis años, aunque es difícil calcular exactamente el día y la hora debido a probables fluctuaciones en el continuo espacio-tiempo y los efectos cuánticos de viajar a velocidades superlumínicas.

Continuaré este diario desde el día 3, como si sólo hubiera pasado una noche... una noche de seis años con un sueño sin sueños.

Día 3

No Data

Día 4

No Data

Día 5

Nadie entiende lo que ha pasado. Apenas podemos movernos. Hypatia nos despertó de la criogénesis hace dos días, pero estábamos en un estado tal que tuvimos que ayudarnos de pequeños droides para salir de las criocámaras. Me ha sido imposible escribir hasta hoy el diario porque me sentía insoportablemente rígido, no podía mover ni los dedos de la mano. Incluso los droides nos tuvieron que alimentar. Tampoco podíamos hablar porque hasta las cuerdas vocales teníamos embotadas.

El primer día permanecimos casi todo el tiempo en el comedor, sin poder mover ni un músculo. Apenas podíamos mover un poco los ojos, pero con gran esfuerzo. El segundo día ya podíamos mover alguna articulación, pero siempre con dificultades y con la ayuda de los droides. La cara de la doctora Sullivan era un auténtico poema. Reflejaba el desconcierto de todos ante la situación, pero además reflejaba también el arrepentimiento de lo que podría ser el fruto de un fallo al suministrar una dosis incorrecta del inyectable. Pero no se podía comprobar nada aún, era físicamente imposible.

Hoy ya podemos movernos un poco, aunque no todos lo consiguen con la misma rapidez. Cole, Tsuburaya y el capitán Holm son los que peor están. Incluso Cole tiene peor cara. La doctora Sullivan cree que los efectos podrían desaparecer en un par de días, tres como mucho. El habla nos costará recuperarla más, aunque poco a poco vamos vocalizando palabras.

La doctora Sullivan no es un prodigio de salud pero es la primera que ha tenido que empezar a trabajar. Ha estado tomándonos muestras de sangre para saber si hemos sido expuestos a una sobredosis. Cole está recibiendo una mayor atención porque en las últimas horas ha empeorado. Consigue moverse un poco, pero le cuesta mucho respirar y está muy pálido.

Me encuentro bastante débil, tanto física como mentalmente. Hoy no ha habido nada más interesante que mencionar, salvo que todos estamos muy nerviosos por este incidente.

Día 6

Cole está muriéndose. Los diversos reconocimientos que le ha practicado la doctora Sullivan han revelado que está interiormente destrozado. La criogénesis ha dañado seriamente varios órganos vitales, como los pulmones y el corazón. Parece ser que hay pocas esperanzas por él. Se le implantarán varios nanoestimuladores en los órganos dañados mediante microcirugía para intentar recuperarlos, pero la doctora no es muy optimista al respecto.

Los análisis de sangre han dado negativo en todos los casos, incluso en el de Cole. Ello implica que no hemos sufrido sobredosis del inyectable. Entonces, ¿por qué nos ocurrió esto? Bokarev sugirió que, en realidad, no hubo sobredosis sino insuficiencia, pero Sullivan lo negó alegando que Hypatia comprueba que las dosis preparadas son las correctas, y en ese caso también habría podido detectar una error. El único fallo que podría ser plausible no estaría en los inyectables sino en el mismo proceso de hibernación. Podríamos haber estado sobreexpuestos a la criogénesis más tiempo del debido, y ello nos conduce a una conclusión horrorosa: si es así, hemos estado durmiendo más de seis años. Y lo que es peor: hemos sobrepasado Tau Ceti. De confirmarse todos estos datos, estaríamos en serios problemas.

Día 7

Éste es sin duda el peor día que pudiéramos haber soñado nunca. Hemos consultado los datos recogidos por Hypatia, y al analizarlos han aparecido discordancias en casi todos los aspectos del viaje. Los resultados no pueden ser más desastrosos: Hypatia nos ha despertado once años después de lo previsto. Ello quiere decir que nos hemos pasado hibernando diecisiete años; no me explico cómo podemos seguir vivos.

Pero eso no es lo peor: si hemos viajado durante diecisiete años significa que nos hemos ido alejando de Tau Ceti durante once años. Es decir, considerando que hemos estado viajando al doble de la velocidad de la luz, ¡estamos a una distancia de Tau Ceti de aproximadamente veintidos años-luz! Nos encontramos en zona de nadie, vagando como fantasmas por cualquier rincón del espacio.

Hypatia es una computadora de última generación, capaz por sí sola de hacer análisis y prever situaciones que la tripulación podría obviar. Un fallo que provocara nuestra situación actual es muy improbable. Pero descubrimos una nota disonante en su sinfonía binaria: las subrutinas de programación de las criocámaras no concordaban con la fecha establecida en el resto de programas de viaje. Tan sólo había una variación de un milisegundo, pero era suficiente para que se propagara a las demás subrutinas, lo que al parecer ha sucedido. Un sólo cambio de un uno a un cero ha estado a punto de causarnos la muerte... si no lo ha hecho ya.

Para colmo, hemos notado que los grupos de estrellas que hemos tomado como referencia para la orientación de la nave se han desviado considerablemente en varios grados, lo cual es más extraño si cabe, puesto que deberíamos haber seguido en línea recta tal y como comenzamos. En el programa de ruta que introdujimos en Hypatia no hay ni una sola curva. Por tanto, si nos hemos desviado ha tenido que ser en algún momento de los once años siguientes, es decir, en cualquier momento después de haber sobrepasado Tau Ceti, porque la ruta tomada posteriormente por la nave nos era totalmente desconocida.

Entonces, ¿qué fue lo que nos desvió? El capitán Holm sugiere que es posible que hayamos atravesado algún campo de gravedad lo suficientemente intenso como para modificar nuestra trayectoria, por ejemplo, en las proximidades de alguna estrella o de algún planeta gigante de mayor tamaño que Júpiter. En ese caso, hemos sido afortunados de escapar al tirón gravitatorio de ese objeto masivo, que por otra parte nos podría haber capturado y arrastrado hacia él. Eso por no hablar de que a la velocidad a la que viajábamos, podríamos haber chocado con cualquier cosa y habernos convertido, literalmente, en polvo.

Sea como sea, la nave ha perdido el rumbo y estamos demasiado lejos de todas partes. Estamos perdidos en todos los sentidos.

Día 8

Hemos estado reunidos casi todo el día para buscar soluciones.

La nave está provista de agua, aire y alimento para un año como mucho. Pero, en cambio, se ha agotado toda la antimateria que necesita el motor debido al exceso de consumo. Tsuburaya dice que quizás por ello nos despertó Hypatia, y no antes. Por tanto, no podemos viajar otra vez a la velocidad de la luz, y mucho menos doblarla. Aún nos queda algo del combustible líquido pero no podríamos ir más allá de medio año-luz, y aunque quisiéramos no lo haríamos sin haber muerto antes de inanición.

Tampoco podemos enviar ningún mensaje de socorro. La estación terrestre más cercana es precisamente GEA, pero está demasiado lejos. Aún intentándolo, el mensaje les llegaría veintidós años después de haber sido enviado, y no podríamos saber que les ha llegado hasta otros veintidós años después, cuando nos llegara a nosotros su contestación. Además, si quisieran venir lo más rápido posible a rescatarnos tendrían que viajar a una velocidad veintidós veces mayor que la de la luz, lo cual es técnicamente imposible. Y para colmo, por mucho que quisiéramos comunicar con ellos, no sabríamos dónde apuntar la antena. Sería como tirar un dardo sin saber dónde está la diana.

Se me ocurrió que quizás nos detectaron al pasar por Tau Ceti y, viendo que pasábamos de largo, intentaron comunicarse con nosotros sin éxito. Tengo la certeza de que saben que estamos perdidos y nos estarán buscando, aunque nunca den con nosotros.

Cole se mantiene estable gracias a los nanoestimuladores, pero la doctora Sullivan no le augura un buen futuro. Tiene también zonas del cerebro dañadas. Al parecer, podría quedarse así toda la vida, tumbado en una cama y sin apenas conciencia. Todos pensamos que, si tenemos que morir de todos modos, él será el más afortunado porque no se enterará de nada.

Día 9

Estamos totalmente desesperanzados. Cualquier cosa que pensemos es inútil. No se puede luchar contra la adversidad y mucho menos contra la Naturaleza. Nuestro mayor problema es el inmenso vacío que nos rodea, que nos lleva a su antojo en medio de ningún sitio. Ni una mísera estrella a la vista. El Universo es casi todo vacío, y las probabilidades de encontrar materia visible disminuyen cuanto mayor es la distancia del centro de la Galaxia. Allí, las estrellas se amontonan, forman un grupo más compacto, pero con la distancia disminuye la densidad de estrellas hasta llegar a los brazos espirales, donde es mínima. Y es en el exterior del brazo de Orión donde nos hemos perdido.

Más improbable que encontrar una estrella sería encontrar un planeta que nos pudiera servir de salvavidas, un planeta con unas condiciones atmosféricas ideales que nos permitiera aterrizar. Ninguna conjetura es demasiado fantástica para la gente que la necesita. Cada vez me cuesta más pensar de forma racional, porque la razón no me da consuelo. Necesitamos un milagro. Necesitamos a Dios.

Día 10

Los días se hacen monótonos aquí dentro, y ello está afectando a la tripulación. Además del nerviosismo que ya había, se ha sumado un estado de impotencia que en el caso de Tsuburaya se ha traducido en violencia. Discutiendo con el capitán Holm, Tsuburaya ha perdido los nervios y le ha pegado un buen puñetazo. Profiriendo gritos y amenazas, lo hemos tenido que encerrar hasta que se calmara.

Es muy patente la sensación de que, tarde o temprano, moriremos. Si lo hubiera sabido, me habría quedado mirando el baile de la Tierra con la Luna para siempre. ¡Qué demonios! Si lo hubiera sabido, nunca me hubiera ido del Gran Anillo. A fin de cuentas, no he servido de mucho. Me contrataron como asesor astronómico para facilitar el cálculo de los datos para orientar la nave, es decir, medidas de paralaje estelar y demás. Pero la mayoría del tiempo he resultado un estorbo. Yo no debería estar aquí.

Día 11

A veces pienso que no tiene sentido que siga escribiendo este diario. A fin de cuentas, nadie lo leerá nunca. Cuando muramos, la pequeña pila del diario se agotará en un par de años, y el procesador de memoria se borrará. Cuando alguien encuentre la nave en un lejano futuro, no sabrán lo que sucedió aquí. Los demás instrumentos de la nave se estropearán con el paso del tiempo. Sólo encontrarán nuestros cadáveres momificados. La nave tampoco se oxidará. Todo quedará igual por los siglos de los siglos, como si se hubiera congelado la imagen. Congelar... odio esa palabra.

Día 12

Hemos liberado a Tsuburaya, parece que se ha calmado un poco. Los nervios y la tristeza que reinan nos están matando lentamente. Ni siquiera tenemos ganas de comer. Nos entretenemos hablando de cosas triviales, pero siempre acabamos peleados. Ya no somos astrónomos, ni biólogos, ni médicos. Somos un grupo de gente atrapada en una lata a la deriva esperando que la muerte llegue en algún momento. Sólo entonces nos quedaremos tranquilos.

Día 13

Cole murió la noche pasada. Los nanoestimuladores cumplían su función, pero el maltrecho cerebro de Cole ha sido el detonante: un infarto cerebral. Lo hemos metido en su cámara criogénica y la hemos vuelto a activar. No sé para qué.

Creo que voy a dejar de escribir. Ya es bastante duro vivir el día a día como para volver a revivirlo en una pantalla. Quizás vuelva a conectar esto para dar una buena noticia. O quizás ésta sea mi última anotación.

Día 14

No Data

Día 15

No Data

Día 16

No Data

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Día 32

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Día 33

Anoto este día por una causa muy especial. No creí que volviera a escribir más, y en realidad no sé por qué lo hago, y más después de lo que hemos decidido entre todos.

Vamos a suicidarnos.

Estos últimos días han sido horrorosos. Casi todos sufrimos de una ansiedad extrema. Ha habido muchas peleas por cosas sin importancia, y más de una vez faltó poco para que se cometiera una auténtica locura.

Estamos viviendo una pesadilla continua, y por ello hemos decidido acabar de una vez. Introduciremos una mezcla de gases narcóticos y venenosos en el sistema de filtrado de aire y haremos que actúe, primero durmiéndonos, luego matándonos. Así se evitará algo de sufrimiento.

Es la mejor manera de finalizar nuestro viaje. Quizás alguna vez alguien o algo nos encuentre, o que antes de ello caigamos al corazón de algún planeta o estrella. Pueden ocurrir muchas cosas, pero ya no nos importa.

Se despide Ron Edwards, astrónomo jefe de la Unidad de Evolución Estelar del sector D-4, región Norteamérica del Gran Anillo, tripulante de la nave interestelar Esperanza.

Que Dios se apiade de mi alma.

Día 34

No Data

Día 35

No Data.

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Día 1

Soy Ron Edwards, astrónomo jefe de la nave interestelar Esperanza, y estoy vivo. He vuelto a comenzar el diario después de que la batería se gastara, pero no la he reemplazado por otra, sino que la anterior se ha recargado. O mejor dicho, la han recargado. Ha sucedido algo que jamás nadie podría haber imaginado, algo fuera de lo común pero, al mismo tiempo, algo con mucho sentido.

En realidad han pasado varios días desde que ellos me despertaron, pero no pude escribir nada porque no me dieron oportunidad. Ahora, desde mi habitación en esta monstruosa estación espacial, con una insuperable vista de un cielo ardiente de estrellas por doquier, puedo dedicar unas líneas a mis últimas vivencias.

Me desperté en mi cama de la Esperanza. Me quedé extrañado, y pensé que algo había impedido que actuara la mezcla letal introducida en el sistema de aireación. Pensé en un sabotaje de algún miembro de la tripulación que se había echado para atrás en el último momento. Pero mi sorpresa fue mayor al descubrir que no había nadie más que yo en la nave. Mis compañeros no estaban, hasta el cadáver de Cole había desaparecido de su cámara criogénica. El asombro se impuso al miedo y me dispuse a investigar qué había ocurrido.

Cuando llegué al puente de mando, el espectáculo que se mostraba fuera de la nave me dejó petrificado. Centenares de miles de estrellas relampagueaban en todas direcciones sin dejar apenas huecos oscuros. Eran de todos los tamaños y colores: gigantes rojas, enanas amarillas, azules... Las gigantes rojas eran las más abundantes, lo que me hizo suponer algo que me heló la sangre en las venas: parecía encontrarme en algún lugar en el centro de la Galaxia, sino muy cerca de él. ¿Cómo era posible? Tendríamos que haber viajado a una velocidad impensable para que, en unas pocas horas, hubiéramos llegado donde parecía que estábamos. Rectifico, estaba.

Consulté a Hypatia. Los datos que me daba eran incorrectos, como si para ella no existiera aquel lugar. Si no había información en la base de datos, es porque la zona no se conocía ni siquiera en la Tierra, es decir, sería invisible a nuestros instrumentos. ¿Qué zona de la Galaxia podría ser invisible a los telescopios, cualquiera que fuera la zona del espectro en la que trabajasen? Pues una zona difícil de observar, como podría ser... el otro extremo de la Galaxia. Aunque tenemos mapas muy precisos sobre toda la estructura de la Vía Láctea, no tenemos información exacta de la situación de las estrellas de algunas regiones concretas, es decir, no tenemos situadas a TODAS las estrellas de la Galaxia. Y las que más se nos escapan son las que están más lejos, principalmente al otro lado del núcleo galáctico respecto a nuestra línea visual.

Yo parecía estar al otro lado, aunque muy cerca del núcleo. Pero eso no solucionaba el problema. No había razón que explicara cómo había llegado hasta allí.

Busqué en Hypatia alguna pista que pudiera serme útil, pero lo que encontré me dejó con más dudas que al principio. El rastreador gravitatorio detectaba un intenso campo que arrastraba la nave hacia la fuente que lo generaba. Ésta se encontraba a unos cinco mil quinientos kilómetros detrás de la nave, por lo que no podía ver el objeto, pero tenía un tamaño de aproximadamente el doble de la Tierra. Tenía que ser algún planeta, o incluso alguna estrella enana, pero lo cierto es que había demasiada regularidad en las ondas gravitatorias. La envoltura del campo gravitatorio que rodeaba la nave no presentaba la distorsión propia que se podría esperar de un acercamiento a una estrella o un planeta. En ese caso, lo normal sería que hubiera un campo gravitatorio que se diseminara por los alrededores de la nave, pero no era éste el caso: el campo gravitatorio se ajustaba perfectamente a la estructura de la nave, con una precisión milimétrica, como si aquel cuerpo quisiera que sólo la nave sufriera los efectos gravitatorios. Nunca se ha encontrado ningún cuerpo que fuera selectivo con los objetos a los que atraía... a menos que ese cuerpo fuera artificial.

Fuera lo que fuera aquello, tenía atrapada la nave y me tenía atrapado a mí. Todo resultaba demasiado extraño para que hubiera sucedido en tan poco tiempo. Había gato encerrado, y yo me estaba volviendo loco.

De repente, sentí que la nave se movía. Fue girando sobre su eje lentamente mientras yo no salía de mi asombro. Cuando llevaba 180 grados girados, empezó a emerger delante de mí el objeto que me retenía. Una inmensa mole redonda y oscura, tachonada de puntos brillantes por toda su superficie, contrastaba con el inmenso fondo luminoso de estrellas de alrededor. Era un mundo claramente artificial, una auténtica obra maestra de ingeniería, una obra construida, sin duda alguna, por una civilización asombrosamente tecnificada. Pero ¿qué hacía allí? ¿Quién la había construido? No podían ser humanos porque estaban demasiado lejos de casa y porque no podía imaginar ni por un momento la realización de tan monstruosa empresa con nuestros medios.

Empecé a sentirme impotente ante los hechos. No podía hacer nada, estaba a merced de aquella cosa... y era inútil pensar en nada, puesto que todo aquello parecía escapar a la razón.

Fue entonces cuando ocurrió. La nave dio una vuelta completa hasta quedar de frente ante aquella estructura, y un poderoso haz de luz invadió todo el puente. Podía sentir, además, que también me invadía a mi...

No sé cuánto tiempo estuve dormido. Me desperté en un lugar muy extraño. Era una sala totalmente blanca, tan blanca que no se distinguían las esquinas ni sus dimensiones. No había mobiliario, y no podía diferenciar el techo del suelo o de las paredes. Me asaltaron múltiples pensamientos: ¿Estaba soñando? ¿Me dejaron inconsciente con aquel haz de luz y me llevaron allí? Pero, ¿qué era allí? ¿Qué lugar era aquél, si en realidad no parecía haber ningún lugar? Sin duda tenía consistencia física, puesto que podía pisar el suelo. ¿Estaba dentro del planeta artificial? No podía saberlo, pero lo sospechaba. Lo que sí sabía era que, si permanecía mucho tiempo en aquella Nada, me volvería loco... si no lo estaba ya.

Un rectángulo negro apareció al fondo como a unos 200 metros, supuse. Se abrió poco a poco hasta formar lo que parecía una puerta. Podría ser una trampa, pero ¿qué sentido tendría? Si ellos me recogieron no sería para matarme; ya lo habrían hecho antes. Decidido, me encaminé hacia aquella puerta pensando que no tenía nada que perder, y la atravesé. Emergí en un pasillo angosto, oscuro y muy largo. Al final del pasillo había otra puerta, y me dirigí a ella con paso tranquilo aunque el corazón parecía salírseme del pecho.

Lo que vi al pasar la puerta era tan increíble que mi mente apenas pudo asimilarlo. Salí a una especie de terraza o mirador adherido a gran altura a una inmensa pared. Enfrente se extendía una enorme cristalera que no parecía tener fin. A través de ella se veía el espectáculo grandioso del cielo repleto de estrellas, una auténtica colección de joyas relucientes que impregnaban con su luz buena parte de aquel mundo artificial, a todas luces inmerso en el centro de la Galaxia. Cruzaban la cristalera innumerables líneas paralelas sobre las que había movimiento. Estaban muy lejos para que pudieran distinguirse detalles, pero sin duda había un trasiego de gente que iban de acá para allá. Sólo pude ver que eran... bípedos. Andaban como nosotros, o casi. Parecían tambalearse hacia delante.

Asombrado como estaba viendo aquella forma de vida que, por otra parte, me resultaba familiar, no me percaté de que había alguien detrás de mí. Cuando me volví, estaba ante mi uno de ellos. Mi primera reacción fue, además de miedo, de sorpresa y confusión, puesto que aquella criatura parecía un humano terriblemente deformado. Pero sólo lo parecía. No había nada humano en él. La mirada de sus ojos redondos y grandes me traspasaba. Carecía de nariz, orejas y boca. Sus brazos eran largos y fuertes, acabados en un par de apéndices que asemejaban unas pinzas. Sus extremidades inferiores estaban muy desarrolladas, y eran muy parecidas a las piernas humanas. Pero lo más destacable era la inmensa protuberancia que tenía al frente: sobresalía unos 40 centímetros de la vertical del cuerpo. Eso daba idea de una gran capacidad craneal, y explicaba en cierta forma aquella manera de caminar tan peculiar.

La criatura sacó de un bolsillo de su traje (muy ceñido y de una tela muy elástica) un par de artefactos negros parecidos a un botón. Se implantó uno de ellos en la protuberancia, entregándome el otro e indicándome con sus manos que yo hiciera lo mismo. Al colocármelo en la frente, mi sorpresa fue mayúscula: aquel ser empezó a hablarme... y yo le entendía. Los botones resultaron ser una especie de traductor universal, que se encargaba de interpretar el lenguaje de manera que cada interlocutor recibiera una estructura conceptual lo más coherente posible. Había palabras intraducibles, sobre todo nombres propios o sustantivos, que el sistema dejaba pasar en su forma original, pero dándoles un énfasis especial. A pesar de esa pequeña laguna, el mensaje del alienígena me resultó nítido, y pude comprender todo lo que me dijo:

No debes temer nada, no te haremos ningún daño. Sabemos que estás aturdido y necesitas respuestas, y nosotros también necesitamos saber cosas de ti. Te encuentras en la estación espacial WBAARGEQ de la región septentrional de la colonia BTROGKU, a cuatrocientos treinta y siete años-luz del centro de la Galaxia.

En este sector colonial hay, junto a ésta, tres estaciones-nodriza diseminadas en un radio de veintitrés años-luz. Cada estación controla a cinco sub-estaciones, separadas cada una un tercio de año-luz. Nuestra misión es buscar y encontrar sistemas planetarios adecuados para establecer colonias permanentes. Para ello, en cada sub-estación hay diez mil individuos de nuestra especie que poblarán los mundos recién descubiertos. También podemos utilizar sistemas planetarios no aptos siempre y cuando nuestros instrumentos puedan modificar sus características topológicas, atmosféricas o climáticas para hacerlos aptos.

Esta labor colonizadora comenzó hace cientos de miles de años, cuando nuestros antepasados salieron de nuestro planeta natal para establecerse en los demás planetas de nuestro sistema estelar. Con el paso del tiempo nos atrevimos con las estrellas más cercanas a la nuestra, y seguimos avanzando hasta llegar a colonizar prácticamente por completo el extrarradio de la Galaxia. Actualmente, nuestra expansión tiene como objetivo los sistemas estelares cercanos al centro de la Galaxia, para facilitar así las comunicaciones entre las colonias situadas en ambos extremos. Una vez hecho esto, ya no quedarán rincones por explorar y nuestras miradas se dirigirán a las galaxias cercanas.

Puede que te parezcamos arrogantes, pero es algo innato en nosotros. La razón por la que hacemos esto es porque PODEMOS. Jamás ha aparecido en los quince mil millones de años de vida de la Galaxia ninguna civilización que haya llegado tan lejos como la nuestra. Hubo una que nos precedió, pero nunca alcanzaron el nivel de nuestra expansión. Encontramos en las regiones exteriores del brazo de DRGGYUT los restos de esa civilización, desaparecida hace eones, que emprendió una campaña colonizadora de los alrededores. Descubrimos que se expandieron en un radio de quinientos años-luz, estableciendo colonias en más de cien mil sistemas estelares, pero les sucedió algo que conmocionó a la especie entera hasta el punto de hacerlos desaparecer. No tenemos información sobre lo que pudo ocurrir, pero sospechamos que pudo producirse una situación de gran inestabilidad política que propició que se atacaran entre ellos. Es posible que los destruyera su falta de unidad.

Durante nuestra campaña de expansión, nos hemos encontrado con miles de civilizaciones de muy diferentes niveles evolutivos. A la hora de colonizar mundos ya habitados, los mayores problemas los daban las inteligencias más desarrolladas, puesto que muchas temían ser desplazadas o incluso aniquiladas por el contacto con otra civilización superior. Nuestra intención nunca fue la de invadir ningún mundo ya ocupado, sino de coexistir con las razas. Ese contacto, además, ha sido de gran beneficio para ellas debido a la adquisición de conocimientos que, de otra forma, habrían tardado miles de años en conseguir. Por otra parte, las civilizaciones menos desarrolladas toleraron de buen grado nuestra presencia, hasta el punto de considerarnos como dioses. Como dato curioso, en algunas de las religiones que hemos estudiado los dioses muestran poderes que nosotros muy fácilmente podemos igualar e incluso superar.

Sé que todo esto es nuevo para ti. Nunca pudiste imaginar que la Galaxia estuviera tan rebosante de vida, ni que pudieras encontrar jamás seres como nosotros. Tu civilización tenía un gran potencial para haber llegado lejos, pero no teníais conciencia planetaria y os movíais entre prejuicios y axiomas que creíais irrefutables. A pesar de ello, fuisteis capaces de avanzar pisando muy de cerca la línea de la autodestrucción, un hecho poco común en las civilizaciones inteligentes de la Galaxia, la mayoría de las cuales desaparecen en su amanecer tecnológico. Esto nos lleva a algo que te interesa directamente.

Has de saber que tu raza desapareció hace doscientos millones de años, pero no fue una desaparición física total. Vuestro ser, vuestras células e, incluso, parte de vuestro pensamiento permanecieron vivos en otro estado de conciencia, en otra organización celular mucho más perfecta y capaz... en NOSOTROS. Fuisteis nuestro pasado, evolucionasteis hasta nosotros. Por eso estamos interesados en preguntarte, en estudiarte, porque eres el primer ser humano que vemos realmente tal y como erais antes de las mutaciones que desembocaron en la aparición de nuestro primer individuo genéticamente completo, hace doscientos diez millones de años. Eres un fósil viviente que confirmará los datos que tenemos sobre vuestra historia inicial, sobre nuestra pre-historia, antes de la Primera Mutación.

Nuestra historia biológica comienza en un lejano planeta del exterior del brazo de Orión, el cuarto alrededor de una estrella amarilla, a tan sólo doce años-luz de vuestro mundo. Hace aproximadamente unos dos mil millones de años brotó en sus aguas una chispa vital que permitió a las moléculas complejas unirse para formar estructuras mayores con la capacidad de hacer copias de sí mismas. Estos primeros organismos unicelulares permanecieron largo tiempo en aquellas aguas ricas en nutrientes. Creemos que en vuestro mundo pasó lo mismo, porque en la mayoría de planetas estudiados el proceso ha sido semejante.

Posteriormente, las células se mezclaron y se especializaron formando organismos más complejos, algunos de los cuales (los más evolucionados) consiguieron sobrevivir en la superficie. Estos organismos, unas bacterias muy sencillas, permanecieron durante millones de años sin evolucionar, limitándose a poblar el planeta en todos sus rincones. Pero sucedió algo que ayudó a que esas bacterias mutaran, algo realmente excepcional que pocas veces hemos visto en otros mundos.

Hace doscientos treinta millones de años, una gran estructura artificial aterrizó en nuestro planeta. Los seres que la habitaban se instalaron allí formando una colonia permanente, utilizando los recursos minerales como fuente principal de energía para subsistir. En algún momento, descubrieron a aquellas bacterias y se interesaron mucho por ellas, ya que se trataba de su primer encuentro con un organismo vivo fuera de su planeta de origen. Pero su falta de previsión y experiencia ante un descubrimiento semejante provocó que algunos individuos de aquella especie venida de otro sol se contaminaran con las bacterias. El resultado de esta epidemia no fue negativo para ellos sino todo lo contrario; comprobaron que la simbiosis entre sus organismos y las bacterias era altamente beneficiosa: se encontraban mejor física y mentalmente, más despiertos, más fuertes y más capaces. Incluso su esperanza de vida se alargó en poco tiempo; estos primeros individuos mutados lograban vivir en muchos casos una media de 200 años, cuando la media estándar era de noventa años.

La noticia causó que se dispararan los vuelos interestelares entre la colonia y el planeta natal de aquella especie, porque todos querían beneficiarse de aquel descubrimiento. En poco menos de cincuenta años, todos los individuos estaban ya contaminados. Los que no fueron a nuestro planeta se contaminaron inoculándose las bacterias importadas, y la siguiente generación heredó los genes ya mutados en su inmensa mayoría porque el gen de la bacteria era dominante.

Nunca se dieron cuenta de que, en realidad, habían dado el testigo de su existencia a aquellas bacterias, sacrificando su especie en favor de otra que iba a conmocionar a la Galaxia entera. Las mutaciones continuaron a un ritmo vertiginoso, apareciendo nuevos individuos cada tres o cuatro generaciones hasta que, hace doscientos diez millones de años, el proceso culminó en un individuo cuya descendencia no mutó jamás. Aquel individuo fue nuestro precursor, fue el primero de todos nosotros, el individuo genéticamente perfecto.

Así aparecimos, gracias a vuestro sacrificio. Nuestro principio fue vuestro final. No desaparecisteis, sólo os transformasteis, y debes estar orgulloso de ver en lo que se ha convertido tu raza. Sois la mayor conquista que hayamos realizado jamás.

Y en el Principio fue GEA...

No recuerdo haber respirado en ningún momento de aquella conversación. Estos seres son la forma ya evolucionada de los organismos que los biólogos de la Esperanza tenían la misión de estudiar en GEA. Por tanto, su estrella natal es Tau Ceti. Y para más inri, nosotros les ayudamos a evolucionar con nuestros cuerpos, acabando con nuestra raza en el momento en que todos estuvimos contaminados en tan sólo cincuenta años. Los humanos imperfectos, mutados pero sin llegar a la perfección genética del primer individuo perfecto, convivieron con la descendencia de éste último durante diez millones de años hasta que sólo quedaron los genéticamente perfectos. Fue un auténtico genocidio natural.

No me siento orgulloso de estas criaturas como quería que me sintiera mi interlocutor, puesto que lo único humano que han conservado, y muy vagamente, es la disposición de algunos de sus genes. Puede que les diéramos algo de nosotros, pero no son nosotros y nunca lo serán.

Me consideran un ejemplar único, una criatura de su prehistoria, como el eslabón perdido que han encontrado excavando en el cosmos. Como aquellos seres me contarían posteriormente, localizaron la Esperanza vagando a la deriva, la recogieron, registraron lo que había dentro y se llevaron la sorpresa de sus vidas: siete cadáveres de seres humanos, muertos desde hacía doscientos treinta millones de años. Transportaron la nave a esta estación espacial y, mediante métodos que desconozco, lograron reiniciar todos los aparatos eléctricos de la nave (incluidas las pilas y la memoria de este diario), despertaron a Hypatia y sondearon su base de datos... y me resucitaron. No resucitaron a mis compañeros porque conmigo era suficiente para sus fines.

Tengo muchas dudas acerca de mi futuro aquí. No sé cuánto tiempo viviré, pero no creo que me dejen morir fácilmente siendo lo que soy para ellos. Ya no tengo nada que perder y no me importa dónde o cómo acabaré, ahora tan sólo intento disfrutar de esta nueva oportunidad que me ha sido brindada doscientos treinta millones de años después de morir, aunque tenga que someterme a diario a una gran cantidad de análisis físicos, celulares, psicológicos y de otro tipo que sólo ellos podrían nombrar.

Por mucho que me moleste, por mucho que no apruebe su comportamiento, no se debe luchar contra los dioses.

Ahora sólo me apetece ver las estrellas.

© Ricardo Rodríguez, (5.946 palabras) , 2004 Créditos
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