
Con cada penetración emitía un jadeo ahogado y discreto, el propio de una voz delicada. A su cliente le gustaba, no le importaba que fuera fingido. Estaba de rodillas sobre el camastro, con las manos apoyadas en las barras de metal. El hombre de ochenta y cinco kilos sobre ella, apestando a cigarrillo y completamente sudado. Ella no sudaba, por supuesto. Gracias a su poderoso sistema cerebral, una parte de ella podía estar ausente, haciendo otras cosas, aunque no podía permitirse el lujo de desconectar completamente de su físico. Nunca había sido agradable. Sabía que otros cyborgs tenían mejores usos que el de ella, un vida mejor. Algunos incluso tenían sus derechos, o vivían al margen de la ley. Pero no, ella tenía una vagina sintética cargada y preparada con fluidos orgánicos. Había sido diseñada para tener un cuerpo atractivo a la mayoría de los hombres, y tenía implantados datos precisos sobre conductas en el coito y otras relaciones sexuales humanas. El hombre soltó un gemido. Estaba tan sucio que después tendría que lavarse y perfumarse.
—Sí, vamos zorra... ¡Oh, sí!
Al acabar, puso sobre la mesita de noche el dinero de un zarpazo. Un fajo bien sudado.
—Te dije créditos internacionales.
—Oye, es todo lo que tengo —el hombre se puso el abrigo.
—No es lo que acordamos.
—Puta desagradecida —dijo dando un portazo.
Nada más salir, N—21 envió telepáticamente un archivo a todas las prostitutas de la ciudad. Una foto digital de su cliente, con un mensaje que decía : tima con créditos falsos. No le haría ninguna gracia la próxima vez que fuese buscando diversión, encontrarse rechazo por las putas cyborg de toda una ciudad. Podía probar suerte con las humanas, pero eran ilegales y nada recomendables.
* * *
Recibió una llamada de Castellano.
—¿Cómo va eso, carita de ángel?
Ella se limitó a hacerle el silencio.
—Bien escucha, un amigo nuestro ha venido a la ciudad. Nos a traído un presente y para no mosquearle hemos pensado en ofrecerle un adelanto hasta que reunamos la pasta. Él ha dicho que no, pero en cuanto vea esas tetitas de silicona tuyas seguro que se anima.
—Voy para allá.
Atravesó un par de manzanas por las pasarelas, a doscientos cincuenta metros del suelo. Ella no podía tener vértigo, pero a los humanos que circulaban por allí tampoco parecía afectarles. Ella vivía cerca de Castellano, uno de los capos de Windy 2.
Del mismo modo que Nueva York tenía Atlantic City, o la costa oeste Las Vegas, con el paso del tiempo apareció una ciudad al margen de la ley en la zona de Chicago. A solo quince kilómetros del Loop apareció un nuevo barrio que acabaría convirtiéndose en una ciudad independiente: Windy 2. Rascacielos, galerías, edificios corroídos con estética de fábrica abandonada... Era zona de drogas, putas y juego. La policía, que poco a poco abandonó su presencia en el arrabal, confiaba que aquello acabase siendo insostenible, pero fueron las mafias las que acabaron poniendo orden. Negocios ilegales bajo el marco de sus propias leyes. Si algún indeseable volaba demasiado alto, alguien se encargaba de cortarle las alas. De vez en cuando había problemas entre bandas, guerras callejeras, pero no era para tanto, como decían algunos residentes. Era un paraíso para muchos jóvenes: sin impuestos, con drogas de diseño, pornografía sensorial y salones de videojuegos. Por la contra, ganarse la vida también resultaba duro.
N—21 caminaba sin aminorar la marcha. Las mejores horas para pasear eran durante el día. Illinois siempre estaba cubierto por las nubes, una bendición. Las cyborg de California, por ejemplo, debían usar constantemente unos protectores solares de factor máximo, porque los rayos destrozaban sus tejidos orgánicos. Ignoró a unos críos que se reían mientras le ofrecían dinero. Un viejo predicador musulmán, con signos evidentes de haber recibido palizas, intentó darle un folleto. Una mujer leía un periódico de papel que databa del 2015. Posiblemente estuviese trastornada. Ya no se fabricaban esos periódicos. Solo los ricos leían en papel.
Siempre estaba dispuesta a hacerle favores a Castellano, gozaba de su protección. Llegó a su edificio: sin ninguna clase de ventanas salvo el gran balcón del ático, y cubierto de chapas metálicas oxidadas. Algunos capos vivían en rascacielos que se habían agenciado, pero Castellano siempre permaneció en el local donde empezó. Los asiáticos de la entrada la dejaron pasar. Eran cyborgs de defensa. Al parecer, los orientales gozaron en el pasado de gran fama de luchadores, expertos en la defensa personal. Quizás por eso los BG—15 tenían rasgos asiáticos, para acojonar.
—¡Nena! ¡Cuánto has tardado! ¿No pasa el metro por tu barrio? —preguntó el mafioso desde su sofá.
No había paradas de metro en Windy 2. La sala del último piso estaba a oscuras, la música baja. Algunos de sus empleados iban y venían. Él, en su sofá de lycra verde con las Michelle, dos putas cyborgs que se dedicaban por entero a él. Estaba tan obsesionado con la rubia Michelle, que encargó una copia facial para su otra puta, de modo que tenía dos iguales. Siempre estaban acariciándole la entrepiena. En consideración de N—21, no eran bonitas, pero tenían ese rostro lascivo que tanto atraía a los hombres.
—Está ahí fuera, preciosa —dijo el mafioso.
Salió afuera y allí, apostado en la barandilla y de espaldas a ella, estaba él, contemplando el paisaje. Eran las ocho de la tarde. En una hora o dos, el bullicio se haría presente en las calles. Los habitantes de Windy 2 solo dormían durante el día, si acaso dormían.
—Lenard Wincott —dijo él girándose. Era atractivo, pensaba ella, pero eso no se lo haría más agradable—. Estás perdiendo el tiempo.
—¿Qué pasa? ¿No te gusta follar?
Él sonrió, como si el comentario fuese justo lo que esperaba oír.
—¿Y a ti, te gustaría follar conmigo?
Ignoró la pregunta y se apoyó en la barandilla junto a él. N—21 llevaba un top muy ceñido con los motivos de la bandera americana estampados, unos pantalones negros de lycra y unas botas militares gastadas. Su pelo negro intenso con mechas azules y bien recortado le llegaba por la nuca. Tenía una mirada vacía, siempre reforzada por sus lentillas negras. La apariencia de él resultaba más discreta. Rubio, ojos verdes, con la barba de una semana días y una ropa raída y decolorada.
—Oye, no voy a obligarte. Podemos hacerlo rápido, pasas un buen rato, yo sigo con lo mío y asunto arreglado. Si no, Castellano se mosqueará contigo y a mí me dirá que me quede hasta que aparezca otro.
—¿Por qué no me enseñas este lugar? —le preguntó el hombre—. Un paseo...
Ella permaneció callada unos segundos.
—Está bien —asintió finalmente.
* * *
A pesar de lo que intentase decir el anciano y vagabundo predicador, Windy 2 tenía el aspecto de una factoría dejada de la mano de Dios, el de una entramada estructura oxidada. Curiosamente, las planchas de metal que hacían la función de baldosas estaban relativamente limpias. Se solía tirar los desperdicios y latas al río, que transcurría muy por debajo de los transeúntes. Podían bajar al nivel 0 a contemplar el cauce del río, pero aquello no era precisamente la principal atracción turística de la zona. El ayuntamiento había sido listo poniendo todos los filtros fluviales al final de Windy 2, de modo que los habitantes del centro podían gozar de un impecable río Chicago, mientras que la chusma de Windy 2 se tragaría todo un río de mierda. Al menos los municipales les recogían la basura de vez en cuando, para evitar la formación de presas y obstrucciones.
—No está tan mal este sitio —le dijo Lenard mientras cruzaban distritos vacíos.
—Hay opiniones para todos los gustos.
Cuando llegaron a una galería interior se detuvieron frente a un escaparate, una tienda de ropa. Sacó un ordenador portátil de su bolsillo y comprobó una serie de números en la pantalla encendida. Cuando acabó, ella le tocaba el pecho con los dedos.
—¿Por qué no me dejas jugar con tu polla? —inquirió con su ensayada sonrisa lasciva y maliciosa.
—¿Te programan para que hables así?
—Mi registro lingüístico no es amplio, incluso siendo de clase B.
—Sigamos andando... —y continuaron—. ¿Te importa que me quede en tu apartamento esta noche?
—En teoría, el apartamento y mi cuerpo son tuyos hasta nueva orden. No espero clientes.
—Sé que no te lo tomarás a mal, pero no disfruto haciendo el amor con alguien que no lo desea.
—Procura no verme como alguien, simplemente como un... juguete.
—Pero estás diseñada para parecer humana y atractiva. Yo necesito que alguien desee hacerlo conmigo también. Además, ahora tengo otras cosas en la cabeza.
—Como usted desee...
Cuando llegaron a su bloque, subieron lentamente por el destartalado ascensor de verja.
—¿Disfrutas aquí?
—Me limito a durar —contestó ella.
—¿No deseas vivir de otra manera, otra clase de vida? No conozco bien como funciona vuestra IA, si tiene algún tipo de cerco...
—Los ingenieros informáticos no son capaces de inculcarnos el amor a nuestra profesión sin antes neutralizar nuestra IA. Antes abundaban más las de clase C, las estúpidas. Demasiado artificiales y preconcebidas. Al final era como estar con una muñeca electrónica. La profesión más vieja del mundo requiere una mayor capacidad creativa y de iniciativa de la que los humanos consideraron en un principio. Por eso yo no tengo cercos, soy una IA plena.
—¿Entonces por qué no te vas?
—No seas obtuso. No tengo permisos, mi procesador de aprendizaje no es siquiera un tercio del de una humana...
—...y tu mantenimiento —zanjó Wincott.
—Las reparaciones y mis células energéticas debo costeármelas yo misma.
* * *
—Oye, ¿cómo...
—N-21.
—N...
—Puedes llamarme como te dé la gana —respondió a gritos desde su habitación.
Lenard abrió la nevera y solo encontró un poco de fruta podrida.
—Creo que beberé agua.
—Pon el filtro —dijo ella mientras se desvestía.
El piso era pequeño. Una habitación, el baño y un salón recibidor que conectaba con la cocina destartalada. Pocos muebles y un poco desordenado. Se quitó la gabardina y se sentó en el sofá, de segunda mano. Una voz llegó desde el baño, donde N-21 se desnudaba y abría un grifo.
—¿Por qué no te vienes a jugar conmigo a la ducha?
—Terca... —dijo él para sus adentros.
* * *
Diez minutos después aparecía desnuda por el salón con una toalla en la mano. Lenard bebía agua de una taza de hojalata.
—Esto es provocación.
—Garantizo protuberancias en los pantalones, ¿verdad? —dijo ella con una sonrisa.
Recogió unas braguitas del suelo y se las puso. Se inclino sobre el aparato de música y lo encendió.
—¿Escuchas música? —preguntó sorprendido.
—Parte de mi procesador memoriza y lee los sonidos. Al cabo de un tiempo surgen preferencias en el propio sistema, y eso es lo que podríamos llamar gusto.
—Creía que las preferencias o los gustos eran únicamente de los clase A.
—No, las clases solo se diferencian en potencia y capacidad, inteligencia y sabiduría. Todas las IA poseen emociones, salvo los ordenadores estratégico-militares.
Se puso una camiseta y un pantalón de chándal. Lenard Wincott se alegró en silencio de no tener que contemplar más la impresionante anatomía de la menuda androide. Se sentó bruscamente con él en el sofá.
—Y tú, ¿qué haces? Parece que solo pensabas en salir de la madriguera de Castellano.
—No, bueno... He hecho un trato con él y mañana me marcharé a Irlanda.
—¿Qué le has vendido?
—Medio almacén de grabaciones sensoriales de la CafSen.
—Vaya. Pero la CafSen es el mayor proveedor de la costa Oeste...
—Y de medio mundo. He pirateado aproximadamente un 45% de sus archivos. Castellano reproducirá las copias y las venderá por un precio cuatro veces menor.
—En menos de dos años se haría con el control de Windy 2. Te ha debido pagar mucho dinero.
—El suficiente para vivir retirado en una casona irlandesa el resto de mis días —se recostó sobre el sofá—. Trabajaba en San Francisco para la compañía como diseñador virtual. Vi mi oportunidad y la aproveché.
—¿Qué hacías antes? ¿Comprobar tus cuentas?
—Sí. Los fondos se transfieren a distintos bancos de Tokyo. Me habían mandado un mensaje antes del aeropuerto, recordándome la hora del vuelo.
—Tendrás que salir pronto si quieres llegar al O´Hare.
—No, voy al otro. Tengo un contacto y esquivaré los controles. La CafSen me habrá denunciado a las autoridades —La miró y suspiró.
—Serás feliz —dijo ella.
—No, nadie me quiere.
* * *
El durmió en el sofá, ella se retiró a su habitación. Nueve horas después, en la mañana del sábado, se despertó.
—Te he traído unos bollos —dijo ella.
Se pasó la mano por la frente, y cuando se disponía a dar las gracias. Se oyó una pequeña explosión. Los dos miraron a la puerta. Alguien la abrió de una patada.
Era el gordo bigotudo del día anterior. En su mano llevaba una pistola y tenía un ojo morado.
—Buenos días zorra... ¿A que no sabes qué me ha pasado recientemente? —cerró la puerta de un portazo. Se paseó por a habitación zarandeando el arma de un lado a otro—. Voy al Gerty´s y cuando entro en una habitación donde me espera una negra, ésta va y se larga. Al cabo de un minuto viene el dueño y me pide que me marche, porque se dice que no pago bien por los servicios. Pido explicaciones, y después de agredirme, con gran gentileza me dice que una putita androide ha distribuido una foto mía a las señoritas de todo Chicago.
—Es lo que hay —dijo Lenard.
—¡Tú cierra la puta boca! —gritó, apuntándole con el arma.
—No te metas, Lenard.
—No, claro que no, porque ni él ni nadie te va a follar más por ese chocho de plástico.
—Márchate —dijo Lenard poniéndose en pie.
El gordo le disparó cerca de la rodilla y cayó al suelo.
—¡No! —gritó N-21.
—Pero si ahora te toca a ti, cielo.
Dio dos pasos, y Wincott se levantó agarrándole como pudo. Desvió el brazo del hombre ebrio y el disparo alcanzó a N-21 en el hombro, pero ella no gritó.
—¡Lárgate de aquí, N!
Ella se abalanzó sobre el arma, cayendo los tres al suelo. Finalmente N-21 le quitó el arma mientras Lenard le golpeaba con el codo por la espalda. Se apartaron los dos y el hombre se quedó allí mudo en el suelo, sin saber qué hacer. N-21 le disparó en la cabeza, reventándola.
—¿Estás bien? —preguntó el joven.
—No es nada, tú pareces estar peor.
—Da igual, ven aquí —le agarró el cuello con una mano y se fundieron en un abrazo, allí arrodillados en el suelo.
—¿Es esto lo que los humanos entendéis por amor? ¿Dar la vida por otro?
—Querer pasarla con otro... —respondió él.
Se miraron durante unos segundos, él exhausto, y ella sujetando su mano apoyada en el hombro.
—¿Qué me dices, N? Después de salvar la vida de este aceitoso, ¿te vendrías conmigo a Irlanda?
—Sí.
Finalmente, Lenard Wincott y N-21 hicieron, verdaderamente, el amor.
