
Hay mucho más campo a la imaginación cuando se trata de ecología alienígena, de construir cadenas alimentarias y equipar a los seres alienígenas con los medios necesarios para garantizar su alimentación y su reproducción. Los escritores e ilustradores de ciencia-ficción han disfrutado siempre diseñando astutos y alarmantes predadores para amenazar a los viajeros espaciales terrestres; ese diseño resulta mucho más realista incorporando la monstruosas criaturas a un entorno exótico pero ecológicamente coherente. Uno de los primeros escritores en hacer eso con la adecuada ingeniosidad fue Stanley G. Weinbaum, en historias tales como LA LUNA LOCA (The Mad Moon, EL PLANETA PARÁSITO (Parasite Planet) y FIGHT ON TITAN (toda ellas de 1935), que aún no han sido superadas en el gran deleite que se toman en imaginar extraños sistemas de vida, aunque se hallen fatalmente anticuadas por el paso del tiempo en otros aspectos.
La variación más común utilizada por los escritores de ciencia-ficción consiste en atribuir inteligencia (y en consecuencia dominio) a criaturas no humanas. Imaginar que los humanoides inteligentes hayan podido evolucionar de gatos en vez de monos es relativamente fácil, pero surgen algunas dificultades por el camino, incluso en los muy populares hombres-lagarto que tan frecuentemente aparecen como villanos en la ciencia-ficción. Al no tener control interno de la temperatura, los reptiles se hallan más bien limitados en la cantidad de actividad cerebral que pueden desarrollar; el mismo problema limitará las posibilidades de inteligencia de los cefalópodos.
Los escritores de ciencia-ficción atribuyen ocasionalmente inteligencia a virus o plantas, pero esas exóticas creaciones son a todas luces muy poco plausibles sin una gran cantidad de argumentos de disculpa para explicar qué pueden haber desarrollado para sustituir al cerebro, y cómo la complejidad de sus acciones es tan grande que requiere coordinación inteligente. Incluso los escritores conscientes de ciencia-ficción tienden a suponer que la inteligencia se verá fuertemente favorecida por la selección natural en todas las circunstancias posibles. Esto no tiene por qué ser necesariamente así: la gran mayoría de los organismos terrestres medran estupendamente y se adaptan perfectamente a sus circunstancias sin necesidad de ser llamativamente inteligentes y sin tener nada obvio que ganar del hecho de mejorar su inteligencia. Queda por ver si nuestra inteligencia nos garantizará una vida evolutiva más larga que la de los gusanos, las moscas, los caracoles o los hongos, pero tras estudiar todas esas formas ningún jugador serio nos elegiría como favoritos.
Parece razonable argumentar que la inteligencia es ventajosa solamente para algunos tipos de organismos, y que se halla mano a mano (y perdónesenos el retruécano) con rasgos tales como la capacidad manipuladora. Si los seres humanos no caminaran erguidos, liberando sus miembros delanteros para desarrollar manos en lugar de pies, no hubieran podido evolucionar hacia el tipo de inteligencia que poseen. Del mismo modo, los seres inteligentes deben ser sociables, puesto que la inteligencia surge también la necesidad de comunicarse. El hecho de que muchos mamíferos y aves muestren un grado de inteligencia que no puede apreciarse en los reptiles se halla relacionado con el hecho de que generalmente poseen relaciones sociales más complicadas, especialmente en lo relativo al cuidado de las crías. Cuanto más sociables son los animales, y más capaces de interferir y transformar su entorno, más probable es que se muestren inteligentes. El mismo principio debe aplicarse a los seres alienígenas: su inteligencia debe encajar con la lógica de su situación.

La asociación de inteligencia con comunicación ha conducido a los escritores de ciencia-ficción a imaginar toda una serie de peculiares e ingeniosos sistemas de comunicación (dejando aparte los medios ocultos, como la telepatía). Los más populares son los sistemas de lenguaje de signos: por ejemplo, los asadi de la novela de Michael Bishop TRANSFIGURATIONS se comunican mediante rápidos cambios de color de los iris de sus ojos, y sus libros son discos de plástico con lentes centrales que destellan largas secuencias de color. Incluso cuando utilizan ondas de sonido para sus comunicaciones, los lenguajes alienígenas son a veces muy distintos de los humanos: la comunicación por medio de acordes musicales, como en el filme ENCUENTROS EN LA TERCERA FASE (CLOSE ENCOUNTERS OF THE THIRD KIND, 1977), es una familiar variación.
El diseño de las formas de vida alienígenas (especialmente cuando tienen que encajar en cadenas alimentarias determinadas y hay que describir sus métodos de reproducción) se basa grandemente en formas que podemos encontrar en los sistemas de vida terrestres. Los grandes cambios por los que atraviesan los insectos cuando pasan de las formas de larva y crisálida a la de individuo adulto han sido una constante fuente de inspiración.
Los alienígenas que sufren toda una serie de metamorfosis son los protagonistas de muchas historias, notablemente de la novela UN CASO DE CONCIENCIA (A Case of Conscience), de James Blish, en la que los habitantes del planeta Lithia recapitulan su historia evolutiva a medida que se desarrollan de huevo a adulto. El planeta Lithia es notable también por ser un bien imaginado ejemplo de la idea de la ciencia-ficción popular del gran planeta. Se trata de un planeta sin metales pesados. Al ser menos denso que nuestra Tierra, repleta de metales pesados, un planeta así (si tuviera la gravedad terrestre y en con secuencia la masa terrestre) tendría que ser grande, quizá dos veces el diámetro del nuestro. La novela de Jack Vance EL PLANETA GRANDE (Big Planet) se desarrolla en uno de los más conocidos ejemplos.
De todos modos, si nuestro Sistema Solar es un fidedigno representante de la evolución planetaria a través de toda la galaxia, como creen algunos científicos, tales planetas pueden ser raros o no existir en absoluto. La vida alienígena en esos planetas tendería hacia lo primitivo (según nuestros estándares), puesto que sería difícil establecer una tecnología sin metales, aunque los lithianos de Blish se las arreglan bien con materiales cerámicos.
El diseño de complicados sistemas reproductores alienígenas se halla muy ejemplificado en la obra de Philip José Farmer, que ha mostrado un constante interés en las relaciones sexuales alienígenas. Su historia MADRE (Mother) nos relata un notable encuentro entre un ser humano y una hem-bra alienígena inmóvil que confía en atrapar a otras criaturas para estimular su autofertilización, de la misma manera que la fecundación de muchas flores terrestres depende de la atracción de los insectos. La madre alienígena de la historia de Farmer atrae a su activo joven a su interior, parecido a un útero. El protagonista humano, tras la resistencia inicial, se instala en una vida confortable, regresando, literalmente, al seno matemo.

Un ciclo de vida que es tomado a menudo en préstamo por los escritores de ciencia-ficción es el de los icneumónidos, insectos himenópteros que depositan sus huevos en orugas vivas a fin de que sus larvas puedan gozar de una abundante provisión de carne fresca. La idea de alienígenas que puedan usar seres humanos de esta forma es maravillosamente horrible, y los efectos especiales cinematográficos permiten desarrollarla de una forma impresionantemente realista en el filme ALÍEN (Alien, 1979). Incluso a su nivel más elemental, la noción de parásitos alienígenas que puedan infestar a los seres humanos es un cliché melodramático, y sus analogías con el mito del vampirismo y la idea de la posesión demoniaca son invocadas frecuentemente. En la novela de Robert Heinlein AMOS DE TÍTERES (The Puppet Masters), unas horribles criaturas parecidas a babosas se aferran a los seres humanos, alimentándose de sus cuerpos y apoderándose del control de sus mentes.
Aunque tales historias resultan apasionantes, son biológicamente sospechosas. De hecho, la mayor parte de los parásitos son más bien exigentes con los anfitriones a los que atacan; los parásitos y sus anfitriones tienden a evolucionar juntos y adaptarse los unos a los otros. Desde un punto de vista lógico, además, el parásito de mayor éxito es el que se muestra más prudente, el que inflige menor daño o, cuando la destrucción del anfitrión es ineludible, se comporta como un sensible conservacionista en mantener sus recursos. Sin discusión, el parásito realmente bien adaptado es aquel que no causa ningún daño en absoluto a su anfitrión, sino que le proporciona algo a cambio de su hospitalidad. Este tipo de relación, llamada simbiosis, es una noción que ha fascinado a los escritores de ciencia-ficción tanto como la noción de monstruosos parásitos alienígenas.
En la Tierra parece haber muy pocas relaciones mutuamente beneficiosas entre los animales (la mayor parte de los ejemplos auténticos son de simbiosis planta/animal), pero los escritores de ciencia-ficción han sido relativamente generosos en ampliar tales relaciones a otros mundos. Inevitablemente, los escritores de ciencia-ficción se han visto atraídos hacia la perspectiva de relaciones simbióticas entre seres humanos y alienígenas, aunque ellas son biológicamente sospechosas, por la misma razón que es sospechoso el parasitismo humano/alienígena. Particularmente ingeniosas son algunas historias que sugieren que estamos viviendo ya, sin saberlo, en relaciones parasitarias o simbióticas con seres alienígenas. En la novela de Eric Frank Russell BARRERA SINIESTRA (Sinister Barrier), la gente descubre que estamos siendo mantenidos como ganado por vampiros alienígenas invisibles, que se alimentan de la energía desprendida por nuestras más bajas emociones; mientras que los héroes de UNA Y OTRA VEZ (Time and Again), de Clifford Simak, y EL PALACIO DE LA ETERNIDAD (Palace of Eternity), de Bob Shaw, realizan el mucho más reconfortante descubrimiento de que vivimos en armonía simbiótica con igualmente indetectables seres de energía que proporcionan un sustituto secular de las almas.
Es comprensible que los escritores de ciencia-ficción se hayan concentrado principalmente, con finalidades espectaculares, en una o dos especies de alienígenas inteligentes a la vez. Hay pocos intentos en la ciencia-ficción de describir sistemas de vida completos, con toda su compleja profusión. La ciencia-ficción no ha producido (y casi con toda seguridad no puede producir) nada tan maravillosamente diverso y complejo como el sistema de vida de la Tierra: la tarea es imposiblemente grande y rendiría muy poco a nivel espectacular. Existen, sin embargo, algunos notables intentos de ofrecer visiones de sistemas de vida exóticos que son, por implicación, tan complejos como el que nos ha producido a nosotros. Una de las más impresionantes fantasmagorías biológicas se halla presentada en INVERNÁCULO (Hothouse), de Brian Aldiss, aunque en realidad trata de un futuro muy lejano de la propia Tierra, muy cambiada por la evolución, y no de un mundo alienígena.
Nada tan complejo y detallado ha sido elaborado todavía con respecto a un mundo alienigena, pero escritores como Poul Anderson y Hal Clement se han mostrado siempre aventurados y conscientes en sugerir complejidad y diversidad. No es infrecuente que los escritores intenten construir sistemas de vida completos para desarrollarlos ante nuestros ojos. Pueden imprimir una armonía mística al complejo de relaciones ecológicas, como hace Piers Anthony en OMNIVORE o las varias historias en que sistemas de vida completos son imaginados como organismos únicos, incluida la red de vida vegetal que ocupa todo un planeta en el relato MÁS VASTO QUE LOS IMPERIOS Y MÁS LENTO. (Vaster Than Empires and More Slow), de Ursula K. Le Guin, y el planeta viviente de Stanislaw Lem en SOLARIS.