
En los primeros años de la Guerra Fría, no sólo se estaban produciendo transformaciones internas dentro de la Edad de Oro. También, la ciencia-ficción estaba rebalsando sus márgenes, y alcanzando a un público más allá de sus fronteras. En realidad, hasta tempranos del siglo XX nadie identificaba a la ciencia-ficción como un género literario separado, y como vimos precedentemente, hubo muchos autores que no desdeñaron adentrarse en el género para plasmar sus visiones personales sobre la sociedad y las personas. Fue después de la irrupción de Hugo Gernsback y la formación del ghetto, que esas historias de marcianos se transformaron en objeto de pudor y vergüenza para el gran público que admitiera leer esas cosas. Y sin embargo, en la década de 1950 hubo dos novelas que consiguieron abrirse paso hacia el exterior y adquirir respetabilidad. Ambas compartían en común su pesimismo respecto del futuro, además de una visión enormemente reaccionaria y nostálgica acerca de los buenos y viejos tiempos. Pero una de ellas fue escrita por un outsider que nunca antes había escrito ciencia-ficción, mientras que la otra era el producto de un escritor de ciencia-ficción que consiguió trascender fuera del ghetto, uno de los primeros en lograrlo.
George Orwell (1903-1950) era un escritor británico que simpatizaba con las ideas de izquierda. Pero luego de su frustrante experiencia en la Guerra Civil Española, en la que peleó por el bando republicano, abjuró del Socialismo y del Comunismo y se convirtió en enemigo enconado de la Unión Soviética, debido al totalitarismo en la Rusia de Stalin. Después de alcanzar el éxito con REBELIÓN EN LA GRANJA, publicó una novela destinada a ser la última suya: 1984. En ella, describe un mundo treinta años en el futuro, en que el planeta entero está repartido en tres grandes naciones que se disputan el control de la Tierra en una alianza inestable. Las tres naciones son muy similares: totalitarismos en que un dictador invisible ejerce su poder sobre una sociedad indefensa, que es vigilada y espiada a través de sus receptores de televisión (que son también emisores) El protagonista, Winston Smith, intenta rebelarse y obtener algo de libertad para sí, sólo para acabar siendo encarcelado, torturado, sufriendo un lavado de la mente, y siendo a continuación ejecutado, feliz porque dentro de su mente borrada sólo tiene sentimientos de amor para con el Gran Hermano que todo lo gobierna (mala traducción para el inglés Big Brother, que en realidad significa Hermano Mayor)
La novela, una distopía en plena forma en la mejor tradición de UN MUNDO FELIZ de Huxley, se hizo de inmediato popular. La primera y más obvia lectura, era la de criticar el totalitarismo Staliniano. La moraleja de la novela es que si Occidente le permitía la victoria a Stalin, el mundo entero se transformaría en un campo de concentración. Pero luego se le dieron otras lecturas a la novela. Los métodos usados para mantener quieta a la población tenían mucho que ver con la manipulación mediática de los gobiernos democráticos, y el Gran Hermano se transformó también en símbolo de ellos. Y con el progreso de la tecnología, y la posibilidad de que todo pueda ser rastreado a través de las computadoras, le dio al Gran Hermano una inquietante presencia en la sociedad de nuestros días. 1984, más allá de su valor literario, que por cierto se ha discutido, se ha transformado así en un símbolo de la opresión totalitaria sobre el individuo libre.

Mientras George Orwell escribía 1984 en Inglaterra, en Estados Unidos florecía el escritor Ray Bradbury. Nacido en 1920, su estilo marcadamente poético y elegíaco le hizo la antítesis de lo que pedía John W. Campbell: de todos los escritores de primera línea de la Edad de Oro, Bradbury fue el único al cual Campbell nunca le compró nada. Su gran oportunidad vino cuando Doubleday publicó en su recientemente abierta colección de ciencia-ficción, a continuación de una obra de Max Ehrlich y UN GUIJARRO EN EL CIELO de Isaac Asimov, el fix-up CRÓNICAS MARCIANAS. La obra llamó poderosamente la atención por su fuerte estilo literario, algo bastante alejado al común de los escritores de ciencia-ficción. Además, a diferencia de los autores de Campbell, descreía profundamente de la ciencia, y a su gusto, la tecnologización del mundo sólo podía acarrear desastres. En CRÓNICAS MARCIANAS refiere las primeras exploraciones humanas sobre el planeta (que terminan con la aniquilación de la especie de los marcianos) luego la colonización (en la que los seres humanos llevan todo su mal gusto y vulgaridad a Marte, en vez de apreciarlo como el bello planeta que es) y finalmente como deben abocarse a sobrevivir como mejor puedan luego de que la Tierra acaba destruyéndose a sí misma en un holocausto nuclear.
El pesimismo sobre la naturaleza humana inherente a la obra de Ray Bradbury, aparte de su extraordinario conservadurismo (una constante de Bradbury es la contraposición entre los buenos y viejos tiempos y la desalmada tecnologización de la vida moderna) le hizo enormemente popular en la década de 1950, en que se vivía día a día con el temor de que alguna vez los soviéticos desataran una lluvia nuclear sobre Estados Unidos. En buena lid, Ray Bradbury fue el primer escritor de ciencia-ficción ciencia-ficción que trascendió las fronteras del ghetto, y le abrió el camino a otros. En un principio fue saludado como Literatura a secas, algo tan bueno que no podía ser sólo ciencia-ficción, pero después de asimilar el golpe, la intelectualidad empezó a volverse cautamente hacia el género literario. El éxito de CRÓNICAS MARCIANAS ayudó también a elevar la calidad literaria de la ciencia-ficción en lo sucesivo, imponiendo a los escritores del género un estándar más exigente que en la Era Campbelliana.
