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Crónicas CienciaFiccionísticas, 30
Se forma la Nueva Ola
por Guillermo Ríos Álvarez

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VISIONES PELIGROSAS

A mediados de la década de 1950, la ciencia-ficción estaba en plena fase de maduración. En su vertiente literaria, los escritores se preocupaban cada vez más del estilo y la buena prosa, tratando de corregir el pesado karma con el que cargaba el género, de ser subliteratura con malos personajes y redacción banal. En su vertiente cinematográfica, las películas de horror atómico a pesar de su calidad a veces misérrima, tenían el efecto colateral de crear una imaginería y una estética. Otro tanto puede decirse de las historietas, a pesar de la férrea mordaza que imperaba sobre ellas después de la cacería de brujas de Wertham. Pero lo que habría sido una evolución tranquila y pausada, de pronto se aceleró. En la década de 1960, todo el panorama en la ciencia-ficción quedó puesto literalmente patas arriba. Isaac Asimov, quizás el más prominente representante de la Edad de Oro, sintió que su manera de escribir y concebir la ciencia-ficción se había quedado atrás, y cuando le invitaron para la antología VISIONES PELIGROSAS, rehusó prudentemente incluirse entre la nueva hornada de escritores con ideas y concepciones frescas (aunque se quedó para escribir el prólogo) De los Tres Grandes, Asimov escribió sólo una novela en la década de 1970 (LOS PROPIOS DIOSES) Arthur C. Clarke sobrevivió combinando ciencia-ficción dura con un poco de misticismo oriental (CITA CON RAMA, 2001, UNA ODISEA ESPACIAL) y sólo Robert Heinlein consiguió evolucionar y adaptarse a los nuevos tiempos.

Lo que había pasado, mirado en retrospectiva, era sencillo. A la ciencia-ficción se le había venido encima el mundo. A diferencia de la revolución campbelliana de 1937, que había sido interna dentro del género y por lo tanto no había tenido trascendencia más allá, esta nueva revolución estaba en honda sintonía con los profundos cambios sociales que se vivían. Entre los fenómenos nuevos que la juventud anglosajona de la década de 1960 vivió, se encontraban la lucha por los derechos civiles y la igualdad racial, la emancipación de la mujer, la liberación sexual, el pacifismo, el ecologismo, el hippismo, las protestas contra Vietnam, las nuevas películas de cine arte europeo que llegaban desde Francia o Suecia, las filosofías postcomunistas, etcétera. Es natural que todos estos fenómenos alcanzaran a los escritores de la ciencia-ficción, y si los antiguos no podían lidiar con ellos, llegarían nuevos escritores de reemplazo que, tomando los motivos y símbolos tradicionales del género, los adecuarían y en muchos casos subvertirían para consumo de esta nueva juventud. El desconcierto llegó a tal grado, que dentro de la ciencia-ficción esta revolución se la conoce con apenas un nombre genérico: the new thing (la nueva cosa) o the new wave (la nueva ola) nombres que no dicen nada más allá de la incapacidad de los revolucionarios por darse cuenta de la totalidad del monstruo que estaban pariendo.

EL EXTERIOR

Los principales escritores de la Nueva Ola tenían características marcadamente distintas a los de la generación inmediatamente anterior. En primer lugar, la mayoría de ellos había experimentado en su niñez la Segunda Guerra Mundial y el horror atómico, y en sus adolescencias la visión pesimista y existencialista de la contracultura de los 1950. Todos ellos habían desarrollado por tanto una actitud crítica hacia la sociedad y el mundo, así como una marcada postura intelectual. Educados en literatura y filosofía, tenían escasa formación científica, y una actitud ambivalente e incluso hostil hacia la tecnología. En todo esto, se diferenciaban de los escritores de la Edad de Oro que tendían a ser más optimistas, o al menos moderadamente cautos respecto de la tecnología, y muchos de ellos eran científicos que se habían decantado por la literatura, razón por la cual el componente científico era muchas veces más importante que una buena escritura. Por otra parte estaba la relación con el imaginario de la ciencia-ficción: los escritores de la Edad de Oro habían construido ese imaginario, y tendían a sentirlo como algo que iba a pasar en un futuro, cercano o lejano, mientras que las nuevas generaciones se habían criado dentro de ese imaginario y lo sentían como propio, y por lo tanto, para ellos no tenía tanta maravilla la alta tecnología por la sencilla razón de que era su mundo cotidiano. Para la generación que había creado la Revolución Campbelliana, los viajes al espacio eran todavía ciencia-ficción; para la generación de la Nueva Ola, el viaje espacial era parte del paisaje, y antes de terminar la década habría astronautas caminando sobre la Luna. Parte importante de esta nueva mentalidad derivaba de la existencia de la televisión. No por casualidad, en la década de 1960 comenzó un florecimiento espectacular de los programas televisivos de fantasía y ciencia-ficción. Para los noticiarios, el viaje espacial era el Proyecto Apolo de la NASA para llegar a la Luna, mientras que para los espectadores de la ciencia-ficción televisiva, era la misión de cinco años de la nave espacial Enterprise de Star Trek para explorar nuevos mundos y encontrar extrañas civilizaciones. Aunque en ambos casos, se trataba de llegar allí donde ningún ser humano había llegado antes.

Una consecuencia de todo esto, es que los escritores de la Nueva Ola tendieron a romper barreras en materia de ciencia-ficción. En primer lugar, barreras formales. En la Edad de Oro había poco espacio para la experimentación formal, y los relatos solían escribirse de manera más bien convencional. Los escritores de la Nueva Cosa experimentaron con nuevos formatos propios de la literatura experimental del siglo XX, incluyendo la corriente de la conciencia, la perspectiva múltiple, e incluso técnicas tan exóticas como el cut-up. Y en cuanto al fondo, se tomaron los temas clásicos de la ciencia-ficción de manera bastante libérrima, mezclándolos a su antojo con otras manifestaciones narrativas ajenas. Mientras los escritores de la Edad de Oro, cuando se dedicaban a escribir cosas que no eran ciencia-ficción, tendían al policial y al western, los de la Nueva Cosa tendían más bien a la Fantasía Heroica inspirada en Conan de Cimeria o en EL SEÑOR DE LOS ANILLOS, o la sicodelia pura y dura... no siempre separando estas obras de la ciencia-ficción propiamente tal. Desde los tiempos de Howard Phillips Lovecraft que no se veía algo así, y recordemos, Lovecraft a la fecha no era un escritor bienvenido en el género por no ser lo suficientemente técnico (en la década de 1970 comenzaría su revalorización).

HE AQUÍ EL HOMBRE

La inspiración de estos escritores, huelga decirlo, no venía de los vejetes de la Edad de Oro, sino de fuentes externas. La principal de ellas fue probablemente la corriente beatnik que sacudió la contracultura de Estados Unidos en la década de 1950, y de la cual iba a emerger también la ideología hippie. Un escritor de culto para los nuevos escritores, más o menos relacionado con los beatniks, fue William Burroughs, en particular su libro EL ALMUERZO DESNUDO de 1959, que más que una novela, es una colección de estampas en las que describe vívidamente sus experiencias alucinatorias con la droga (Burroughs también escribiría ciencia-ficción en los 1960, en particular EXPRESO NOVA) Otra fuente de inspiración fueron las ideologías relacionadas con la filosofía oriental, muy de moda en tiempos del hippismo, y que se percibe desde la confrontación entre el Orden y el Caos del Multiverso de Michael Moorcock, hasta las continuas referencias al I-Ching de Philip K. Dick. El comunismo puro y duro no hizo mella en los escritores de ciencia-ficción, por más que su actitud fuera contestataria respecto de América, pero sí influyó algo sobre ellos la filosofía existencialista de la década de 1950, en particular en su vertiente más sicoanalítica y sexológica. Porque la Nueva Ola, como podrá desprenderse, carecía de los tapujos puritanos de los escritores de la Edad de Oro respecto de la sexualidad.

© Guillermo Ríos Álvarez, (1.299 palabras) Créditos
Publicado originalmente en Guillermocracia el 27 de marzo de 2011
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