
Fui a Estambul arrastras y de muy mala gana. Salí enfermo de Madrid y ya allí, tras un par de días de visita, pasé casi treinta horas con fiebre y en bastante mala forma. Lo de la salida de Madrid lo achaco al medio litro de agua helada que me bebí de un trago antes de salir de casa (era pleno mes de julio, con el típico calor mesetario escaldando cuerpos y voluntades) y el enfriamiento posterior a una cena al raso, en la que apenas vestía una fina camisa que nada hacía contra el brisote agradable pero fresco que venía del Marmara.
No fue un viaje que disfrutara especialmente, tengo que reconocer también que a causa de los típicos prejuicios occidentales que, a Dios (Alá) gracias, se me quitaron a las pocas horas de estar allí, pero que no obstante bastaron para no hacerme del todo cómoda la estancia.
Por lo pronto hay que reconocer en los estambulíes un trato afable y abierto. Casi cien años de occidentalización forzada les ha convertido en perfectos europeos orientales, una extraña mezcla que los últimos acontecimientos en el país ha demostrado ser decididamente explosiva. Por un lado la centenaria herencia otómana está impresa en cada esquina y en cada fachada. Ciertamente un bloque de pisos de ladrillos no es precisamente una seña de identidad, sea en Albacete sea en Osaka será un bloque de pisos de ladrillo, pero la iglesia románica o la pagoda budista un poco más allá, en la misma calle, los envuelven en el mismo halo que las centenares de mezquitas de Estambul, monumentales, como la Mezquita Azul, o discretas mezquitas de barrio, hacen con sus propios edificios modernos. Pero en Estambul hay más, ya no solo es la herencia islámica, la planta de esas grandes mezquitas resulta desconcertantemente similar a la imponente basílica de Santa Sofía, que simplemente sobrecoge al conocer su edad: 1500 años, los acueductos romanos, las murallas de la antigua Bizancio, forman el sustrato sobre el que se asienta la ciudad vieja. Incluso el subsuelo entre Santa Sofía y la Mezquita Azul está ocupado por la inmensa Cisterna Basílica de 10.000 metros cuadrados.
Romana, pagana, cristiana, griega, ortodoxa, otomana, musulmana, occidentalizada y laica, Estambul (Turquía en general) vive de cara a Europa, a cuyas puertas espera que le dejen entrar, para ello empezó hace casi noventa años rompiendo radicalmente con tradiciones centenarias y abrazando prácticamente de un día para otro costumbres y modos de vida extraños y lejanos, pero occidentales, y en apariencia más modernos.
Espero que esta breve introducción sirva para comprender lo que transmite Orhan Pamuk en este libro. Se trata fundamentalmente de un libro de memorias, exageradamente intimista en ocasiones, en el cuenta su infancia y juventud. Nacido en una rica familia que se fue empobreciendo a causa de la nefasta gestión patrimonial de su padre y de su tío, Pamuk transmite una imagen de Estambul gris y amargada, demasiado parecida a aquella España de la época (Pamuk nació en 1952) como para no resultar demasiado cercana. La diferencia entre Estambul y Madrid quizá sea que la decadencia del esplendor imperial español es bastante anterior a la del Imperio Otomano, y por eso la amargura de la España Gris de entonces es más causa de la mediocridad de la clase dirigente que del desmoronamiento definitivo de las últimas huellas de lujos pasados.
Mi impresión en los pocos días que estuve en la ciudad fue la de encontrarme en la España de los años setenta, no tanto por el convulso político ambiente, ni por la moda (hasta ahí podríamos llegar), sino por el ambiente general, la decrepitud de las construcciones, la forma en la que la gente se paraba sin prisas por la calle, no obstante de la intensa actividad comercial de algunos barrios y, por supuesto, los bazares, los barquilleros, vendedores ambulantes de refrescos, los utilitarios pequeños y veloces, y, sobre todo, la sensación de haber vivido aquello anteriormente.
Aparte de las construcciones antiguas no había nada en la ciudad que diera la impresión de orientalidad, sin embargo Pamuk transmite claramente la sensación de desamparo que emana de quien ha roto con sus raíces pero no es acogido por quienes quiere ser adoptado. Son constantes las referencias a los viajeros occidentales del siglo XIX y la fascinación que les provoca un Estambul oriental, pero Pamuk vive en un Estambul occidental que lucha por convertirse en otra cosa que quizá fue hace 500 años, pero que ya quedó muy atrás.
La transformación de niño a adulto es paralela y proporcional en el tiempo a la transformación de Turquía de un régimen islámico y feudal en una democracia de corte occidental. Pamuk deja sus memorias justo cuando provocado y aguijoneado por su madre rompe con su adolescencia y se convierte en adulto.
Turquía está en esa edad, desea convertirse en adulta y unirse a la gran familia europea, y no se yo si Europa se arrepentirá algún día de no aguijonear y arropar convenientemente a una nación que se reinventó a si misma, pero que desde entonces no ha podido superar todos los traumas que aquello le causó, precisamente por esa falta de apoyo y comprensión.
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Publicado originalmente el 30 de septiembre de 2007 en www.ciencia-ficcion.com