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espNuevo libro de Gabriel Bermúdez Castillo
Enviado por fjsi el 10/11/03

Nuevo libro de Gabriel Bermúdez Castillo

(SdCF, 10/11/2003) El día 11 de noviembre se presenta la nueva novela de Gabriel Bermuez Castillo EL PAÍS DEL PASADO, que publica Ediciones B.

A continuación se reproduce el primer capítulo del libro.

Capítulo I: El regreso de la esposa muerta. La predicción.

Al anochecer del día en que su esposa Alinor falleciera, y después de que los acongojados amigos y familiares se hubieron retirado, el capitán Thors Thorkas se sentó en la silenciosa veranda de su casita, para esperar la visita de la muerta. No dudaba que así se produciría, como era costumbre, y en su alma no existía el más mínimo temor (como quizá otros hubieran tenido) de que transcurriese la noche sin que esa etérea y querida figura surgiese de las oscuras frondas del jardín.

Se puso en pie y caminó hacia los primeros árboles. Alzó la mirada al cielo. Brillaban las estrellas (aquellas estrellas a las que no habían dado nombre) sobre la intensa negrura del firmamento. La pálida y enorme luna rozaba con su gran disco el horizonte, y una ligera escotadura, a la derecha, le daba el aspecto de una gruesa letra C, lo que indicaba, sin lugar a dudas, que terminaba el cuarto creciente.

No muy lejos, diseminadas entre las tinieblas de la noche, brillaban algunas lucecillas, denotando donde se hallaban las restantes viviendas de sus compañeros y compañeras. Más lejos, a unos mil pasos de distancia, había un foco más intenso, que correspondía a la pareja de vigilantes de la dormida nave.

-¿Thors? -dijo una dulce voz femenina.

Se volvió. Era ella, Alinor. Le miraba desde la veranda de la cabaña, apoyada sobre el respaldo de aquella butaca tallada que, en vida, le había gustado tanto ocupar. Parecía tan viva y real como la mujer con la que había convivido durante tantos años. Realmente, nadie había logrado determinar si aquellas visitas de esposos o esposas, de hijos, hermanos o amigos muy queridos, las realizaba el verdadero cuerpo del extinto, que cobraba vida por una misteriosa facultad, o sí eran solamente una proyección imaginaria. Los más doctos de su raza no habían logrado determinarlo nunca.

Pero cuando Thors Thorkas se acercó, con el corazón excitado, y tomó entre las suyas la mano de Alinor, la notó tan firme y tibia como cuando estaba viva. Sonriendo, ella la retiró y tomó asiento en la silla tallada, mientras él lo hacía a su lado, en aquel sillón mullido extraído de la nave. La observó. Vestía una larga túnica roja (el color de los que dejaban de vivir, el color del luto, el color que predominaría durante cien jornadas en el ropaje del capitán) casi transparente, y era fácil ver que no llevaba nada bajo ella. No sintió deseo físico alguno; realmente, hacía ya mucho tiempo que no lo sentía...

-¿Piensas en Galaine Belle? -preguntó ella.

-¿Lo sabías?

-Lo sé ahora. Faltaste a tu promesa, Thors.

-Es cierto, Pero cuando te juré fidelidad, yo era sincero, Alinor.

-También sé eso. Como muchas otras cosas...

Él le hubiera cogido la mano de nuevo, en un vano intento de establecer una comunicación que ya no podía darse. No, después de que ella, tan apresuradamente, le hubiera informado de su conocimiento de aquel romance con la hermosa y atrevida Galaine Belle.

Durante un rato permanecieron silenciosos. El capitán, ahora más acongojado que cuando se produjo el deceso, le lanzaba rápidas miradas, temiendo el momento en que comenzase a desaparecer. Luego, observaba la noche, las estrellas sin nombre, la terrible luna que crecía a ojos vistas sobre el tenebroso firmamento.

-Te quiero aún, Alinor. Te he querido siempre... Lo de Galaine...

-Sé lo que me vas a decir. Un capricho. Ella es joven, hermosa, con un cuerpo que destaca y que no se preocupa de ocultar. Tiene unos grandes triunfos, que tus manos habrán sabido apreciar... También es, aparte de la muchacha más deseada del pueblo, una mujer codiciosa y con muchas ganas de situarse. Puedes estar seguro, mi amado Thors, de que pronto querrá venir a vivir contigo, de que te pedirá el juramento de fidelidad, tal como tu y yo lo hicimos ante los ancianos.

-Tú no me lo pediste nunca, querida Alinor.

-Yo no lo quería; eso debía salir de ti. Si no lo hubiéramos hecho, tu relación con Galaine hubiera carecido de importancia. Pero lo hiciste, y yo lo acepté, y te correspondí con el mío.

-Al cual has hecho honor siempre.

-Así ha sido. Bien, cariño. A pesar de todo, de nuestro desdichado naufragio, de las disensiones que lo provocaron, y de Galaine Belle, he sido feliz a tu lado.

El no supo qué contestar. Esta visita póstuma se estaba desarrollando por unos cauces completamente diferentes de lo que había previsto. Notó un roce delicado en sus dedos. Volvió la vista. Los ojos oscuros de Alinor le sonreían, y su mano acariciaba dulcemente la del capitán.

-¿Qué... qué es lo que hay después? -preguntó, torpemente. Ella rió, con suavidad.

-Sabes, te habrán dicho otros, que no queremos hablar de eso...

-Casi nadie quiere comentar nada de estas... visitas, querida Alinor.

-Es natural. Y ahora, amado Thors, debes...

Repentinamente se hizo una luz a lo lejos, una luz ácida, amarillenta, desagradable. Pero no fue eso lo que sobresaltó al capitán, ni lo que hizo enmudecer a Alinor, sino la horrible, chasqueante carcajada, digna de un loco histérico, que retumbó de forma ensordecedora sobre los campos, las arboledas, las dormidas casitas, y la silenciosa nave. Se prolongó durante un buen rato, ascendiendo poco a poco, con un espantoso y chirriante sonido que helaba el alma, hasta llegar a un límite casi insoportable. A la luz amarillenta, a unos seis o siete mil pasos de distancia (¡cada vez más cerca!) destacaba una colosal sombra negra de forma vagamente antropoide, con protuberancias monstruosas, que se encogía y saltaba histéricamente a compás de la terrorífica risa. Su altura era la de una torre, la de un alto edificio... Tal vez, pensó Thors Thorkas, alcanzase los mil pasos o más. Cuando era de día, la horrenda sombra que proyectaba cubría el poblado por completo.

Mientras algunas luces nuevas se encendían en las dispersas viviendas, la figura negra se diluyó en la oscuridad, cesó el espeluznante sonido, y solo quedó un halo amarillo en el lugar donde se había mostrado.

-El Carcajeador se ha movido esta noche, Alinor. Está mas cerca. Pronto tendremos que enfrentarnos a él.

De pronto se dio cuenta de que a través del cuerpo de Alinor comenzaban a transparentarse las pulidas maderas de la silla tallada, señal cierta de que estaba a punto de desaparecer, dejándole para siempre. Experimentó un intenso dolor, mucho más fuerte que en el momento de su muerte, el día anterior.

-No -respondió su esposa, con dulzura-. No será así, querido.

El capitán sintió un escalofrio. A pesar de que a los briander les gustaba poco comentar estas visitas, era sabido que a veces, en contadas y especiales ocasiones, se producían revelaciones e informes sobre el futuro.

-Dime, mi amor -respondió ansiosamente, tomando en las suyas las manos de la dama, a las que sintió leves y casi inexistentes, como si fueran de pluma o de humo-. Dime lo que quieras...

-Habrá una visita -respondió ella, con voz casi inaudible-. El Carcajeador no prevalecerá contra ella. Os será de ayuda... Cuídate, Thors, de la ambición de Galaine... y procura que tus relaciones con Kla... no sé qué decir, querido, con Rebelio, sean buenas. Esa disensión es la causa de todos nuestros... No; ya no son míos. De vuestros males... Adiós, Thors. Procura vivir sin mí; hay otras damas que no se llaman Galaine Belle.

Algo se deshizo. Hubo un ligero soplo de viento, seguido de una brisa perfumada y llena de amor que envolvió por completo al capitán. Cuando quiso darse cuenta, ella ya no estaba allí, la enorme luna navegaba por el cielo, y en lontananza comenzaban a mostrarse las primeras señales de la aurora. El momento tenía una intensa belleza, rota únicamente por la gigantesca figura del Carcajeador, puesto de relieve por la grisácea luminosidad del crepúsculo. El monstruo, clavado en el terreno, agitaba en silencio media docena de excrecencias del tamaño de montañas, dos de las cuales imitaban groseramente dos brazos humanos. Emitió un breve y desagradable chillido, e hizo crecer una nueva protuberancia hacia el cielo.

Thors se pasó la mano por la mejilla. Tenía que afeitarse, pero no en este momento; no ahora. Estaba rendido, como si hubiera luchado con aquel monstruo reidor de igual a igual. Necesitaba descansar.

Se puso en pie, disponiéndose a entrar en la casa, y pensando en una tisana caliente y en el confortable lecho de sedas y pieles que le esperaba. Una nubecilla de color rojo intenso surgió del follaje próximo y, a ras de suelo, se deslizó de forma sinuosa hacía él. Velozmente, el capitán extrajo su espada y la golpeó de través, haciendo que la afilada hoja la cortase en dos. Con un leve ¡plop! la nubecilla se desperdigó en numerosas vedijas de color rojo, que palidecieron y se disolvieron en el aire del amanecer.

Tras un suspiro, el capitán alcanzó su lecho. Se miró en el espejo, mientras se quitaba el jubón de piel, el tahalí de cuero con apliques de oro, las botas negras con vueltas de color siena, y las ceñidas calzas de sólido tejido. Musitó: Me he quedado solo, mientras se recorría con la vista. No; aunque ya no le quedaba mucho para el final, no se le notaba. Su cuerpo era firme, sus músculos aún poderosos, y sus ojos oscuros no cedían en color a su cabello.

-Galaine.-dijo-. No creo que seas tan mala, mi amor.

El sueño le invadió tan pronto como se arrebujó entre los cobertores. Durmió intensamente, soñando con viejos tiempos, con naves de formas elegantes que surcaban el espacio, con reuniones artísticas y llenas de amistad, con caballeros y damas briander, como él mismo, que construían entre todos el camino hacía un maravilloso futuro.

Pero, por ahora, nada de eso existía ya. Y tal vez no volviera a existir.


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