
Introducción
Hacia finales del siglo XIX, en la ciudad de Buenos Aires, se dio un fenómeno social muy particular. Si bien en otras ciudades de Latinoamérica se vivieron circunstancias similares no fue sino en la gran ciudad portuaria en donde desembarcarían, quizás de la mano de las grandes oleadas inmigratorias de finales de siglo, la mayor cantidad de telépatas
europeos.
Es por ello que entre 1880, aproximadamente, y el cambio de siglo, Buenos Aires se vio invadida por lo que podemos denominar, muy jocosamente, un ejército de telépatas que comenzaron a deambular en forma más o menos orgánica ofreciendo su arte
y su ciencia
recorriendo visitando y recorriendo salones, hoteles, hospitales y cualquier lugar público o privado que ignotos e incautos vecinos refinados y cultos de la ciudad, amantes de la cultura y las ciencias ocultas, les abriera la puerta para recibirlos.
Puesta en contexto
Buenos Aires era una ciudad que bullía de cultura y progreso tanto material como intelectual. La formación de los Estados modernos en Latinoamérica recién pudo consolidarse hacia el último cuarto del s. XIX y Buenos Aires corría con ventaja por haber sido capital de un Virreinato, ser ciudad puerto, recibir inmigrantes, etc.
La avidez de cultura, arte y todo lo que fuera progreso era bien recibido. Circulaban diarios con tiradas de más de 100.000 ejemplares por periódico. También había florecido el formato del folletín
y las revistas ilustradas, como por ejemplo la famosa Caras y Caretas, entre muchas otras.
En 1877 había, solo en Buenos Aires, más de ochenta publicaciones periódicas que, hacia 1880 eran más de cien, convirtiendo a esta ciudad como una de las que más ejemplares editados tenía en comparación con la cantidad de habitantes.
Uno de los referentes, y más famosos de la época, en materia de ciencia-ficción con sus narraciones era Eduardo Holmberg, de quien ya hemos hablado. Sus escritos se publicaban en formato de folletín en los mismos periódicos de Buenos Aires en los que se publicaban los textos de Julio Verne. Ello sin dudas sirvió para potenciar su trabajo y para explicar ese raro fenómeno de una sociedad que estaba ávida de ciencias y sus derivados, sobre todo si venía del viejo continente europeo.
Ello en parte se debe a que una elite cultural y política marcaba los destinos del país, sin entrar a considerar las cuestiones relativas a libertad o a la posibilidad cierta de elegir democráticamente los gobernantes.
Algunos de esos líderes políticos y culturales eran quienes desde 1860, aproximadamente, hasta estrado el s. XX producen un florecimiento de la literatura de ciencia-ficción o fantaciencia, como se la llamaba, no solo en Buenos Aires sino en todo el subcontinente.

Corrían vientos de cientificismo (darwinismo, lombrosianismo, positivismo biológico, etc.) mezclado con pseudociencias. A diferencia de Europa o EEUU, cada uno con sus características, en Argentina se entremezclan la ciencia con las pseudociencias, entre ellas: Galvanismo, Telepatía, Hipnosis, Magnetismo, Metaloterapia, lo paranormal o las Teorías pesudocientíficas. Esta ciencia, como veremos, influyó positivamente no solo en los hombres de las ciencias formales sino también en los escritores de la época, escritores de fantaciencia y ficción gótica o como se le llamara, que se nutrieron de los elementos que brindaban estas amalgamas de los dos mundos que chocan y se encuentran en el papel.
Un tema en particular que se supo debatir posteriormente es el principio que se instaló en el sentido de que no puede haber ciencia-ficción donde no hay ciencia. Esto se debe a que a fines del s. XIX el desarrollo de las ciencias formales era un tema pendiente para los gobiernos latinoamericanos, pues corrían desde atrás a otras naciones mejor y más desarrolladas.
Quizás por ello se debe que muchos de los cuentos de la época (v. gr. HORACIO KALIBANG O LOS AUTÓMATAS de Eduardo Holmberg, o LA VIDA CEREBRAL de Justo López de Gomara) transcurrían en ciudades remotas de Europa dado que mal puede hablarse de ciencia donde no se ha desarrollado la misma y por tanto un relato anclado en este continente carecía de credibilidad a la hora escribirlo y ambientarlo.
Sin embargo, y aunque América Latina no se ha caracterizado por generar una ciencia-ficción dura en un sentido clásico (es decir, en el sentido en que se lo entiende en el mundo de habla inglesa), la reflexión en torno a las ciencias y a la tecnología ha estado presente desde sus inicios.
Si en un primer momento fueron las ciencias médicas y un fuerte biologicismo lo que dominó la reflexión en consonancia con las búsquedas filosóficas del positivismo, la llegada del siglo XX marcará un abandono del racionalismo en favor de las pseudociencias en el momento en que éstas se convierten en objetos de consumo de la cultura de masas al perder su basamento epistemológico y experimental.
Ahora bien adentrándonos ya en la materia...
Si bien no hubo programas de investigación institucional en materia de telepatía, lo que sí hubo fueron artistas itinerantes que llegaron a esa Buenos Aires deseosa de los beneficios y las cosas del progreso
, de la Europa culta.
Se va a producir todo un desfile de raras avis
, con nombres extraños y algunos inclusive falsos. Así los teatros porteños gozarán de numerosos eventos de hipnosis y telepatía, subyugando tanto a intelectuales, como a profesionales de la salud y gente de bien de la época. Aunque también se debe acotar que inclusive se realizaban encuentros en Hospitales y salones particulares.
Recordemos que hacia 1880 recién comenzaban a llegar las primeras novedades en torno a la medicina mental y neurología en general que ya se practicaba en Europa pero que en Latinoamérica eran inviables desde el punto de vista tecnológico y de conocimientos: hipnosis, automatismos nerviosos, cuerpo histérico, eran vocablos que recién se comenzaban a oir. Y junto con ello arriban desde Europa las noticias de los nuevos tratamientos psiquiátricos que son recogidos por algunos expertos
como por ejemplo LAS MARAVILLAS DEL HIPNOTISMO de Georges Borda, que ni siquiera era médico.
Así es que de la mano del hipnotismo llegó la telepatía, dado que este es un efecto relacionado con aquel. En resumen, ambos terminan nutriéndose mutuamente.
Lo más raro del tema es que los médicos comienzan a desarrollar las ideas en revistas especializadas y en tesis doctorales. Por lo que no resultaba extraño ver a profesionales de la salud entre el público que presenciaba estos eventos.
Durante esos años el debate, a veces acalorado, entre médicos y paladines del espiritismo y la hipnosis, fue arduo y con fuego cruzado al querer cada uno de estos estamentos apropiarse de esta nueva ciencia.
Entre ellos tenemos el caso del doctor Gregorio Rebasa, quien en 1890 es el primer médico argentino en realizar tratamientos hipnóticos en un Hospital. A su vez realiza una Tesis sobre la materia y ponencias sobre el tema.

En 1892, desde España, arriba Alberto Martínez de Das, también llamado conde de Das, conde de Sarak o Albert Sarak, entre muchos otros alias. Este ocultista, de origen italiano, recorre el continente entre 1892 y 1906 haciendo conocer sus poderes esotéricos. Entre sus fuerzas estaba la de poder hipnotizar a su esposa haciendo prodigios de prestidigitación. Con el paso de los meses se descubre el verdadero nombre del mentalista, un tal Alberto Sgaluppi, nombre mucho menos atrayente para las ciencias. A la postre también se descubre el timo y en menos de un año es deportado, creemos que junto con su esposa.
Otro caso fue el del doctor Osvaldo García Piñeiro, otro médico que daba fe sobre los fenómenos del hipnotismo y la telepatía, aunque su tesis doctoral versó sobre los efectos de la embriaguez.
Un raro personaje fue Ovidio Rebaudi, de profesión Magnetólogo. Él se refiere a los poderes de la telepatía como la transmisión de fluidos que colocan al adivinador en condiciones de dependencia para la voluntad de quien piensa fuerte en el objeto que debe buscarse.
Asimismo, aparece en escena otro extraño personaje, el español Justo López de Gomara. Llegado a la Argentina de muy joven, se dedica a defender los derechos y es la voz de sus compatriotas en estas tierras tan lejanas. Fue periodista, empresario
y escritor (teatro, poemas, cancioneros, cuentos), entre muchas otras cosas. Había emigrado, además, un par de décadas antes de los tiempos de emigración masiva de europeos y españoles, en particular, a la Argentina, lo que le había facilitado una más rápida incorporación a la elite de la colectividad española en Buenos Aires. En el nuevo país probó de todo
, a veces rico y otras tantas pobre
dicen en su biografía.
Publica: LA CIENCIA DEL BIEN Y DEL MAL y lanza un violento ataque hacia los médicos que pretendían monopolizar el ejercicio del hipnotismo junto al de la telepatía como así también contra los falsos maestros de la hipnosis y la telepatía. También se lo conoce por su aporte a las letras, en particular a la ciencia-ficción con un cuento: LA VIDA CEREBRAL
, de 1886. Brevemente podemos decir que la trama se cierra en el también de moda tema del Mad Doctor, en este caso el doctor Charcot —velado homenaje al homónimo doctor Jean-Martin Charcot, neurólogo francés de mediados y fines del siglo XIX. El científico, considerado como brujo en la localidad en que reside, experimenta a través de unos extraños suplementos en la sangre con la cabeza decapitada de un delincuente asesino. Consigue una forma de hacer circular la sangre que permite que la cabeza decapitada siga viva.
En definitiva, este hombre de fecunda labor se mete en el juego a favor de los telépatas diciendo que son verdaderos, aunque no niega que haya charlatanes, fustigando a los médicos por entrometerse.

La frutilla del postre llega hacia 1895, año en que arriba a la Argentina el telépata y prestidigitador Onofroff, de nombre un tanto musical, nadie conocía a ciencia cierta su procedencia. Este personaje manifiesta que la telepatía se explicaría por el lenguaje material de las vibraciones, los fluidos, las ondas y el éter, que es el fluido sustancial que todo lo compenetra y único susceptible de reunir las condiciones requeridas.
Los médicos, escritores, gente curiosa y de bien caen rendidos a sus pies. La telepatía fue más que una curiosidad pasajera. Había ganado el terreno del debate.
Entre los encumbrados científicos y políticos de la época estaba el doctor José María Ramos Mejías, médico a cargo del Departamento de Nacional de Higiene, a quien Eduardo Holmberg dedica su Horacio Kalibang el primer autómata, de 1875.
Este médico inaugura en 1887 la Cátedra de las enfermedad nerviosas
en donde se estudiaron los automatismos nerviosos, la histeria y la sugestión hipnótica. Así propicia la difusión y el desarrollo local de conocimientos sobre el hipnotismo, las hiperestesias y los automatismos.
Los médicos, que al parecer comienzan a ganar la batalla contra los pseudocientíficos, ponen a Onofroff en el campo de las ciencias formales. El Departamento de Nacional de Higiene le realiza pruebas que al parecer son de resultados ambivalentes pero para otros bastante contundentes.
Recibe asimismo el apoyo del doctor Domingo Cabred, Director de un Manicomio y destacado alienista en la ciudad de Buenos Aires.
Finalmente, arribando al cambio de siglo, los telépatas se fueron diluyendo. Tomaron otros rumbos, algunos fueron desenmascarados y otros regresaron a sus tierras. Pero ya era demasiado tarde, los escritores de la época habían comprado la idea, y entre otras tantas ideas pseudocientíficas, sembraron la literatura de universos posibles en donde estos poderes entraban en lucha, y en diálogo, con las ciencias formales.
En los cuentos y relatos de esta ápoca vamos a encontrar una confluencia de elementos que pueden parecer antagónicos pero que toda esta generación supo amalgamar: la ciencia y la para-ciencia, la lógica y la imaginación, todo guiado por el uso de la razón, en un sincretismo de corrientes literarias, como por ejemplo el costumbrismo, el naturismo, el guacho y la pampa y el modernismo como corriente literaria.
Gracias, en parte a estas ciencias
, tendremos años de literatura fantástica, pudiendo mencionar al pasar las obras de Ricardo Rojas, LA PSIQUINA (1917); THANATOPIA, de Rubén Darío (1893), EL DR. WHUNTZ, de Luis Varela (1880), DOS CUERPOS PARA UN ALMA de Eduarda Mansilla (1883), EL HOMBRE ARTIFICIAL de Quiroga, de 1910 o el summum de las ciencias extrañas: LAS FUERZAS EXTRAÑAS de Leopoldo Lugones, en donde se dedica a fabricar mundos posibles a partir de ese material tan heterogéneo que es el espiritismo y las ciencias no formales envueltas en un halo de cientificismo positivista.
Este libro termina condensando un muestrario de lo fértil que era el campo de las ciencias para nutrir la literatura evasiva. En LAS FUERZAS EXTRAÑAS las historias giran siempre alrededor del concepto del conocimiento humano, y muchas están presentadas de forma similar: un científico que invita a un amigo o conocido a su laboratorio para que vea los resultados de sus experimentos. A veces estos terminan de forma trágica. Las más notables, por citar, son: LA FUERZA OMEGA, que trata del poder del sonido; LA METAMÚSICA, sobre la visualización del sonido; VIOLA ACHERONTIA, donde un jardinero intenta crear una flor capaz de matar; EL PSYCHON, sobre la materialización de los pensamientos y EL ORIGEN DEL DILUVIO, donde se describe la Tierra, específicamente sus especies y el paisaje antes del diluvio.
Es imposible no sospechar que las ficciones de fines del s. XIX, de escritores como Eduardo Holmberg, Leopoldo Lugones, Juana Manuela Gorriti, Eduarda Mansilla de García, entre muchos otros, proliferaron en referencias a científicos que dedicaron su vida a especulaciones científicas pero encabalgadas sobre lo paranormal y entablaran un diálogo que se retroalimentó en la Buenos Aires de fin de siglo dejando a los habitantes más cultos con sendos interrogantes teóricos y con mucha incipiente literatura de ciencia-ficción.
Bibliografía
- Vallejo, Mauro y Conforte, Anna (2015). El discurso profano sobre la hipnosis en Buenos Aires (1886-1891). Análisis de dos obras teóricas. VII Congreso Internacional de Investigación y Práctica Profesional en Psicología XXII Jornadas de Investigación XI Encuentro de Investigadores en Psicología del MERCOSUR. Facultad de Psicología-Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires.
- Vallejo Mauro. El Conde de Das en Buenos Aires. Hipnosis, teosofía y curanderismo detrás del Instituto Psicológico Argentino (1892-1893).
- Historia de la ciencia-ficción latinoamericana I. Desde los orígenes hasta la modernidad. Edición y dirección de Teresa López-Pellisa y Silvia G. Kurlat Ares. Iberoamericana. Vervuert. 2020.
- Esoterismo y ocultismo en la tradición bibliográfica argentina: el legado de Nicolás B. Kier (1865-1947). Simposio: 3. Trayectorias de editores y editoriales Alejandro Parra Doctorado en Historia Universidad de San Andres Buenos Aires, Argentina.
- Patriotas Entre Naciones. Elites emigrantes españolas en Argentina (1870-1940). Marcela García Sebastiani (dir.), 2010. Editorial Complutense, S. A.

