Sinopsis
Charlie Allnutt es el dueño de La Reina de África, un destartalado barco fluvial con el que transporta diversas mercancías de un poblado a otro. En uno de sus viajes recala en la aldea donde residen un misionero metodista, el reverendo Sawyer, y su hermana Rose. La aldea es atacada por tropas alemanas, muriendo el reverendo poco después. Allnutt se ofrece para llevar a Rose río abajo, hasta la ciudad más cercana. Durante el viaje se establece una curiosa relación entre ellos, tensa al principio, pero que se va haciendo más cordial según pasa el tiempo, a pesar de sus caracteres contrapuestos. Rose convence a Charlie para que intente hundir el Louisa, un flamante cañonero alemán, con unos torpedos improvisados. Allnutt acaba cediendo a los requerimientos de la mujer, iniciándose así una aventura plagada de peligros, que los irá acercando más el uno al otro.
LA REINA DE ÁFRICA es, para el firmante de este ensayo, no sólo una divertidísima película de aventuras, sino también una joya cinematográfica, en la que Humphrey Bogart y Katharine Hepburn ofrecen lo mejor de sus talentos interpretativos. El productor Sam Spiegel [1] siempre tendrá un lugar especial en el corazón de este cinéfilo, por haber reunido en pantalla a esos dos monstruos sagrados del cine.
Esta película ha pasado a los anales del Séptimo Arte no sólo por su fabulosa pareja protagonista, o por la maravillosa historia que cuenta, sino también por las innumerables anécdotas que salpicaron su rodaje. Porque el relato de su gestación es tan interesante o más que su argumento.
El film se inspira en una novela del mismo título escrita por Cecil Scott Forester [2], publicada en 1935. Como muchas otras novelas de éxito, Hollywood se había interesado por ella, pero los Estudios de la Meca del Cine muy pronto perdieron su interés inicial. Los expertos de las distintas Majors coincidían en definirla como una obra de gran calidad literaria, que, sin embargo, jamás podría adaptarse convenientemente en un film. Columbia Pictures rechazó la idea de hacer una película sobre ella y sólo RKO Radio Pictures estuvo a punto de llevarla a la pantalla. Este Estudio llegó a valorar la posibilidad de producir una cinta protagonizada por Charles Laughton y su esposa, Elsa Lanchester. Pero en 1938 Laughton creó su propia productora, Mayflower Production, rechazando hacer LA REINA DE ÁFRICA. En vista de esto, la RKO decidió no adquirir los derechos. Además, había otra razón para que el Estudio decidiera no arriesgarse con la novela de Forester. El encargado de examinar el texto, para comprobar si tenía posibilidades cinematográficas, presentó un informe en el que afirmaba que la historia de la novela estaba pasada, que resultaba absolutamente increíble. Más aún: llegaba a asegurar categóricamente que, como material dramático para la pantalla, era impresentable porque... ¡Sus dos protagonistas no eran lo bastante simpáticos para mantener el interés de la película! Este experto pensaba que los personajes carecían de atractivo, que las escenas románticas entre ellos eran de un acusado mal gusto y otras majaderías por el estilo. Concluía su informe afirmando que no merecía la pena comprar sus derechos, por baratos que los vendiesen, y, encima, aseguraba que ni con mil revisiones se podría salvar un relato tan pasado de moda. No ha trascendido el nombre de este individuo, pero, a la vista de los resultados que obtuvo la película de Huston unos años después, cabe preguntarse cuántas buenas historias, que hubieran dado pie a magníficos films, fueron desechadas por semejante botarate.
Tiempo después de lo que acabo de narrar, en 1946, Warner Bros adquirió los derechos de la obra de Forester, con la idea de convertirla en un vehículo fílmico para Bette Davis, a quien debía dar la réplica David Niven. Pero en 1947 Warner dio marcha atrás y trató de vender los derechos a otros Estudios. Para hacer más sugestiva la oferta, incluso ofreció prestar a la cotizada actriz para protagonizar el film. No hubo nada que hacer, porque nadie parecía interesarse por el asunto, ni siquiera con Bette Davis como estrella. Aunque llegó a escribirse el borrador de un guión, la novela durmió el sueño de los justos mientras pasaba de una a otra mano.
En 1950 Sam Spiegel, que entonces trabajaba bajo el seudónimo S. P. Eagle, era un productor sin recursos económicos, que se las veía y deseaba para seguir en la brecha. John Huston estaba cargado de deudas. Ambos eran socios en la productora independiente Horizon Pictures. Desesperados por salir del bache en el que estaban, Spiegel y Huston pusieron sus ojos en la novela de Forester, que al parecer nadie quería. Ambos la habían leído y estaban entusiasmados con llevarla a la pantalla. Hombre que se crecía ante la adversidad, Spiegel le prometió a Huston que con aquella historia conseguiría el mismo éxito comercial que había tenido con EL HALCÓN MALTÉS (THE MALTESE FALCON, 1941). Huston, por su parte, confiaba en poder hacer una película que diera beneficios en taquilla, lo que le permitiría afrontar varios proyectos personales que tenía en mente.
Spiegel no estaba en la ruina, pero casi. Por lógica, debería haber pensado en actores del montón para protagonizar su película, pero, convencido de que necesitaba nombres con gancho, no dudo en recurrir a Katharine Hepburn. Lo cierto es que, aunque Hepburn era una actriz consagrada y famosa, había vuelto a ser declarada por la industria venenosa para la taquilla
, dudoso honor con el que también había sido distinguida en los años 30, al inicio de su carrera. Kate necesitaba un éxito comercial y, tras leer el primer tratamiento del guión que le envió Spiegel, le pareció que una película en África y con un buen realizador sería una elección acertada. Sin embargo, quería contar con un partenaire masculino a su medida, así que, antes de comprometerse, le preguntó a Spiegel quién interpretaría el personaje de Allnut. La respuesta fue Humphrey Bogart, un actor al que Kate admiraba, pero con el que nunca había trabajado. Hepburn se decidió y dijo que de acuerdo.
Kate ignoraba entonces que el viejo zorro de Spiegel ni siquiera había hablado con el actor. Sam sabía que Huston, Bogart y Hepburn se admiraban y respetaban, de modo que maniobró inteligentemente y les tendió una celada. Tras asegurar a Hepburn que Bogart coprotagonizaría el film, se fue a ver a Boggie y le ofreció participar en LA REINA DE ÁFRICA. Las iniciales dudas del actor se esfumaron cuando supo que Huston y Hepburn estaban en el proyecto. Luego, Spiegel habló con Huston y le dijo que se dispusiera a trabajar, pues ya tenía a las dos estrellas.
En realidad, Spiegel ni siquiera había comprado todavía los derechos, pero eso lo ignoraban el director y los actores. Sam Spiegel era capaz de venderles neveras a los esquimales, una especie de Robin Hood moderno, que robaba a los ricos..., pero también a los pobres, si con eso conseguía hacer una película
. Estas palabras de Billy Wilder describen a la perfección al ínclito productor.
Warner Bros pedía 50.000 dólares por la cesión de los derechos. Spiegel no los tenía, de modo que intentó conseguir un préstamo. Nadie confiaba en él ni en aquella película, así que, como último recurso, el productor acudió a la Sound Services Inc., empresa dedicada a proporcionar equipos de sonido a los Estudios de cine. Ante los responsables de esa compañía, Spiegel puso la película por las nubes, afirmando que, con dirección de John Huston y protagonismo de Humphrey Bogart y Katharine Hepburn, el éxito de taquilla estaba asegurado. Necesitaba que le proporcionaran equipos de sonido para la filmación, pero también que le prestaran una elevada suma de dinero. Como contrapartida, se comprometió a poner el nombre de la empresa en los títulos de crédito. Aunque esa compañía jamás había prestado dinero para una película, los responsables de la misma confiaron en Spiege l y le entregaron la suma que solicitaba.
Spiegel y Huston pretendían rodar en el Congo, a doce mil millas de los Estados Unidos. En aquella época no eran nada habituales los rodajes en localizaciones tan distantes, principalmente porque tal cosa encarecería muchísimo los costes, y también por los problemas imprevistos que podrían presentarse. El dinero aportado por Sound Services Inc. no bastaba para cubrir todas las partidas presupuestarias, de modo que Spiegel intentó obtener fondos de varios bancos, pero estos no querían arriesgar dinero en lo que definían como una aventura insensata. Los responsables de las entidades bancarias a las que acudió el productor pensaban que rodar en África era una locura. Arguyeron que el clima y las complicaciones logísticas se comerían el presupuesto de la película, por elevado que este fuese, y que, con tal panorama, la obtención de beneficios sería más que dudosa. En consecuencia, intentaron convencer a Spiegel para que rodara la película en estudio, pues sólo así se avendrían a prestarle la cantidad que necesitaba. Pero Spiegel no dio su brazo a torcer. Quería dotar a su film de la mayor verosimilitud posible, y eso sólo lo lograría rodando en el Continente Negro. Si la banca no le prestaba el dinero, ya se las arreglaría él para conseguirlo en otra parte.
Por suerte, los hermanos James y John Woolf, responsables de la productora británica Romulus Films, le solucionaron la papeleta, poniendo el capital que necesitaba. Los Woolf correrían con los sueldos de los actores secundarios, los miembros del equipo técnico y los gastos que generaran las localizaciones. Horizon Pictures se ocuparía de los salarios de los intérpretes principales, así como de los del director y el productor. El mejor pagado, obviamente, fue Bogart, que percibió 125.000 dólares más un treinta por ciento de los beneficios netos en taquilla. Hepburn cobró un adelanto de 65.000 dólares, más otra cantidad idéntica, a plazos, al finalizar el rodaje; también obtuvo el diez por ciento de los beneficios. Huston se llevó 87.500 dólares y Spiegel sólo 50.000.
El guionista escogido por Spiegel fue John Collier, pero el primer tratamiento del guión que escribió no satisfizo ni al productor ni a Huston, de modo que, de común acuerdo, decidieron reemplazarle por James Agee. Huston y el nuevo guionista comenzaron a trabajar en el texto en un rancho de Santa Bárbara, California, pero Agee sufrió un ataque al corazón, provocado sin duda por la combinación de alcohol, largas jornadas de trabajo y el calor asfixiante del sur de California. Agee había desarrollado la mayoría de las escenas, pero su texto carecía de diálogos y Huston consideraba que no era apto para rodarse. Además, el director estaba en desacuerdo con el final ideado por Agee, en el que Charlie y Rose perecían al volar el barco germano. Agee sobrevivió al infarto, pero los médicos le desaconsejaron viajar a África. Spiegel y Huston recurrieron entonces a Peter Viertel [3]
Los problemas no habían hecho más que empezar. Spiegel había conseguido llegar a un acuerdo con la compañía financiera de Chicago Walter E. Heller & Co., que adelantaría el dinero para los sueldos de las estrellas, el director y el productor. La única condición que dicha compañía había puesto era saber con exactitud la fecha en que estaría terminada la película. Requirieron a Spiegel sobre este tema varias veces, pero como el productor era incapaz de presentar una garantía de finalización del film, Walter E. Heller & Co. se negó a pagar. Enterada Kate, y aunque su contrato estipulaba que debía comenzar a rodar en abril, se negó a trabajar y sólo cambió de actitud cuando la prestigiosa agencia William Morris le aseguro que el dinero estaba en camino.
Peter Viertel se reunió con Huston, que ya se encontraba en Entebbe buscando localizaciones. Director y guionista trabajaron de firme en el guión, mientras Hepburn llegaba a Londres. La actriz tenía una lujosa suite reservada a su nombre por Spiegel en el hotel Claridge. Kate sabía que el productor no podía permitirse aquel dispendio, pero no comentó nada al respecto. Bogart y su mujer, Lauren Bacall, llegaron a la capital británica casi al mismo tiempo.
En Entebbe, Huston y Viertel habían terminado el guión y, cuando llegó Spiegel, avisaron a Bogart, Bacall y Hepburn para que se les unieran en Leopoldville, el lugar civilizado más cercano a los exteriores escogidos. Ya en la capital del entonces Congo belga, y tras una noche de reposo en un hotel, el grupo prosiguió viaje en barco hasta Stanleyville (hoy Kinsangani) donde tenían que esperarles Huston y Viertel, que se habían adelantado. Viertel estaba, no así Huston, que una hora antes de que aterrizara el avión había salido a cazar. Hepburn montó en cólera por la falta de seriedad del director, pero Bogart, que conocía muy bien a Huston, se lo tomó con filosofía. El director y el guionista les habían organizado una vistosa bienvenida, con nativos ataviados con sus ropas típicas, cánticos y danzas.
El calor y la humedad eran insufribles, pero solo representaban un modesto adelanto de lo que estaba por venir. Al día siguiente, el equipo cinematográfico atravesó el río Congo, embarcando seguidamente en un tren compuesto por una locomotora de vapor que funcionaba con leña, dos vagones de pasajeros y un par de plataformas. El convoy semejaba tener no menos de un siglo de antigüedad y, si bien su aspecto externo podría definirse como pintoresco, incluso con un punto de encanto, muy pronto los miembros del equipo descubrirían lo terriblemente incómodo que resultaba viajar así. La scrip [4], Ángela Allen, contó que el desvencijado tren se paraba cada tres o cuatro yardas, incendiándose en ocasiones por las chispas que despedía la locomotora, y todo el mundo, sin excepción, tenía que ayudar a extinguir el fuego. En Ponthierville dejaron el lentísimo y renqueante ferrocarril para transbordar a unos jeeps, en los que siguieron viaje durante doscientos kilómetros hasta el poblado de Biondo. Luego, al llegar al río Ruiki, afluente tan remoto del Congo que ni siquiera estaba señalado en la mayoría de los mapas de la época, el equipo y las personas fueron trasladados hasta una enorme balsa, manejada por cuatro nativos con largas pértigas. Después vino otra hora de coche, rodando por caminos intransitables, hasta que, por fin, llegaron al campamento que Huston había mandado instalar para el equipo de rodaje. Aunque Kate Hepburn se mostró en todo momento fascinada por lo que veía, lo cierto es que ese viaje de 1.100 millas por lo más intrincado de la jungla fue una verdadera tortura para todo el mundo.

Les esperaba un campamento construido en ocho días por ochenta y cinco obreros congoleños. Estaba junto a un lago de aguas de color negruzco, que dejaron perplejas a las mujeres del equipo, hasta que Huston les explicó que tal coloración se debía al ácido tánico de la vegetación. Huelga decir que aquellas aguas no eran de fiar, porque en las márgenes del lago proliferaba un virus conocido como bilharzia, capaz de introducirse en el cuerpo humano por cualquier orifico e incluso a través de los poros de la piel. Cuando decidió aceptar la oferta de Spiegel, Kate había consultado con un médico amigo de su padre, especialista en enfermedades africanas. Este galeno le advirtió de lo peligrosa que era la bilharzia, que forma una especie de enormes forúnculos en los riñones y las vías urinarias. El médico le recomendó que bajo ningún concepto se metiera en el agua. Además, las aguas de los ríos africanos también están infectadas de unos minúsculos gusanos que penetran en la piel, pudiendo sobrevivir allí incluso treinta años, y que transmiten al portador la filariasis, enfermedad que afecta al hígado y que debilita extraordinariamente a quien la padece, llegando a provocar la muerte en ocasiones, tras una dolorosa agonía. Spiegel reconocería, tiempo después, que varias personas del equipo, que se habían sumergido en el agua por una u otra razón, habían tenido que ser secadas cuidadosamente y cubiertas con una capa de desinfectante en previsión de males mayores. Edwina Booth [5] contrajo filariasis durante el rodaje de TRADE HORN (Ídem, W. S. Van Dycke) en el Congo en 1931.
La noche de su llegada al campamento estuvieron despiertos hasta muy tarde, escuchando los coloridos relatos de John Huston, que les habló sobre las supersticiones de los nativos, los animales salvajes que verían y sus propias experiencias como cazador. También les advirtió sobre la lepra y la disentería, entonces muy comunes en aquella remota región del globo. Concluyó su disertación hablándoles de la esquistosomiasis, otro nombre para la bilharzia que Kate ya conocía por las explicaciones del colega de su progenitor. Excusado es decir que la amena charla del director inquietó a más de uno.
El realizador había preparado un alojamiento especial para la actriz, una especie de choza, a la que se habían añadido los pequeños lujos que representaban unas minúsculas ventanas con cristales y un par de roperos ocultos tras cortinas. El suelo era de tierra apisonada y estaba cubierto por toscas esteras de esparto. Un modesto jergón, un espejo de cuerpo entero, un par de sillas y una mesa, sobre la que había una jarra de agua y una palangana, completaban el alojamiento de la protagonista femenina de la película.
Decidido a proporcionarle a Kate siquiera un mínimo de comodidad, Huston ideó también una ducha para ella, consistente en un tonel lleno de agua fría y situado sobre una plataforma elevada. Al tirar de la cadena del ingenio, se levantaba un disco en el tonel y el agua caía a través de una serie de pequeños agujeros de su base. Kate disponía así mismo de un pequeño retrete, más bien una letrina, situada a poca distancia de su cabaña, por llamarla de alguna manera. El resto del campamento constaba de varios dormitorios, un edificio para el departamento de producción, el alojamiento de Huston, una cabaña almacén para el equipo, con un foso para mantener fresca la película, y otra cabaña para maquillaje, esta última equipada con un par de duchas como la de Kate. Había también una lavandería, una cocina y un comedor. El complejo incluía un bar, donde los whiskies valían veinte centavos y cuyos clientes más asiduos serían Huston y Bogart, ambos campeones indiscutibles del levantamiento de vidrio.
Como el lector puede fácilmente imaginar, todas las edificaciones eran de cañas de bambú y hojas de palma, sin un solo clavo. El agua era transportada cada día por una veintena de mujeres nativas, que tenían que ir a buscarla a un manantial situado a casi dos kilómetros. Aunque se hervía, se filtraba y se trataba con tabletas desinfectantes, su potabilidad dejaba mucho que desear. En cuanto a la electricidad, era producida por un pequeño generador de gasolina.
Mientras el equipo de rodaje se preparaba para trabajar, Spiegel seguía haciendo malabarismos financieros como podía, y, en una jugada afortunada, consiguió que United Artists garantizara el salario de Hepburn. John Woolf, por su parte, asumió la garantía de finalización de la película, lo que salvó por los pelos a Spiegel del desastre económico. De todas formas, los problemas monetarios se mantuvieron durante todo el rodaje de LA REINA DE ÁFRICA.
La filmación propiamente dicha fue un auténtico Vía Crucis, como se desprende de lo que relataron los miembros del equipo y, en especial, del diario de rodaje que llevó Katharine Hepburn. Las condiciones de trabajo eran más que precarias. La Reina de África, por ejemplo, era un cascarón de unos treinta pies de eslora. Su máquina de vapor databa de 1921 y fallaba cada dos por tres. Esta tartana flotante, casi tan lenta como una tortuga, tenía que remolcar cuatro grandes balsas de madera, construida cada una sobre cinco piraguas de los nativos. La primera era como un plató, pues transportaba unos decorados que representaban distintas secciones del barco, tales como el asiento trasero y el timón, el sitio en el que Bogart se situaba junto a la caldera, etcétera. Estos precarios decorados se utilizaban cuando el objetivo de la cámara tenía que aproximarse a los actores. En la segunda balsa iban los focos y el material que necesitaba el director artístico, incluyendo la voluminosa cámara de Technicolor, cuyo transporte y manejo generó más de un problema. La tercera transportaba el generador. La cuarta era una deferencia de Huston a la estrella femenina. En ella había una especie de tosca caseta, más bien una tienda de campaña, que integraba una suerte de camerino, con un espejo de cuerpo entero y un retrete. Pero como La Reina de África no podía con tanto remolque, hubo que prescindir de esta cuarta balsa, de modo que la actriz se vio forzada a hacer sus necesidades en plena jungla, al igual que Lauren Bacall. Por cierto, la esposa de Bogart se convirtió en un verdadero ángel de salvación para todo el mundo, pues en su equipaje había llevado un botiquín que hubiera envidiado una enfermera diplomada, y con cuyo contenido trató en ocasiones tanto a actores como a miembros del equipo técnico, llegando a salvar la vida de un hombre.
Rodar una película en aquellas condiciones fue una odisea divertida a veces, llena de aventuras otras, pero aterradora en ocasiones. Los bichos eran una pesadilla para todos. Prácticamente no se podía dar un paso sin tropezarse con escorpiones, arañas enormes, serpientes venenosas de varias especies, hormigas carnívoras y avispas gigantes. En una ocasión, una peligrosísima serpiente mamba negra se introdujo en el retrete de señoras que habían improvisado en el campamento, provocando el pánico de las mujeres, aunque Kate se refiera a este incidente en su diario de forma jocosa. En otra ocasión, un enjambre de avispas negras atacó al equipo, provocándoles dolorosas picaduras a todos sus integrantes, Kate incluida. Las hormigas, por ejemplo, invadieron el campamento base, así que hubo que cavar un foso en torno a éste, llenarlo de gasolina y prenderle fuego, para evitar que llegaran más, mientras el equipo procedía a desalojar del lugar a las que ya estaban dentro. Katharine Hepburn participó con entusiasmo en esas labores, lo que le valió el apodo de La Juana de Arco de Ruiki. Y a esto había que sumarle la humedad, que destrozaba las ropas y enmohecía casi cualquier cosa.
El primer contratiempo serio del rodaje fue el hundimiento de La Reina de África. Uno de los miembros del equipo técnico advirtió una pequeña grieta en el casco y avisó a Huston y los demás. Nadie le hizo caso. A la mañana siguiente, el barco estaba casi sumergido en las lodosas aguas del río. Reflotar la embarcación requirió tres días de agotadores esfuerzos y el concurso de dos centenares de nativos, además de la treintena de ingleses del equipo de rodaje. Guy Hamilton, ayudante de dirección, que no tardaría en convertirse él mismo en director, realizando algunas de las películas más recordadas de la saga de James Bond, resulto herido de cierta consideración al ser alcanzado por el fuego de una caldera que volcó, que también chamuscó ligeramente a Bogart y Hepburn.
Mucho tiempo después, John Huston revelaría que, además de todos estos contratiempos, los miembros de los equipos técnicos y artísticos habían estado muy cerca de una tribu de caníbales. En una secuencia, al principio de la película, los alemanes incendian la aldea en la que dirigen una misión Rose y su hermano. Este poblado fue levantado en un par de días, sólo para ser quemado en dicha secuencia. Huston necesitaba nativos para que interpretaran a los habitantes de la aldea, de modo que llegó a un trato con cierto jefe tribal, para que le proporcionara gente. Cuando llegó el día de rodar, no apareció nadie. Huston hizo averiguaciones al respecto, descubriendo que en las cercanías moraba una tribu que practicaba el canibalismo. Concluyó que los nativos, temiendo que su oferta fuera una trampa, habían optado por mantenerse alejados de allí. A pesar de todo, el director logró convencer a otro jefe, con el que había hecho amistad, y éste le proporcionó la gente necesaria para la filmación. Un detalle curioso es que hubo que improvisar un vestuario para las nativas, porque todas ellas iban con los senos al aire, algo que Huston sabía que no aprobaría el puritano público estadounidense de la época.
El rodaje en exteriores siempre presenta dificultades, pero el de LA REINA DE ÁFRICA fue un suplicio. En un estudio, entre toma y toma, puedes relajarte, descansar un poco en el camerino o tomarte un café, un ginger ale, una cerveza o un zumo. Pero en aquel rincón perdido en el culo del mundo no había nada de eso. Ni siquiera podías ir a un retrete cuando lo necesitabas. Kate Hepburn contó que, a veces, cuando trabajaban en medio de la corriente, no podían evacuar durante horas. Según ella, los hombres no tenían problema, pero para una mujer era una situación muy difícil.
Jack Cardiff, el jefe de fotografía, que posteriormente desarrollaría una interesante carrera como director, pensaba que, si las cosas seguían así, sólo sería cuestión de tiempo el que todos acabaran bajo tres palmos de tierra y unas toscas cruces de madera. Peor lo llevaba Peter Viertel, que acabó desesperado por largarse de aquel infierno verde. El guionista cada día estaba más desencantado con la producción. Huston le animó a ir con él a cazar elefantes, alegando que eso le distraería. A Viertel no le gustaba la caza y se negó a acompañar al director, por lo que este acabó concluyendo que el escritor era simplemente un cobarde. Decidido a huir de allí como fuera, Viertel no se dejó convencer por Spiegel, que le advirtió que, si se marchaba, su nombre no aparecería en los créditos. A Viertel no le importó. Estaba harto y deseaba volver a la civilización. Algún tiempo después admitiría que había sido un perfecto estúpido, pues marchándose así había perdido una nominación al Oscar. Pero en aquel momento le había parecido una decisión acertada, en vista de las circunstancias.
Peter Viertel siempre pensó que Huston había querido rodar en el Congo porque era el mejor lugar del mundo para torturar a todo quisque. En realidad, la película iba a rodarse en Kenya, que es el escenario original de la novela de Forester. El realizador, apasionado de la caza mayor, deseaba dedicar su tiempo libre a su gran afición. Sin embargo, el gobierno kenyata le denegó el permiso para cazar, así que Huston, apoyado por Spiegel, decidió trasladar el rodaje al Congo, donde las autoridades eran mucho más flexibles en materia cinegética.

Muy pronto se reveló que entre Bogart y Hepburn había una química muy especial, que sin duda redundaría en beneficio de la película. Kate ya admiraba a Boggey antes de trabajar con él, pero durante la filmación de LA REINA DE ÁFRICA descubrió que, además de un gran actor, era también un hombre de los pies a la cabeza, que aborrecía cualquier cosa que sonara a falsa. Cuando, años más tarde, un periodista le pidió que definiera a Bogart con una sola frase, Kate respondió: Era un tipo de una decencia extraordinaria, justo, cabal, sin complicaciones
.
Sin embargo, tenían opiniones muy distintas sobre la tierra en la que se encontraban. Kate lo pasó fatal durante el rodaje en África, pero le fascinó el Continente Negro. Bogart, por el contrario, llegó a odiarlo. Aunque en pantalla no lo pareciera, era un hombre bastante sofisticado, hijo de una famosa pintora de retratos y de un médico de prestigio, un genuino producto de la clase media/alta americana. En el cine daba casi siempre la imagen de un hombre duro y de vuelta de todo, con muchísima experiencia vital a sus espaldas. En la vida real era un hombre tranquilo, definido por muchos como un caballero que, sin que se le pudiera llamar intelectual, sí que tenía ciertas inquietudes e intereses intelectuales. Era básicamente lo que hoy llamaríamos un urbanita, que aborrecía aquellos parajes olvidados de la mano de Dios. Por eso, cuando terminaba el trabajo, permanecía siempre en el campamento, bebiendo whiskey y abstraído en la lectura de alguno de los numerosos libros que se había llevado con él.
La segunda localización de la película era Butiaba, en Uganda. Allí, Spiegel los alojó en el vapor Lugard II, anclado en el lago Albert, que poco antes había sido utilizado por el equipo de LAS MINAS DEL REY SALOMÓN (KING SOLOMON´S MINES, Andrew Marton, 1950). Pero la comodidad de sus camarotes contrastaba con el hecho de que el agua era bombeada a través de unos filtros medio atascados, así que el líquido elemento estaba contaminado. Al descubrirlo, Huston dispuso que no se bebiese más que el agua embotellada que llegaba por ferrocarril, pero esta también estaba contaminada. El resultado fue que todo el mundo contrajo disentería o malaria. Durante un tiempo, Hepburn estuvo francamente mal. Adelgazó nueve kilos, y, siendo de por sí una persona extremadamente delgada, la debilidad hizo mella en ella. Cuando se rodó la escena en la que toca el órgano en la iglesia, hubo que poner un cubo al pie del instrumento, para que la actriz pudiera vomitar entre toma y toma. Jack Cardiff estaba muy preocupado, pues temía que, dado el estado de la estrella, su cara apareciese con un tono verduzco en Technicolor.
Todo el mundo enfermó. El ingeniero de sonido tuvo que trabajar durante tres días tumbado en el suelo, porque no tenía fuerzas para estar de pie. La diarrea hizo estragos entre los miembros del equipo. Todos estaban a morir, menos Huston y Bogart, a los que Kate había llamado en una ocasión indisciplinados alfeñiques. Pero esos alfeñiques estaban tan campantes, mientras otros, más vigorosos en apariencia, se debatían en un infierno. Katharine Hepburn y todo el equipo habían recibido una veintena de vacunas, y, aun así, habían sucumbido ante la malaria y la disentería. Bogart y Huston, sin embargo, fueron los únicos que se mantuvieron en perfectas condiciones físicas durante todo el rodaje en África. La razón era que los viejos amigos observaban una dieta muy estricta. No ingerían ni una gota de agua en ninguna forma. Bebían Jack Daniels a todo trapo y a todas horas del día. Según se dijo, hasta se cepillaban los dientes con whiskey. El continuo trasiego de licor de aquella pareja de borrachines impregnó sus vísceras en alcohol, de tal forma que, en palabras de Kate: No había bicho capaz de sobrevivir en semejante ambiente
.
El médico que acompañaba al equipo, alarmado por la extrema delgadez de Kate y la debilidad del resto, excepto Huston y Bogart, les conminó a detener el rodaje y tomarse un descanso de tres días. Huston, por su parte, anhelaba perderse en la selva en compañía de un experimentado cazador blanco al que había conocido recientemente. Enterada Kate de sus intenciones, decidió ir con él. Spiegel montó en cólera al saberlo. El productor no entendía que a la razonable Kate le diera por aquello. Le recordó a la actriz lo furiosa que se había puesto cuando, al llegar a Entebbe, se enteró de que Huston se había ido de caza. Kate respondió que era una mujer muy razonable, pero que estar junto a Huston hacía que anhelara aventuras. Spiegel solicitó la mediación de Bogart para quitarle aquella descabellada idea. Boggey preguntó a la actriz si sabía disparar un rifle, si en alguna ocasión había empuñado siquiera un arma. El actor se quedó sin habla cuando ella respondió categóricamente que era una excelente tiradora. En realidad, a Kate no le gustaba nada la caza y tampoco tenía buena puntería. De hecho, no concebía que alguien pudiera encontrar emocionante matar a un animal a sangre fría. Hasta había tenido una discusión con Huston sobre el asunto, echándole en cara que, a pesar de parecer un hombre sensible, fuera capaz de algo semejante. John le contestó que no podía explicárselo, pues sólo viviendo la experiencia podría comprenderlo. Kate lo pensó un minuto y luego decidió ir de caza con él.
Huston y Kate salieron juntos en busca de presas durante algunos días, aunque ella se negó reiteradas veces a disparar contra nada. El director iba armado con un voluminoso e impresionante rifle Rigby calibre 470 express, perfecto para cazar elefantes. A Kate le había dado un pequeño Manlicher, ligero y fácil de manejar, el arma larga ideal para un principiante o una mujer, pero no muy adecuado para caza mayor. Al director le maravilló lo firme y segura de sí misma que parecía con aquel fusil. Pero se quedó horrorizado cuando, en una ocasión, vio que ella, dejando el rifle apoyado contra un árbol y tomando su cámara de ocho milímetros, se ponía a sacar fotos de un jabalí de unos doscientos kilos. Más tarde Huston confesaría que se le heló la sangre en las venas, porque los jabalíes son animales muy peligrosos, capaces de mantener fuerza suficiente para atacar incluso con un disparo en el corazón. Huston dijo a Kate en voz muy baja que lo dejara, pero ella siguió apretando el disparador hasta que terminó la película. Entonces, Huston disparó una y otra vez, no contra el animal, sino contra el suelo, en un intento por asustarlo. En ese momento, en el claro que había detrás del jabalí, aparecieron otros jabalíes que corrían hacia la espesura. El jabalí de gran tamaño miró a sus congéneres, luego a Huston y Hepburn y, tras una breve vacilación, echó a correr en pos de sus compañeros de especie. Según Huston, hubo un momento en que pasó un miedo terrible, pues le pareció que el jabalí iba a embestirlos. Pero lo que más le sorprendió fue que Katharine Hepburn estaba tan tranquila como si no hubiera ocurrido nada.
Spiegel era un productor de éxito, pero no tenía el mismo talento para manejar los asuntos económicos, porque siempre andaba a salto de mata. Pero se las arreglaba muy bien para salir adelante. Las dificultades financieras marcaron el rodaje de LA REINA DE ÁFRICA. El productor tenía su cuartel general en Entebbe, y allí llegaban los telegramas que conseguía mandarle Huston, cuando no lograba ponerse en contacto con él por radio. Los únicos lujos que podía permitirse el equipo de filmación eran whiskey y chocolate, pero llegó un momento en que esto también se acabó, de modo que pidieron al productor que enviase más remesas de ambos productos. Pero Spiegel no estaba en Entebbe, sino en cualquier otro sitio, de modo que los telegramas fueron reexpedidos a la oficina central de Romulus Films en Londres. John Woolf no sabía dónde podría estar Spielgel, pero lo que más le sorprendía era que Huston tampoco lo supiera. En los años 50, sobre todo si se llamaba desde África, era muy difícil conseguir una buena conexión telefónica, y la verdad era que el taimado productor utilizaba esto como excusa para no estar nunca localizable, a fin de retrasar al máximo posible cualquier desembolso por pequeño que fuera, como enviar más licor y chocolate a su equipo de rodaje, perdido en lo más intrincado de la selva africana.
Spiegel era un productor con olfato, sabía muy bien cómo hacer una película, pero en lo que se refiere al tema económico tenía fama de fullero. Su táctica habitual de trabajo, la que empleó durante el rodaje de LA REINA DE ÁFRICA, era muy simple: retrasarse con los pagos todo lo posible y desembolsar luego, cuando no hubiera otro remedio y bajo considerables amenazas, tan sólo la mitad de la suma prometida. Albert Heit, su abogado, dijo que su lema era no preguntar y hablar lo menos posible de temas financieros. De hecho, todos los que trataron con el productor a lo largo de los años coincidirían en afirmar que, a no ser que le preguntaras insistentemente sobre ello, no conseguías que pagara. El desmadre que se traía Spiegel con las cuentas era de tal envergadura que, en septiembre de 1951, cuando ya se estaba acabando de rodar los interiores en Inglaterra, su productora, Horizon Pictures, fue desahuciada de sus oficinas en Los Ángeles. Desesperada, Gladys Hill, socia de Spiegel, le pidió ayuda a Robert Benjamin, de la United Artists. Este se mostró comprensivo, pero dijo que no podía aportar ni un centavo más, porque incluso había hipotecado su propia casa para ayudar a la producción del film. Detalles como el mencionado dan una idea de los tremendos problemas financieros que amenazaron el rodaje de LA REINA DE ÁFRICA.
La filmación en exteriores había concluido el 17 de julio de 1951, tras lo cual el equipo se trasladó a Inglaterra. En los estudios londinenses de Isleworth se trabajó durante seis semanas más. Allí se filmarían la escena de Charlie y Rose bañándose en el río, la del hombre arreglando la hélice bajo el agua, la que muestra al protagonista remolcando La Reina de África a través de los juncos y el fango, esas en la que se ve a la pareja en medio de la fuerte corriente o atrapados bajo una lluvia torrencial y todas en las que sale Robert Morley. Una de las escenas más famosas de la película, cuando Charlie emerge del agua cubierto de sanguijuelas, enervó al actor. Bogart había exigido que se usaran sanguijuelas de pega, pero Huston insistió en utilizar chupasangres reales. Los dos amigos se enfrentaron verbalmente con dureza, pero Huston no se arredró. Contrató a un tipo que alquilaba sanguijuelas auténticas para el cine. El hombre se presentó con un tanque repleto de los repugnantes bichejos. Bogart estaba fuera de sí, pues ya se veía con el pecho cubierto por esas odiosas criaturas. Pero Huston, que ya se había reído bastante a costa de su amigo, le tranquilizó. El plano detalle de las verdaderas sanguijuelas se haría sobre el pecho de aquel individuo, y en los restantes Boggey llevaría adheridas al cuerpo réplicas de goma.
El final del film dio algunos problemas, pues en principio se había planeado una secuencia final trágica, en la que Charlie y Rose eran ahorcados por los alemanes. Pero Huston optó por rodar la optimista conclusión que conocemos, coronando así magníficamente una de las mejores películas de aventuras jamás filmadas. Es obligado mencionar que Forester, no habiendo quedado satisfecho con la conclusión que había pergeñado en principio para su novela, la reescribió, añadiendo dos nuevos capítulos. La primera edición americana, en la que se basaba el primer borrador del guión, había sido publicada, obviamente, sin esos capítulos. Pero serían añadidos en la segunda edición para Estados Unidos, la que habían leído Huston y Spiegel.
Finalizados rodaje y montaje, Spiegel, dispuesto a avivar el interés de United Artists por la película, que en su opinión se había entibiado bastante, envió una serie de largas cartas a sus ejecutivos más importantes, exigiéndoles que prestaran la atención debida a una cinta que, según afirmaba, iba a hacer historia. Al mismo tiempo, se preocupó de orquestar una fabulosa campaña publicitaria, en la que se reiteró que aquel film había sido rodado en su mayor parte en la por entonces todavía misteriosa África, en unas condiciones dificilísimas y enfrentándose a un sinfín de complicaciones. El resultado fue que el público americano se mostró impaciente por ver aquella película, que su productor definía como extraordinaria.
Y el gran público no resultó defraudado. Spiegel consiguió estrenar LA REINA DE ÁFRICA el 31 de diciembre de 1951, justo a tiempo para participar en los Oscars de ese año. Se esperaba que la cinta fuera un éxito, pero la acogida que tuvo superó con creces las expectativas más optimistas del productor. Horizon Pictures, que había invertido 729.219 dólares americanos en su filmación, y la británica Romulus Films, que había puesto la desorbitada cifra de 248.000 libras esterlinas, recuperaron su dinero y además obtuvieron pingües beneficios, pues LA REINA DE ÁFRICA fue una de las películas más taquilleras exhibidas en Estados Unidos durante 1952, recaudando 4.129.500 dólares. Spiegel se apresuró a llamar por teléfono a Alexander Korda, productor y director británico al que, según parece, también había tanteado para que le ayudara a financiar el proyecto. Korda se había negado, espetándole: Una historia de dos viejos subiendo y bajando por un río africano... ¿A quién le va a interesar esa estupidez? Irás a la quiebra
. A Korda no le quedó más remedio que desdecirse, tragarse sus palabras y felicitar a Spiegel.
En la 24ª Edición de los Oscars, celebrada el 20 de marzo de 1952 en el RKO Pantages Theatre de Hollywood, LA REINA DE ÁFRICA fue nominada en las categorías de mejor película, actor, actriz y guión. Sólo ganó el premio para el mejor actor, que recayó en Humphrey Bogart para sorpresa y disgusto de la prensa especializada, que había afirmado que nadie podría arrebatarle la estatuilla a Marlon Brando, por su composición en UN TRANVÍA LLAMADO DESEO (A STREETCAR NAMED DESIRE, Elia Kazan).
LA REINA DE ÁFRICA sigue siendo una impresionante película, capaz de fascinar al espectador todavía hoy, más de setenta años después de su estreno. La fuerza del film reside, en mi opinión, en dos detalles fundamentales: la química de su pareja protagonista, dos de los mejores actores cinematográficos de la historia, y el realismo que emana de sus poderosas imágenes. Ni Bogart ni Hepburn eran intérpretes que se limitaran a repetir mecánicamente lo que figuraba en el guión, sino que se esforzaban por aportar algo de sí mismos a los personajes. Esto se nota, sobre todo, en el fino sentido del humor que impregna toda la película, y que es una aportación personal de Hepburn y Bogart, porque tanto la novela original como el guión del film eran muchísimo más serios. Ambos actores estuvieron de acuerdo en que un aire tan trascendental resultaría cargante para el público, así que aligeraron la carga dramática de la historia, salpicando los diálogos entre Charlie y Rosie con jocosas observaciones de doble sentido y comentarios irónicos en ocasiones, cáusticos en otras, que dotan a sus escenas de una pátina de autenticidad que otros intérpretes, probablemente, no habrían conseguido transmitir.
LA REINA DE AFRICA no se limita, como otras películas de su estilo, a contar la historia del encuentro y posterior enamoramiento de un hombre y una mujer. Es la historia de dos personas muy distintas, en realidad casi antagónicas, a quienes las circunstancias enseñan a respetarse y amarse al fin, tras superar juntos diversas vicisitudes que ponen a prueba su coraje y sus convicciones. Ver cómo Charlie consigue convertir a la fría y puritana Rose en la divertida y sensual Rosie, o cómo ella transforma al descreído y alcoholizado señor Allnutt en un hombre fuerte y decidido, que no sólo deja de beber, sino que acaba haciendo causa común con la mujer y se propone ayudarla a hundir el Louisa, es una auténtica gozada para cualquier cinéfilo que se precie de serlo. Al principio, Charlie y Rose muestran cierto aspecto caricaturesco, como si fuesen esbozos de unos seres planos y sin alma. Pero sus relaciones interpersonales, sumadas al intenso sufrimiento físico que se ven obligados a compartir, y a su progresivo enamoramiento, hacen que al final los percibamos como seres humanos auténticos, plenamente desarrollados.
Y junto a Bogart y Hepburn, invisible al ojo de la cámara, pero transmitiéndonos su presencia en todo momento, a través de su personalísima forma de componer los encuadres, está John Huston, un realizador con una filmografía tal vez algo irregular, pero que cuando estaba realmente inspirado, cuando se entregaba en cuerpo y alma a su trabajo, era capaz de hacer vibrar las fibras más íntimas de cada espectador. En LA REINA DE ÁFRICA tenemos al Huston más genuino, al narrador en estado puro, que mira al mundo que le rodea con escepticismo, pero al mismo tiempo con un humor y un amor infinitos. John Huston nunca fue uno de los grandes genios del cine, pero sí un gran cineasta, porque, en palabras de Bogart, que le conocía bien: Hace cine como el que respira
. Odiaba los alardes y afirmaba no hacer películas pensando en las élites, en los cinéfilos y en los críticos, sino en el público sencillo. Fuerte, tanto física como emocionalmente, testarudo y dotado de una imaginación portentosa, vivió el cine casi como una aventura personal, e hizo de su propia vida una fascinante película, plagada de romances, matrimonios, hijos, peleas y borracheras. El guión de James Agee para LA REINA DE ÁFRICA era correcto, pero demasiado convencional, un drama cinematográfico típico, del montón. Por suerte, Huston con su sensible dirección, y Bogart y Hepburn con sus portentosas y equilibradas interpretaciones, consiguieron dotar de lirismo y humanidad a la plasmación en pantalla de las frías palabras de Agee. Lo mejor que se puede decir de LA REINA DE ÁFRICA es que se trata de la película más tierna y sincera, la menos cínica, de todas las que dirigió John Huston.
[1] Sam Spiegel (1903-1986). Productor cinematográfico de origen polaco, que en ocasiones apareció en los títulos de crédito como S. P. Eagle. Empezó produciendo cintas de bajo presupuesto, que sin embargo obtuvieron una buena acogida por parte del público, siendo las más conocidas SEIS DESTINOS (TALES OF MANHATTAN, Julien Duvivier, 1942) y EL EXTRAÑO (THE STRANGER, Orson Welles, 1946). Tras el rotundo éxito que representó LA REINA DE ÁFRICA, produciría otros tres títulos memorables: LA LEY DEL SILENCIO (THE WATERFRONT, Elia Kazan, 1954); EL PUENTE SOBRE EL RÍO KWAI (THE BRIDGE OF THE RIVER KWAI, David Lean, 1957) y LAWRENCE DE ARABIA (LAWRENCE OF ARABIA, David Lean, 1962).
[2] C. S. Forester (1899-1966). Novelista británico, famoso por sus obras de ambiente marino protagonizadas por el personaje del capitán Horatio Hornblower, llevado al cine por Raoul Walsh en 1951 en EL HIDALGO DE LOS MARES (CAPTAIN HORATIO HORNBLOWER), con protagonismo de Gregory Peck. Fue también periodista, ejerciendo como corresponsal del Times de Londres durante la guerra civil española y cubriendo más tarde la anexión alemana de Checoslovaquia.
[3] Peter Viertel (1920-2007). Hijo del guionista y director de cine austriaco Berthold Viertel (que llegaría a trabajar con el mítico realizador germano Murnau) y de la actriz y también guionista de origen polaco Salka Viertel (que escribió varios guiones para películas de Greta Garbo). Emigró a Estados Unidos con sus padres en 1928. Tras graduarse en el Dartmouth College en 1941, se alisto en la Marina cuando USA entró en la II Guerra Mundial, pasando posteriormente a la OSS (Office Strategic Service / Oficina de Servicios Estratégicos), precursora de la CIA, donde prestó excelentes servicios por su buen conocimiento del alemán. Desarrolló una interesantísima carrera como novelista y guionista. Suyos son los guiones de SABOTAJE (SABOTEUR, Alfred Hitchcock, 1942) y de EL VIEJO Y EL MAR (THE OLD MAN AND THE SEA, John Sturges, 1958). Le unía una gran amistad con John Huston. Su novela sobre sus experiencias durante el rodaje de LA REINA DE ÁFRICA (CAZADOR BLANCO, CORAZÓN NEGRO), sería llevada al cine por Clint Eastwood en 1990. Casado en primeras nupcias con Virginia Ray Schulberg, ex esposa del también novelista y guionista Budd Schulberg, más tarde se divorció de ella, casándose de nuevo con la actriz Deborah Kerr en 1960. Falleció en Marbella, España, sólo diecinueve días después que su última mujer.
[4] En español, continuista o secretario de rodaje. Profesional del cine, que trabaja en estrecha colaboración con el director y cuya misión es supervisar la correcta continuidad de una película, de modo que el hilo temporal en que se desarrolla la historia no experimente bruscos e inexplicables saltos en aquélla. Es uno de los trabajos más importantes para el resultado final de un film, pues comprende muchísimos aspectos. Además de procurar que la apreciación visual del espectador mantenga la misma continuidad en la acción desde todos los ángulos y encuadres de cámara que se empleen en una secuencia, debe controlar también los cambios de posición de los actores dentro del decorado, así como sus variaciones gestuales y movimientos, ya que, como es sabido, en el cine los diferentes planos de una escena o secuencia no se ruedan simultáneamente, sino plano a plano, según las disposiciones del director. Es decir, que una secuencia de apenas un minuto de duración, puede estar compuesta por una docena de planos, grabados a lo largo de varias jornadas. Es habitual que pasen muchos días, incluso semanas, entre el rodaje de una secuencia y la inmediatamente posterior, aunque en el montaje final parezcan unidas. Es fundamental, por tanto, que cada personaje mantenga su estatus emocional, dependiendo de en qué tramo argumental se encuentre. Es importantísimo, por ejemplo, controlar los ejes de las miradas de los actores, para evitar posibles saltos de eje entre distintos planos de una misma secuencia. Pero, además, el scrip debe vigilar que no haya incongruencias en decorado, vestuario, maquillaje y peluquería. Sus funciones incluyen también revisar la equivalencia entre encuadres, para que estos se correspondan adecuadamente con los distintos planos, así como controlar el tiempo real de lo rodado. Por otra parte, se ocupa de las tomas que el director considera como buenas, enviándolas a la sala de montaje, para positivarlas y archivarlas hasta que se proceda al montaje final de la película.
[5] Edwina Booth (1904-1991). Actriz estadounidense. Descubierta por la Metro Goldwyn Mayer a finales de los años 20, se la consideraba una promesa de la gran pantalla, pues aunaba belleza y talento. En 1931 fue seleccionada por MGM para coprotagonizar, junto al mítico Harry Carey, TRADE HORN, un film que sería filmado íntegramente en África por el director W. S. Van Dycke. Cuando se trasladó al Continente Negro, junto al resto del equipo de la producción, estaba recuperándose de unas fiebres, pero todavía no se había curado por completo. En África sufrió una insolación y contrajo, además, malaria y filariasis. TRADE HORN fue un éxito, consiguiendo ser nominada al Oscar como mejor película. Pero cuando regresó a Estados Unidos, la salud de Edwina Booth estaba tan deteriorada que no pudo volver a trabajar. Demandó a la MGM por un millón de dólares, demanda que se resolvió mediante un acuerdo económico secreto entre el Estudio del león y la actriz. Booth sufrió secuelas de la malaria y la filariasis durante el resto de su vida. Aunque regresó al cine esporádicamente, en producciones de bajo presupuesto que funcionaron bastante bien, nunca logró superar el calvario por el que había pasado. Se retiró definitivamente del cine en 1935, viviendo desde entonces y hasta su fallecimiento en un discreto retiro.
