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Crónicas CienciaFiccionísticas, 38
Ciencia-ficción bajo la hoz y el martillo
por Guillermo Ríos Álvarez

Tiempo estimado de lectura: 2 min 48 seg

En 1953 falleció Stalin, y con esto vinieron algunos cambios internos en la Unión Soviética. El hombre fuerte del momento era Nikita Kruschev, quien públicamente denunció los crímenes del estalinismo, al tiempo que comenzó la llamada desestalinización. Kruschev acabó por perder prestigio después de que su política condujera al pulso con Estados Unidos que significó la Crisis de los Misiles de 1962, pero ya desde un punto de vista cultural, la apertura se había producido. El mundo occidental encontró su camino hacia el corazón de la Unión Soviética, y esto significó una mayor apertura entre otras cosas a la ciencia-ficción de Occidente. La tradicional ciencia-ficción rusa que era heredera directa de Julio Verne o Herbert George Wells evolucionó entonces a un nuevo producto más avanzado, que bajo el ropaje de siempre se hizo más contestatario, aunque no demasiado directo para evitar la proscripción por parte de la censura soviética.

Stanislav Lem

Entre los autores más destacados que se dieron a conocer en este período, está Stanislav Lem. Este autor polaco (aunque su ciudad nativa Lvov pasó a ser después soviética y luego ucraniana) se especializó en cibernética, además de tener unos buenos conocimientos médicos, y formación epistemiológica. No es raro entonces que su obra literaria gire en torno a la relación entre los límites del conocimiento, los problemas de la comunicación, y la estructura biológica del ser humano dentro de la más gigantesca estructura de las sociedades. La literatura de Lem explota hábilmente las paradojas inherentes a las estructuras y a cómo las conocemos, pero con un conveniente y pesado armazón tecnológico: si tuviéramos que encontrarle símiles al singular Lem, deberíamos pensar en una mezcla entre Jonathan Swift, Lewis Carroll, Franz Kafka y Jorge Luis Borges, todo eso bañado con tecnología de ciencia-ficción de índole más bien realista y plausible, que recurre más bien poco a los comodines propios del género (viajes más rápidos que la luz, máquinas del tiempo). Desde luego que Stanislav Lem es pesimista respecto de las posibilidades y prospectos de la ingeniería social, por lo que entre líneas puede leerse su literatura como una profunda crítica a la idea misma de reformar la sociedad, y por ende, al comunismo como idea y doctrina.

SOLARIS

Uno de los tópicos recurrentes de Stanislav Lem es su profundo pesimismo respecto de la posibilidad de comunicarnos con inteligencias alienígenas, e incluso de reconocerlas como tales, planteamiento que va en contra de casi todo lo escrito sobre el tema en el género, en particular dentro del triunfalista y antropocéntrico mundo anglosajón. Su obra cumbre al respecto probablemente sea SOLARIS, de 1961. En ella, el protagonista viaja hasta una estación de investigación solitaria sobre el enorme mar que cubre por completo el planeta Solaris, y hace algunos inquietantes descubrimientos que le llevan al convencimiento de que el mar de Solaris es en efecto una criatura viviente, y que de alguna manera está tratando de comunicarse con los humanos... o acaso se los está tratando de sacar de encima como bichos molestos... La moraleja de la novela es desoladora porque el protagonista, después de darle muchas vueltas al asunto, se resigna a formular una hipótesis provisional, y a aceptar que quizás la Humanidad nunca llegue a entenderse con esta misteriosa criatura, si es que acaso de verdad lo es. La novela ha sido adaptada dos veces al cine, una por el director Andrei Tarkovski en 1972, y otra protagonizada por George Clooney en 2002.

Al lado de Stanislav Lem se yergue la figura de los dos hermanos Arkadi y Boris Strugatsky. Los Strugatsky escriben relatos que entre líneas son muy críticos del régimen comunista, pero que no intentan ser tampoco una defensa del capitalismo: al final del día, sus historias huelen un poco a nihilismo, a falta de fe en la naturaleza humana, y por lo tanto tienen un aroma melancólico. Una obra clave al respecto es PICNIC JUNTO AL CAMINO, una historia relativamente corta en la cual la Humanidad debe lidiar con la súbita aparición de unas zonas en que pasan cosas raras y se encuentran artefactos extraños. Uno de los personajes teoriza que una raza extraterrestre llegó a la Tierra, se detuvo en ella por alguna razón no demasiado racional, igual que unos excursionistas pueden detenerse a hacer un picnic en su camino, y después siguieron su curso. La moraleja de la historia incide sobre cómo el universo es vasto e inhóspito, y esencialmente indiferente a la Humanidad como tal. La obra fue adaptada para el cine también por Andrei Tarkovski, con guión de los propios hermanos Strugatsky, bajo el título de STALKER (los stalkers, dentro de la película, son los guías que llevan a los protagonistas a través de las zonas).

QUÉ DIFÍCIL ES SER DIOS

Quizás la novela más popular de los hermanos Strugatsky sea QUÉ DIFÍCIL ES SER DIOS. Esta pertenece a un ciclo de novelas más extenso, en la cual el universo del futuro (y la Humanidad en él) ha evolucionado hasta estructurarse como una suerte de supersociedad comunista. Algunos de los miembros de esta sociedad llegan a planetas más atrasados y los observan en secreto. En QUÉ DIFÍCIL ES SER DIOS, después de que uno de dichos observadores es testigo de un alzamiento popular en contra de un régimen medieval (es difícil no ver una parábola de la Revolución Rusa aquí), acaba por ser descubierto por uno de los habitantes del planeta, quien le pide ayuda tecnológica para intervenir en su causa. El protagonista entonces le demuestra por argumentos racionales que, precisamente por estar en una posición de Dios respecto de los habitantes de dicho planeta medieval, no puede hacer nada para intervenir sin que su acto sea moralmente reprobable. La novela es una ácida crítica contra el régimen comunista, por supuesto, pero no se ve capaz de proponer nada mejor: la vida entera es un gigantesco sinsentido ya que, que si existiera un Dios, nos tendría por completo abandonados y miserables. Y bajo esta ortodoxa crítica religiosa, subyace un mensaje bastante pesado: debemos también desconfiar de los salvadores humanos, como por ejemplo el Camarada Lenin o el Camarada Stalin...

© Guillermo Ríos Álvarez, (1.009 palabras) Créditos
Publicado originalmente en Guillermocracia el 22 de mayo de 2011
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