Había citado a su cliente en el restaurante del club Lavalle a las doce del mediodía, y, puntual como sólo puede serlo un terrestre, el señor Domecq hizo acto de presencia a la hora acordada y se sentó frente a él. Di Stefano, tras un saludo breve y protocolario, le entregó un sobre. El cliente desestimó abrirlo ni comentar nada, asintió pesaroso, y le pagó. No aceptó la invitación de Di Stefano, así que se alejó cabizbajo camino de la entrada. Di Stefano, sentado a su mesa habitual en el comedor, se guardó el dinero. Lo cierto es que el pobre señor Domecq tenía demasiados problemas como para sentarse con el detective que había contratado a tomar tranquilamente una copa. De sobra sabía que las pesquisas de Di Stefano habían corroborado lo que él supuso: su mujer le ponía los cuernos. Nada de especial si no fuera por un detalle: lo hacía con su socio. Socio que intentaba por todos los medios echarle de la empresa... y tal vez algo peor. Di Stefano concluyó que no sería la última vez que vería al señor Domecq.
Ensimismado en sus pensamientos, la palmada en el hombro le sobresaltó. Se giró con rapidez, para encontrarse a un sonriente Palacios que tomaba ya asiento a su mesa mientras le extendía la mano.
—Señor Bellini, ¡cuánto tiempo!
En efecto, pensó Di Stefano, cuánto tiempo. ¿Tres meses? ¿Cuatro? Estuvo tentado de responder que a él no le parecía tanto. Prefirió contestar con una sonrisa y apretar su mano.
—¿Qué es de su vida? No he tenido noticias suyas, no le he visto por el club.
—Lo de siempre.
—Lo cual me alegra —sonrió Palacios—. ¡Camarero! Traiga una botella de vino tinto. Supongo que se quedará a comer, o a tomar el aperitivo al menos.
—Esa era mi intención.
Un camarero, que parecía esperar como todos la orden de Palacios, apareció con un carro y sirvió vino en sus copas. Después se marchó.
—Hacía tiempo que quería hablar con usted —dijo Palacios—. Pero tengo una agenda tan apretada que me ha sido imposible. En todo caso, aprovecharé este momento. No le importuno, ¿verdad?
—Lo cierto es que ya he concluído el asunto que me ha traído hoy al club. Dispongo de todo el tiempo que precise.
Di Stefano, pese a la tranquilidad con las que expresó aquellas palabras, comenzó a sentir una desazón creciente. Tanto tiempo sin ver a Palacios, ni tener noticias suyas, le invitó a crearse la ensoñación de que aquella relación había llegado a su fin. ¿Por qué no? Palacios consiguió lo que se propuso, y con un extra añadido. Pero volver a verle frente a él hizo que se le acelerara el corazón, mientras con sus tranquilos y elegantes ademanes Palacios comentaba con su tono casual de siempre:
—Ah, sí, el bueno de Domecq... Quieren buscarle una encerrona entre esa golfa de su mujer y el cabrón de su socio, ¿me equivoco?
—En absoluto.
—Nada que no se pueda solucionar, espero —continuó, haciendo un gesto con la mano como si espantara una mosca—. Es un gran hombre, y un buen tipo. Tal vez sea necesario el concurso de su amigo matsumoi... para eliminar elementos indeseables en esta historia.
—Confío en lo contrario.
Palacios sonrió, enseñando su inmaculada dentadura.
—No es usted tan buenazo como Domecq. No se haga conmigo el santurrón.
Di Stefano sonrió de medio lado y se encogió de hombros.
—Lleva razón, Palacios. En el fondo me importa muy poco lo que ocurra con su mujer y su socio. Tal vez, hasta se lo tengan merecido.
—Así me gusta —sentenció Palacios con seriedad—. Y, ahora, vayamos a lo nuestro.
—Soy todo oídos —propuso reluctante.
—Necesito que viaje a Gálasti.
—¿Cuándo?
—Lo antes posible.
Di Stefano asintió y acercó reticente su cabeza al centro de la mesa.
—Tenemos serios problemas con determinados elementos del gobierno regional —continuó Palacios—. Una vez conseguida la independencia del planeta, parece ser que algunos desean a su vez que Matsumai se declare estado independiente del resto de Aris. Un auténtico desastre: en vez de conseguir un planeta homogéneo y medianamente potente, pretenden tres estados independientes.
—Eso tengo entendido. Pero, al parecer, no sólo ocurre allí. También en Fenai... y aquí, en casa.
—Lo de aquí está controlado. Lo de Fenai no corre prisa... es Matsumai el problema.
—¿Qué debería hacer?
—Concretaremos mañana en mi despacho. Pásese a primera hora.
El camarero se acercó con unos platos de fiambres y mariscos que dejó frente a ellos. Comenzaron a degustarlos silenciosos. Dos hombres de negocios que comían juntos y parecían no querer molestarse.
—Es lo mismo de siempre —continuó Palacios unos minutos después—: cuatro oligarcas que desean mantener, e incluso aumentar, su poder. El asunto requiere ser tratado con la mayor seriedad: la historia nos enseña que los resultados pueden llegar a ser catastróficos. El primero de sus efectos sería la pérdida de peso de Aris como estado en el contexto general. La posibilidad de que en cuestión de poco tiempo estallase una guerra entre continentes es elevada... La división interna en el planeta podría durar siglos.
Di Stefano pensó que Palacios llevaba razón, pero que ésas no eran las verdaderas razones que le impulsaban a combatir. O, quién sabe, tal vez sí. Tal vez estaba frente a un gran estadista o un romántico.
—Tenemos nuestras razones para suponer quiénes pueden estar detrás de todo esto. Y no hablo solamente de elementos arisios.
El plato principal, ostras al vino blanco con guarnición de coles hervidas, fue servido por el solícito y mudo camarero. No intercambiaron otra palabra más hasta que los platos fueron retirados y postres y cafés fueron servidos. Por supuesto, tras una sutil seña de Palacios. Di Stefano, intentando contener su expectación, abrió el fuego.
—¿No me puede adelantar cuál va a ser la naturaleza de mi trabajo?
—Ya le he dicho que mañana concretaremos todo el asunto —respondió tranquilo Palacios—. Pero, de una manera básica, le diré que quiero que sea mis ojos y mis manos en Matsumai.
—Supongo que tendrá agentes en Gálasti.
—Así es. Tengo varios informes de mi gente que nos servirán de punto de partida. Pero quiero que trabaje al margen de ellos.
—Muy comprensible.
Justo cuando Palacios dejaba su taza de café sobre el platillo, el camarero se acercó con las copas de balón, el coñac, y una caja de puros.
La figura de Palacios, velada tras el humo de los cigarros, se le antojó a Di Stefano menos severa. Se atrevió a ser sarcástico.
—¿Y se fia de mi?
Palacios sonrió con desgana como respuesta y bebió de un trago su coñac. Se levantó de su asiento.
—Me tengo que marchar, Bellini. Tomaré mi barca. ¿Desea que le lleve hasta la ciudad? Le diré al chófer que le deje donde solicite.
—No, gracias —respondió Di Stefano, levantándose a su vez—, me viene mal cualquiera de los muelles.
—Hasta mañana, entonces.
Se estrecharon las manos. Palacios se alejó de la mesa. Di Stefano le vio abandonar el comedor, despidiéndose con leves movimientos de cabeza de los empleados con los que se cruzaba, mientras terminaba su copa de coñac. Unos momentos después, a través de los ventanales, le vio bajar paseando y disfrutando de su puro sobre el camino de tablones barnizados hacia el embarcadero del club. Allí subió en una barca a motor, de un blanco refulgente, el modelo más moderno y caro de todos los que estaban amarrados. La barca, instantes después, abandonó el muelle y se internó en la corriente del río. Cuando Di Stefano iba a girar la cabeza hacia el interior del comedor, ocurrió. La barca estalló en una explosión dorada. Protegido por los gruesos ventanales del comedor y la distancia, le pareció estar viendo algo irreal. Durante un momento permaneció sentado en su asiento, ensimismado. Hasta que los gritos y las carreras de la gente del club le sacaron de su abstracción. Levantándose de la mesa corrió tras ellos, salió del edificio, y llegó bajando la pendiente hasta la orilla. Trozos de madera y tela flotaban en las aguas, donde seguía ardiendo algo que hasta hacía poco había sido parte de la barca de Palacios.
La orilla del río y el embarcadero se llenaron de curiosos. Algunos se tiraron al río, intentando localizar ansiosos los cuerpos de los ocupantes. Los miembros del servicio médico del club, con sus flamantes uniformes blancos y azules, llegaron con una camilla. Tomaron un bote a motor y navegaron hasta la zona de la explosión. Cuando llegaron, lo poco que quedaba ardiendo de la barca se apagó y fue arrastrado por la corriente. El río recuperó la placidez, y del desastre sólo quedaron varios trozos de madera chamuscada llevados hasta la orilla por las olas.
El siempre plácido club Lavalle se convirtió en un hervidero de gritos y de carreras. Di Stefano, subiendo la cuesta con aire cansado, comenzando a sopesar el alcance de lo ocurrido y la inmediata repercusión en su vida, se topó con Camponais, el director del club, que bajaba hacia la orilla trotando sobre la hierba.
—Bellini, Dios mío —acertó a decir entre jadeos— ¿Qué demonios ha ocurrido?
Di Stefano se giró hacia el río.
—Sé tanto como usted —respondió sombrío—. Pero me temo que Palacios ha dejado de ser miembro de este club.
—No me lo puedo creer —exclamó Camponais sin apartar la vista del río, donde varias embarcaciones revoloteaban sobre la zona de la explosión, buscando no se sabe qué—. Es la primera vez que ocurre algo así en nuestro club. Dios mío, pobre Antonio.
Señalando con el mentón hacia el río, Di Stefano comentó con aire melancólico:
—En esa barca podría haber ido yo también. Estuve comiendo con Palacios.
—Sí, les ví —asintió Camponais—. Y a punto estuve de ir a saludarles.
—... pero preferí llegar a la ciudad en coche.
—Pero Bellini, ¡entonces está vivo de milagro!
Varios trabajadores del club llegaron corriendo hasta donde se encontraban y rodearon a su director. Comenzaron una atropellada y variopinta narración de los hechos. La mayoría le pedía indicaciones sobre los próximos pasos a dar.
—Le dejo, Camponais. Tiene trabajo.
El director se despidió de Bellini con un abrazo sincero y bajó la cuesta a la carrera, seguido y llevado por los empleados. Di Stefano, tras un último vistazo a la orilla, caminando sobre la hierba húmeda, llegó hasta la explanada que se extendía frente al edificio principal. En esas circunstancias era imposible pedirle a algún empleado que mandara llamar a un taxi, y los que solían esperar clientes en el aparcamiento ya habían partido, repletos de socios razonablemente temerosos.
Tras un vistazo y tomar aliento, se percató de que todos los taxis habían partido excepto uno, un único taxi estacionado en la cuneta del camino unas decenas de metros más allá, fuera de la puerta de acceso. Di Stefano se dirigió a él, esperando que estuviera libre. Tampoco le importaba demasiado dar un paseo hasta la carretera, un par de kilómetros de caminata que tal vez le vinieran bien para poner las ideas en orden. Al llegar al vehículo, y antes de hablar con el conductor, una conocida voz le sorprendió:
—Suba.